Introducción
El Señor nos ha puesto juntos —interesantemente, un poquito de nuestra historia—. Nosotros nos conocimos en una iglesia pequeña en las afueras de Chicago, con diferentes perspectivas, doctrinas, teología, forma de ver la Biblia. Y al pasar de los años, cuando nos volvimos a juntar, nos dimos cuenta de que el Señor había estado hablando en nosotros dos, y un amigo cercano que tenemos en común, Sergio Villanueva, había estado hablando en nosotros tres al mismo tiempo. Y nos unió realmente el amor por el evangelio y lo que el evangelio hace. Uf, me hace llorar.
Una de las cosas que el Señor me dio desde el principio es que me dio un deseo para que la iglesia del Señor contribuya a lo que el Señor ya está haciendo en la creación. Mira, si tú crees que Dios es soberano —y lo es— amén. Si tú crees que el Señor está en control de todas las cosas —y lo está— amén. Si tú piensas que el Señor se mueve providencialmente, que utiliza todas las cosas para cumplir sus propósitos, que no hay nada que se escape de lo que Él quiere hacer, y que Él se mueve de todas formas para cumplir lo que quiere hacer en esta creación, amén.
Entonces, lo que nosotros hacemos —no solamente cuando nos juntamos, cuando nos reunimos, sino cuando nos dispersamos— hace la diferencia. Y yo quisiera argumentar que lo que hacemos cuando nos juntamos, nos unimos, afecta grandemente lo que hacemos cuando nos dispersamos.
El crecimiento de la iglesia del primer siglo
Una de las primeras veces que yo empecé a pensar en esto fue estudiando acerca de la iglesia del primer siglo. Cuando tú miras la iglesia del primer siglo, te das cuenta de que era una iglesia que en pocos años impactó realmente al mundo grecorromano, de tal forma que todo el mundo, de alguna forma, había sido impactado, o había escuchado, o de alguna forma había sido tocado por el poder del evangelio.
Hay varios libros que hablan acerca de la historia del cristianismo en los primeros siglos. Uno de los más conocidos lo escribió un hombre llamado Rodney Stark, que cuando empezó a hacer su estudio acerca del cristianismo en el primer siglo, en el proceso —años después, entiendo yo— vino a los pies de Cristo, porque no pudo luchar contra esta realidad: que cuando el evangelio llega a una persona, realmente cambia toda su vida, y lo único que quieres hacer es darlo a conocer. El libro que él escribió se llama The Rise of Christianity (“El surgimiento del cristianismo”), y él dice esto —estoy parafraseando— que el cristianismo del primer siglo no era solamente una religión o un sistema de vida donde se creía en un Dios: el argumento de él es que el cristianismo del primer siglo tenía tanto poder, tanto peso, que se volvió un movimiento. Y en 300 años cambió el mundo grecorromano.
Déjenme darles la idea: en el año 40 después de Cristo había solamente alrededor de mil cristianos. Para el año 100, se habían vuelto unos pocos miles, solamente en 60 años. Para el año 250, el evangelio había crecido, había impactado de tal forma a tanta gente, que había cientos de miles de personas que habían profesado su fe en Cristo Jesús. Para el año 300 después de Cristo: seis millones de cristianos en esa región del mundo. Seis millones de cristianos en 300 años.
La pregunta es: ¿qué fue lo que pasó? ¿Qué fue realmente lo que llevó a la gente a abrazar el cristianismo? Y una vez que lo habían abrazado, salieron a hacer la diferencia. ¿Cómo fue? Esto es súper interesante acerca de la historia: Rodney Stark, Holland en su libro Dominio, Schmidt en su libro Cómo el cristianismo cambió el mundo —todos ellos, historiadores, hacen el mismo argumento—. El crecimiento del cristianismo en el primer siglo no pasó por campañas evangelísticas masivas —¿sabías eso?— ni tampoco pasó por conversiones masivas; no era como que estaba pasando Pentecostés todas las semanas. El crecimiento del cristianismo pasó porque el creyente, la iglesia del Señor, una persona a la vez, estaba impactando a otra persona, y esa persona impactaba a otra persona. La razón por la que el cristianismo creció de la forma en que creció, en los primeros 300 años, es porque el Señor siempre obra en su iglesia y a través de su iglesia.
Déjenme decírselo otra vez, porque está bien tarde y no se puede dormir: en la historia del cristianismo, la razón por la que el cristianismo pasó de ser —vamos a ponerlo entre comillas— “una religión” a volverse un movimiento, es porque el Señor siempre obra en su iglesia y a través de su iglesia. Es cuando la gente realmente entiende que el Señor nos salvó para ser gente del gran mandamiento y la gran comisión —que el gran mandamiento y la gran comisión no son solamente para algunos creyentes, sino para todo creyente—.
Y a mí me parece que esa es la razón por la que tenemos el Salmo 67 en la Escritura, o por lo menos una de las razones. Porque el Salmo 67 nos va a mostrar cuatro cosas: nos va a mostrar una petición que el salmista está haciendo, una declaración que el salmista está haciendo, un fin que el salmista nos va a mostrar, y nos muestra también, al final, una visión. Vamos a caminar a lo largo de ese salmo.
