- Elementos esenciales de la adoración pública
Procedo, en tercer lugar, a mostrar las partes esenciales de la adoración pública cristiana. Tomemos el caso de alguien que nunca ha prestado sincera atención al tema de la religión y que nunca ha asistido regularmente a ningún lugar de adoración. Supongamos que esa persona despierta a un sentido del valor de su alma y desea información sobre cosas religiosas. Se desconcierta cuando sabe que no todos los cristianos adoran a Dios de la misma manera, y que este vecino adora a Dios de una forma y aquel de una forma distinta. Oye a uno decir que el único camino al cielo es a través de su iglesia y a otro que le responde que todos los que no se hacen miembros de su capilla se van al infierno. ¿Qué puede pensar? ¿No hay ciertas cosas que son parte esencial de la adoración cristiana? Sin vacilación afirmo que las hay. Mi próxima tarea es presentarlas en orden.
Reconozco sin problema que el Nuevo Testamento poco dice acerca de la naturaleza de la adoración pública. Hay una gran diferencia en este sentido entre la Ley de Moisés y la ley de Cristo. La religión del judío estaba llena de directivas estrictas y detalladas sobre la adoración; la del cristiano tiene muy pocas; y las que hay son descripciones muy sencillas y generales. La religión judía abunda en tipos, emblemas y figuras1; la cristiana solo dos: el bautismo y la Cena del Señor. La religión judía enfoca al adorador principalmente por la vista, la religión del Nuevo Testamento apela directamente al corazón y la conciencia. La religión del judío se limita a una nación en particular; la del cristiano es para todo el mundo. El judío puede consultar los escritos de Moisés y de un vistazo ver todos los componentes de su adoración; el cristiano puede recurrir a unos pocos textos y pasajes aislados, que deben ser aplicados a cada iglesia según las circunstancias2.
En suma, no hay nada comparable a Éxodo y Levítico en el Nuevo Testamento. Sin embargo, el lector cuidadoso de las Escrituras cristianas no tendrá problema en encontrar en ellas los elementos y principios esenciales. Donde están presentes estas partes esenciales, hay adoración cristiana. Donde no lo están, la adoración es defectuosa, imperfecta e incompleta.
a. El Día de Reposo cristiano
En la adoración pública integral, siempre se honra el Día de Reposo. Este día bendito fue escogido, entre otros, precisamente con el siguiente propósito: dar a los hombres una oportunidad de reunirse como servicio a Dios. El Día de Reposo fue dado al hombre incluso en el Paraíso (Gn. 2:2-23). La observancia de un Día de Reposo es parte de los Diez Mandamientos (Éx. 20:8-11). La adoración a Dios en el Día de Reposo fue observado por el Señor Jesucristo mismo (Mr. 1:21). Era la práctica de los cristianos primitivos reunirse al menos un día por semana, aunque lo hacían el primer día en lugar del séptimo (Hch. 20:7; 1 Co. 16:2). Congregarse en la casa de Dios el Día de Reposo cristiano [que desde tiempo atrás, llamamos Día del Señor] ha sido la costumbre de todos los cristianos profesantes durante mil ochocientos años3. Los mejores y más consagrados santos de Dios siempre les han insistido fuertemente a otros el valor de la adoración en el Día del Señor, y han dado testimonio de su provecho.
Sin duda suena muy lindo y espiritual decir que todos los días debieran ser para el cristiano el Día del Señor, y que un día no debiera ser más santo que los demás. Pero los hechos son más fuertes que las teorías. La experiencia da pruebas de que la naturaleza humana requiere ayudas con días, horas y épocas fijas para seguir adelante con la vida espiritual, y la adoración pública nunca prospera si no se observa el orden establecido por Dios. “El día de reposo fue hecho por causa del hombre” por Aquel que hizo al hombre en el principio y sabe lo que es carne y sangre (Mr. 2:27). Por regla general, donde no hay Día del Señor, no hay adoración pública.
b. Un pastor
En la adoración pública integral tiene que haber un pastor. No quiero decir en absoluto que tiene que ser uno episcopal; no soy tan estrecho ni cerrado de mente como para negar la validez de las órdenes presbiterianas o congregacionales. Solo mantengo que está en la mente de Dios que algún tipo de pastor dirija la adoración de congregaciones cristianas para que sean responsables de una conducta decente y ordenada al acercarse a Dios.
