SERMÓN 9 – SANTIFICANDO EL NOMBRE DE DIOS EN EL OÍR LA PALABRA

LEVÍTICO 10:3. En los que a mí se acercan me santificaré.

Lo siguiente para la recta conducta del alma para santificar el Nombre de Dios es esto, debemos recibir la palabra con mansedumbre de espíritu, y esto lo tienes en Santiago 1:21. “Por lo cual, desechando toda inmundicia y abundancia de malicia, recibid con mansedumbre la palabra implantada, la cual puede salvar vuestras almas”. “Recibid con mansedumbre”. La primera parte de esta Escritura, lo confieso, se refiere a algo de lo que fue antes, acerca de la preparación del alma, y quizás después, en la aplicación, llegaremos a explicar la primera parte de este versículo: “desechando toda inmundicia y abundancia de malicia”. Pero solo ahora citamos el lugar para esto, “recibid con mansedumbre la palabra implantada, la cual puede salvar vuestras almas”. Que haya quietud en vuestro espíritu al atender a la palabra, sin apresurarse. Hay una doble ferviente enfermedad en muchas personas que es un gran obstáculo para el provecho de la palabra y para santificar el Nombre de Dios al oírla.

(1) La primera es una enfermedad de la pasión en aquellos que tienen algún problema de conciencia en ellos, están preocupados por su pecado, y sus espíritus están malhumorados y descontentos porque no tienen ese consuelo que sí desean, y por lo tanto la palabra de Dios cuando se les predica, si no concordase en todos los sentidos con sus corazones, y si no encuentran consuelo presente en ella, sus espíritus aparecen malhumorados y deteriorados, y la desechan, y aunque se les hayan predicado las cosas más agradables jamás dichas, sin embargo, hay ira en sus espíritus porque no pueden aplicar la palabra a sí mismos, y piensan: “Esto no me concierne”. Pero ahora, debe haber mansedumbre de espíritu en aquellos que tienen problemas de conciencia, sobre todo, deben atender tranquilamente la palabra, y esperar el tiempo en que Dios hablará paz a sus conciencias. Y si no puedo encontrar la palabra adecuada para mí en este momento, sin embargo, en otro momento puedo hacerlo, por lo que debería atender con mansedumbre, y recibir todo con mansedumbre. La palabra está por encima de mí, y si alguna vez obtengo bien, debe ser por medio de la palabra en última instancia. De mucha importancia resulta tener espíritus mansos a aquellos que tienen problemas de consciencia.

(2) Hay otra enfermedad en los demás y que es peor, es decir, que cuando encuentran que se les acerca la palabra, relatando aquellos pecados de los cuales sus conciencias les dicen que son culpables, su corazón se levanta contra Dios y su palabra, y también contra los ministros, porque los despojarían de alguna amada corrupción, porque los reprende por alguna plaga del mal, alguna enfermedad del corazón de la que han sido o son culpables, los avergüenza, y por lo tanto sus corazones se levantan contra eso.

Es una cosa terrible que el corazón se levante contra la palabra. Como leemos de ese príncipe rebelde Joacim en la Profecía de Jeremías, que cuando se leyó el rollo en su oído, sentado en el tiempo de invierno junto a un gran fuego, tomó un cortaplumas de escriba y lo cortó en pedazos y lo arrojó al fuego en enfado, y he leído que los judíos guardaban ayuno cada año para llorar por ese gran pecado, y sin embargo, este Joacim era hijo de Josías, cuyo corazón se derritió al oír la palabra, tenía un corazón humilde y manso cuando la Ley fue leída, y sin embargo vean qué diferente espíritu tenía Joacim del de su padre o abuelo. Es una gran deshonra para el nombre de Dios que los hombres den libertad a sus pasiones para levantarse contra la palabra. Cuídense de la pasión, ya sea mientras escuchan la palabra, o después de la palabra, como muchos de ustedes cuando están descontentos con lo que se dice. Cuando vienes en compañía, qué furor tienen muchos hombres al oír algunas cosas en la palabra que les llega al corazón.

Acuérdense cuando estén oyendo la palabra qué es lo que está por encima de ustedes, y no conviene que un inferior se muestre apasionado en presencia de un superior, es verdad, los ministros pueden estar en una condición tan baja como la vuestra, y en una inferior, pero la palabra que hablan es sobre todos los príncipes y monarcas sobre la faz de la tierra y es conveniente, por lo tanto, que tengamos que tratar con Dios que nos comportemos con una disposición mansa.