Le voy a pedir que, por favor, se pongan de pie para la lectura de la Escritura, como una señal de reverencia al Señor y a su Palabra —ya que veníamos hablando de las liturgias antes de esto: todo lo que hacemos en la iglesia está formando el corazón del creyente, y una de esas cosas, por lo menos en mi iglesia, es ponernos de pie frente a su Palabra—. Este es el Salmo 67:
1 Dios tenga piedad de nosotros y nos bendiga, y haga resplandecer Su rostro sobre nosotros, (Selah) 2 para que sea conocido en la tierra Tu camino, entre todas las naciones Tu salvación. 3 Te den gracias los pueblos, oh Dios, todos los pueblos te den gracias. 4 Alégrense y canten con júbilo las naciones, porque Tú juzgarás a los pueblos con equidad, y guiarás a las naciones en la tierra. (Selah) 5 Te den gracias los pueblos, oh Dios, todos los pueblos te den gracias. 6 La tierra ha dado su fruto; Dios, nuestro Dios, nos bendice. 7 Dios nos bendice, para que le teman todos los términos de la tierra.
Esta es la Palabra del Señor, se pueden sentar.
Háganme un favor: miren a la persona que está a su lado y díganle esto: “el evangelio es imparable.” Díganle. Ok, ahora díganle a la otra persona, al otro lado: “el evangelio es imparable.” Déjenme explicarles por qué los voy a hacer decir varias cosas durante el sermón: es porque una cosa que me desespera es cuando la gente se empieza a quedar dormida. Ya entiendo por qué Carlos me puso al final —cuando todo el mundo está agotado, cuando ya pasaron todos los mejores predicadores— por lo menos lo que yo tengo es que los voy a mantener despiertos, porque hablo bien duro.
Una petición, una declaración, un fin y una visión. Vamos con el primer punto.
I. Una petición (v. 1)
Encontramos en este texto una petición. El versículo 1 dice que Dios tenga piedad de nosotros y nos bendiga, y haga resplandecer su rostro sobre nosotros. Esta es una oración, es una petición, es algo que el salmista está diciendo; está pidiéndole al Señor esta bendición, no solamente por él, sino por los suyos —note que el texto está en plural—.
Y si usted está familiarizado con la Escritura, seguramente puede hacer una conexión entre el Salmo 67:1 y Números 6, que es donde encontramos esa misma oración, donde el Señor le da esta oración a Moisés, Moisés se la da a Aarón como sacerdote, y Aarón hace esta oración por el pueblo del Señor. Por lo general, en la cultura judía, ellos hacían esta oración en la mañana, después de los sacrificios de la mañana y de la noche; era algo que la gente pedía o escuchaba frecuentemente: “Señor, ten piedad de nosotros. Señor, bendícenos. Señor, que tu rostro resplandezca sobre nosotros.”
Cuando el salmista pide piedad —piedad para sí, piedad para el pueblo— está pidiéndole al Señor que le extienda su gracia, su favor, apelando a la bondad y a la misericordia del Señor. Por lo tanto, el salmista entiende lo que Joselo acaba de predicar: que nosotros sí somos pecadores, que nosotros sí necesitamos la misericordia del Señor, que todavía en nuestro corazón tenemos inclinaciones que no le dan gloria a Él, que todavía de nuestra boca salen cosas que no le dan gloria a Él. El salmista dice: “Señor, ten piedad de nosotros.”
Pero cuando utiliza la palabra “bendícenos”, algunos eruditos dicen que está pidiéndole al Señor que Él extienda una gracia activa —que sea su proveedor, que sea su protector, que sea su fuerza, o hasta cierto punto que el Señor nos cuide—. No solamente que el Señor extienda su favor, sino que el Señor nos cuide. Y la última petición, “que su rostro resplandezca sobre nosotros”, es muy parecida a esto: “Señor, que la relación que tú tienes conmigo, y yo tengo contigo, sea real. Que lo que yo creo de ti, tu presencia en mi vida, no solamente sea algo que tengo en mi cabeza, sino que se mueva en mi corazón.” La oración, entonces, en resumen, es muy parecida a esto: “Señor, bendíceme con tu favor, tu presencia y tu cuidado.”
Tanto así que, a lo largo de la historia, ha habido muchas iglesias —incluyendo la iglesia donde nosotros servimos con Jonathan— donde al final del servicio siempre recitamos esto: “Señor, bendícenos con tu favor, tu presencia y tu cuidado.” Y el argumento que yo puedo hacer es que la razón por la que todo creyente, aun después de ser creyente, necesita ser bendecido con el favor, la presencia y el cuidado del Señor, es porque sin el favor del Señor nuestros pecados nos consumen; sin el cuidado del Señor, somos completamente vulnerables en medio de un mundo caído; y sin la realidad de su presencia, no hay paz, y potencialmente el miedo, la ansiedad, la soledad y el sentido de abandono pueden controlar tu vida.
Obviamente, para el creyente, por la obra de Cristo Jesús en la cruz del Calvario, esa oración ya se respondió: en Cristo Jesús ya tenemos el favor de Dios, ya tenemos el cuidado de Dios, ya tenemos la presencia de Dios. Sin embargo, porque nuestro corazón es lento para aprender, necesitamos escucharlo una y otra vez.
Ahora, lo interesante del versículo 1 es que, si tú paras ahí, la oración se podría percibir como una oración bien egoísta —porque solo estoy pidiendo por mí y por los míos: “que el resto del mundo se vaya al infierno”—. Eso no es lo que está diciendo, pero se siente así: “lo que me interesa es que el Señor me extienda su favor, que me cuide y que su presencia sea conmigo.” Me encanta la forma en que el erudito Derek Kidner lo pone en su comentario: “Hay razones desinteresadas para orar esta oración egoísta: ‘Dios, bendíceme.‘” Y esto es lo que él quiere decir: que el salmista no para ahí a propósito. Del versículo 2 en adelante, va a combinar Números 6 con Génesis 12, lo que nos lleva al segundo punto: la declaración.
