Sobre esta nota

Esta charla se predicó en inglés con interpretación consecutiva al español en vivo. Esta nota contiene la traducción al español, pensada para compartir con quien no lea inglés. La charla en su idioma original está en Moldea e interactúa con la Iglesia (EN).

Aviso importante: durante todo el tercer punto de la charla (“¿por qué medios lo hacemos?” — aproximadamente el último tercio) la interpretación al español no quedó registrada en el audio. Ese tramo (marcado más abajo) es traducción propia, no la voz del intérprete real — se señala explícitamente dónde empieza.

Introducción

Otros oradores ya lo han dicho, pero yo quiero añadir mi voz al coro de los que les agradecen por las formas en que sirven en su iglesia local. Tal vez tengan un rol público, como predicar o dirigir la música, o tal vez estén involucrados en algo detrás de escenas, como la administración o servir a los niños. Dios ve lo que hacen. Y en cualquier forma en que sirvan, están demostrando el corazón de Cristo por su preciosa novia, y le están dando gloria a Él. Así que, gracias.

Ha habido numerosos momentos en esta conferencia en los que me he preguntado si realmente necesito dar un mensaje, porque un orador tras otro fue tocando los puntos que yo iba a tocar. Pero, ya saben, a Pablo no le importaba repetir cosas; a Pedro tampoco le importaba repetir cosas; y a mí tampoco me importa repetir cosas, porque les puedo garantizar que ya se han olvidado de la mayor parte de lo que han escuchado.

En esta conferencia hemos estado buscando responder a la pregunta: a los ojos de Dios, ¿cuáles son los elementos más importantes cuando nos reunimos como su pueblo en su presencia? Podría haber muchas respuestas a esa pregunta, pero hemos buscado reducirla a perspectivas que son absolutamente esenciales para una reunión que sirva a los propósitos de Dios y le traiga gloria.

Carlos empezó recordándonos, desde el Salmo 84, que nuestras reuniones no son simplemente una formalidad: son un asunto del corazón. No podemos esperar adorar a Dios públicamente si hemos sido descuidados con nuestra comunión con Dios en privado. Miguel nos ayudó a ver, desde Juan 4, que Dios no necesita nuestra adoración, porque de Él, por medio de Él, y para Él son todas las cosas. Sugel exploró con nosotros la autoridad última y la suficiencia de la palabra de Dios — y me encanta esto: la casa donde Dios habita debe ser la casa de Dios; la casa donde Dios habita debe estar llena de la voz de Dios. Joselo nos ayudó a ver cómo el evangelio informa, moldea y nutre nuestras reuniones — nuestra adoración está fundamentada en el evangelio porque descansa en la obra completa de Cristo, y es impulsada por el evangelio porque esa obra nos mueve a responder. Aníbal nos recordó, desde el Salmo 67, que la iglesia no se reúne para volverse ensimismada y enfocada en sí misma, sino para ser enviada — nosotros, que hemos sido bendecidos tan ricamente, queremos ver esa bendición extendida a otros. Jeff nos mostró cómo conocer al Espíritu empodera nuestra adoración y nos lleva a una respuesta de dependencia humilde, y describió el acto de cantar de una manera que nunca había escuchado, y que probablemente nunca vuelva a escuchar: es un milagro.

Mi propósito en este mensaje es hablar sobre la naturaleza de quién es el que realmente se está reuniendo, y cómo eso debería afectar lo que hacemos. Hemos estado mirando hacia adentro, hacia arriba y hacia afuera, y ahora vamos a mirar alrededor. ¿Cómo es que lo que hacemos un domingo por la mañana es diferente de lo que sucede en una buena fiesta, o en un partido de fútbol, o en algún otro evento? ¿Qué lo hace tan significativo? Digamos que son las personas que están reunidas. Y vamos a aprender sobre eso observando dos versículos en la primera carta de Pedro, capítulo 2, versículos 4 y 5. Voy a leerlos:

4 Y viniendo a Él, como a una piedra viva, desechada por los hombres, pero escogida y preciosa delante de Dios, 5 también ustedes, como piedras vivas, sean edificados como casa espiritual para un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo.