6. Lo siguiente para el nombre de Dios santificador al oír la palabra es esto, debemos oírla con corazón tembloroso, con temor, así como con mansedumbre, y para eso tienes esa famosa Escritura al comienzo de Isaías 66:1 “Jehová dijo así: El cielo es mi trono, y la tierra estrado de mis pies; ¿dónde está la casa que me habréis de edificar, y dónde el lugar de mi reposo?” “Porque todas estas cosas las ha hecho mi mano, y todas esas cosas han sido, dice el Señor, pero a este hombre miraré, al que es pobre y de espíritu contrito y que tiembla a mi palabra”.

Esta es una Escritura admirable, fíjate cómo Dios se ensalza en su gloria, un Dios tan grande, tanto que dice: “El cielo es mi trono, y la tierra estrado de mis pies, ¿dónde está la casa que me habréis de edificar”. Pero entonces, puede una pobre alma decir, ¿cómo podré estar delante de este Dios que es tan glorioso? Dice Dios, no te desanimes, pobre alma que tiemblas ante mi palabra, porque a ti miro, y luego esto es otra cosa observable que Dios tiene una consideración con esa alma que tiembla ante su palabra, en lugar de cualquiera que construya los edificios más suntuosos del mundo para Él, porque dice Dios aquí, el cielo es mi trono, y la tierra es el estrado de mis pies, ¿dónde está la casa que me edificáis, y dónde está el lugar de mi reposo? Han edificado un templo glorioso a Dios, pero ¿qué es lo que veo que Dios dice?

Miro al que tiembla ante mi palabra más que a la gran casa que me has edificado, es una Escritura notable para mostrar el gran respeto que Dios tiene por el que tiembla a su palabra, Él los mira más que a este glorioso templo, que fue edificado para Él. Si ustedes pudieran edificar un lugar como este para el servicio de Dios, lo considerarían una gran cosa, pero tal cosa no es de considerar tanto como cuando traen un corazón tembloroso a la palabra de Dios, eso es una cosa especial en que consiste la santificación del nombre de Dios.

Y esto ocurre cuando llegamos a ver la terrible autoridad que hay en la palabra de Dios, cuando somos capaces de ver más gloria de Dios en su palabra que en todas las obras de Dios, porque hay más de su gloria en la palabra que en toda la creación del cielo y de la tierra, compárese con el sol, la luna y las estrellas, ustedes que son marineros han visto mucho de la gloria de Dios en el exterior, que uno pensaría que podría infundir terror en cada uno de sus corazones, pero sepan que hay más de lo terrible del nombre de Dios en su palabra que en todas sus obras.

En el Salmo 138:2: “has engrandecido tu nombre”, la palabra se magnifica sobre el nombre de Dios enteramente, y es muy buena señal de un alma espiritualmente iluminada que pueda ver el nombre de Dios más magnificado en su palabra que en todas sus obras. Apelo a sus conciencias en este asunto, ¿han visto ustedes alguna vez el nombre de Dios más magnificado en su palabra que en todas sus obras? Puedo afirmar con mucha confianza que no hay alma piadosa sobre la faz de la tierra que tenga el grado más débil de gracia pero que haya visto más de la gloria de Dios revelada en su palabra, que lo que ha visto en todas las obras de Dios, y su corazón haya sido más cautivado por ello. Se requiere, por tanto, un marco de corazón tembloroso cuando la oímos.

Y luego, además, cuando se considera que la palabra es la que une al alma a la vida o a la muerte, los estados eternos de los hombres están en juego, y ciertamente entonces, se requiere un corazón tembloroso para oír aquello por lo cual el estado eterno del hombre está en juego, no santificamos el nombre de Dios cuando venimos a oír la palabra, excepto que venimos con corazones temblorosos, y ellos son los más propensos de todos los hombres y mujeres a entender la mente de Dios.

En cuanto a los que vienen con espíritus engreídos que entienden mucho antes de venir, y piensan que su alcance de ingenio o capacidad está más allá de la capacidad de cualquiera que les explique la palabra (sin embargo, eso es solo cuando se considera al hombre que la predica y no se reflexiona acerca de la palabra misma). Ahora bien, estos que son ricos en sus propios pensamientos y entendimientos son enviados vacíos, pero los que se acercan a la palabra con corazones temblorosos, son los hombres que están dispuestos a entender los consejos de Dios revelados en su palabra. En Esdras 10:2-3. “Respondió Secanías hijo de Jehiel, de los hijos de Elam, y dijo a Esdras: Nosotros hemos pecado contra nuestro Dios, pues tomamos mujeres extranjeras”, etc. Sin embargo, ahora hay esperanza en Israel acerca de este asunto.

