- Principios sustanciales de la adoración pública
Procederé ahora a enunciar los principios sustanciales de la adoración pública. Estos son tan claros y obvios para todos los lectores serios de la Biblia que no necesito detenerme mucho tiempo en ellos. Pero para beneficio de algunos que hasta ahora no les han dado atención, siento que es mejor presentarlos en orden.
a. El objeto correcto
Por empezar, la adoración pública auténtica tiene que ser dirigida al objeto correcto. Está escrito claramente tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento: “Al Señor tu Dios adorarás, y a él sólo servirás” (Mt. 4:10; ver Dt. 6:13). Toda adoración y oración dirigidas a la virgen María, a los santos y a los ángeles son absolutamente inútiles y contrarias a las Escrituras. Tal adoración es perder el tiempo. No hay ni la más mínima prueba de que los santos o los ángeles pueden oír nuestra adoración, o que si la oyeran, podrían hacer algo por nosotros. Es adoración que ofende a Dios. Él es un Dios celoso y ha declarado que no dará su gloria a otro. Entre los Diez Mandamientos no hay ninguno tan estricto y arrasador como este segundo mandamiento (Ex. 20:4-6). No solo nos prohíbe adorar, sino aun “inclinarnos” ante algo que no sea Dios.
b. La mediación de Cristo
Además, la adoración pública auténtica tiene que ser dirigida a Dios a través de la mediación1 de Cristo. Está claramente escrito: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí” (Jn. 14:6). Está escrito que los cristianos son un pueblo que “por él [Cristo] se acercan a Dios” (He. 7:25). Sin la menor duda, el Ser poderoso con quien tenemos que tratar es un Dios de amor, bondad, misericordia y compasión absoluta. “Dios es amor” (1 Jn. 4:8), pero no es menos cierto que es un ser de justicia, pureza y santidad infinita [y] que aborrece infinitamente al pecado y no puede tolerar la maldad. Es el mismo Dios que echó del cielo a los ángeles, que ahogó al mundo con un diluvio y arrasó con fuego a Sodoma y Gomorra. Aquel que pretenda acercarse a él displicentemente sin una expiación2 y un mediador, o por uno que no es el Mediador que él escogió se encontrará con que su adoración es en vano. “Nuestro Dios es fuego consumidor” (He. 12:29).
c. Adoración bíblica
Además, la adoración pública auténtica tiene que ser directamente bíblica, deducible de las Escrituras o en armonía con ellas. Está escrito claramente acerca de los judíos de la época de nuestro Señor: “En vano me honran, enseñando como doctrinas, mandamientos de hombres” (Mt. 15:9). Sin duda que es notable la ausencia de instrucciones específicas sobre la adoración neotestamentaria. Hay bastante libertad para que las iglesias y congregaciones determinen su propio orden de culto. Aun así, no hay que olvidar la regla de nunca exigir de los hombres algo contrario a la Palabra de Dios.
Bien dice el artículo veinte3 de la Iglesia Anglicana: “La iglesia tiene el poder de decretar ritos y ceremonias, y autoridad en controversias sobre la fe. Y aun así, no es lícito que la iglesia ordene algo que es contrario a la Palabra escrita de Dios.” Bien dice el artículo 34: “Las ceremonias… siempre… han sido diversas, y pueden ser cambiadas de acuerdo con la diversidad de los países, épocas y costumbres, pero de manera que nada de lo que se ordene sea contra la Palabra de Dios”4.