Vamos a orar. Padre, esta es tu palabra. Hemos estado cantando tu palabra, orando tu palabra, escuchando tu palabra, y te pedimos que plantes tu palabra profundamente en nuestros corazones. Que continúes haciendo eso, para nuestro bien, para la gloria de Jesús, y para tu honor eterno. En el nombre de Jesús. Amén.

Estos dos versículos nos van a ayudar a contestar tres preguntas en cuanto a cómo vemos la reunión de la iglesia cada domingo: primero, ¿quién se está reuniendo? Segundo, ¿qué estamos haciendo? Tercero, ¿por qué medios lo estamos haciendo? Ahora, si han estado prestando atención, se darán cuenta de que los oradores que ya han hablado han abordado estos temas — pero vamos a enfocarnos en ellos, porque se nos olvida.

Así que pongamos el contexto. En el primer capítulo de esta carta, Pedro recuerda los aspectos gloriosos de nuestra conversión: cómo fuimos rescatados de nuestros caminos vanos, no con cosas perecederas como oro o plata, sino con sangre preciosa, como de un cordero sin tacha y sin mancha, la sangre de Cristo. Nacimos de nuevo, no de una simiente corruptible, sino de una que es incorruptible, es decir, mediante la palabra de Dios que vive y permanece.

En el capítulo 2, Pedro comienza a explicarles a sus lectores su identidad: han sido redimidos — ¿cómo deben vivir? Y en los versículos 1 al 3 les dice cómo deben deshacerse de varias cosas: malicia, engaño, hipocresía, envidia, calumnia. Les dice que deseen la palabra de Dios ardiente y desesperadamente, como los bebés anhelan la leche de su madre. Y luego empieza a hablar de su identidad corporativa, lo cual nos lleva a la primera pregunta.

I. ¿Quién se está reuniendo?

“Y viniendo a Él, como a una piedra viva, desechada por los hombres, pero escogida y preciosa delante de Dios, también ustedes, como piedras vivas, se han edificado como casa espiritual.” “Venir a Él” es una palabra que en el Antiguo Testamento tiene que ver con acercarse a Dios para ofrecerle alabanzas y sacrificios. Así que, aunque esto habla de un continuo venir a Cristo, también se refiere a reunirnos como su iglesia los domingos. Y estos versículos nos dicen la identidad de aquellos que se reúnen el domingo por la mañana, porque no siempre puedes definir qué es lo que define a una multitud cuando se reúne, solo con mirarla.

En 1938, un hombre llamado Sir Nicholas Winton supervisó e hizo posible la evacuación de 669 niños judíos. Él los sacó de Checoslovaquia justo antes de que Alemania invadiera ese país, al inicio de la Segunda Guerra Mundial. Él permaneció relativamente en silencio acerca de lo que había hecho por casi 50 años. Pero sus acciones volvieron a salir a la superficie cuando su esposa encontró un álbum de recortes en el ático de su casa. Contenía fotografías e información de todos los niños que él había rescatado. Ella compartió ese álbum con una investigadora del Holocausto, quien a su vez lo compartió con un programa de interés humano de la BBC llamado That’s Life (“Eso es vida”). Cuando se enteraron de la historia, pensaron que era un buen material, así que invitaron al señor Winton a ser parte de la audiencia de uno de sus programas.

En un momento, la conductora del programa, Esther Rantzen, honró a Sir Winton por lo que había hecho. Luego le preguntó a la audiencia si había alguien allí que hubiera sido uno de los niños que el señor Winton había rescatado. Más de dos docenas de personas se pusieron de pie, y hubo muchas lágrimas. Ella siguió preguntando si alguien era hijo o nieto de alguien que había sido rescatado. Toda la audiencia se puso de pie. De repente, esa audiencia quedó definida. En la superficie, se veían como cualquier otra audiencia de un programa de televisión: individuos al azar, de diferentes profesiones, diferentes trasfondos, diferentes intereses. Pero, en realidad, cada uno de ellos le debía su vida al hecho de haber sido rescatado por Sir Nicholas Winton. Si tú no hubieras sido evacuado por el señor Winton, o si no fueras descendiente de alguien a quien él rescató, hubieras sido un extraño; no hubieras encajado en esa audiencia, sin importar cuánto quisieras ser parte de ella; no podrías haber pagado para ser parte. Tu membresía estaba definida por quién te había rescatado. No estaban conectados por algo que ellos hubieran hecho, sino por algo que se había hecho por ellos.