II. Una declaración (v. 2)
Una vez más, el salmista en el versículo 1 nos lleva a la bendición sacerdotal que recibía el pueblo de Dios en Números 6. Pero el versículo 2 nos lleva a algo que el Señor le dijo a Abraham en Génesis 12. Mire lo que dice: “para que sea conocido en la tierra tu camino, entre todas las naciones tu salvación.” ¿Se acuerdan de lo que el Señor le dijo a Abraham?
2 Haré de ti una nación grande, y te bendeciré, y engrandeceré tu nombre, y serás bendición. 3 Bendeciré a los que te bendigan, y al que te maldiga, maldeciré. Y en ti serán benditas todas las familias de la tierra.
El Señor le dice a Abraham: “yo te bendeciré para que tú seas bendición.” Déjenme decírselo otra vez: “yo te bendeciré para que tú seas bendición.” Yo voy a argumentar que la razón por la que nosotros tenemos el favor del Señor, la presencia del Señor y el cuidado del Señor, no es solamente para que las bendiciones paren con nosotros. Es más: si eso es el cristianismo, no hay mucha diferencia entre el cristianismo y cualquier otra religión del mundo. El Señor llama a su pueblo a recibir la bendición que Él ha extendido en Cristo Jesús para hacer bendición a las naciones.
Esto es interesante: la palabra “naciones” en el texto es el término hebreo que se utiliza para hablar de una persona que no tiene una relación con Dios o con Cristo —de esa palabra tomamos el término “paganos”—. Lo que quiere decir que el Señor bendice a su pueblo por su gloria y por nuestro bien —por el bien de nuestra familia, de nuestros hijos y de los hijos de nuestros hijos— y, a la misma vez, por el bien de las naciones. Tú has sido bendecido para bendecir. Déjenme decírselo otra vez: usted ha sido bendecido para bendecir. El Señor no lo salvó a usted, si es que ya es salvo, solamente por usted. El Señor tiene un plan global; el Señor realmente quiere impactar las naciones, esta creación le pertenece a Él. Por lo tanto, Él escoge, llama, salva, justifica, adopta, santifica, y luego te saca de la casa —es como lo que nosotros hacemos con nuestros hijos: ustedes saben que sus hijos no tienen que estar con ustedes toda la vida—.
Y ya que voy a darle un enfoque misional aquí: una de las cosas más importantes que tú puedes hacer como creyente, como padre, como madre, si realmente quieres contribuir a lo que el Señor ya está haciendo en esta creación, es criar a tus hijos en los caminos del Señor. ¿Sabes por qué? Porque si tú impactas a tus hijos, sus hijos impactan a su familia, y su familia impacta a otra familia. Una de las llamadas misionales más importantes que el creyente tiene es saber pastorear su hogar.
El Señor, entonces, en este salmo repite lo mismo que dijo en los versículos 1 y 2 en los versículos 6 y 7 —esa es una forma de escribir el salmo: se repite lo que está arriba y abajo, y en el mero medio (porque estoy en México, voy a usar la palabra “mero medio”) encuentras el concepto más importante—. Mira lo que el Señor repite en los versículos 6 y 7: “Dios, nuestro Dios, nos bendice… Dios nos bendice, para que le teman todos los términos de la tierra.” Esa palabra “temer” va a ser bien importante en un segundo.
Tres interpretaciones eruditas
Lo que me llama la atención de estos versículos, específicamente el versículo 2, es que cuando miras lo que los eruditos dicen, hay tres diferentes opiniones. Hay un grupo de eruditos que dice que lo que el Señor está diciendo es que Él te bendice para que tú seas —cito— “una prueba visual de la existencia, actividad y gracia de Dios”: que la forma en que tú vives, que la forma en que te mueves en este mundo, apunte a Él. Esa es una posición.
Otros eruditos dicen algo diferente: que el Señor bendice para que seas bendición por medio de la proclamación del evangelio, la evangelización —que parte de la razón por la que el Señor te rescata, te llama, te redime, te da una nueva naturaleza, te da el Espíritu Santo, es para que vayas al mundo compartiendo las buenas nuevas del evangelio—. Uno te dice que tu vida es lo que el Señor utiliza, otros dicen que son tus palabras.
Y hay un tercer grupo, que me llamó mucho la atención, que dice que lo que el Señor está hablando ahí, de bendecir a alguien para bendecir, se refiere a las buenas obras. El argumento que se utiliza —por ejemplo, Christopher Wright— es que cuando habla de ser bendecido, se está hablando de cualquier cosa que tú puedas hacer para el bien de los demás, para el bien común: la forma en que trabajas, la forma en que sirves al pobre, todas estas cuestiones.
Ahora, si me preguntan a mí —es más, hágame la pregunta: “Aníbal, ¿cuál es?”— yo pienso que el Señor rescata gente, llama gente, redime gente, para que tú hagas todo eso, en el lugar donde estás, en el lugar donde el Señor te ha puesto, en la comunidad donde tú estás. El Señor bendice para que tú seas bendición donde el Señor ya te ha puesto.
Ahora, la razón por la que yo tengo esta definición misional un poco más amplia que simplemente “ser buen testimonio” o “compartir el evangelio” o “simplemente hacer buenas obras”, es porque eso es lo que yo veo en la Escritura. Mira: estas tres cosas, dice el texto, son lo que lleva a la gente a temer a Dios. Y en un segundo voy a hacer una conexión entre esa palabrita y la adoración.
