Sobre esta nota
Este taller lo dieron juntos Jonathan y Sara Jerez, alternando quién habla. El audio no distingue quién dice cada línea, así que la atribución a “Jonathan” o “Sara” en esta nota se hizo por contexto (pronombres, quién se dirige a quién) y es aproximada — donde no había manera de saberlo se dejó como narración conjunta.
Introducción
Jonathan: ¡Qué bueno, qué bueno! Pues nosotros también, un gran gozo para nosotros, un placer en estar con ustedes. Es nuestro segundo viaje a Juárez en los últimos cuatro meses, así que ya nos sentimos como en casa. Agradecidos al Señor por la oportunidad de compartir con ustedes este tiempo, y gracias por confiarnos esta hora para hablar y compartir un poco acerca del ministerio y la familia, que es el tema que nos toca hoy. Así que queremos presentarnos primero, para que quizás nos conozcan un poco, y luego entramos en material — es un reto, porque a los dos nos gusta hablar bastante—. Y queremos dejar un rato para preguntas al final, así que, si quieren, vayan pensando en preguntas.
Bueno, permítanme orar, y entonces comenzamos a hablar.
Señor, gracias por este tiempo, gracias por cada persona que has traído a este lugar, por el buen tiempo durante la conferencia, tanto cantando juntos como recibiendo tu palabra. Y algo también tan importante como la comunión los unos con los otros, la oportunidad que nos das de conocer personas nuevas, de compartir de nuestra historia. Gracias por el cuerpo. Y como predicaba el pastor Sugel, Señor, gracias porque qué impresionante es este lugar, lo que has hecho en cada persona aquí, como les has llamado de tinieblas a la luz admirable de Cristo para proclamar sus excelencias. Gracias porque nos has dado a cada uno de nosotros este llamado. Así que, Señor, te pido que nos des de tu sabiduría, de tu guianza por medio de tu Espíritu, que nos permita, Señor, ser de ayuda, de edificación a cada persona en este lugar. Y que lo que sea que digamos, compartamos, Señor, tú lo tomes y lo puedas traducir y aplicar de una manera eficaz a cada corazón, a cada familia, a cada situación particular, como solamente tú puedes hacer por medio del Espíritu Santo. Así que, Señor, en tus manos estamos. Sé glorificado en todo. En el nombre de Cristo Jesús. Amén.
Bueno, pues, como quizás conocen, somos Jonathan y Sara Jerez, y somos conocidos por ser cantautores. Yo soy pastor de adoración en Wheaton Bible Church y en su congregación en español, Wheaton Bible Español — que está, de hecho, cambiando su nombre de “Iglesia del Pueblo”, como se llamó por los últimos casi 20 años, a Wheaton Bible Español—. Es una congregación en múltiples idiomas en los suburbios de Chicago; hemos estado allí los últimos siete años, casi siete años — este año, en noviembre, cumplimos—. Y allí mi responsabilidad es ser pastor de adoración.
Nuestro contexto es constantemente bilingüe. Aunque nosotros todo lo hemos hecho en español durante la mayor parte de nuestras vidas, nuestro cerebro y nuestra vida está partida en dos, en inglés y español, así que nos disculpan si estamos constantemente traduciéndonos — tenemos que hacer un esfuerzo sobrehumano para hablar en uno solo de los idiomas, por costumbre—. Tanto yo como Sara nacimos en los Estados Unidos, pero pasamos parte de nuestra vida ahí como también en República Dominicana, así que hemos estado siempre en contextos bilingües. Y gracias al Señor, así hacemos iglesia, domingo tras domingo, semana tras semana. Y el pastor Aníbal —que lo van a conocer más adelante, Aníbal Rodríguez, su esposa Jairi está aquí también, y él va a predicar la Palabra— y nosotros servimos juntos ahí, en la ciudad de Chicago.