Cuando la iglesia se reúne, no somos un grupo de personas al azar. Hemos sido definidos por lo que Dios ha hecho por nosotros. No somos definidos por nuestra etnicidad, el color de nuestra piel, nuestro trasfondo educativo, nuestra posición financiera, nuestro estatus matrimonial, nuestra ocupación, o nuestra edad. Somos definidos por el hecho de que hemos sido rescatados, comprados por alguien más: Jesucristo, la piedra viva. ¿Y no están felices por ello?

El versículo 4 nos dice cómo hemos sido tanto unidos como rescatados; es un resumen del evangelio. “Y viniendo a Él, como a una piedra viva, desechada por los hombres, pero escogida y preciosa delante de Dios.” Hemos venido a Jesús, el Cordero de Dios, el Mesías que fue rechazado por los hombres, torturado y llevado a la muerte en una cruz — para nuestro perdón, para nuestra redención. Pero ahora Él está vivo y reinando en gloria, porque Dios el Padre lo ve a Él como escogido y precioso. Y ahora, porque hemos venido a Él, estamos siendo edificados como piedras vivas para una morada espiritual.

Y aunque Pedro está hablando de la iglesia en general, también está hablando de cada iglesia local, definida de una manera más específica cuando habla de los ancianos que deben cuidar esa iglesia, a lo cual se refiere después en el capítulo 5. Los ancianos, los pastores, se requieren porque la iglesia se compone de piedras vivas. Aunque haya un montón de ladrillos, te vas a sorprender de todos los ladrillos que están ahí en el suelo: eso no significa nada. Las piedras vivas están conectadas unas con otras, unidas entre sí a medida que se unen en Cristo. No tenemos la opción de no ser parte de la morada espiritual de Dios: si venimos a la piedra viva, nosotros también somos piedras vivas. No hay lugar para un cristianismo individualista o aislado, y nuestro venir juntos, nuestras reuniones, despliegan esa realidad. El escritor de Hebreos dice, en el capítulo 10, versículo 25: “No dejando de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sino exhortándonos unos a otros, y mucho más al ver que el día se acerca.” Cada domingo estamos viendo alrededor piedras vivas que están siendo edificadas para construir una casa espiritual.

Pero, ¿qué son esas piedras vivas, y qué es una casa espiritual? Y hemos escuchado sobre esto muchas veces durante la conferencia. Pedro está usando aquí imágenes muy significativas del Antiguo Testamento para describir a la iglesia. La “casa espiritual” se refiere a un templo construido con piedras. Y en el Antiguo Testamento, el templo era el centro de la relación de Dios con su pueblo — es difícil para nosotros comprender su importancia—. El templo era donde se hacían los sacrificios para la expiación de los pecados; donde el pueblo de Dios se reunía para las fiestas anuales; donde Dios se encontraba con su pueblo, donde Dios manifestaba su presencia.

Ahora, 600 años antes de que Jesucristo apareciera en esta tierra, el profeta Ezequiel profetizó que habría un templo mayor, que superaría por mucho el esplendor del templo terrenal y físico. Y el templo de los días de Ezequiel fue destruido por las fuerzas babilónicas en el año 586 a. C., pero fue reconstruido unos 70 años después; y 500 años más tarde, Herodes el Grande expandió el templo, 20 años antes de que Jesús naciera. Pero Ezequiel no estaba profetizando acerca de la mejora que le hizo Herodes al templo. Jesús hizo mención de eso cuando se identificó a sí mismo como el templo, cuando dijo, en Juan 2:19:

19 Jesús les respondió: «Destruyan este templo, y en tres días lo levantaré».

El templo del que estaba hablando era su cuerpo, Dios en la carne. Pero hay otro templo que está por venir. Después de su muerte, resurrección y ascensión, Jesús, junto con el Padre, envía al Espíritu, el cual ahora habita en las personas, en su pueblo. “¿No saben que ustedes son templo de Dios, y que el Espíritu de Dios habita en ustedes?”

16 ¿No saben que ustedes son templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en ustedes?