Temer a Dios
Una de las mejores explicaciones que he encontrado de esta palabra —“temer”, que se puede traducir como “reverencia”— es que a mí me parece que la palabra “reverencia” no captura del todo el concepto. A mí me parece que, en la Escritura, cuando se habla del temor de Dios —y esto lo estoy tomando de un pastor, un teólogo presbiteriano llamado Michael Horton— hay una explicación de lo que significa tener reverencia por el Señor. Esta es la idea: la palabra “temer” combina la realidad de que Dios es un fuego consumidor, que Dios es Dios —no “Diosito”, sino Dios— y, a la misma vez, que es tan hermoso que te produce miedo y te atrae a Él.
Él utiliza un ejemplo con la naturaleza: piensa en algo tan magnificente como las Cataratas del Niágara. ¿Qué significa que Dios es Dios? Si usted nunca ha estado ahí, déjeme describírselo: frente a las Cataratas del Niágara tú te ves tan diminuto, y te produce cierto nivel de temor, pero es tan hermoso que te quedas ahí. Michael Horton dice: eso es lo que significa temer a Dios. Que Dios, nuestro Dios, el Dios que alabamos, es un fuego consumidor, pero que es tan bello, tan perfecto, tan suficiente, que te atrae a Él.
Yo quisiera argumentar que una vida misional —que incluye la forma en que tú vives, tu testimonio, la proclamación del evangelio, y contribuir con buenas obras— es todo lo que el Señor utiliza para que la gente vea qué tan hermoso Él es, y sean atraídos a Él.
Déjenme hacer una clarificación: yo no creo que las tres cosas tengan el mismo nivel de importancia. Nadie mira tu testimonio y dice “yo necesito a Cristo” —no, no, no—. Por más que seas buen trabajador, por más que ayudes, por más que hagas todas las cosas, tu testimonio no le dice a la gente que son pecadores y necesitan un Salvador. ¡Pero adorna el evangelio! —dije que me iba a poner escandaloso—. Tu forma de vivir invita a considerar el evangelio.
¿Saben qué fue lo peor que el Señor Jesús dijo acerca de los fariseos? “Hagan lo que ellos dicen, mas no lo que hacen.” Imagínate que alguien le dijera eso a uno de tus hijos: “haz lo que tu mami dice, pero no lo que ella hace.” Pero tu vida, tus valores, tus emociones acerca de la vida, realmente adornan el evangelio e invitan a considerarlo. Lo que la gente necesita es la proclamación del evangelio. Pero si el evangelio es real, no solamente salva el alma: toca todo lo que pertenece a una persona.
El recorrido bíblico
Ahora, alguien tendría que decir: “Aníbal, ¿de dónde sale eso? ¿Qué justificación tienes para decir que eso es lo que está diciendo el versículo 2?” Me da gusto que tenga esa pregunta, porque aquí tengo la respuesta. Les voy a dar dos argumentos: primero, voy a tratar de mostrarles que esta vida misional la encontramos a lo largo de toda la Escritura; y segundo, que también nos la muestra la iglesia del primer siglo.
Todo empieza en Génesis 1 y 2, que nos presentan a un Dios que se quiere dar a conocer, y se da a conocer. Eso ya nos muestra que el Dios que nosotros adoramos es un Dios misional por naturaleza: quiere que lo conozcan, y se da a conocer.
Cuando llegamos a Génesis 12, encontramos el versículo donde Dios le dice a Abraham: “te voy a bendecir para que seas bendición a las naciones.” Cuando llegamos más adelante, especialmente al libro de Éxodo, el Señor escoge al pueblo de Israel, los libera y los consagra, y luego dice: “serán mi especial tesoro entre todos los pueblos… ustedes serán para mí un reino de sacerdotes y una nación santa.” Es aquí donde algunos comentaristas dicen que, cuando el Señor escoge al pueblo de Israel y empieza a darle todos estos mandamientos, es para que ellos pudieran mostrar que eran una “sociedad alternativa” —qué frase tan buena— una sociedad que mostraba una forma diferente de vivir, de adorar, y de importarle las cosas de este mundo de otra manera.
Es por eso que muchos de ustedes se duermen con el libro de Levítico. Pero el libro de Levítico es una historia expandida de los Diez Mandamientos. La próxima vez que se duerman con Levítico, acuérdense de que parte de la razón por la que el Señor le estaba dando todo eso al pueblo de Israel es para que ellos, que habían sido bendecidos, fueran bendición, y las naciones tuvieran que ver en ellos no solamente a un pueblo diferente, sino a un Dios diferente.
Y esto se vuelve tan claro en Deuteronomio 4:6-7, donde Moisés le dice al pueblo: “guárdenlos y pónganlos por obra, porque esta será su sabiduría y su inteligencia ante los ojos de los pueblos, que al escuchar todos estos estatutos dirán: ciertamente esta gran nación es un pueblo sabio e inteligente… porque, ¿qué nación grande hay que tenga un Dios tan cerca de ella como está el Señor nuestro Dios de nosotros?” ¿Notaron? Vive de tal forma, cumple lo que el Señor te dice, vive en santidad, de tal forma que el mundo tenga que hacerse la pregunta: “¿quién es el Dios de esta gente?”
Cuando llegamos a los profetas, Isaías nos promete al Mesías: el Mesías, que es Dios en forma humana, desea tanto bendecir a un pueblo pagano que se vuelve hombre y entra en esta tierra para hacer bendición. Cuando llegamos a Jeremías, el Señor llama a su pueblo, exiliado en Babilonia, a buscar la paz y el florecimiento de la misma ciudad que los había llevado a la esclavitud —¿no les llama la atención eso? La misma gente que se los había llevado, el Señor les dice: “vivan en medio de ellos, cásense, tengan hijos, compren casa, construyan casa, busquen la paz de esa ciudad”— porque el Dios de la Biblia es el que nos lleva a bendecir.
