1. Importancia general de la adoración pública

Primero tengo que demostrar la importancia general de la adoración pública. Espero no tener que detenerme mucho en esta parte de mi tema. No creo que este escrito caiga en manos de alguien que por lo menos no sea cristiano de nombre. Son pocos, excepto los incrédulos empedernidos, los que se atreverían a decir que no deberíamos hacer alguna profesión pública de nuestra religión. La mayoría de las personas, sean cual fueren sus prácticas, admitirán que debemos reunirnos con otros cristianos en momentos determinados, en lugares determinados y, unidos y juntos, adorar a Dios1.

a. El pueblo de Dios

Me atrevo a decir que la adoración pública siempre ha sido una característica de los siervos de Dios, El hombre, por regla general, es un ser social y no le gusta vivir separado de sus congéneres. En cada era, Dios ha hecho uso de ese poderoso principio y ha enseñado a su pueblo a adorarle públicamente al igual que en privado, juntos al igual que solos. Creo que el Día Final mostrará que dondequiera que Dios ha tenido un pueblo también ha tenido una congregación. Sus siervos, por pocos que sean, siempre se han reunido y acercado a su Padre celestial en compañía. Han sido enseñados a hacerlo por muchas razones sabias; en parte para dar testimonio público al mundo; en parte para animarse y confortarse unos a otros y, sobre todo, para capacitarse y prepararse para la asamblea general en el cielo. “Hierro con hierro se aguza; Y así el hombre aguza el rostro de su amigo” (Pr. 27:17). El hombre poco sabe de la naturaleza humana si no sabe que ver a otros haciendo y profesando las mismas cosas que hacemos nosotros es una inmensa ayuda y gran aliento para nuestras almas.

b. Las Escrituras

Podemos trazar una línea de adoración pública desde el principio hasta final de la Biblia en la historia de todos los santos de Dios. Lo vemos en la primera familia que vivió sobre la tierra. La conocida historia de Caín y Abel se trata enteramente de actos de adoración pública. Lo vemos en la historia de Noé. El registro de lo primero que hicieron Noé y su familia cuando salieron del arca fue un acto de adoración pública. Lo vemos en la historia de Abraham, Isaac y Jacob. Dondequiera que los patriarcas tenían su tienda, edificaban siempre un altar. No solo oraban en privado sino que lo hacían también en público. Lo vemos a lo largo de toda la economía mosaica, desde el Sinaí hasta la venida de nuestro Señor.

Lo vemos a lo largo de todo el Nuevo Testamento. El Señor Jesús mismo da una promesa especial de su presencia donde dos o tres se reúnan en su nombre (Mt. 18:20). Los apóstoles, en cada iglesia que comenzaban, hacían del deber de congregarse el primer principio en su lista de deberes. Su regla universal era: “No dejando de congregarnos” (He. 10:25). Estas son cosas antiguas, lo sé; pero es bueno que las recordemos. Podemos afirmar como cosa cierta que donde no hay oración en privado no hay gracia en el corazón del hombre, y de igual manera podemos estar casi seguros de que donde no hay adoración pública no hay iglesia de Dios ni ninguna manifestación del cristianismo2.

c. Historia eclesiástica

Vayamos de la Palabra de Dios a las páginas de historia eclesiástica y ¿qué encontramos? Descubrimos que desde los días de los apóstoles hasta esta hora, la adoración pública siempre ha sido uno de los grandes instrumentos de Dios que beneficia a las almas. ¿Dónde generalmente despiertan almas dormidas, almas en oscuridad son iluminadas, almas muertas son vivificadas, almas que dudan se afirman, almas desconsoladas reciben consuelo, almas cansadas y cargadas son aliviadas? ¿Dónde, por regla general, más que en asambleas públicas de adoradores cristianos y durante la predicación de la Palabra de Dios? Quítese toda adoración pública del país, ciérrense las iglesias y capillas, prohíbase a la gente reunirse en cultos religiosos, prohíbase toda clase de religión, excepto la que es privada; ¡hágase esto y véase el resultado! Sería infligir la mayor herida espiritual posible a tal país. Nada hay que sea más propenso a ayudar al diablo y detener la causa del cristianismo, excepto quitar la Biblia. Aparte de la Palabra de Dios nada hay que hace tanto bien a la humanidad como la adoración pública. “La fe es por el oír” (Ro. 10:17). Las asambleas religiosas cuentan con la presencia especial de Cristo.