“Ahora, pues, hagamos pacto con nuestro Dios, que despediremos a todas las mujeres y los nacidos de ellas, según el consejo de mi señor y de los que temen el mandamiento de nuestro Dios”, de modo que los que tiemblan ante la palabra de Dios son los más aptos para aconsejar, entienden la mayor parte de la mente de Dios. Y esa es otra particularidad del comportamiento del alma al santificar el nombre de Dios al oír su palabra.

7. La siguiente es una sujeción humilde a la palabra que oímos, nuestro corazón debe inclinarse ante ella, debe estar bajo la palabra que oímos. Es una Escritura muy notable la que tenemos en 2 Crónicas 36:12. Allí se dice acerca de un gran rey: Sedequías, que hizo lo malo ante los ojos del Señor, su Dios, y no se humilló delante del profeta Jeremías, quien habló lo proveniente de la boca del Señor. ¿Es una expresión muy extraña como cualquiera que tenemos en el libro de Dios, que Sedequías, un gran rey, fuese acusado de esto como un gran pecado porque no se humilló. Preguntarás: ¿humillarse ante quién? Estamos obligados a humillarnos ante Dios, pero he aquí que él no se humilló ante el profeta Jeremías, ¿Por qué ante el profeta? Porque habló de la boca del Señor.

Si es algún mensajero que habla de la boca del Señor, Dios espera que nos humillemos, de modo que, si alguna verdad se les llega a entregar a ustedes, el Señor espera que ustedes se postren y obedezcan, sin importar los pensamientos, juicios, u opiniones de ustedes. Si la palabra es contraria a sus vidas, ustedes deben someter sus juicios, someter sus propias conciencias, someter sus voluntades, cualquiera que sea el propósito de sus corazones, aunque se sientan tan contentos como nunca en sus espíritus, ahora sométanse, y cedan, aunque nunca se cruce tanto en sus mentes, sus voluntades, sus fines, sin embargo, todo debe someterse e inclinarse ante la palabra, como para estar dispuesto a negarse a ustedes mismo con respecto cualquier cosa del mundo. Cuando un hombre o una mujer puede decir así, Señor, es verdad, confieso que antes de escuchar tu palabra abierta en la evidencia y demostración del Espíritu hacia mí, tenía tal mente y mi corazón buscaba tales y tales contentamientos, y pensé que era imposible que alguna vez mi corazón fuera arrebatado de ellos, pero, oh, Señor, te has complacido en mostrarme claramente por la explicación de tu palabra en la evidencia de tu Espíritu, cuál es tu mente.

Ahora, pase lo que pase de mi nombre, de mis comodidades, de mis contentamientos en este mundo, Señor, aquí lo arrojo todo delante de ti, me someto a tu palabra, este es un marco de gracia. Ahora, el nombre de Dios es levantado y exaltado al oír la palabra, el nombre de Dios es santificado en una obra del Espíritu como ésta.

He leído de un ministro alemán que escribió a Ecolampadio, otro famoso ministro alemán, él dijo esta expresión, “Oh, que venga la palabra de Dios, y aunque tuviéramos 600 cuellos, todos los someteríamos a la palabra de Dios”, dice él. Así debe ser el temperamento de aquellos que escuchan la palabra y desean santificar el nombre de Dios en ella, que la palabra de Dios venga esta mañana, que Dios hable y nos someteremos si tenemos 600 cuellos, nos someteremos todo lo que somos, o tenemos, a esta palabra del Señor, es la palabra de Dios, que estamos dispuestos a que triunfe sobre nosotros. Tener una congregación que se someta a la palabra de Dios que se les predica es una cosa muy excelente, y el nombre de Dios es muy santificado.

Hermanos, no deseamos que se sometan a nosotros, no solo estamos dispuestos, sino que deseamos mucho que examinen lo que les hablamos, sea conforme a la palabra de Dios o no. Pero miren bien, que, si les hablamos lo que es la palabra de la boca del Señor, sepan entonces que Dios espera que ustedes sometan sus bienes, sus almas, sus cuerpos, todo lo que ustedes son y tienen, a la palabra, y ese es otro particular en la santificación del nombre de Dios al oír la palabra, debe haber una sumisión humilde del alma a ella.