No entiendo cómo uno puede leer los Hechos de los Apóstoles y las Epístolas a los Corintios, Efesios, Timoteo y Tito y negar que el ministerio sea un llamado de Dios. Digo esto con todo respeto por los cuáqueros y los hermanos libres, quienes no tienen pastores ordenados; digo simplemente que no entiendo sus posturas sobre este tema. Me parece a mí que la razón misma nos dice que los asuntos que se dejan a nadie en particular, pronto serán totalmente descuidados. Se dice que el orden es la primera ley del cielo. Una vez que la gente empieza a no tener el Día del Señor ni pastores, ¡no me sorprendería que terminaran por no tener culto público, ni religión ni Dios!
c. Predicación de la Palabra
En la adoración pública integral tiene que haber predicación de la Palabra de Dios. No encuentro en el Nuevo Testamento ningún caso de asambleas eclesiásticas en que la predicación y la enseñanza no ocupen el lugar más prominente. Me parece a mí que es el instrumento principal por el cual el Espíritu Santo no solo vivifica a los pecadores, sino que también guía y edifica a los santos. Observo que en las últimas palabras que San Pablo escribió a Timoteo como joven ministro, le insta de manera especial que “predique la palabra” (2 Ti. 4:2). Por lo tanto, no puedo creer que ningún sistema de adoración en que se presta poca atención a la predicación o la descarta en un rincón, pueda ser un sistema bíblico ni uno que cuente con la bendición de Dios.
No confío en la utilidad de los cultos que se componen enteramente de leer oraciones, cantar himnos, administrar los sacramentos y marchar en procesiones. Creo con firmeza al igual que el Obispo Latimer4 que una de las grandes metas de Satanás es exaltar las ceremonias y menospreciar la predicación. Son de profundo significado las palabras: “No menospreciéis las profecías” (1 Ts. 5:20). El menosprecio por los sermones es una señal bastante segura de una declinación de la religión espiritual.
d. Oración pública
En la adoración pública integral tiene que haber oración pública unida. No encuentro registro de asamblea religiosa alguna en el Nuevo Testamento en que las oraciones y las plegarias no fueran una parte principal de ellas. Encuentro que San Pablo le dice a Timoteo: “Exhorto ante todo, a que se hagan rogativas, oraciones, peticiones y acciones de gracias, por todos los hombres” (1 Ti. 2:1). Dichas oraciones deben ser sencillas y fáciles de entender, de modo que todos los adoradores las entiendan y puedan seguir lo que dice el que guía en oración.
En cuanto sea posible debe ser un acto en conjunto de toda la asamblea y no el de la mente de una sola persona. Me parece a mí que una congregación de cristianos profesantes que se reúne solo para escuchar un gran sermón y no participa ni se interesa en orar, no cumple las normas del Nuevo Testamento. La adoración pública no consiste de solo oír5.
e. Lectura de las Escrituras
En la adoración pública integral tiene que haber lectura de las Sagradas Escrituras en voz alta. Esto era evidentemente parte del culto de la sinagoga judía, como podemos comprobar por lo sucedido en Nazaret y en Antioquía de Pisidia (Lc. 4:16; Hch. 13:15). Es indudable que la intención era que la Iglesia cristiana honrara la Biblia tanto como la honraban los judíos. A mi modo de ver, San Pablo se refiere a esto cuando le dice a Timoteo “Entre tanto que voy, ocúpate en la lectura” (1 Ti. 4:13). En este texto, no creo que “lectura” se refiera al estudio privado. La razón y el sentido común enseñan el provecho de la práctica de leer las Escrituras. La iglesia visible6 siempre tiene miembros que no pueden leer o que no tienen voluntad o tiempo para leerlas en su casa. ¿Qué mejor plan puede haber para instruir a tales personas que la lectura regular de la Palabra de Dios? La congregación que poco oye de la Biblia siempre corre el peligro de depender enteramente de su pastor. Dios siempre debe hablar a la asamblea de su pueblo al igual que el hombre7.