d. Formulismo

Admito que la adoración pública puede convertirse en una mera apariencia, puro formulismo. Sin duda que muchos cristianos de nombre solamente, asisten continuamente a las iglesias y capillas sin recibir beneficio alguno por el hecho de haber asistido. Como las vacas flacas del faraón, no mejoran sino que empeoran, son más incrédulos y más empedernidos (Gn. 41:19-21). No sorprende que el que quebranta el Día de Reposo se defiende diciendo: “Por lo que veo, los que no van a ninguna parte los domingos son tan buenos como los que van a la iglesia y a la capilla”.

Pero nunca olvidemos que el mal uso de algo bueno no es argumento contra su uso. Una vez que uno se niega a usar algo que es mal usado en este mundo pecador, poco nos queda que sea bueno. Demos una mirada más amplia a la cuestión. Consideremos cualquier distrito en Inglaterra y dividámoslo en dos grandes sectores: Adoradores y no adoradores. [Estoy seguro que] encontraremos mayor cantidad de buenos entre los que adoran al Señor que entre los que no lo hacen. Sea lo que sea lo que los hombres dicen, realmente importa. No es cierto que los adoradores y los que no adoran sean todos iguales.

Nunca olvidemos las palabras firmes de San Pablo3: “No [dejemos] de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos” (He. 10:25). Sigamos este consejo mientras tengamos vida; en los malos tiempos y en los buenos sigamos asistiendo a los cultos públicos. No hagamos caso al mal ejemplo de muchos a nuestro alrededor que le roban a Dios su día y no acuden a su casa ni un domingo en todo el año. Continuemos adorando a pesar de cualquier desaliento, y no dudemos que a la larga, nos hace bien. Demos prueba de ser aceptables para el cielo por nuestro sentir en cuanto a las asambleas terrenales del pueblo de Dios. Bienaventurado el hombre que puede decir con David: “Yo me alegré con los que me decían: a la casa de Jehová iremos”; “Escogería antes estar a la puerta de la casa de mi Dios, que habitar en las moradas de maldad” (Sal. 122:1; 84:10).

Footnotes

  1. Negarle [a Dios] la adoración que le corresponde es una locura tan grande como negar su existencia. El que se niega a rendirle todo culto, niega también su existencia aunque, de hecho, no se la puede quitar. La inclinación natural de adorar es tan universal como la conciencia o percepción de Dios, de otra manera, nunca hubiera cundido en el mundo la idolatría. La existencia de Dios nunca fue reconocida en ningún país sin que fuera antes percibida; y muchos que han dado su espalda a algunas otras partes de la ley de la naturaleza, han rendido un homenaje continuo a algún Ser superior e invisible. Los judíos dieron una razón por la cual el hombre fue creado la noche del Día de Reposo: fue porque debía comenzar su existencia con la adoración a su Hacedor. En cuanto tuvo conciencia de que era una criatura, su primer acto solemne tuvo que ser un respeto particular hacia su Creador. Temer a Dios y guardar sus mandamientos es el todo del hombre (Ec. 12:13). Sin una sumisión expresa a Dios, no es hombre sino bestia. La religión es tan esencial como la razón para completar al hombre. No sería razonable si no fuera religioso porque al descuidar la religión, descuida el dictado principal de la razón. (Stephen Charnock, Charnock’s Works [Obras de Charnock], Nichol’s Edition, Tomo I, 182). [Es traducción para esta obra.]

  2. Por supuesto que el lector entenderá que admito plenamente la imposibilidad de observar la adoración pública en tiempos de persecución. Cuando los emperadores romanos perseguían a la iglesia primitiva y era prohibido ser cristiano, por fuerza el culto público era una imposibilidad. Pero estos casos son evidentemente excepcionales.

  3. El apóstol Pablo ha sido tradicionalmente considerado el autor de la Epístola a los Hebreos; no obstante, algunos consideran que la evidencia no es definitiva.