1. Amor por las cosas de este mundo

A menudo, siento que mi amor por las cosas de este mundo es más grande que mi amor por Dios. ¿Cómo entonces puedo llamarlo Padre? De hecho, a veces parece que el afecto que solía sentir por Dios se ha ido. Temo que todo el amor que he tenido por el Señor, sólo ha sido como un relámpago. Me temo que soy un hipócrita.

Respuesta: No se puede negar que el amor dominante por el mundo es una marca segura de un hombre que no es salvo. “Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él” (1 Jn. 2:15).

Sin embargo, los afectos más activos no siempre son los más fuertes. Un pequeño arroyo, a veces hace más ruido que un poderoso río. La fuerza de nuestros afectos sólo puede medirse por la firmeza y la solidez de la raíz. Supongamos que una persona se encuentra con un amigo que ha estado fuera del país. No ha visto a este amigo desde hace mucho tiempo. La expresión de su afecto por ese amigo podría, en este momento, ser más fuerte que sus sentimientos por su propia esposa e hijos. ¿Concluiríamos que ama a su amigo más que a ellos? ¡Seguramente que no! Aun así, aunque un cristiano pueda en el momento ser movido por el amor a algo en este mundo, esto no significa que él ame esto más que a Dios. El amor a Dios está siempre más firmemente arraigado en el corazón del creyente que cualquier disfrute mundano.

Si alguna vez hay una disputa entre el amor a Dios y el amor al mundo, uno de los amores ganará (Mt. 6:24). ¿Quieres entender tu estado espiritual? Mira en tu propio corazón y pon los dos amores en la balanza; mira cuál pesa más que el otro. Pregúntate a ti mismo a la vista de Dios, si te separarías de Cristo por causa de alguien o de algo en el mundo. Si contestas honestamente que, siguiendo sus órdenes, desecharías por Cristo lo que es más querido para ti en el mundo, entonces no tienes razón para pensar que amas más al mundo que a Dios. Por otro lado, si amas a alguien o algo en el mundo más que a Dios, entonces no eres un creyente. Considera los dos textos siguientes:

“El que ama a padre o madre más que a mí, no es digno de mí…” (Mt. 10:37).

“Si alguno viene a mí, y no aborrece a su padre, y madre… no puede ser mi discípulo” (Lc. 14:26).

De estos textos, podemos deducir que quien está dispuesto a separarse, incluso de su padre y su madre por el Señor, los ama a ellos menos que a Él.

Además, considera que hay dos tipos de amor por Cristo:

Primero, hay un amor emocional por Él. Es como una flecha en el corazón. Crea una santa enfermedad de amor en el alma. Anhela disfrutar del amado. Es como el anhelo descrito en Cantar de los Cantares 5:8: “Yo os conjuro, oh doncellas de Jerusalén, si halláis a mi amado, que le hagáis saber que estoy enferma de amor”. O se refiere a una plenitud de amor como en Cantar de los Cantares 2:5: “Sustentadme con pasas, confortadme con manzanas; porque estoy enferma de amor”. Tales sentimientos fuertes se encuentran, generalmente, en el nuevo converso, que “allí cantará como en los tiempos de su juventud” (Os. 2:15).

En ocasiones, están tan encendidos por el Señor que, incluso, están dispuestos a cuestionar a las personas piadosas que han sido creyentes durante mucho tiempo, sólo porque no comparten los mismos sentimientos intensos. Piensan erróneamente que hay menos religión en el mundo de la que realmente hay. Cuando la espuma se asienta bajo el borde de su propia copa, tal hombre encuentra en sí mismo, las mismas cosas que una vez criticó en otros. Esto debería humillarlo. Debería hacerle saber su necesidad diaria de la sangre de Cristo, del perdón y del Espíritu de Cristo para la santificación. De esta manera, crece en la humillación, el desprecio a sí mismo y la negación de sí mismo.

Segundo, hay un amor racional1 por Cristo. Este amor se muestra por una seria consideración de la autoridad de Dios y de sus Mandamientos. Cuando uno tiene este amor, quiere complacer a Dios obedeciéndole, aunque no sienta emociones fuertes. “Pues este es el amor a Dios, que guardemos sus mandamientos” (1 Jn. 5:3).

El amor emocional por Dios no siempre permanece contigo. Si te falta, no tienes que considerarte un hipócrita −siempre y cuando mantengas un amor racional por Cristo−. Una esposa fiel y amorosa no tiene necesidad de cuestionar su amor por su marido, sólo porque no tiene la misma experiencia emocional de amor por él como al principio del matrimonio.

Footnotes

  1. Racional – Teniendo el poder mental de la razón.