Tenemos diecisiete años de casados — acabamos de cumplir la semana pasada— así que ya somos casi un matrimonio mayor de edad. Y en esos diecisiete años el Señor, en su gracia, nos ha dado la bendición de tener seis hijos. Quiero decir “seis niños”, pero ya no son tan niños: la mayor cumple quince en dos semanas. (Ahí está la foto de nuestra familia.) Así que es una casa bien divertida — nunca hay un momento tranquilo, ni en silencio— definitivamente una casa altamente artística y musical, y muy, muy viva.
Así que hacer lo que hacemos, tanto en nuestra iglesia local como lo que el Señor también nos ha encomendado — y como nos ha dotado con pasión y dones para servir a la iglesia, no solamente a nuestra iglesia local, sino más allá de nuestras cuatro paredes— es, como dice el título del taller, un reto desafiante y una alegría. Así que esa es nuestra casa. Realmente, creo que es obvio, pero no somos una familia perfecta, para nada. Y creo que algo que puede ser de ánimo para todos es que es un caminar diario con el Señor, de la mano con el Señor, y buscando ser fiel y obediente al día a día, y siendo prontos en pedir perdón y extender perdón.
Y este taller queremos que sea bien conversacional, en el sentido de que lo que nosotros queremos es pintar una figura de cómo Dios, en su gracia, nos ha dirigido, las convicciones que nos ha dado, cómo nos ha encaminado en este viaje como pareja, con nuestros hijos, en el ministerio — pero para nada con el ánimo de ser dogmáticos, de que “esta es la única manera, esta es la manera”. Queremos, con la sabiduría de la palabra de Dios, compartir con ustedes cómo nosotros, tratando de ser lo más fieles posible al Señor y a lo que Él nos ha encomendado, hemos buscado serle fiel.
I. Definiendo los términos: “llamado” y “ministerio”
Y para comenzar, lo primero que queremos hacer es definir algunos términos: el término “ministerio”, y también el término “llamado” — porque son dos cosas a las cuales nos vamos a estar refiriendo constantemente durante esta charla—.
La manera en que pensamos dividir este tiempo es, primero, empezando por unos principios de los cuales partimos como pareja cuando hablamos de la familia, que creemos que tenemos que dejar claros primero; y luego hablaremos un poco más de cómo se ve en la práctica, esos principios vividos.
Pues, para comenzar: ¿cómo define Dios, en su Palabra, los conceptos de ministerio y de llamado? En nuestra cultura —y en nuestra cultura cristiana también— usamos con mucha frecuencia el término “llamado”: “el Señor nos ha llamado a hacer esto, nos ha llamado a hacer aquello.” Personas se nos acercan y dicen “el Señor los ha llamado a ser compositores, a ser líderes de alabanza.” Y lo que hemos visto en nuestro caminar, y al ver a otros también referirse a esto del llamado, es que se usa ese término con mucha frecuencia para referirse a nuestra profesión, a nuestro ministerio, a dones que tenemos, o a un sueño que Dios ha puesto en nosotros, algunas aspiraciones que tenemos. Y decimos cosas como “Dios me llamó a ser cantante”, “Dios me llamó a ser compositor”, “tengo un llamado de ser predicador, o ser pastor.” Así usamos el término.
Y ciertamente nosotros creemos que la Biblia muestra, en distintos lugares, esta palabra “llamado” de manera muy particular, para asignaciones específicas de parte de Dios, para personas específicas. Pero en realidad no se usa como un término tan amplio que incluye tantas cosas como usamos hoy día, cuando alguien pudiera decir “Dios me llamó a ser médico”, “Dios me llamó a ser empresario”, “Dios me llamó a ser aquello”. Nosotros, Sara y yo, hemos tenido, sobre todo en el último año, varias conversaciones donde decimos: así es como Dios usa, en la Palabra, el término “llamado”, y queremos ser simplemente cuidadosos en cómo lo utilizamos — porque, a la hora que decimos “esto es un llamado de Dios”, eso le da a esa tarea un peso enorme. Si es Dios quien me ha llamado a hacer esto, entonces no hay negociación: esto es la prioridad, esto es lo primero. Y hemos encontrado que los cristianos usamos ese término no necesariamente de manera bíblica, y queremos ser cuidadosos con eso.