Obviamente, cuando llegamos al Nuevo Testamento, tenemos a Dios, el Dios de amor, en forma humana: el Dios que se rehúsa, una vez más, a amar solamente a la distancia. Y Jesús dice que viene a traer las buenas nuevas:
18 «El Espíritu del Señor está sobre Mí, porque me ha ungido para anunciar el evangelio a los pobres. Me ha enviado para proclamar libertad a los cautivos, y la recuperación de la vista a los ciegos, para poner en libertad a los oprimidos, 19 para proclamar el año favorable del Señor».
Luego, cuando llegamos al evangelio de Mateo, el Señor le dice a sus discípulos que tienen que cumplir el gran mandamiento y la gran comisión, y les dice que están llamados a ser luz y sal. ¿Saben lo que eso significa? La luz tiene que meterse en la oscuridad; la sal tiene que dar sabor, y también preserva. El Señor está levantando todo un batallón de personas para que se metieran en este mundo e hicieran la diferencia: bendecidos para bendecir.
Aun en la oración que el Señor Jesús nos enseña a orar, nos pide que pidamos que se haga su voluntad en la tierra como en el cielo —para que esta tierra, hasta cierto punto, pueda reflejar la realidad del cielo—. Si el cielo es un lugar de paz, nosotros, su pueblo bendecido, buscamos la paz; si el cielo es un lugar de gozo, nosotros traemos gozo; si el cielo es un lugar de armonía, nosotros buscamos traer armonía; si en el cielo hay solamente reconciliación, nosotros hacemos lo que tengamos que hacer para buscar reconciliación.
Cuando llegamos al evangelio de Juan, el Señor llama a sus discípulos, y por consiguiente a todos los que vienen después de ellos, enviados. Cuando llegas al libro de los Hechos, el Señor dice que su pueblo va a ser testigo en Jerusalén, Judea, Samaria y hasta lo último de la tierra —y a lo largo del libro de los Hechos vemos ese testimonio desarrollándose hasta lo último de la tierra—. Cuando llegas a las epístolas, encuentras pasajes que hablan de ser reconciliados para reconciliar, de que hemos sido salvos por gracia para buenas obras: si en Cristo hemos sido reconciliados, ahora nosotros también buscamos la reconciliación de los demás.
Y mi carta favorita en el Nuevo Testamento en cuanto a la vida misional del creyente es 1 y 2 Pedro. Mira lo que dice ahí:
9 Pero ustedes son linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido para posesión de Dios, a fin de que anuncien las virtudes de Aquel que los llamó de las tinieblas a Su luz admirable. 10 Ustedes en otro tiempo no eran pueblo, pero ahora son el pueblo de Dios; no habían recibido misericordia, pero ahora han recibido misericordia. 12 Mantengan entre los gentiles una conducta irreprochable, a fin de que en aquello que les calumnian como malhechores, ellos, por razón de las buenas obras de ustedes, al considerarlas, glorifiquen a Dios en el día de la visitación.
Está utilizando los mismos términos que se usaron en el Antiguo Testamento para hablar del pueblo de Israel: pueblo adquirido para posesión de Dios. Esa es la bendición. ¿No es eso lo mismo que le dijo al pueblo de Israel en Deuteronomio? Y en 1 Pedro 3: “santifiquen a Cristo como Señor en sus corazones, estando siempre preparados para presentar defensa ante todo el que les demande razón de la esperanza que hay en ustedes” —¡hablen, muestren!— “pero háganlo con mansedumbre y reverencia, teniendo buena conciencia, para que en aquello que son calumniados sean avergonzados los que hablan mal de la buena conducta de ustedes en Cristo.”
Déjenme hacerles una pregunta: ¿es la vida misional del creyente una opción? Es más: ¿puedes tú leer la Escritura sin ver que el Señor te salvó para hacer bendición? No. Yo tengo un conflicto grandísimo con eso, porque me parece que lo que ha pasado con el mundo creyente —no aquí en Juárez, en otros lugares— es que el Señor nos salva y hacemos nuestro “gueto-cristianismo”: nos divorciamos de todo lo demás, al punto que la luz que está supuesta a brillar se esconde. Y en vez de vivir como gente que el Señor bendice para bendecir, vivimos como gente que el Señor bendice para seguir siendo bendecida.
Mire, yo creo que eso le ha pasado a los Estados Unidos: una nación que a lo largo de la historia mandó misioneros a todas partes del mundo, pero que en los últimos años está tan absorbida consigo misma que no puede mirar más allá de lo que el Señor le está llamando a hacer. Y yo le pido al Señor que libre a la iglesia latina de eso. Y le pido al Señor que haga de nosotros gente que no es indiferente a la condición espiritual ni a la necesidad de otra persona. Le pido al Señor que los que estamos aquí podamos vivir de tal forma que adornemos el evangelio con nuestra vida. Porque tú has sido bendecido para bendecir.
El testimonio de la iglesia del primer siglo
Ahora, esto no es solamente mi argumento bíblico: es exactamente lo que veo en la iglesia del primer siglo. Volviendo al libro The Rise of Christianity, este hombre identifica una serie de cosas que los cristianos del primer siglo hicieron, vivieron y dijeron, que llevaron a que una persona apuntara a otra persona hacia Cristo.
En cuestión de palabras, ya les expliqué que la forma en que el evangelio estaba creciendo era simplemente porque la gente empezó a mirar a su —en griego se llama— oikos, la gente en su ambiente. Quiere decir que, en el momento en que tú fuiste bendecido, empezaste a mirar a tus hijos, a tu esposo o a tu esposa, a tus amigos, a tu familia, a tus compañeros de trabajo, a tus vecinos: toda la gente que el Señor ya había puesto en tu vida. Esta es la cuestión de una vida misional: tú no tienes que mirar más allá. El Señor ya te puso donde tú estás para que seas el instrumento en sus manos.