Sugel hizo este punto de una manera muy clara — yo no lo puedo hacer tan bien como lo hizo él, pero voy a tratar—. Yo no sé en qué tipo de edificio se reúne tu iglesia. A lo mejor es un edificio hermoso, con vitrales, con una arquitectura hermosa, columnas, techos muy altos. O a lo mejor es un cuarto medio ordinario, con sillas plegadizas y una mesita como púlpito. O algo en medio de esas dos. Yo he sido parte de iglesias que se reunían en hogares, en cines, en escuelas, en hoteles, y en auditorios hermosos. Pero, sea como sea tu edificio, yo sé esto: tu edificio no es el lugar santo de Dios; tu edificio no es el templo de Dios; tu santuario no es la morada de Dios. Tu gente lo es. ¿No es eso asombroso? Donde encontramos al pueblo de Dios, encontramos la presencia de Dios.

22 En Cristo también ustedes son juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu.

Estamos siendo edificados para morada de Dios, y esa construcción se lleva a cabo mientras nos reunimos como piedras vivas — a quien Pedro procede a describir, en el versículo 6, como la piedra angular. Voy a dejar que ustedes lean esto: 1 Pedro 2:6-7.

6 Pues esto se encuentra en la Escritura: «Yo pongo en Sión una piedra escogida, una preciosa piedra angular, y el que crea en ella no será avergonzado». 7 Este precioso valor es, pues, para ustedes los que creen; pero para los que no creen: «La piedra que desecharon los constructores, esa se ha convertido en piedra angular».

¿Por qué es importante que Jesús sea la piedra angular del edificio? Porque la piedra angular define el edificio: establece las líneas de los muros, las esquinas, los ángulos, las direcciones. Si tu piedra angular está mal, todo va a estar mal. Y nuestra respuesta a la piedra angular determina nuestro destino eterno: para los que creemos, esa piedra angular es fuente de gozo eterno, señal de que somos posesión de Dios, de que hemos sido escogidos, no por ningún mérito nuestro, para pertenecer a Él. Pero los que no creen, y encuentran esta piedra angular ofensiva, van a tropezar en ella y van a terminar siendo aplastados por ella.

Pedro está trazando una línea aquí: dice que la iglesia tiene límites, que tiene los que están dentro y los que están fuera. Lo dice en 1 Corintios 14:23-24:

23 Por tanto, si toda la iglesia se reúne y todos hablan en lenguas, y entran algunos sin ese don o que son incrédulos, ¿no dirán que ustedes están locos? 24 Pero si todos profetizan, y entra un incrédulo, o uno sin ese don, por todos será convencido, por todos será juzgado.

Hay los que están dentro y los que están fuera. Y venir a Cristo nos hace una parte necesaria y vital de esa casa espiritual. Y la construcción de esta casa espiritual ha estado llevándose a cabo durante mucho tiempo antes de que nosotros llegáramos, y continuará llevándose a cabo cuando nosotros ya no estemos.

Hace 14 años, Jeff y yo fuimos parte de una plantación de iglesia en Louisville, Kentucky. Esta fue la segunda plantación en la que mi esposa Julie y yo íbamos a participar, pero no fue menos emocionante. Cuando llegamos ahí, no había todavía una Iglesia Gracia Soberana de Louisville: solo un grupo de 40 personas que querían ver una iglesia establecida allí. Y durante los últimos 14 años, Dios ha hecho exactamente eso: domingo tras domingo, desde septiembre de 2012, nos hemos reunido para cantar las alabanzas de Dios, orar, oír la palabra de Dios predicada, compartir la Cena del Señor, ver individuos bautizados, ejercer los diversos dones del Espíritu, y tener comunión. Y hace tres años, Dios nos permitió comprar un edificio, para no andar moviéndonos por todo Louisville. Ahora realmente tenemos una iglesia — pero ya teníamos la iglesia, porque la iglesia no es el edificio, y el servicio ese no empezó necesariamente con nosotros. Y si nuestra iglesia cerrara, la iglesia de Cristo seguiría siendo construida, porque nosotros hemos sido unidos a ella por medio de Jesucristo. Hemos venido a Cristo, la piedra viva.

