El dios que gobierna este mundo es el que los judíos llaman Jehová. Éste es el dios que hizo todas las cosas «y vio que eran buenas». Éste es el dios que requiere sacrificios sangrientos; el dios que dirige a su pueblo en batalla; el dios que ordena que poblaciones enteras sean pasadas a cuchillo; el dios «que visita la maldad de los padres sobre los hijos, sobre los terceros y los cuartos». Por encima de este Jehová, justiciero y vengativo, hay otro Dios, el «Dios no conocido», que es el Dios de amor. Éste no se relaciona con este mundo, sino que es «el Extranjero». Si Jehová es justo, fiero y belicoso, este Dios supremo es amable, plácido y bueno hasta lo infinito. Al parecer, Marción comenzó afirmando que el dios Jehová era un dios malo; pero luego —quizá debido a la influencia del gnóstico Cerdo—44 afirmó que era un dios justo. De este modo, el contraste no era tanto el que existe entre la bondad y la maldad, sino el que existe entre el amor y la justicia.
la doctrina de Marción es un paulinismo exagerado y descarriado. El mismo Marción, al confeccionar su canon del Nuevo Testamento e incluir en él sólo las epístolas de Pablo y el Evangelio de su compañero de viajes, da testimonio de su interés en exponer el mensaje del Apóstol a los Gentiles. El contraste entre la Ley y el Evangelio, la doctrina de la gracia de Dios y el carácter cristocéntrico de su mensaje colocan a Marción junto a Pablo y frente a buena parte del cristianismo contemporáneo. Como hemos visto anteriormente, ya desde los tiempos de los Padres Apostólicos se notaba la tendencia a hacer del cristianismo una nueva doctrina moral, y a privarle así del sentido del don gratuito de Dios que tanto había subrayado el apóstol Pablo
Justo L. González, Historia del pensamiento cristiano (Barcelona, España: Editorial CLIE, 2010), 131.