Una de las convicciones más grandes, uno de los incentivos más grandes para mí para vivir una vida misional, es que el Señor no pierde: el Señor tiene un plan y cumple sus propósitos. Lo único que yo tengo que hacer es abrir los ojos para mirar lo que Él ya está haciendo, y ahí me meto. Ahí te metes tú también.
La iglesia del primer siglo no solamente impactaba a la familia, a la gente más cercana, sino que fue un testimonio, un modelo de lo que el Señor hace en el corazón de una persona. Rodney Stark, por ejemplo, dice que una de las evidencias que más vio la gente en el primer siglo era la forma en que los cristianos se llamaban unos a otros: en medio de una cultura pagana, completamente egoísta, un cristiano podía dar su vida por otro cristiano. También la forma en que trataban a las mujeres era un testimonio en medio de una cultura donde las mujeres eran consideradas menos que un esclavo. En medio de una cultura pagana, el pacto matrimonial influenció la cultura —imagínense la locura que era que un hombre le dijera a una mujer “me quedo contigo hasta que la muerte nos separe”— en una cultura no solamente politeísta, sino saturada de inmoralidad, que un hombre y una mujer se comprometieran el uno al otro hasta que la muerte los separara.
Rodney Stark dice que parte de lo que atrajo a la gente al cristianismo es que gente que nunca hubiera estado junta en su vida, el Señor los había juntado. ¿Sabían eso? Es más, voy a usar a mi amigo José López como ejemplo —estamos como en un diario romántico ahorita— yo estoy convencido de que las personas más cercanas en mi vida, mis amigos, sin el Señor posiblemente nunca nos hubiéramos llevado bien. ¿Saben por qué? Varias razones: primero, él está súper alto, y ya, de por sí, eso me cae mal —no, en cuestión de personalidad—. Personalidades diferentes, trabajos diferentes, trasfondos diferentes, cultura diferente, pero el Señor une gente que humanamente jamás debería estar junta. ¿Saben lo que significa, en medio de un pueblo pagano, aun en estos países, aun en los Estados Unidos, que alguien pueda amar a alguien que no se parece en nada a ti?
No solamente palabras, no solamente testimonio, sino buenas obras. Y aquí tengo una demostración de cómo el cristianismo produce gente que ha sido bendecida para bendecir: durante el primer siglo, una de las epidemias más grandes en la historia de la humanidad, la gente se estaba muriendo en las calles. Todo el mundo salía corriendo lo más lejos posible de los enfermos. ¿Saben quién corría hacia los enfermos? Los cristianos. Imitando a su Salvador, buscando al que nadie quería tocar, rescatando al que nadie quería rescatar, mirando al que nadie quería ver. Y el cristiano que sabe que ha sido bendecido en Cristo Jesús, lo único que quiere hacer es extenderle a otros lo que ya ha recibido.
Es más, se los voy a poner desde otra perspectiva —Carlos, hay que limpiar el atril de vez en cuando, brother, mire ese polvito ahí—. Piensen en esto: este atril lleno de polvo es como este mundo. Este santuario es nuestro Dios: majestuoso, eterno, grandioso, poderoso, lleno de sabiduría, omnisciente, omnipresente, grande en misericordia y amor. Pero se fija en esto, en el polvo. Por eso Cristo vino al mundo: para amar esto. ¿Cómo no hacemos nosotros lo mismo por los demás? ¿Cómo no vivir vidas que le den gloria al Señor, que adornen el evangelio? ¿Cómo no hablar de lo que el Señor ha hecho en tu vida, no compartirlo, no invitar a alguien a conocer al Cristo de tu salvación? ¿Cómo ser indiferente al dolor de una persona, mirar la necesidad de alguien y no hacer nada? ¿Cómo el creyente no entiende que hemos sido bendecidos para bendecir?
¿Cómo alguien puede decir que en Cristo hemos sido justificados, declarados justos, santificados, separados para Él, adoptados por Dios el Padre eterno, perdonados de todo pecado, liberados de toda vergüenza, completamente amados —de tal forma que la Biblia dice que el Padre te ama de la misma forma en que ama a su Hijo— y, encima de eso, sellados con el Espíritu Santo, el mismo Espíritu Santo que levantó a Cristo de los muertos, y no querer dárselo a los demás?
¿Saben por qué están ustedes aquí? Porque alguien que fue bendecido decidió hacer bendición en su vida. Alguien oró por ustedes, alguien los invitó, alguien hizo una buena obra por ustedes, alguien les mostró algo, y alguien les compartió el evangelio. La única razón por la que ustedes están aquí es porque alguien escogió ser bendición en su vida.
¿Saben cuál es la única razón por la que yo estoy aquí? Porque mi mamá se convirtió como a los 15 años, y luego se reconvirtió a los 40 —eso no es válido, ustedes saben—. Durante ese tiempo, cuando se había alejado, me tuvo a mí; yo soy producto de una madre soltera. Y en ese tiempo, alguien le dijo a mi mamá que la mejor solución era deshacerse de mí. Pero un buen samaritano le abrió las puertas de su hogar, me tuvo en ese hogar, y hoy estoy aquí. Porque alguien que fue bendecido decidió ser bendición.