¿Reconocemos quiénes somos, y quién es el que habita en nosotros? La casa espiritual en la que estamos siendo edificados no se compone solamente de las personas que vemos en el auditorio: es una casa espiritual gloriosa, que se compone de la iglesia del pasado, del presente y del futuro. Estamos construyendo sobre la fe, las tradiciones y las prácticas de aquellos que vinieron antes que nosotros. Nos unimos a iglesias locales a lo largo del mundo, que son diferentes expresiones de la iglesia de Cristo. Nos unimos incluso a los santos que están alrededor del trono en este momento. No estamos tratando de inventar algo nuevo y emocionante — no tenemos que hacerlo—. La reunión del domingo no es una producción.

Alguien me preguntó hace un momento qué era lo que más me preocupaba a mí de la adoración de la iglesia evangélica en los últimos 20 años. Y le dije que lo que más me preocupa es que hemos empezado a idolatrar la producción. Todo es producido ahora; la tecnología está en todo lugar. Y uno empieza a preguntarse: ¿podrá trabajar el Espíritu Santo sin todas esas cosas? Y la respuesta clara es: claro que sí. Puede ser que obre aún más sin ellas. Solo un pensamiento.

Somos la iglesia de Jesucristo, con piedras vivas siendo edificadas en una casa espiritual, con sus orígenes en la eternidad, y que va a continuar para siempre. Nuestras reuniones están definidas por la realidad de la iglesia, contra la cual las puertas del infierno no prevalecerán. Eso es: ellos son los que se están reuniendo.

II. ¿Qué estamos haciendo?

Las segundas dos preguntas son más cortas. “Para un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales.” Estamos siendo edificados como una casa espiritual para ser un real sacerdocio, que ofrece sacrificios espirituales. Somos el templo, pero también somos los sacerdotes del templo, porque este templo no está construido de piedras inanimadas: está construido de piedras vivientes, vivas.

Yo crecí como católico romano, y cuando tenía 14 años quería llegar a ser sacerdote. Fui a un seminario junior por un año; quería empezar temprano en el camino hacia el sacerdocio. Y esta es la razón: yo creía que llegar a ser sacerdote me acercaría más a Dios, y me ayudaría a ayudar a otros a conectarse con Dios. Y, básicamente, yo pensaba que eso le iba a mostrar a Dios que yo era mejor que todos los demás. Así que tal vez se pregunten qué pasó: el seminario cerró al final de ese año, así que tuve que hacer otros planes. Mis motivaciones para querer ser sacerdote obviamente eran dudosas y necesitaban ser evaluadas.

Pero Pedro dice aquí que todos los que estamos en Cristo ya somos parte de un sacerdocio real, y no tenemos que ser católicos romanos para pensar en nosotros mismos como una especie de sacerdotes: alguien que está más cerca de Dios que los demás, alguien a quien Dios necesita para ayudar a la gente a conectarse con Él. Es fácil ser un pastor o líder cristiano y verse a uno mismo de esa manera; algunos músicos se ven a sí mismos de esa manera: “yo te voy a llevar a la presencia de Dios; te voy a traer al trono de Dios.” Recuerdo una vez que estaba dirigiendo en una capilla, y una mujer se me acercó en la librería y me dijo: “muchísimas gracias por habernos guiado hasta el trono de Dios.” Y yo le dije: “yo no creo que yo haya hecho eso, porque no puedo. Solo Cristo puede hacer eso.”

Y queremos ver lo que Pedro está haciendo aquí: está redefiniendo el sacerdocio que había sido parte de la historia de Israel por cientos de años. Hasta los tiempos de Jesús, solo el sumo sacerdote, que tenía que ser descendiente de Aarón, podía entrar al Lugar Santísimo una vez al año, el Día de la Expiación; él era el intermediario entre Dios y su pueblo. Y luego estaban los sacerdotes levíticos, que llevaban a cabo las otras responsabilidades del templo. Pedro se está dirigiendo primordialmente a una audiencia gentil, gente que ya describió al principio de su carta como “elegidos expatriados” — estaban, en todo sentido, muy alejados de Dios—. Pero ahora, a través de su unión con Jesucristo, la piedra viva, el sumo sacerdote, ellos también son parte de un sacerdocio santo, capaces de acercarse a Dios.