8. Otra particularidad en que consiste la conducta del alma para la santificación del nombre de Dios, es ésta, la palabra debe ser recibida con amor, y con alegría, no les basta estar convencidos de la autoridad de ella, y piensen así, debo ceder a ella, esta es la palabra de Dios y si no cedo a ella debo esperar que las plagas y juicios de Dios la sigan, y eso no es suficiente, sino que deben ceder a ella con amor, y con alegría, si no reciben la palabra con amor y con alegría esta no es santificada, ustedes no santifican el Nombre de Dios, ni lo tienen por santificado tampoco. Debes recibir la palabra no solo como la verdadera palabra del Señor, sino como la buena palabra del Señor. En 2 Tesalonicenses 2:10 encontramos que esto es la causa de que los hombres fueron entregados a un espíritu de engaño, porque no recibieron la palabra de Dios en amor. Se habla del anticristo, que en su venida vendrá con todo engaño, y prevalecerá con los que perecen, ¿quiénes son? Los que no reciben el amor de la verdad para ser salvos. Hermanos míos, no basta recibir la verdad para que seamos salvos, pero debemos recibir el amor de la verdad si alguna vez queremos ser salvos, buena es la palabra del Señor para mi alma. Y debemos recibirlo tanto con alegría como con amor; Proverbios 2:10. “Cuando la sabiduría entrare en tu corazón, y la ciencia fuere grata a tu alma, la discreción te guardará, te preservará la inteligencia”, etc.

Ese es un gran asunto, cuando la palabra revela alguna verdad a tu entendimiento, y puedes recibirla de tal manera que sea agradable a tu alma, que tu alma se regocije en ella, es una buena palabra, es lo que me hace bien en el corazón, cuando un pueblo puede oír la palabra, y acercándose a ellos, pueden decir: Esta palabra me hace bien en el corazón, es agradable para mi alma, eso es excelente. En Hechos 4:41, se describe a los piadosos, aquellos que recibieron la palabra para santificar en ella el Nombre de Dios, fue porque con gusto recibieron la palabra, que fueron bautizados, y el mismo día se les añadieron como tres mil almas. Fueron tres mil en un día los que con gusto recibieron la palabra, ¡Qué auditorio tenía Pedro en este momento! Entonces la palabra les hizo bien, cuando la recibieron con alegría.

Indagación: Pero puede decirse, leemos en Mateo 13 del pedregal, los oyentes que no eran buenos y no aprovecharon la palabra para ser salvos, pero recibieron la palabra con gozo. Y Herodes se dice de él, que escuchó a Juan Bautista con gusto: ¿Parece entonces que no basta recibirlo con alegría?

Respuesta: A eso respondo primero, debe haber algo que los hipócritas puedan tener, si falta eso, no podemos santificar el Nombre de Dios. Pero ustedes dirán, Debemos ir más lejos o de lo contrario el Nombre de Dios no es santificado. Eso lo confieso, por tanto, cuando hablo de alegría y gozo, sepan que me refiero a otra clase de gozo que el que tenía el suelo pedregoso, y ciertamente el placer del que se habla en el Proverbio que mencioné antes. Y el gozo de que los tres mil recibieron la palabra además es diferente del gozo de los que cayeron en pedregales. Si me preguntan ¿en qué difieren? Yo respondería que difiere así: la alegría de un hipócrita al recibir la palabra de Dios surge, o de la novedad de ella, porque es una cosa nueva, y adquiere nuevas nociones que antes no tenía, o bien se alegra de algunas otras excelencias carnales que encuentra junto con la palabra, alguna estima u honor que obtendrá por ella, algún egoísmo hay que alegra su corazón, porque hay una gran cantidad de excelencia natural y carnal que va junto muchas veces con la palabra.

Pero ahora, este gozo del que se habla en los Hechos y en los Proverbios, es el gozo que brota de la aprehensión de las excelencias espirituales que hay en la palabra, porque es esa palabra la que revela a Dios y a Cristo a mi alma, esa palabra que se acerca más a mi alma para mortificar mis deseos y santificar mi corazón. Esto es lo que me regocija en la palabra, la santidad y la excelencia espiritual que veo en la palabra: “Sumamente pura es tu palabra (Dice David), Y la ama tu siervo”. Esto no lo puede decir ningún hipócrita. Veo la imagen de Dios en su palabra, veo el cristal mismo de la santidad de Dios en su palabra, siento que la palabra puede traer mi alma a Dios, donde mi alma disfruta de la comunión con Dios y Jesucristo, y es esto lo que alegra mi alma. Si así recibimos la palabra con gozo, llegaremos a santificar el Nombre de Dios al oírla. Y ese es el octavo punto.

9. El noveno punto es este, si queremos santificar el Nombre de Dios en su palabra, debemos recibir la palabra en corazones honestos. Esto lo tienes en Lucas 8:15 en la Parábola del Sembrador, encontrarás allí que hay diversos terrenos que sí reciben la semilla, y por esos diversos terrenos se entienden diversas clases de oyentes: primero está la semilla que cae junto al camino, es decir, los que oyen la palabra y nunca hacen caso de lo que oyen, y tan pronto como salen de la congregación la semilla de la palabra ya casi ha desaparecido, y es como si no la hubiese escuchado en lo absoluto.