¿Cómo usa la Biblia el término “llamado”? Por ejemplo, Romanos 8:28: Dios nos ha llamado — primero, Él nos llama a sí mismo, eso es un llamado salvífico, respondemos al llamado de Dios a la salvación—; y luego nos ha llamado a vivir una vida digna de Cristo. Pero fíjense que esas dos cosas no son específicas a alguien en particular: todo creyente ha sido llamado a salvación, y ha sido llamado a vivir en servicio y devoción y fidelidad a Cristo Jesús.
28 Y sabemos que para los que aman a Dios, todas las cosas cooperan para bien, esto es, para los que son llamados conforme a Su propósito. 29 Porque a los que de antemano conoció, también los predestinó a ser hechos conforme a la imagen de Su Hijo, para que Él sea el primogénito entre muchos hermanos. 30 A los que predestinó, a esos también llamó. A los que llamó, a esos también justificó. A los que justificó, a esos también glorificó.
1 Corintios 1:9: “Dios es fiel, por medio de quien fuimos llamados a la comunión con su Hijo Jesucristo.” Efesios 4, Pablo exhorta a los creyentes y les dice que vivan de una manera digna del llamado con el que fueron llamados. Primera de Tesalonicenses 4:3 y 7: la voluntad de Dios es nuestra santificación; Dios no nos ha llamado a impureza, sino a la santidad. Filipenses 3: Pablo prosigue hacia la meta, “por el premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús.” O sea, cuando la Biblia habla de llamado se refiere principalmente a esas dos ideas: llamados a salvación, y llamados ahora a vivir de manera integral toda nuestra vida para Cristo, en servicio y devoción a Cristo Jesús.
Muchas personas, cuando nos ven, dicen: “oh, qué bueno que el Señor les ha llamado a eso, a tener una familia grande” — y queremos ir en contra de esa manera de pensar—, porque a todo creyente que se ha casado, y Dios le ha dado la bendición de tener hijos, la palabra que preferimos usar es “asignación”: Dios nos da una asignación, nos encomienda cosas que nos ha puesto por delante, para ser fieles con esas cosas. Entonces no es que tenemos un llamado especial: es que Dios nos ha dado hijos, y nos ha mandado a ser fieles con lo que nos ha encomendado.
Ahora, hay algunas otras maneras muy particulares en que la Biblia usa el término “llamado”: el llamado a ser anciano, o el llamado a ser apóstol —en el caso de los apóstoles, o algún mensajero misionero, como Pablo y Bernabé, que fueron encomendados y separados para lo que el Espíritu Santo les había llamado, para ser enviados—. En el caso de misiones, reconocemos que hay lugares muy particulares en la Palabra de Dios donde se usa ese término para estas asignaciones especiales. Pero le queremos animar a que, como decía Sugel, la Palabra de Dios es quien pone las reglas y define los términos — no solamente de la iglesia, sino de nuestra vida— porque nosotros le pertenecemos a Dios, nosotros no definimos los términos. Y en algún momento de la historia comenzamos a referirnos a nuestra vocación, a nuestros deseos, a nuestros dones, a lo que queremos hacer para Dios —aun siendo bueno— como “nuestro llamado”, pero la Biblia no habla de esas cosas de esa manera.
Sara: Y es interesante que, cuando vemos a las personas llamadas en la Biblia, muchas veces, en el Antiguo Testamento, eran personas que no se sentían capacitadas, que no tenían el deseo de ser llamadas, que no tenían los dones que parecían necesarios para ese llamado. Y hoy en día lo vemos de la manera opuesta: casi siempre, cuando hablamos de un llamado, “soy llamado a tal cosa” es porque veo que tengo los dones, me gusta hacerlo, lo disfruto cuando lo hago — o sea, es todo opuesto a como la Palabra lo describe—. Rara vez escucho a alguien decir “mira, yo tengo un deseo enorme de alcanzar las naciones a través de la música, pero es que Dios me ha llamado a sufrir.” Yo no recuerdo la última vez que alguien me dijo “Dios me llamó a dejarlo todo, venderlo todo, dar a los pobres.” Nadie está llamado a nada de eso hoy: todo el mundo hoy día está llamado a YouTube, a plataformas, a ser influencer, a ser cantante — esos son los llamados de hoy día—.