Todos somos sacerdotes: viejos, jóvenes, hombres, mujeres, ricos, pobres, educados o no educados, fuertes o débiles. Si has venido a la piedra viva, eres parte de un sacerdocio real; no puedes decir “bueno, no sé si quiero eso” — no creo que quieras discutir eso con Jesús—. Si has venido a Él, eres parte de un sacerdocio real, y estamos ofreciendo sacrificios espirituales. ¿Qué son esos? Recuerden, esto es para todos en la iglesia, no solo para los que están en la plataforma. Ofrecemos sacrificios de alabanza, de oración, de cantos. Pero también ofrecemos el sacrificio de recibir la palabra de Dios; servir a otros para la gloria de Dios; dar diezmos y ofrendas; ser un medio a través del cual fluye la gracia de Dios para suplir necesidades. Sacerdotes haciendo este tipo de cosas por todo el lugar. Y nuestros sacrificios van más allá del domingo por la mañana: incluyen cosas como la generosidad, compartir el evangelio, y simplemente hacerle el bien a los demás — “y no se olviden ustedes de hacer el bien y de la ayuda mutua, porque de tales sacrificios se agrada Dios.”

Como la mayoría de los que estamos aquí servimos en algún papel de liderazgo en nuestras iglesias, es importante que reflexionemos si estamos viendo a los miembros de nuestra iglesia como sacerdotes o no. Como líderes, nuestra tendencia es asumir la responsabilidad de la reunión: nos preparamos, estudiamos, practicamos, planeamos. Nos estremece pensar lo que sucedería si llegáramos a la reunión sin habernos preparado. Algunos de ustedes tal vez ya están pensando en este próximo domingo: “no voy a poder prepararme, ¿qué va a pasar?” Deberíamos prepararnos, deberíamos planear, deberíamos ensayar — pero estamos sirviendo con un sacerdocio real—. ¿Qué tan seguido consideramos lo que Dios quiere hacer a través de aquellos con quienes nos reunimos? Los miembros de nuestra iglesia no son espectadores en una audiencia; somos la iglesia. Cada miembro debe ofrecer sacrificios espirituales: darse la bienvenida unos a otros (cualquiera puede hacer eso), instruirse, saludarse, consolarse, servirse, exhortarse, amonestarse, animarse unos a otros. (“Ah, pero eso no me hace sentir tan bien como cantar.“)

Si sabemos lo que está ocurriendo, vamos a ver que los sacrificios se están llevando a cabo en todo el auditorio, y no solo cuando cantamos. Cantar es un don de Dios, pero no perdamos de vista todas las maneras en las que Dios está obrando en y a través de su pueblo. Para los que planean sus reuniones: ¿le damos espacio en nuestra reunión para que todo el cuerpo de Cristo participe de diversas maneras? Obviamente, entre más grande sea la iglesia, va a ser más difícil, va a haber menos maneras en las que las personas pueden participar con un perfil alto. Pero no cometamos el error de pensar que cada domingo se tiene que llevar a cabo un desempeño espectacular. Los que leen la Biblia, los ujieres, los administradores, la gente que tiene el don de la fe, el don de ayudas, el don de misericordia — todos somos piedras vivas unidas a la piedra viva—. Eso no quiere decir que no hay distinción entre los pastores y los miembros, o que Dios no usa a diferentes personas de diferentes maneras. Pero sí quiere decir que todos tienen una parte importante que desempeñar en nuestras reuniones.

De nuevo, Sugel abordó esto ayer, y me da mucho gusto que lo haya hecho: una implicación que con frecuencia se pasa por alto del sacerdocio real es valorar el sonido del canto de nuestra gente. ¿Cómo determinamos si la adoración fue buena? ¿Tocó bien la banda? ¿Estuvieron afinados los vocalistas? ¿Mantuvo el baterista un buen tiempo? Esas son buenas preguntas — pero la pregunta principal que deberíamos hacernos es qué tan bien cantó la congregación, y si podían escucharse a sí mismos. Los miembros de nuestras iglesias tienen mucho más que ofrecer para el fortalecimiento de esta casa espiritual de lo que normalmente somos conscientes.

Oro para que algunos de ustedes estén sintiendo que se libera una carga mientras hablo. Pero, si no, este último punto se va a encargar de que así sea.