Y luego está el terreno pedregoso, y el terreno espinoso, es decir, los que oyen con gozo (como se habló antes) pero los afanes del mundo ahogan la semilla de la palabra, tan pronto como se van, están en sus asuntos mundanos, y sus pensamientos y corazones corren de esa manera. Pero luego está la buena tierra, es decir, aquellos que reciben la semilla de la palabra en un corazón bueno y recto, tanto el corazón bueno como el corazón recto están unidos. Por un buen corazón se entiende un corazón que no tiene malicia en él, un corazón que desea despojarse de todo lo que está en contra de la palabra, y que no es adecuado a la espiritualidad de la palabra.

Un corazón que no entretiene nada en él que de alguna manera obre contra la palabra. Un buen corazón es un corazón que, como dice el Apóstol en Santiago 1:21 (y ese lugar muy bien puede entrar aquí para ser explicado): se limpia de toda inmundicia y superfluidad de malicia.

La palabra que allí se traduce inmundicia significa excrementos, lo que es impuro, lo que sale del cuerpo, tal es la pecaminosidad de vuestros corazones. Vienes a oír la palabra, si es con corazones malvados, mezclas esa misma inmundicia que es tan vil ante Dios como lo son los excrementos. Y la superfluidad de malicia, con eso se quiere decir, o es como si el Espíritu Santo dijera: no lo piensen tanto para purgar la inmundicia, es decir, notorios males apestosos, pecados abominables, no vengan con tan inmundos corazones viles, sino que, lo que hay en sus corazones eso está de alguna manera en contra de la obra de la Gracia, es un exceso de maldad, toda clase de malos pensamientos, y malos afectos que son más que necesidades.

Miren dentro de sus corazones y afectos, y vean todo lo que encuentren allí que sea más de lo que debería ser, corriendo hacia cualquier cosa ilícita, laboren para purgar lo que Él dice, no se satisfagan en ninguna clase de mal. Puede ser que estéis limpios de los notorios males del mundo. Pero si queda alguna maldad, alguna clase de somnolencia en vuestros corazones que no sea gracia, debe ser purgada, porque es una superfluidad.

Así que es un buen corazón el que no alberga ninguna clase de mal en él. Puede ser que haya algún mal, pero desea purgar no sólo lo que es sucio, repugnante y abominable, pero si hay algo que no debe estar allí, un buen corazón está en contra. Y ese es un buen corazón, el que está dispuesto a recibir cualquier cosa que Dios le revele. Como solemos decir, un hombre así es un buen hombre, es decir, no puedes esperar que esté dispuesto a hacer algo que le digas, pero al menos, está dispuesto a escucharte. Un hombre bueno no tiene ningún tipo de maldad en él, ningún mal designio en absoluto, pero él está dispuesto a escuchar todo lo que es bueno. De modo que, un buen corazón está dispuesto a albergar cualquier cosa buena, si es una buena cosa, su corazón es adecuado para ella y corre hacia ella, teniendo un buen corazón, pronto se apegará a la buena palabra del Señor.

Pero ¿qué significa un corazón recto? Por rectitud (honestidad) de corazón, ciertamente se entiende más que cuando llamamos a un hombre honesto, es decir, un hombre que es honesto en sus tratos entre hombre y hombre. Hay muchos hombres que se consideran hombres muy honestos en el mundo, pero que no tienen un corazón honesto: les ruego que lo observen, que el hombre que tiene un corazón honesto para con Dios, es el que recibe la semilla de la palabra, porque está más allá de los de junto al camino, de los pedregales, o del terreno espinoso, va más allá de esas tres clases de profesores, es uno que tiene una eminencia en profesión de religión más allá de esos tres: ahora, el mundo considera muchos hombres honestos que no van más allá de ninguno de esos tres, sí, el mundo ordinariamente considera a cualquiera de esos tres hombres honestos, como el camino de la calzada.

¿Acaso no hay muchos hombres honestos en el mundo, que no tienen en cuenta la palabra de Dios en absoluto? Me temo que hay algunos hombres y mujeres que son considerados hombres y mujeres honestos en el mundo, que difícilmente pueden dar cuenta de cualquier sermón que hayan escuchado en toda su vida, apenas lo digo, pero la palabra que escucharon ahora se quita de ellos, y sin embargo, estos son considerados hombres honestos en el mundo. Pero este no es el corazón honesto del que habla la escritura.