Afirmo, pues, que cualquiera que nos diga que hay siete sacramentos, cuando la Biblia solo menciona dos5, o que cualquier ordenanza hecha por el hombre es obligatoria y tan necesaria para ser salvos como lo es una ordenanza dispuesta por Cristo, nos está diciendo lo que no tiene derecho a decir. No le hagamos caso. No solo está cometiendo un error, sino un pecado. San Pablo nos dice distintamente que existe lo que se llama “culto voluntario” que tiene “reputación de sabiduría” pero que es en realidad inútil porque solo satisface a la carne (Col. 2:23).
d. Adoración inteligente
Además, la adoración pública auténtica tiene que ser adoración inteligente. Con esto quiero decir que los adoradores tienen que saber lo que están haciendo. Esto lo dice claramente el Señor como acusación contra los samaritanos. “Vosotros adoráis lo que no sabéis; nosotros adoramos lo que sabemos” (Jn. 4:22). Está escrito acerca de los atenienses quienes, en su ignorancia, adoraban a un “dios desconocido” (Hch. 17:23). Es totalmente falso que la ignorancia sea la madre de la devoción. Los pobres papistas6 italianos, sin poder leer y sin saber ni un capítulo de la Biblia, pueden parecer extremadamente devotos y sinceros al arrodillarse entre una multitud ante la imagen de la virgen María, o escuchar oraciones en latín que no comprenden. Es absurdo suponer que su adoración es aceptable a Dios. El que hizo al hombre al principio lo hizo como un ser inteligente, con una mente al igual que un cuerpo. Una adoración en la que la mente no tiene su parte es inútil e inservible. ¡Puede adaptarse a una bestia al igual que un hombre!
e. Adoración de corazón
Además, la adoración pública auténtica tiene que ser de corazón. Con esto quiero decir que tenemos que incluir nuestros sentimientos y emociones al igual que nuestro intelecto; y nuestro hombre interior tiene que servir a Dios al igual que nuestro cuerpo. Está escrito claramente en el Antiguo Testamento, y fue citado por Jesucristo mismo: “Este pueblo de labios me honra; mas su corazón está lejos de mí. Pues en vano me honran” (Mt. 15:8-9; Is. 29:13).
Está escrito para los judíos en la época de Ezequiel: “Y vendrán a ti como viene el pueblo, y estarán delante de ti como pueblo mío, y oirán tus palabras, y no las pondrán por obra; antes hacen halagos con sus bocas, y el corazón de ellos anda en pos de su avaricia” (Ez. 33:31). El corazón es lo principal que Dios pide al hombre que traiga en todos sus acercamientos a él, sea en público o en privado. Una iglesia puede estar llena de adoradores que le dan a Dios una inmensa cantidad de servicio corporal. Puede haber una abundancia de gestos, posturas, miradas hacia el oriente, reverencias, la señal de la cruz, postraciones, semblantes endurecidos y ojos hacia el cielo, y aún así, el corazón de los adoradores puede estar tan lejos como el fin del mundo. Uno puede estar pensando sólo en placeres pasados o venideros, otro en negocios pasados o venideros, y otro en pecados pasados o venideros. Podemos estar muy seguros de que tal adoración es absolutamente inútil a los ojos de Dios. Es peor que inútil: es una hipocresía abominable. Dios es Espíritu (Jn. 4:24), y no le interesa la adoración corporal del hombre sin su corazón. “El hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón” (1 S. 16:7). El corazón quebrantado y contrito es el verdadero sacrificio, el sacrificio que Dios no despreciará (Sal. 51:17)7.
f. Adoración reverente
Por último, la adoración pública auténtica tiene que ser una adoración reverente. Está escrito: “Cuando fueres a la casa de Dios, guarda tu pie; y acércate más para oír que para ofrecer el sacrificio de los necios; porque no saben que hacen mal” (Ec. 5:1). Nuestro Señor Jesucristo comenzó y terminó su ministerio con dos protestas prácticas contra la adoración irreverente. En dos ocasiones echó del templo a los mercaderes porque lo profanaban con su tráfico. Justificó su acto de reprobación con esta afirmación contundente: “Escrito está: Mi casa, casa de oración será llamada; mas vosotros la habéis hecho cueva de ladrones” (Mt. 21:13).