III. ¿Por qué medios lo hacemos?

A partir de aquí — traducción propia

El intérprete no quedó registrado en el audio para el resto de la charla. Lo que sigue es traducción propia del texto en inglés, no la voz del intérprete real.

Somos piedras vivas siendo edificadas en una casa espiritual; somos un sacerdocio santo que ofrece sacrificios espirituales — aceptables a Dios—. He escuchado esto en cada mensaje, y nunca deja de sorprenderme.

Hemos recibido una excelente instrucción sobre cómo debemos supervisar y dirigir nuestros servicios en esta conferencia — nuestras reuniones, nuestra adoración—. Y no recuerdo si fue Jeff (creo que fuiste tú, Jeff) quien dijo que tenemos la tendencia a pasar a una mentalidad de lista de verificación al regresar a nuestras iglesias. Nos sentimos equipados, y no vemos la hora de volver a nuestras iglesias: “¿examinamos nuestros corazones? ¿Exaltamos a Dios? ¿Predicamos la palabra de Dios? ¿Enfatizamos el evangelio? ¿Orientamos a la gente hacia la misión? ¿Dependemos del Espíritu? ¿Involucramos a la iglesia en el servicio? Listo. Entonces Dios debe estar contento” — y hasta quizás señalando a algunos ángeles: “miren cómo han crecido, es asombroso.”

Y ciertamente somos capaces, por la gracia de Dios, de agradarle; se nos manda que le agrademos: “examinen qué es lo que agrada al Señor” (Efesios 5:10). Pero entonces se nos recuerda lo que el escritor de Hebreos nos dice, en Hebreos 11:6: “sin fe es imposible agradar a Dios, porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que Él existe, y que recompensa a los que lo buscan.”

He estado dirigiendo la música en la iglesia por 50 años. Estoy más consciente que nunca de que necesito la obra de Jesucristo para que cualquier cosa que yo haga sea aceptable ante los ojos de Dios. Estoy buscando agradarle. Pero, como dijo Harold Best: “todas nuestras ofrendas de adoración son a la vez humilladas y exaltadas por la poderosa obra salvadora de Cristo” — humilladas, porque separados de Cristo, Dios no las recibiría; exaltadas, porque a través de Cristo, Dios recibe nuestras ofrendas como si el mismo Jesús las hubiera ofrecido. Lo que tenemos en Cristo es todo lo que necesitamos para venir a Dios.

Hace años asistí a una conferencia — hace tanto tiempo que ya ni recuerdo el tema— pero sí recuerdo que, la mañana después de la primera sesión nocturna, el líder de la conferencia se puso de pie y nos habló de lo que necesitábamos hacer. Nos dijo que se había abierto una ventana al cielo, y que no supimos atravesarla; que, por alguna razón, nos acercamos, pero no llegamos a recibir todas las bendiciones que Dios tenía para darnos. Recuerdo sentirme confundido, desanimado y derrotado. Si el líder de la conferencia se hubiera puesto de pie y hubiera dicho “hay bendiciones aún mayores que nos esperan”, yo lo habría entendido — pero no dijo eso—. Y creo que ustedes se sienten así después de ciertos domingos: repasan lo que salió mal, las partes que no parecieron llegarle a la gente, las transiciones torpes, los momentos incómodos — y siguen repitiéndolos una y otra vez en su mente: “¿por qué hice eso?” Los momentos en que sienten que el Espíritu simplemente dice “ya no lo soporto más, me voy a la iglesia de la esquina.”

Y entiendan: no estoy diciendo que no debamos aspirar a hacerlo mejor. Pero nunca debemos darles a nuestra gente — que viene a Dios por fe en Jesucristo, que son piedras vivas siendo edificadas en la casa espiritual — la impresión de que, en última instancia, depende de nosotros el que ellos disfruten las riquezas de gracia que hemos recibido en Cristo. La invitación siempre permanece: venimos a Dios a través de la piedra viva, no sobre la base de nuestro desempeño, no sobre la base de nuestras promesas, sino de la perfección de Cristo.