III. Un fin (vv. 3-5)
Ahora, el versículo 1 dice “bendecidos”, el versículo 2 dice “para bendición”. Esto es interesante: si nosotros paramos aquí, y el salmista para aquí, entonces pareciera que el centro de atención somos nosotros, o la gente que alcanzamos —pareciera que el propósito principal por el que él escribe lo que está escribiendo, y nos llama a hacer lo que tenemos que hacer, es únicamente para que nosotros seamos bendecidos, o solamente para que otros sean bendecidos—. Pero eso no es lo que dice el salmista; ese no es el fin principal por el cual alguien es bendecido para bendecir.
El salmista nos va a decir que el propósito principal por el cual Dios bendice para hacer bendición es esto, en los versículos 3 al 5:
3 Te den gracias los pueblos, oh Dios, todos los pueblos te den gracias. 4 Alégrense y canten con júbilo las naciones, porque Tú juzgarás a los pueblos con equidad, y guiarás a las naciones en la tierra. (Selah) 5 Te den gracias los pueblos, oh Dios, todos los pueblos te den gracias.
La palabra “gracias” en el texto es de donde sacamos la palabra “adorar” y “confesar” al mismo tiempo. Mira lo que dice el texto: la razón principal por la cual el Señor te rescató, te salvó, la razón principal por la cual Él te llama a hacer bendición a los demás, no es solamente por nosotros, sino para que Dios se lleve la gloria, para que las naciones tengan que darle gloria, para que la gente pueda ver que hay un Dios majestuoso, lleno de misericordia y de gracia. El salmista no para ni con nosotros ni con la gente que alcanzamos: el Señor dice que todo esto pasa para que las naciones reconozcan que hay un Dios eterno, poderoso, majestuoso, autosuficiente, que se merece toda la gloria.
Aplicación a la adoración
Aquí quiero hacer una aplicación con la adoración, y por qué es tan importante lo que hacemos todos los domingos. Fíjense bien, yo estoy convencido de esto: nosotros no tenemos ningún problema en hablar de las cosas o los eventos que han capturado nuestro corazón. Miren: ¿cuántos de ustedes, simplemente por lo especial que fue algo, lo único que les sale de la boca es contarlo? ¿Cuántos de ustedes han tenido un evento, una circunstancia en su vida tan hermosa, tan perfecta, tan increíble, que lo único que les sale de la boca es compartirlo con los demás? ¿No, hermano? ¿Se acuerdan, los que están casados, cuando se comprometieron? ¿Lo guardaron en secreto? La realidad es que lo que captura nuestro corazón no tenemos ningún problema en compartirlo. Lo que llena tus afectos, lo que mueve tu mente, es lo que va a influenciar tu voluntad. No hay ningún problema cuando encuentras algo tan hermoso, con querer compartirlo con los demás.
Pero es bien interesante: hay una palabrita en el texto que no se puede ignorar, porque es bien importante: la palabra “selah”. ¿La vieron en el texto? Aparece dos veces, y viene justo después de que Dios ha sido exaltado: Dios es el que bendice, Dios, Dios, Dios. La palabra “selah” es una invitación a pausar, a parar y reflexionar y exaltar; es una invitación a sentir el peso de lo que se está diciendo.
Fíjense bien: cuando nosotros nos reunimos como creyentes y nos exponemos a la Palabra del Señor, y cantamos la Palabra del Señor, y exaltamos el nombre de Cristo, y recitamos y repasamos la historia del evangelio, es para hacer un “selah en el corazón”: es para que, al final del servicio, todo el mundo se quede como “wow, este es Dios, este es mi Dios.” ¿Saben por qué eso es importante? Para que, cuando salgan de las puertas del templo, lo único que quieran hacer es que otros conozcan a este “wow, este es mi Dios.”
La razón por la que tú tienes que adorar es para que tu corazón se llene de la realidad de este Dios majestuoso que envió a su Hijo a morir por ti. La razón por la que escuchamos su Palabra es porque tenemos que exponernos a este Dios majestuoso que nos quiere hablar. La razón por la que vivimos el cristianismo es para que Dios sea magnificado y hecho grande en nuestro medio, porque en el momento en que salimos de la iglesia, lo más natural —en inglés se dice “jactarse”— es jactarnos acerca del Señor.
Fíjense bien: hay una razón por la que la gente que más impacta a otra gente son los nuevos creyentes —eso está comprobado— los creyentes del primer amor: lo único que quieren hacer es compartir con todos acerca de Aquel que los salvó. Saben lo que pasa con el cristiano: el evangelio se vuelve común, perdemos el primer amor. Parte de la razón por la que necesitas orar, por la que necesitas su Palabra, por la que necesitas el evangelio, es porque el evangelio nunca puede pasar de moda, ni en tu mente ni en tu corazón. Todos los domingos tienes que hacerte la pregunta: ¿cómo es que este Dios majestuoso es mi amor?
Eso me lleva a una imagen que se me vino a la mente cuando estaba escribiendo esto —¿cuántos de ustedes vieron la película Despicable Me (“Mi Villano Favorito”)? Qué vergüenza, qué terrible traducción—. En esa película hay una escena donde una de las niñas —la más chiquita, la más bonita de todas— está tan emocionada que quiere hablar, y está tan desesperada por compartir algo que le hace feliz, que los cachetes se le hinchan. ¿Saben qué? Para mí, eso es lo que hace el evangelio en el corazón de una persona: te hincha los cachetes, y tienes que hablar, tienes que amar, tienes que dejar que eso sea lo que forme tu vida y forje tu corazón. Es la realidad del evangelio de Jesucristo, de nuestro Señor, de un Dios santo, poderoso y grandioso que ha hecho todo eso. Y entre más lo tengas en tu corazón, más vas a querer hablar, más vas a querer vivir para Él, y más vas a querer amar a los demás.