Entonces queremos comenzar definiendo los términos, usando las palabras y los conceptos como la Biblia los usa, no el “lingo” que nos hemos inventado hoy día — y eso nos va a ayudar a entender cómo ver este tema de ministerio y familia—.
Jonathan: Voy a pasar al próximo principio, porque si me deja hablar nos quedamos en el principio uno. Así que, al final, la pregunta no es “¿a qué estoy llamado?”, sino “¿qué requiere de mí la fidelidad a Cristo en este momento?” — ¿cómo se ve la fidelidad a Cristo en el momento en que me encuentro?—. Entonces, el próximo principio es que toda nuestra vida le pertenece a Cristo, y el ministerio, en última instancia, es servicio — no una plataforma, no solamente lo que hago en la iglesia—. Todo es sagrado: nosotros somos, como dice Romanos, ofrendas vivas, y cada momento de nuestra vida es una ofrenda a Cristo, y cada acto de servicio es ministerio. Y es por eso que estas encomiendas que Dios nos ha dado, a mí y a Sara, nunca deben estar en competencia una con la otra, porque ninguna de estas representa un llamado de Dios por encima del otro que deba perseguirse a costa de sacrificar alguna de las demás.
Entonces: Dios me llamó, primero, a Él; me ha salvado, me ha llamado a servir a Cristo y, como decía Sara, a serle fiel con todo lo que Él me ha encomendado ahora mismo. Y entonces me ha dado dones, talentos, deseos, habilidades, para cumplir con esa fidelidad a Dios en todas las temporadas y áreas de mi vida, de manera integral — pero tenemos la tendencia de pensar que algunas de esas cosas son más espirituales que otras, y la vida es integral, todo le pertenece a Dios—. Romanos 12:1: presentar nuestros cuerpos como sacrificio, como ofrenda agradable a Dios. Así que eso es lo que se refiere la Biblia en cuanto a “llamado”.
Ahora, ¿qué es el “ministerio”? Porque es otra palabra que usamos hoy día de una manera muy particular, que no necesariamente es como la Biblia usa esa palabra. Sabemos que la palabra “ministerio” viene de la palabra que conocemos como diácono — diakonía es la palabra “servicio”, es servir a Dios—, lo cual sabemos que todos estamos llamados a hacer, porque Él nos ha llamado — recuerden cuáles son los dos: salvación, y a vivir de manera digna sirviendo a Cristo— y eso no está reservado para los ancianos, para el pastor, para los diáconos, para los que están en el staff de la iglesia. En realidad, el ministerio es para todo creyente, porque todo creyente está sirviendo a Cristo de manera particular en su vida.
Es importante que sepamos que “ministerio” no se refiere solamente a aquellos que están de manera tiempo completo haciendo un trabajo “religioso” — por usar una palabra— ya sea en el mundo corporativo, en una empresa, o en la iglesia, o como misioneros. En realidad, Efesios 4 dice que el modelo es este:
11 Y Él dio a algunos el ser apóstoles, a otros profetas, a otros evangelistas, a otros pastores y maestros, 12 a fin de capacitar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo;
Aquellos que sirven a tiempo completo — nuestro trabajo, según Efesios 4, no es hacer el ministerio nosotros: es equipar a los santos para la obra del ministerio. Entonces el pastor no es el que lleva a cabo el ministerio; el pastor tiene un ministerio — puede ser el ministerio de la Palabra, el ministerio de pastorear y cuidar las almas, de gobernar en la iglesia; los ancianos, aquellos que gobiernan, han sido encomendados con ese ministerio—. Pero toda la iglesia tiene dones para el servicio del reino de Dios, tanto dentro del cuerpo como hacia afuera; eso es de toda la iglesia.