Los que se autodenominan cristianos y asisten a las iglesias y capillas para mirar a los demás, murmurar, estar inquietos, bostezar o dormir —pero no para orar, alabar o escuchar— no son ni un ápice mejor que aquellos judíos malvados. No tienen en cuenta que Dios detesta la profanación y la indiferencia en su presencia; y comportarse ante Dios como no se atreverían a hacerlo en la presencia de su soberano, sea en privado o ante una audiencia, es realmente una ofensa muy grave. Tenemos que cuidarnos de no ir de un extremo al otro. No vale la pena, porque querer rendirle culto de cuerpo solamente, sea como sea que nos comportemos en la congregación, es inútil.
Aun la naturaleza, la razón y el sentido común deberían enseñarnos que hay una conducta adecuada para el mortal cuando se acerca a su Hacedor Todopoderoso y una manera correcta de hacerlo. No es de balde que está escrito: “Dios temible en la gran congregación de los santos, y formidable sobre todos cuantos están alrededor de él” (Sal. 89:7). Vale la pena asistir al culto público por el culto mismo, vale la pena hacerlo con cuidado y bien. Dios está en el cielo y nosotros en la tierra; no seamos precipitados ni imprudentes (Ec. 5:2). Demos atención a lo que somos. “Tengamos gratitud, y mediante ella sirvamos a Dios agradándole con temor y reverencia” (He. 12:28).
Pido la atención especial del lector a los cinco principios principales que acabo de presentar. Me temo que atacan en su raíz a la adoración de muchísimos adoradores en nuestro propio país, sin contar a papistas, mahometanos y paganos en otras partes del mundo. Me temo que miles de ingleses asisten regularmente al culto dominical sin obtener ningún provecho. Es un culto sin las Escrituras, sin Cristo, sin el Espíritu Santo, sin conocimiento, sin corazón y sin el más mínimo beneficio a los adoradores. Por lo que los beneficiaría, más bien que se quedaran en su casa. Ocupémonos de que este no sea nuestro caso.
Recordemos toda la vida que no es la cantidad de adoración sino la calidad que Dios considera. El carácter interior y espiritual de la congregación es para él mucho más importante que la cantidad de participantes o las señales externas y visibles de la devoción que demuestran. Los niños y los tontos, que admiran las apariencias, son los que piensan que todo está bien si hay una gran demostración externa de religiosidad. Pero con Dios no es así. Su ojo que todo lo ve, mira al hombre interior.
Footnotes
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mediación – La obra de Cristo como intercesor para reconciliar a Dios y al hombre. “Agradó a Dios en su propósito eterno, escoger y ordenar al Señor Jesús, su Hijo unigénito, conforme al pacto hecho entre ambos, para que fuera el mediador entre Dios y el hombre; profeta, sacerdote, y rey; cabeza y Salvador de la iglesia, el heredero de todas las cosas y juez del mundo; a quien dio, desde toda la eternidad, un pueblo para que fuera su simiente y para que a su tiempo lo redimiera, llamara, justificara, santificara y glorificara” (Confesión Bautista de Fe de 1689, 8.1). ↩
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expiación – Teológicamente, expiación significa reconciliación con Dios por medio de quitar o cubrir la culpa del pecado. Fue logrado a través del sacrificio de Jesucristo en la cruz. ↩
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artículo veinte – Referencia a los 39 Artículos de Fe articulados por la Iglesia Anglicana y la Episcopal en la convocatoria de Canterbury en 1563. ↩