f. Alabanza
En la adoración pública integral tiene que haber alabanza pública unida. Que esto era la costumbre entre los primeros cristianos es evidente por las palabras de San Pablo a los Efesios y a los Colosenses, en que recomendaba el uso de “salmos, con himnos y cánticos espirituales” (Ef. 5:19; Col. 3:16). El hecho que fuera una costumbre tan prevalente como para ser una sello distintivo de los primeros cristianos, es sencillamente lo que muestra la historia. Plinio8 registra que cuando se reunían “acostumbraban cantar un himno a Cristo como Dios”.
Nadie puede leer el Antiguo Testamento sin descubrir el lugar extremadamente prominente de la alabanza en el Templo. ¿Quién puede dudar que “el servicio del canto” (1 Cr. 6:31) era altamente estimado en el Nuevo Testamento? La alabanza bien ha sido llamada la flor de toda devoción. Es la parte de nuestra adoración que nunca morirá. Predicar, orar y leer ya no se necesitarán, pero la alabanza seguirá para siempre. La congregación que no participa de la alabanza o deja que se haga cargo un coro, no puede considerarse en un estado satisfactorio.
g. El bautismo y la Cena del Señor
Por último, en la adoración pública integral tiene que haber una práctica regular de los dos sacramentos que Cristo estableció en su Iglesia. Por bautismo debieran agregarse continuamente nuevos miembros a la congregación, e incluirse públicamente a la lista de cristianos profesantes. Por la Cena del Señor, los creyentes tienen la oportunidad de confesar a su Maestro y ser continuamente fortalecidos, renovados y recordados de su sacrificio en la cruz. Creo, con toda consideración a cuáqueros y hermanos libres, que nadie que descuida estos dos sacramentos hubieran sido considerados cristianos por San Pablo y San Pedro, San Santiago y San Juan.
Es indudable que como todas las demás cosas buenas [estos dos sacramentos] pueden ser dolorosamente mal usados y profanados por algunos y, por otros, supersticiosamente idolatrados. Pero al final de cuentas, es imposible dejar de reconocer el hecho que el bautismo y la Cena del Señor fueron ordenados por Cristo mismo como medios de gracia9 y no podemos dudar que quiso que fueran administrados reverente y debidamente. Creo sin duda alguna que el hombre que prefiere adorar a Dios por muchos años sin recibir el sacramento de la Cena del Señor no sería considerado en plena comunión durante la época de los Apóstoles.
Aconsejo a mis lectores que presten especial atención a estos siete puntos, y los invito a considerarlos con cuidado. Es posible que pueda haber dicho de ellos cosas con las cuales no coinciden algunos cristianos. Yo no soy su juez; deben responder a su propio Maestro. Solo puedo decirles, como hombre honesto, lo que me parece que enseñan las Sagradas Escrituras. De ninguna manera quiero decir que nadie será salvo que no ve a la adoración pública como la veo yo. No es lo que digo.
Pero sí digo que cualquier sistema regular de adoración pública que no dé un lugar importante al día del Señor, al pastor, la predicación, la oración, la lectura de las Escrituras, a la alabanza y a los dos sacramentos me parecen deficientes e incompletos. Si asistimos a un lugar de adoración donde cualquiera de estos siete puntos es descuidado, creo que perdemos mucho y nos hacemos daño. Puede ser que andemos bien, pero creo que podemos andar mejor. Opino que estas siete partes de la adoración pública se destacan claramente en el Nuevo Testamento, y claramente lo digo.