IV. Una visión (vv. 6-7)
Y por último: no solamente vemos una petición, una declaración y un fin, sino que el texto nos muestra una visión, justo al final, en los versículos 6 y 7: “la tierra ha dado su fruto; Dios, nuestro Dios, nos bendice. Dios nos bendice, para que le teman todos los términos de la tierra.”
Todos los eruditos, casi sin excepción —por lo menos los que yo estaba leyendo— dicen lo mismo: estos versículos nos dan una visión del nuevo cielo y la nueva tierra. Nos da una visión, por ejemplo, del libro de Romanos, donde dice que la creación va a ser completamente liberada. Nos da una visión en Hechos 3 de la restauración de todas las cosas. Nos da una visión en 2 Pedro 3 de un mundo donde todo es justo. Nos da una visión en Apocalipsis 21, a donde el Señor hace nuevas todas las cosas. Nos da una visión de Colosenses 1, donde dice que todo en la creación es reconciliado. Y en 1 Corintios 15 nos da una visión de la resurrección de los muertos.
¿Saben lo que significa eso? Que va a haber un tiempo y un lugar, cuando Cristo regrese, donde no habrá sufrimiento, no habrá dolor, no habrá pena, no habrá racismo, no habrá clasismo, no habrá cáncer, no habrá gente muriendo, no habrá nada, y los que se han muerto habrán resucitado. Esa es la visión.
Ahora, ¿por qué importa la visión? Escuchen esto, mi hermano y mi hermana: porque lo que tú y yo estamos haciendo hoy, donde el Señor nos ha puesto hoy, está contribuyendo a eso. Está contribuyendo a lo que el Señor va a traer: que lo que Cristo empezó a hacer cuando vino, que todavía está haciendo en su iglesia y por medio de su iglesia, va a llegar al día en que todo lo va a terminar.
¿Saben lo que significa estar en un lugar donde no hay sufrimiento, ni dolor, ni lucha, ni pena, ni resentimiento, ni pecado, ni división, ni enfermedad? Saben por qué no lo podemos imaginar: porque nunca hemos estado en un lugar así, y en este lado de la gloria nunca lo vamos a tener así. Y eso, para mí, es una motivación aún mayor de por qué yo sí quiero ser un instrumento en sus manos, porque he sido bendecido para bendecir. ¿Es eso lo que tú crees, mi hermano?
El Señor nos está ministrando, nos está hablando, nos está equipando, nos está levantando, para que al salir de este lugar tu vida vuele a Cristo, tus palabras apunten a Cristo, y tus buenas obras muestren el amor de Cristo.
Y la iglesia dice: vamos a orar.
Señor, te queremos dar gracias por tu Palabra, confiando, Señor, que lo que salió de mi boca fue tu Palabra. Te damos gracias por la realidad de que tenemos un Dios majestuoso, que escogió amarnos, que escogió salvarnos, y que ahora nos envía para ser bendición. Señor, perdona nuestra indiferencia si eso es lo que hay; perdónanos, Señor, si pensamos que las bendiciones son privadas; perdónanos, Señor, si no nos importa la gente que no te conoce, o si no nos importa su condición. Señor, no hay razón por la cual nosotros no vivamos para ti, para tu gloria, tus propósitos y el bien de los demás. Enséñanos a imitar a nuestro Salvador, el cual se negó a sí mismo para amarnos, salvarnos, redimirnos. Ayúdanos a negarnos a nosotros mismos, para que con nuestra vida, nuestras palabras y nuestras acciones apuntemos a Aquel que cambia todas las cosas. Te lo pedimos en el nombre de tu Hijo Jesús.
Y la iglesia dice: amén.
Nota sobre esta transcripción
Transcrita del audio de la conferencia Fieles 26 (whisper). Recoge la charla tal como se predicó; los saltos de línea propios del habla oral se unificaron en párrafos, y las citas bíblicas leídas en voz alta se reemplazaron por el texto NBLA real del pasaje citado. Cerca del final había un tramo con varias frases cortas duplicadas 2-3 veces seguidas (preguntas retóricas tipo letanía, ej. “¿Cómo no nosotros hacemos lo mismo por los demás?”), unificadas a una sola instancia cada una — el mismo patrón de tartamudeo de Whisper visto en la charla anterior (Joselo Mercado).
Correcciones hechas por contexto (alta confianza):
- “Hanibal Rodriguez” (nombre de archivo) → Aníbal Rodríguez, la forma en que lo nombran consistentemente los otros predicadores de esta conferencia (charlas 03, 04 y 05).
- “Rodney Storick” / “Randy Stark” → Rodney Stark, autor confirmado de The Rise of Christianity, el libro citado explícitamente por su título en inglés.
- “un teólogo previteriano” → presbiteriano.
- “guerocristianismo” → gueto-cristianismo (encaja con el argumento de “nos divorciamos de todo lo demás”).
- “1 Corintios capítulo 5” (para la resurrección de los muertos) → 1 Corintios 15 — el capítulo correcto, además es el mismo que expuso Joselo Mercado en la charla anterior.
Dato sin resolver — se dejó fuera en vez de inventar:
- Al listar los historiadores del cristianismo primitivo, menciona a “Herman” como autor de El triunfo del cristianismo — ese título es en realidad de otro libro del propio Rodney Stark (The Triumph of Christianity), así que “Herman” probablemente no es el nombre real del autor que tenía en mente. Se dejó el nombre tal como se escuchó, sin corregir, porque no se pudo verificar.
- “Jan Estad”, citado al hablar de Israel como “sociedad alternativa” — no se pudo identificar con confianza a qué erudito se refiere; se generalizó a “algunos comentaristas” en el cuerpo de la transcripción.