Y muchos hay que van más lejos que estos, que vienen a oír la palabra con gozo, y sin embargo no tienen este corazón sincero. Sí, pueden oír la palabra como para desenvainar una espada, y sin embargo no tienen este corazón sincero. Por este corazón honesto entiendo por lo tanto esto, un corazón que trata recta y verdaderamente con Dios, comportándose de una manera adecuada a esa autoridad y excelencia que hay en la palabra de Dios. Como ahora, por ejemplo:

(I) Primero, entre los hombres se le considera un hombre honesto que trata recta y verdaderamente con los hombres en todas las acciones, un hombre así dirás que es un hombre honesto, un hombre tan honesto como el que alguna vez partió el pan, es decir, uno que tratará directamente con los hombres, no solo en una cosa, sino que lo convertirá en cualquier cosa, y encontrará una proporción entre una acción y otra. Así que este es un corazón honesto, no uno que solo continuará adelante por Dios en alguna acción en la que él pueda disfrutar con Dios.

Pero uno que trata directamente con Dios, aunque Dios lo ponga en un deber, en cualquier servicio, Dios encontrará que sigue siendo el mismo hombre. Póngalo en un servicio fácil (como muchos aceptarán) o póngalo en un servicio difícil, lo encontrarás acertado en todo, aunque se le imponga aquello en lo que es probable que sufra mucho, sin embargo, continuará de acuerdo con sus principios. Un corazón recto es aquel que ha recibido principios de gracia, y en consecuencia actúa. Ni aún el mundo entero podría apartarlo de sus principios de piedad que el Señor ha puesto en su corazón.

(II) En segundo lugar, un hombre recto es el que actúa con rectitud ante los hombres, que hace todas las cosas decentemente en todas aquellas relaciones que tiene con los demás, que tenemos por rectitud. Así que cuando el comportamiento de un hombre hacia la palabra es tal como corresponde a la palabra de ese Dios con quien tiene que tratar, y ve su excelencia, la gloria que hay en la palabra de Dios, la conducta tan adecuada que hay en el corazón de un hombre hacia ella, este es un corazón recto.

De modo que hay esas dos cosas: cuando un hombre está en armonía con Dios en una cosa, así como en otra, y cuando hay una adecuación en la conducta del alma a la excelencia que hay en la palabra, cuando el corazón del hombre no abusa en nada de la palabra, sino que se comporta honestamente, de acuerdo con la gravedad, santidad y peso que hay en la palabra. Y así ahora con un corazón tan bueno y recto debemos recibir la palabra si es que vamos a santificar el Nombre de Dios en ella.

10. Un décimo punto es este, si vamos a santificar el nombre de Dios en la palabra, debemos retener la palabra en nuestros corazones, no solo debemos escuchar la palabra sino guardarla, retenerla, y luego declaramos que consideramos que la palabra de Dios realmente vale algo. Porque ¿qué es santificar a Dios (como hemos explicado antes en general) sino tal comportamiento hacia él que pueda testificar la excelencia del nombre de Dios, por lo que el comportamiento del alma al oír la palabra debe ser tal que pueda dar testimonio de la excelencia de la palabra y manifestación de la alta estima que le tengo.

Ahora bien, si recibo una cosa que es de gran valor, si la desprecio, y dejo que alguien me la quite, no doy testimonio de la excelencia de esa cosa, pero si la tomo y la guardo bajo llave, esa acción de guardarla bajo llave es una manera de dar testimonio de la estima que tengo de la excelencia de esa cosa, así que ahora, cuando llego a oír la palabra, y me encuentro con verdades que se me han metido en el alma, cierro la puerta enseguida, y comprendo que estoy resuelto dentro de mi corazón mientras la escucho, y digo: esta verdad la mantendré por la gracia de Dios, esto me preocupa, y le daré mucha importancia, y aunque olvido otras cosas, sin embargo, espero recordar esto para santificar el nombre de Dios al escuchar la palabra.

En Isaías 42:23: “¿Quién atenderá y escuchará respecto al porvenir?” Dice el Espíritu Santo allí. Cuando venimos a la palabra, no solo debemos escuchar para el tiempo presente, ya que muchos de nosotros mientras escuchamos, nuestros corazones se conmueven por el presente. ¡Oh, que pudiéramos tener siempre ese afecto de corazón como el que tenemos cuando escuchamos la palabra, ¿cuántos de ustedes han dicho cuando han estado escuchando tal sermón. ¿Oh, entonces pensé que podría haber pasado por el fuego y el agua por Dios? Pero lo advierto, debes escucharlo para el futuro.

Y en Salmos 119:11: Allí el profeta David profesó que guardó la palabra en su corazón, la palabra fue dulce para él, Tu palabra dice que: “en mi corazón he guardado tus dichos, Para no pecar contra ti”. Ustedes que vienen y escuchan esas verdades en el día del Señor, si las guardasen así en sus corazones y las guardaran toda la semana, les ayudarían contra las muchas tentaciones con las que se encuentran, sales afuera los días de semana en compañía, y allí te encuentras con una tentación y te vence, y te quejas: ay, soy débil, me he encontrado con una tentación y me ha engañado.