Sara: Sí, queríamos entrar en esto también, porque me imagino que cuando vinieron aquí pensaron “ministerio y familia, desafíos y alegrías”, están pensando “cómo es que Jonathan y Sara hacen esto, vienen a una conferencia o hacen música, pero tienen una familia también” — como que esas son las definiciones que tenemos, y queremos romper ese esquema un poco y decir: no es “familia y ministerio”, sino “¿cómo te sirvo hoy? ¿Cómo se ve el servicio a ti, y a las personas que has puesto delante de mí hoy?” Y eso realmente es ministerio, y a nadie se le impide hacer eso. Todo creyente, todos ustedes, están capacitados y están supuestos a continuar siendo capacitados para servir al Señor en toda temporada. Y esto puede cambiar — de hecho, cambia— con las distintas temporadas de la vida; ha cambiado en las distintas temporadas de nuestro matrimonio, de nuestra paternidad, porque, de nuevo, no es este sentido de “estamos llamados a esto, pero ahora tenemos hijos, ¿cómo podemos cumplir este llamado?” Si lo vemos de esa manera, entonces estamos persiguiendo algo que la Biblia realmente no define así, y empiezan a competir unos con otros, a menos que lo veamos sencillamente como: de manera integral, yo estoy llamada a salvación, estoy llamada a servir a Cristo y a serle fiel en toda temporada de mi vida, con todo lo que Él ha encomendado a mí — y luego ver, con la Biblia, cómo ordenar esas cosas en términos de prioridad—.
Entonces, déjame decir que Dios no se equivoca: cuando nos ve, y tenemos deseo de escribir música o ministrar en cualquier lugar, Él no se equivoca. La pregunta al final es —y creo que es la que les animamos a hacerse— “¿a quién estoy sirviendo?” Porque creo que muchas veces nos estamos sirviendo a nosotros mismos. Y también: “¿estoy siendo fiel a Cristo con lo que Él ha puesto delante de mí?” Y yo creo que a veces podemos sobreestimar el servicio a la familia también — la realidad es que siempre estamos idolatrando algo—. Puede ser la familia: puede ser que estoy sirviendo a mi familia de una manera que no glorifica a Cristo, poniendo el gozo de mis hijos por encima de la fidelidad a Cristo. Pero también puedo estar poniendo actividades eclesiásticas, o cosas que llamo “ministerio”, por encima de las responsabilidades que Dios me ha dado en mi casa. O sea, la pregunta, últimamente, es: ¿a quién estoy sirviendo cuando hago esto? ¿Y estoy descuidando algo que Dios sí me está llamando a cuidar, de una manera fiel?
Interesantemente, quizás un buen examen es: con este acto, ¿quién se beneficia más aquí? ¿Estoy sacrificando mi ego, mi propia satisfacción, por el bien de otros? ¿O esto me está construyendo a mí, me está elevando a mí? Y con frecuencia, como muchos cristianos hoy hablan de llamado y de ministerio, es aquello que les da una plataforma, que los eleva, se sienten animados — pero eso no es necesariamente lo que Dios ha llamado—. Yo, de nuevo, vuelvo al apóstol Pablo, a quien desde el principio se le anunció que su llamado era sufrir; y lo mismo con Isaías, sabiendo que iba a predicar a un pueblo que no iba a escuchar. Y yo me pregunto si nosotros hoy nos sentiríamos con el mismo ánimo: “mira, tú vas a componer cientos de canciones en tu vida, pero nadie las va a escuchar; no vas a tener views en YouTube, Spotify no te va a mandar las actualizaciones de que están subiendo los monthly listeners, vas a estar en negativo.” Y me pregunto si yo me hubiera sentido con el mismo impulso de ser fiel y levantarme gozosa a componer. Pero ven cómo la línea se pone un poco borrosa entre lo que yo deseo hacer, lo que me gusta, lo que me satisface, y lo que es el llamado de Dios. Esos son buenos exámenes, especialmente hoy día: “¿esto que estoy haciendo me eleva a mí, me satisface a mí, o ciertamente estoy sirviendo a Dios?” Y eso es un examen diario que tenemos que hacer. Es un gozo para nosotros venir aquí y escuchar muchas veces testimonios de ustedes, “ay, cómo me ha bendecido esta canción” — en mi casa nunca escucho eso; en mi casa, cuando corrijo a mis hijos por quingentésima vez algo que ya les había dicho como cincuenta veces, no me dicen “ay, mami, gracias, qué bueno que estás invirtiendo en mi alma” — eso no, no lo hemos escuchado todavía—.