19 Entonces, hermanos, puesto que tenemos confianza para entrar al Lugar Santísimo por la sangre de Jesús, 20 por un camino nuevo y vivo que Él inauguró para nosotros por medio del velo, es decir, Su carne, 21 y puesto que tenemos un gran Sacerdote sobre la casa de Dios, 22 acerquémonos con corazón sincero, en plena certidumbre de fe, teniendo nuestro corazón purificado de mala conciencia y nuestro cuerpo lavado con agua pura.

¡Qué invitación! Podemos venir a su trono. Jesús nos ha acercado por su sangre.

Esto se apoya en lo que Jeff compartió antes: nunca vamos a tener la reunión perfecta, nunca vamos a tener la liturgia perfecta, nunca vamos a tener el repertorio de canciones perfecto, nunca un sermón perfecto. Nuestra iglesia tal vez nunca tenga el edificio, los números, la ubicación o la influencia que quisiéramos. Pero tenemos la palabra de Dios; tenemos el evangelio de Dios; tenemos el Espíritu de Dios; tenemos al pueblo de Dios; tenemos piedras vivas siendo edificadas en una casa espiritual; y tenemos un Salvador perfecto, que nos ha redimido y rescatado por medio de su obediencia perfecta, su muerte sustitutoria y su resurrección triunfante, y que un día va a volver por su novia — para que sintamos el amor de Dios, y celebremos para siempre en la cena de las bodas del Cordero—. Y nunca más estaremos ansiosos, preocupados o desanimados por las reuniones de la iglesia, porque Dios mismo nos guiará. Sí, podemos — sí, amén, amén.

Podemos crecer en las formas en que servimos a nuestra gente. Podemos amarlos mejor. Podemos mostrarles mejor las glorias de Dios: la suficiencia de su palabra, el poder del evangelio, nuestra necesidad de su Espíritu, y una conciencia de la iglesia que el Espíritu está edificando como morada para Dios. Pero un día estaremos con Él, y Él estará con nosotros — no por fe, sino por vista—. Amén.

1 Entonces vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra pasaron, y el mar ya no existe. 2 Y vi la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que descendía del cielo, de Dios, preparada como una novia ataviada para su esposo. 3 Entonces oí una gran voz que decía desde el trono: «El tabernáculo de Dios está entre los hombres, y Él habitará entre ellos y ellos serán Su pueblo, y Dios mismo estará entre ellos. 4 Él enjugará toda lágrima de sus ojos, y ya no habrá muerte, ni habrá más duelo, ni clamor, ni dolor, porque las primeras cosas han pasado».

Amén. Una cosa más: esperemos con nuevos ojos este domingo que viene — ojos abiertos a la grandeza y la bondad del Dios que adoramos, a la autoridad de Dios, a la belleza y la suficiencia de su palabra, a la belleza y el poder del evangelio, al gozo y la urgencia del mensaje que proclamamos, al hecho de que Él habita con nosotros, en las realidades invisibles que ahora confiamos por fe, pero que un día disfrutaremos cara a cara.

Padre, estamos asombrados ante tu bondad. ¿Cómo puede ser tu gracia tan buena, y cómo podemos estar tan a menudo ciegos a ella? ¿Cómo podemos dejar de maravillarnos ante el hecho de que tú haces obras hermosas cada domingo, y las haces también en nosotros cada día? Por favor, por tu Espíritu, mantén estas verdades en nuestros corazones y en nuestras vidas, para que Cristo reciba gloria en nosotros y a través de nosotros, por el poder de tu Espíritu, por el bien de tu pueblo, para la salvación de muchos más — todo para la gloria de tu nombre. En el nombre de Jesús. Amén.


Nota sobre esta transcripción

Transcrita del audio de la conferencia Fieles 26 (whisper). El audio contiene la charla en inglés con interpretación consecutiva al español; esta nota usa la voz del intérprete donde existe, con las citas bíblicas cotejadas contra el texto NBLA real. A partir de la sección “¿Por qué medios lo hacemos?” (aprox. el último tercio de la charla), la interpretación al español no quedó registrada en el audio/transcripción — esa parte es traducción propia, marcada explícitamente en el cuerpo de la nota. Sin bucles de Whisper, pero con numerosos tramos de líneas duplicadas 2 a 5 veces por solapamiento de segmentos, todos colapsados a una sola instancia.