Mateo 16:18

“…sobre esta roca edificaré Mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella.”

Cristo estableció Su iglesia sobre la verdad revelada del evangelio. No sobre estructuras humanas, ni sobre tradiciones cambiantes, sino sobre la roca firme de Su Palabra. Y prometió que ni siquiera el infierno podría contra ella.

Su muerte y resurrección sellaron esa promesa. Antes de ascender, encomendó a sus discípulos la misión de hacer discípulos de todas las naciones, asegurándoles que estaría con ellos todos los días, hasta el fin del mundo.

Y así comenzó la historia. Los discípulos, ahora empoderados por el Espíritu Santo, proclamaron con valentía el evangelio. Sabían que vendría oposición, pero no imaginaban la magnitud. En el año 64, bajo el reinado del cruel emperador Nerón, los cristianos fueron acusados de incendiar Roma. A partir de entonces, la persecución se volvió sistemática: unos fueron quemados vivos, otros arrojados a las fieras o a la espada.

Los historiadores estiman que, hasta el año 311, murieron entre 5 y 7 millones de cristianos. Ser cristiano era, literalmente, estar dispuesto a morir por Cristo. Y sin embargo, o quizás por eso mismo, la iglesia creció. De 120 personas en un aposento alto, a más de 70 millones en todo el Imperio. .

Pero en el año 313, todo cambió. El emperador Constantino promulgó el Edicto de Milán, legalizando el cristianismo. Lo que antes era una fe contracultural, ahora era religión oficial. Lo que se vivía en catacumbas, ahora se celebraba en catedrales. Y lo que se sostenía por convicción, empezó a diluirse en conveniencia.

Con el paso de los siglos, y bajo la soberanía de Dios, la iglesia institucional se fue alejando de la verdad bíblica. La Palabra fue encerrada en latín. La gracia fue reemplazada por méritos. La fe fue sustituida por rituales. Cristo dejó de ser suficiente. Y la gloria, que solo pertenece a Dios, fue compartida con hombres, imágenes y sistemas.

  • La Escritura dejó de ser la única autoridad.
  • La gracia dejó de ser la única causa de salvación.
  • La fe dejó de ser el único medio.
  • Cristo dejó de ser el único camino.
  • Y la gloria dejó de ser solo para Dios.

Para el siglo XVI, la iglesia estaba saturada de contradicciones teológicas, tradiciones antibíblicas, abusos de poder y escándalos morales. Todo parecía indicar que el barco estaba a punto de naufragar… pero el Capitán seguía al mando.

Fiel a Su promesa, en 1511, mientras América vivía los primeros años de la colonización española, un monje agitado por el temor de Dios comenzaba a enseñar teología en Wittenberg. Martín Lutero no buscaba fama ni revolución. Solo quería saber cómo un pecador podía estar en paz con un Dios santo.

Por años vivió atormentado, intentando ganarse el favor divino con penitencias, ayunos y rosarios. Pero nada calmaba su conciencia. Hasta que abrió la epístola a los Romanos… y leyó:

“El justo por la fe vivirá.”

Mientras leía, el Espíritu iluminó su mente y le hizo comprender la verdad del evangelio: la justificación no se gana con obras ni méritos humanos. Es un acto soberano de la gracia de Dios, recibido únicamente por medio de la fe.

El 31 de octubre de 1517, ese “insignificante” maestro universitario clavó en la puerta de la iglesia de Wittenberg 95 tesis que denunciaban la corrupción doctrinal y moral de la Iglesia. Solo pretendía iniciar un debate académico entre colegas… pero el Señor tenía otro plan. Sus palabras, encendidas por el fuego del Espíritu, se esparcieron como pólvora. Y lo que comenzó como un gesto local, pronto se convirtió en un movimiento continental.

Su predicación, y la de otros hombres que Dios levantó junto a él, se caracterizó por un regreso radical a la Escritura. Comenzaron a proclamar que la autoridad no está en la tradición, sino en la Palabra; que la salvación no se compra ni se gana, sino que se recibe por gracia mediante la fe; que Cristo es el único camino, y que toda la gloria pertenece solo a Dios.

Alemania empezó a vibrar con esta proclamación. La Palabra, antes encerrada, volvió a correr libremente. El evangelio, antes oscurecido, volvió a brillar.

Pero no todos celebraron. El 3 de enero de 1521, Lutero fue oficialmente excomulgado por el papa León X. Poco después, fue citado a comparecer ante la Dieta de Worms, donde se le exigió retractarse. Rodeado de autoridades imperiales y eclesiásticas, fue intimidado, presionado, amenazado. Pero su conciencia, ahora cautiva de la Palabra, no podía ceder.

Y entonces, pronunció su famosa declaración:

“A menos que se me convenza mediante el testimonio de las Escrituras o por razones evidentes… no puedo ni quiero retractarme de nada, porque no es seguro ni correcto actuar contra la conciencia. ¡Aquí estoy, no puedo hacer otra cosa! ¡Que Dios me ayude!”

Ese día, 18 de abril de 1521, la Reforma dejó de ser una idea y se convirtió en una convicción inquebrantable. Lutero no se levantó por sí mismo. Fue Dios quien lo sostuvo. Y la roca sobre la que Cristo edificó Su iglesia volvió a quedar al descubierto.

Este 31 de octubre celebramos la obra soberana de Dios obrando en la historia. Dios utilizó a un hombre fragil y lleno de errores para que volvieramos a fijar nuestros ojosen nuestra palabra y en el salvador.

NUestro Rey sigue obrando y usando hombre y mujeres débiles que confían no en su propia fortaleza sino en la inmensa gracia de Dios, para que el mundo vea que el poder no está en el mensajero, sino en el mensaje.

Hoy, como entonces, necesitamos volver a la Escritura, volver a la cruz, volver a Cristo. La Reforma no es un evento histórico, sino un llamado actual. Un llamado a vivir por fe, a predicar con fidelidad, y a confiar en que el Señor sigue edificando Su iglesia sobre la roca que jamás será removida.