Footnotes
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tipos, emblemas y figuras – Símbolos que representan otras cosas con características similares. ↩
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Aunque el Nuevo Testamento no es tan preciso como el Antiguo en dar detalles sobre la forma y las prácticas de la adoración pública, la doctrina del principio regulativo nos asegura que las Escrituras demandan que estructuremos nuestra adoración siguiendo las directivas sencillas que encontramos en ellas. No debemos agregar ni quitar los elementos esenciales de la adoración, aunque circunstancias o imprevistos pueden ser adaptados por el contexto específico de una iglesia en particular. Ver la Confesión Bautista de Fe de 1689 1.6 y 22.1. ↩
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Tener en cuenta cuándo el autor escribe, desde el siglo I hasta su época. ↩
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Hugh Latimer (c. 1487-1555) – Profesor de Clare College, Cambridge y Obispo de Worcester antes de la Reforma; más adelante, Capellán de la Iglesia Anglicana en la corte del Rey Eduardo VI. En 1555, fue quemado en la hoguera, uno de tres mártires de Oxford del anglicanismo. ↩
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Note el lector que intencionalmente me abstengo de decir nada sobre este tema que se presta a controversias sobre las oraciones públicas en la congregación, en el sentido si debieran ser litúrgicas y ya preparadas o espontáneas. No lo menciono porque no lo mencionan las Escrituras. Ni las liturgias ni las oraciones espontáneas son expresamente sancionadas ni expresamente prohibidas en la Palabra de Dios. Misericordiosamente se les da amplia libertad a las iglesias. Por un lado, opino que el (supuesto) cristiano que… violenta a su hermano porque usa una liturgia es un fanático ignorante. Por otro lado, opino que el (supuesto) cristiano que… excomulga a su hermano porque no usa la liturgia es igualmente un fanático ignorante. ¡Ambos están equivocados! ↩
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iglesia visible – Cuerpo local de los que profesan ser creyentes: “Todos en todo el mundo que profesan la fe del evangelio y obediencia a Dios por Cristo conforme al mismo, que no destruyen su propia profesión mediante errores fundamentales o conductas impías, son y pueden ser llamados santos visibles; y de tales deben estar compuestas todas las congregaciones locales” (Confesión Bautista de Fe de 1689 26.2, a su disposición en Chapel Library). A menudo se contrasta con “iglesia invisible”, el cuerpo de los verdaderos creyentes regenerados de todos los tiempos. “La iglesia católica o universal, que (con respecto a la obra interna del Espíritu y la verdad de la gracia) puede llamarse invisible, se compone del número completo de los electos que han sido, son o serán reunidos en uno bajo Cristo, su cabeza; y es la esposa, el cuerpo, la plenitud de aquel que llena todo en todos” (CBF 1689 26.1). La idea de una asamblea universal e invisible y la de asambleas locales y visibles no deben llevarnos a pensar que son dos cuerpos independientes; son simplemente dos maneras de ver una misma iglesia de la cual dijo Jesús: “edificaré mi iglesia” (Mt. 16:18). Comprendemos que no todos nuestros lectores coinciden con esta distinción. ↩
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No hay nada en la adoración pública de la iglesia anglicana que admiro tanto como la gran cantidad de pasajes bíblicos que ordena leer en voz alta a sus miembros. Todo el que va a la iglesia dos veces los domingos escucha dos capítulos del Antiguo Testamento y dos del Nuevo además de salmos, epístolas y evangelios. Dudo que los miembros de ninguna otra iglesia de la cristiandad oigan nada que se parezca a la misma proporción de la Palabra de Dios. ↩
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Plinio el Viejo (Gaius Plinius Secundus, años 23-79) – Autor romano, naturalista y filósofo al igual que comandante militar del Alto Imperio Romano. ↩
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medios de gracias – Cosas que Dios se complace en usar con el fin de lograr salvación y santificación en el corazón humano, incluyendo la predicación de la Palabra, lectura y estudio de la Biblia, oración, bautismo, la Cena del Señor, culto familiar, canto y comunión fraternal. ↩