1. Cosas para evitar en la adoración pública

Procedo, en cuarto lugar, a mostrar algunas cosas que deben ser evitadas en la adoración pública. Sé muy bien que en este mundo no hay nada perfecto. Estoy seguro de que no hay iglesia visible alguna en que no nos sería fácil encontrar faltas, defectos y deficiencias. El mejor culto en la mejor iglesia visible en la tierra siempre estará infinitamente por debajo de la norma de la Iglesia glorificada en el cielo. Admito, con dolor y humillación, que en la fe, la esperanza, la vida y la adoración del pueblo de Dios también abundan las imperfecciones. Separarse de la iglesia y renunciar a ella porque notamos defectos en su administración no es la actitud de un hombre sabio. Es olvidar la parábola del trigo y la cizaña (Mt. 13:24-30).

Con todo esto, no puedo olvidar que estos son tiempos peligrosos en lo que a adoración se refiere. Están sucediendo muchas cosas en muchas iglesias y capillas inglesas en la actualidad que son tan censurables que creo necesario dar algunas advertencias al respecto. Es imperativo que el pastor hable de ellas. Si el atalaya guarda silencio, ¿cómo puede la ciudad preparar su defensa? (Ez. 33:2-9). “Y si la trompeta diere sonido incierto, ¿quién se preparará para la batalla?” (1 Co. 14:8).

Existen tres grandes males en aumento en la adoración pública que requieren atención especial en la actualidad. Creo que es un deber positivo señalarlos. Necesitamos permanecer en guardia contra estos males y cuidarnos de no infectar y dañar nuestras almas.

a. Desequilibrio entre las ordenanzas

En primer lugar, cuidado con cualquier adoración que da un honor desproporcionado a una ordenanza de Cristo en detrimento de la otra. Hay en este momento iglesias en las que el bautismo y la Cena del Señor, como la vara de Aarón (Ex. 7:12), devoran todo lo demás en la religión. Nada fuera de estas recibe mucha atención. La honra dada al bautisterio y a la mesa del Señor acapara todo. En comparación, todo lo demás se quita de su lugar, es eclipsado, minimizado y echado en un rincón. No vacilo en decir que este tipo de adoración es inútil para el alma del hombre. Cuando uno altera las proporciones de una receta médica puede transformar el medicamento en veneno. Una vez enterrado el cristianismo debajo del bautismo y la Cena del Señor, se destruye completamente la idea correcta de la adoración cristiana.

b. Decoración excesiva

En segundo lugar, cuidémonos de cualquier adoración en que se usa una cantidad excesiva de decoraciones y ornamentos. Hay en la actualidad muchas iglesias en las que el culto divino es llevado a cabo con tal cantidad de vestimentas llamativas de mal gusto, con encendido de velas y ceremonias teatrales, que resulta contraproducente. La sencillez debe ser la gran característica de la adoración neotestamentaria. En toda circunstancia el uso de los ornamentos tiene que reducirse a lo mínimo. Ni en los Evangelios ni en las Epístolas encontramos ni la más mínima razón para un ceremonial ornamental, ni símbolo alguno, excepto el agua, el pan y el vino. Sobre todo, la impiedad inherente en la naturaleza humana es tal que nuestra mente es muy pronta para dejar a un lado las cosas espirituales y enfocarse en cosas visibles. Le guste o no, lo que el corazón del hombre necesita [que se le enseñe] es la inutilidad de los adornos externos en menoscabo de la gracia interior1.

c. Sacerdotes que parecen ofrecer sacrificios

Sobre todas las cosas, cuidémonos de toda adoración en que los ministros usan la vestimenta de sacerdotes sacrificiales o actúan como si lo fueran. Existen centenares de iglesias inglesas en la actualidad en que la Cena del Señor se administra como un sacrificio y no como un memorial (Lc. 22:19b) y el clero actúa prácticamente como mediadores entre Dios y el hombre. Enseñan abiertamente que los elementos de la Cena realmente se transforman en el cuerpo y la sangre de nuestro Señor. La mesa del Señor es llamado altar. Los elementos consagrados son tratados con idólatras reverencias, como si Dios mismo estuviera en ellos en la forma de pan y vino. Se promueve el hábito de la confesión privada al sacerdote y se insta a la gente a confesarse. Es imposible concebir que tal adoración sea otra cosa que ofensiva a Dios. ¡Él es un Dios celoso y no cede su honor a nadie!

El sacrificio de nuestro Señor Jesucristo en la cruz, una vez ofrecido, no puede repetirse de ninguna manera ni en ningún sentido. Nunca ha delegado su oficio de mediador y sacerdote a ningún hombre ni a ninguna orden de hombres. No hay ni una palabra en los Hechos o las Epístolas que muestre que los apóstoles alguna vez pretendieron ofrecer sacrificios como sacerdotes, o hacer alguna oblación en la Cena del Señor, o escuchar confesiones privadas y conferir absoluciones judiciales. Seguramente ese simple hecho debería hacer pensar a los hombres. ¡Cuidémonos del sacrificialismo, la misa y el confesionario!

Quiero levantar la voz de alarma contra las tres impiedades que acabo de mencionar. Semejante adoración no es aceptable a los ojos de Dios. Hombres astutos pueden ser muy convincentes al presionarnos. Una adoración puede ser muy atractiva a la vista, el oído y la parte sensual de nuestra naturaleza. Pero tiene un defecto fatal: no puede ser defendida ni fundamentada con textos claros de las Escrituras. El sacramentalismo, ceremonialismo y sacrificialismo no serán encontrados en las Biblias profusamente leídas y sinceramente interpretadas.

Si ninguna otra cosa nos abre los ojos, investiguemos las páginas de la historia británica y veamos lo que nos dicen. De la adoración en que los sacramentos, ceremonias, el sacerdotalismo2 y la misa son el componente principal, Inglaterra ha tenido demasiado. Tal adoración fue probada en el pasado durante siglos por la Iglesia de Roma anteriores a la Reforma Protestante y fracasó rotundamente. Llenó al país de superstición, ignorancia, formalismo e inmoralidad. No confortaba a nadie, mucho menos santificaba a nadie, ni enaltecía a nadie [y] a nadie ayudaba a llegar al cielo. ¡Convirtió a los sacerdotes en tiranos despóticos y a la gente en esclavos inmundos!

¿Y volveremos a eso? ¡Dios no lo permita! ¿Volveremos a aceptar que nos insistan incesantemente a participar en cultos en los que el bautismo, la Cena del Señor, el poder del sacerdocio, la “presencia real” de Cristo en la Eucaristía, la necesidad de decoraciones simbólicas, el valor de las procesiones, los estandartes, los recuadros y luces del altar son predominantes? Repito ¡Dios no lo permita! Todo el que ama su alma retírese de semejante adoración y manténgase apartado de ella. ¡Evítela y aléjese de ella como lo haría de un veneno!

Footnotes

  1. Los ritos pomposos han sido el gran motor con que el diablo ha engañado a las almas de los hombres, convirtiendo la sencillez de la adoración divina en algo repugnante, indigno de la majestad y excelencia de Dios (2 Co. 11:3). Los judíos no comprendían la gloria del segundo templo en la presencia del Mesías porque no tenía la grandeza esplendorosa del que había construido Salomón.

  2. Sacerdotalismo – Sistema católico romano con los que los sacerdotes representan a Dios ante los hombres y a los hombres ante Dios, ignorando la verdad bíblica que los creyentes del Nuevo Testamento tienen acceso directo a Dios y son hechos “un reino de sacerdotes” y “real sacerdocio” (Ex. 19:6; 1 P. 2:9).