Pero si hubieras guardado en tu corazón la palabra que oíste en el día del Señor, te habría guardado de la fuerza de tu tentación para que no te venciera. Los que son verdaderamente piadosos tienen cuidado de guardar la palabra en sus corazones, cuando la oyen, piensan, esta palabra me ayudará contra tales y tales pecados a los que soy propenso por naturaleza, y cuando venga la tentación de ese pecado, espero tener uso de la palabra que he oído este día. Como ahora, supón que escuchas una palabra contra la pasión, entonces debes guardar esa palabra en tu corazón contra aquel tiempo en que viene la tentación a permitir la pasión, y escuchas una palabra contra la sensualidad, y contra el abuso de las cosas creadas, debes guardar esa palabra, contra esa tentación viene, y oyes una palabra contra la injusticia y los tratos injustos, cuando venga una tentación a ese pecado debes guardar esa palabra contra ese tiempo. Así oyes una palabra que habla de obediencia a los padres, y deberes de los siervos a los gobernantes, ahora debes guardar esa palabra en vuestros corazones para aquel tiempo.

“En mi corazón he guardado tus dichos, Para no pecar contra ti”. ¿Dices que de buena gana resistirías y no serías vencido por las tentaciones? Aquí está la solución: guarda la palabra dentro de ti para que no peques contra Él; Y así en Proverbios 2:1 tienes una Escritura con el mismo propósito, acerca de guardar los mandamientos dentro de nosotros. Y luego en 1 Juan 2:14: “Os he escrito a vosotros, jóvenes, porque sois fuertes, y la palabra de Dios permanece en vosotros, y habéis vencido al maligno”. Os he escrito a vosotros jóvenes, sois jóvenes, tenéis naturalezas fuertes, y por lo tanto, fuerza natural para Dios, pero ¿cómo es que esto sucede? Sois fuerte y la palabra de Dios permanece en vosotros.

Aquí hay una Escritura excelente para todos los jóvenes, tienen la memoria fresca, y si quieren ejercitar su memoria acerca de cualquier cosa, debe ser en la palabra de Dios, es una cosa hermosa y excelente ver a los jóvenes tener la palabra de Dios que permanece en ellos, que si vienes a ellos, no solo una semana sino un mes después de que hayan oído la palabra, te pueden dar cuenta de ello. Estoy verdaderamente seguro de que hay muchos jóvenes en este lugar, que son capaces de darle a los ancianos, si se lo piden, una cuenta de lo que es santificar el nombre de Dios en los deberes de la adoración. ¿Por qué es esto así? Porque la palabra de Dios permanece en ellos, es el honor de los jóvenes que la palabra de Dios permanezca en ellos, y así vencen al maligno.

Y, por otro lado, muchos jóvenes que vienen a escuchar la palabra pueden ser atraídos por otros, o puede ser que les encanta caminar por la mañana, pero la palabra de Dios no permanece en ellos, y por lo tanto, cuando el inicuo viene con tentaciones la semana siguiente, son vencidos por él, pero aquellos que tienen la palabra de Dios morando en ellos, vencen al inicuo. Y así en Juan 8:31 tienes una Escritura muy notable para este propósito de guardar la palabra después de que la hayamos oído. “Dijo entonces Jesús a los judíos que habían creído en Él: Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos”.

Les ruego que lo observen, se dice que los judíos sí creyeron en Cristo, y sin embargo dice Cristo “si permanecéis en mi palabra entonces sois mis discípulos. ¿Por qué los que creían en Cristo no eran discípulos de él? Por este creer entonces debemos entender algún tipo de noción general que tenían de Cristo, comenzaron a pensar que Cristo podría ser el verdadero Mesías, algún tipo de creencia imperfecta que tenían, pero no fueron completamente convencidos, por lo que dice Cristo: si permanecéis en mi palabra, sois mis discípulos.

Como si dijera, ¿no te parece suficiente que vengas a oírme, y que te dejes llevar por lo que digo, debéis perseverar en mi palabra, y entonces seréis mis discípulos. Cristo no admitirá que ese hombre o mujer sea su discípulo que no persevere en su palabra. ¡Oh, que ustedes consideraran esto, ustedes que se contentan con tener algunos destellos de sus afectos cuando oís la palabra, pero no penséis que sois discípulos de Cristo por causa de ellos! En Tito 1:9 “Retenedor de la palabra fiel tal como ha sido enseñada”, esa es la cosa por la que deben esforzarse, retener la palabra fiel, retenerla, para que no ose la quiten, y así vengan a santificar el nombre de Dios en el oír de su palabra.