II. La familia es una asignación de Dios, no una interrupción
Pero yendo al próximo punto, para clarificar el tema de llamado y ministerio: otro principio es que nuestra familia es una de las responsabilidades que Dios nos ha confiado, y que la familia no es una interrupción al plan de Dios: la familia es parte del plan de Dios, y una parte muy, muy importante.
Jonathan: Sí, y quería decir: si tú estás aquí y eres soltero, eso también es un don de Dios, un regalo de Dios para tu vida, ya sea en esta temporada o de manera perpetua. Porque tu llamado es pertenecer a Cristo y servir a Cristo, no importa si estás soltero, casado, o viudo — tú estás siempre sirviendo a Cristo—. La pregunta es: en esta etapa de tu vida, y con lo que tienes, ¿cómo eres fiel a Cristo? Entonces, si eres soltero, tienes libertades para encomiendas que Dios quizás te dé, que nosotros no tenemos — y eso es un don, un regalo de Dios, necesario en el reino de Dios—. Eso se ve aun en el apostolado: Pablo y Pedro eran distintos — Pedro estaba casado, Pablo no—, entonces Pablo tenía libertades de hacer cosas, andaba subiendo y bajando por el mundo, de maneras que Pedro, plantado en una comunidad, no tenía.
Entonces quiero hacer esa nota, porque vamos a hablar mucho de familia en el taller: pero si tú eres soltero, no veas esto como una temporada para pasar rápido, esperando casarte. Esto es un tiempo para servir al Señor. Y es bueno si tienes el deseo de casarte, pero, de nuevo, pregúntate: ¿cómo sirvo a Dios en esta temporada de mi vida, con lo que Él me ha dado hoy? Aun nosotros, que estimamos tanto la familia y los hijos, el matrimonio, le aconsejamos a nuestros hijos, siempre decimos, nunca como que la meta es casarse — no, jamás—. Nosotros siempre les hablamos: lo que Dios diga para tu vida; si eso es servirlo casado, bien; si es servirlo soltero, bien; es lo que Dios diga.
Sara: Me hace pensar en una vez que una joven me pidió consejo, porque me dijo —viendo que tenemos muchos hijos, creo que en esa época teníamos como cuatro— “yo no me siento llamada a tener hijos, pero me siento mal por eso, me siento culpable, ¿qué me dirías?” Y yo le dije: “ah, bueno, ¿estás casada?” “No.” “Ok, bueno, primero tienes que casarte — o sea, ¿estás pensando ya? Definitivamente no estás llamada a tener hijos ahora mismo, te puedo decir eso—. ¿Y quién te dijo que te vas a casar? No para ser pesimista, pero Dios… tú no tienes esposo todavía, ¿quién te dijo que vas a tener hijos?” Me dijo: “no, es que yo no me siento, quiero poder hacer lo que quiero hacer.” Y yo le dije: “bueno, pero hay un problema, porque, como soltera, eso tampoco es la voluntad de Dios. El ser soltera no te da la libertad de hacer lo que tú quieres.” O sea, en cada etapa —soltera, casada, con hijos— tienes que hacer lo que Dios te diga; eres igual esclava de Cristo ahora que si estuvieras casada o con hijos. Lo que ese servicio se ve diferente dependiendo de tu etapa, pero nunca tenemos permiso de hacer lo que nos da la gana: siempre, en cualquier etapa, es servir a Cristo primero.