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En concordancia con los 39 Artículos de la Iglesia Anglicana, Ryle apoya el punto visto anglicano que dice que la iglesia tiene la autoridad para decretar ritos, ceremonias y cualquier práctica en la adoración que no contradiga a las Escrituras. Esto se conoce como “principio normativo” de adoración. Aunque coincidimos con muchos de los pensamientos de Ryle sobre adoración, consideramos que este es inadecuado. El concepto Reformado de la adoración mantiene que “el modo aceptable de adorar al verdadero Dios fue instituido por él mismo, y está de tal manera limitado por su propia voluntad revelada que no se debe adorar a Dios conforme a las imaginaciones e invenciones de los hombres o a las sugerencias de Satanás, ni bajo ninguna representación visible ni en ningún otro modo no prescrito en las Sagradas Escrituras” (Confesión Bautista de Fe de 1689 22:1).Esto se conoce como “principio regulativo” de adoración, y surge de la doctrina de la suficiencia de las Escrituras. “Todo el consejo de Dios tocante a todas las cosas necesarias para su propia gloria, la salvación del hombre, la fe y la vida, está expresamente expuesto o necesariamente contenido en las Sagradas Escrituras; a las cuales nada, en ningún momento, ha de añadirse, ni por nueva revelación del Espíritu ni por las tradiciones de los hombres. Sin embargo, reconocemos que… hay algunas circunstancias tocante a la adoración de Dios y al gobierno de la Iglesia, comunes a las acciones y sociedades humanas, que han de determinarse conforme a la luz de la naturaleza y de la prudencia cristiana, según las normas generales de la Palabra, que han de guardarse siempre”. (Confesión Bautista de Fe de 1689 1.6, a su disposición en Chapel Library).Bannerman resume, “En el caso de la Iglesia Anglicana con respecto al poder de la iglesia en la adoración a Dios, es que tiene derecho a decretar todo, excepto lo que está prohibido en la Palabra de Dios. En el caso de nuestra propia iglesia, es que no tiene derecho a decretar nada, excepto lo que expresamente o por implicación ordena la Palabra de Dios” (James Bannerman, The Church of Christ [La iglesia de Cristo] 1:339-440. [Es traducción para esta obra.] ↩
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sacramentos…dos – “Un sacramento es una práctica sagrada instituida por Cristo; la cual, por medio de signos sensibles, representa a Cristo y a los beneficios de la nueva alianza, y los confirma y aplica a los creyentes” (Catecismo Menor de Westminster, Pregunta 92). Muchos protestantes y bautistas usan en la actualidad la palabra ordenanzas en lugar de sacramentos para diferenciarse de la Iglesia Católica Romana. La Biblia enseña que hay dos ordenanzas instituidas por Cristo en el Nuevo Testamento: bautismo y Cena del Señor, ambos dones otorgados a la Iglesia por la cual la iglesia es bendecida por la recordación de Cristo. ↩
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papistas – Los devotos del papa, o sea, católicos romanos. ↩
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Los hombres pueden ocuparse de la adoración todos los días de su vida con un corazón apático y no vivificado, queriendo compensar su falta de interés con una abundancia de servicios exteriores. Así como la fuerza del pecado procede de la conformación del corazón, la fuerza de la adoración proviene del temple y del cariz del alma. ¿Para qué mil cultos, si no se cortan de raíz los afectos carnales? ¿Qué son las oraciones a gran voz, más que metal que resuena y címbalo que retiñe sin caridad cristiana? Nuestro Salvador tildó de pura hipocresía la adoración farisaica de labios solamente. Dios no quiere sacrificios ni se deleita en ofrendas quemadas. No se ofrezcan sombras en lugar de sustancia. Dios requiere el corazón del hombre, pero ordena ceremonias exteriores supeditadas a la adoración interior, y la estimula e impulsa. Nunca fueron designadas sustancia de la religión sino como sus auxiliares.¿Podían los israelitas llamarse adoradores de Dios según su orden si llevaban mil corderos que habían muerto en una zanja o sacrificados en un hogar? Debían ser llevados vivos al altar y al pie del mismo derramar su sangre. Mil sacrificios de animales muertos antes del acto, no eran tan valiosos como uno llevado vivo al lugar del sacrificio (Charnock, “Discourse on Spiritual Worship” [Discurso sobre adoración espiritual] en Works [Obras], tomo I, 323). ↩