(11) Lo último de lo que hablaré es esto: si quieres santificar el Nombre de Dios al oír su palabra, ponerla en práctica, o de lo contrario el Nombre de Dios es blasfemado, o al menos es tomado en vano por ti si no pones en práctica lo que escuchas. Así lo encuentras en Santiago 1:25: “No siendo oidor olvidadizo, sino hacedor de la obra, éste será bienaventurado en lo que hace”. Y versículo 22 “sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos”. La palabra que aquí que se traduce “engañándoos a vosotros mismos”, es una palabra tomada de los lógicos, y significa hacer un falso silogismo. El que oye la palabra y no la hace, como que razona así, los que vienen a la Iglesia (como solemos decir) ésos seguramente son religiosos, pero yo vengo a sermones y por lo tanto soy religioso.

Ahora bien, este es un razonamiento falso, y no haces más que engañarte a ti mismo. No seas solamente oidor, sino hacedor de la palabra, para que no engañes a tu propia alma. Y lo mismo está en Romanos 2: 3 “¿Y piensas esto, oh hombre, tú que juzgas a los que tal hacen, y haces lo mismo, que tú escaparás del juicio de Dios?” Como si dijera, tenéis la palabra, y podéis juzgar por ella lo que oís, pero aun así sois malos en vuestras vidas, esto es menospreciar las riquezas de la bondad de Dios para con vosotros.

Y en Filipenses 2:16 tienes un texto notable donde el Espíritu Santo dice de los filipenses, que quiere que se aferren a la palabra de vida. Sería algo excelente si pudiera decirse de esta congregación, que, así como ellos vienen diligentemente a escuchar, y están dispuestos a esforzarse para levantarse de sus camas tan temprano en la mañana, así debería ser durante toda la semana, que ello ase aferren a la Palabra de Dios. Ustedes que son siervos, puede ser que sus amos no sean nada, y las familias de dónde vienen, nada, ahora, cuando vuelvan a casa, aunque puede ser que no les permitan repetir el sermón, sin embargo, deben pronunciar el sermón en vuestra práctica y proceder, ¡Cómo es glorificado el Nombre de Dios cuando proclamamos su palabra! Esto es para que no sólo brille la luz de ustedes, sino que la luz de la palabra brille delante de los hombres para que la contemplen y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.

Así que ahora pongan todos estos once puntos juntos, y habrán cumplido con la expresión que encontramos en Hechos 13:48. Que la palabra de Dios fue glorificada. Y con el mismo propósito tenemos otra expresión en 2 Tesalonicenses 3:1: “Por lo demás, hermanos, orad por nosotros, para que la palabra del Señor corra y sea glorificada, así como lo fue entre vosotros”. Este es el elogio de un pueblo que glorifica la palabra de Dios. Les ruego hermanos, en el nombre de Jesucristo esta mañana, que ustedes que son oidores de la palabra, glorifiquéis la palabra, y glorifiquen el Nombre de Dios en la palabra.

¡Oh, que ninguno de ustedes sea una desgracia o una vergüenza para la palabra de Dios, esta es la acusación que Dios os impone esta mañana, si esperan recibir algún bien de la palabra, o mirar el rostro de Dios con consuelo, cuya palabra es esta: no sean una vergüenza para su palabra, ni para los ministros de su palabra! Junten todas estas cosas, y aprendan a hacer conciencia de santificar el Nombre de Dios al oír la palabra, para que ninguno de vosotros dé ocasión justa a otros de decir, ¿es esto oír sermones? ¿Obtienes nada más que esto al escuchar sermones?

Si abrierais la boca de los hombres para decir esto de vosotros, la palabra de Dios en cuanto está en vosotros sería deshonrada, más bien deberías pensar así, sería mejor para mí morir, y estar bajo tierra y pudrirme allí, que la palabra de Dios sea avergonzada por mí. Déjame sostener la gloria de la palabra, la palabra es la que ha hecho bien a mi alma, la palabra es que yo no lo haría por diez mil mundos sin haberla oído, ¿y he de deshonrar esta palabra? ¿Daré alguna ocasión para que se hable mal de esta palabra del Señor por causa mía? Oh, Dios no lo quiera. Por tanto, si no os consideráis a vosotros mismos ni a vuestro propio honor, mirad, sin embargo, el honor de la palabra. Si alguna vez has obtenido algún bien por la palabra, debes irte con esta resolución. Bueno, trabajaré todos los días de mi vida para honrar esta palabra de Dios por la que he obtenido tanto bien: si esto fuera solo la resolución de cada uno de sus corazones esta mañana, sería un bendito trabajo matutino.