Jonathan: Con eso, como pueden ver, ha definido mucho de cómo hemos tomado decisiones. La Palabra de Dios dice que la voluntad de Dios, en realidad, no se recibe en un download de un día, donde uno se va de retiro a una cima, se sienta, cruza las piernas, abre los brazos, y se le baja un download de “ya tengo el llamado de Dios” — eso no es bíblico, no lo es—. Pero así operan muchos cristianos hoy día: “¿cuál es mi llamado? ¿A qué me llamó Dios? ¿Cuál es mi propósito? ¿Qué voy a hacer por toda mi vida?” Y mi pregunta es: ¿qué vas a hacer hoy? Porque Cristo dice: “por nada estén afanosos, no te preocupes por el mañana” — tú ni sabes si vas a tener vida terrenal mañana; quizás mañana estás con Cristo—. La pregunta es: hoy, ¿dónde estás? Romanos 12 dice que la voluntad de Dios se comprueba a través de la renovación de nuestra mente — se comprueba todos los días—. Entonces, en tu caso, si estás soltera, esa es la voluntad de Dios: no tienes que estar perdiendo el sueño por si vas a tener hijos o no, porque ni siquiera tienes esposo — por tanto, no pienses en hijos todavía; comprueba la voluntad de Dios hoy, ¿cómo vas a servir a Dios hoy, como soltera, en tu iglesia?
Y la verdad es que, cuando Sara y yo empezamos a componer, no estábamos pensando ni en YouTube, ni en Spotify, ni en Juárez, ni en Gracia Soberana, ni en “Jonathan y Sara Jerez” — ni en nada de lo que hemos hecho hoy—. Nosotros estábamos sirviendo a nuestra iglesia local con los dones que Dios nos había dado; no era este llamado que estábamos persiguiendo, era un sentido de “¿qué hacemos con los dones y talentos que Dios nos ha dado?” — evidentemente para su gloria, para el beneficio de la iglesia—. Empezamos a componer canciones y cantarlas el domingo en la mañana con nuestra iglesia, y en un mundo donde existe el internet, eso empezó a viajar, y empezaron a llegar mensajes de “¿dónde están los acordes de esta?”, “¿dónde están aquellas?”, “qué interesante que esta canción se está haciendo por allá, por acá” — y de esa manera fue providencial—. No fue este sentido de “tenemos este llamado, ahora tenemos que ocuparnos de mantenerlo y perseguirlo”: es, todos los días, cómo somos fieles a lo que Dios nos ha encomendado.
Entonces, ¿cómo somos fieles a lo que Dios nos ha encomendado? Queremos compartir algo que, para nosotros, es una convicción — y es contracultural, y algunos dirán que es controversial; yo sencillamente creo que es bíblico—. Porque nosotros estamos casados, y Dios, en su gracia, nos ha dado hijos, sabemos que estamos llamados a ser padres. Así de sencillo, muy simple. Y porque yo estoy casado, sé que estoy llamado a ser esposo; y porque he sido ordenado pastor en mi congregación, sé que estoy llamado a ser pastor y a pastorear. Eso me permite no tener esas cosas en competencia. Y —me voy a poner un poco personal— hemos escuchado: “mira, yo estoy casada, pero Dios no me ha llamado a ser mamá, no siento ese llamado” — eso no es bíblico—. ¿Cómo sabes si Dios no te ha llamado a ser mamá o papá, si estás casada? Tú no predeterminas si Dios te ha llamado a ser papá o mamá porque estés casado: si te casas, la implicación natural, bíblica, según el orden de Dios en Génesis, es que —a menos que algo fuera de lo común ocurra, es decir, que Dios en su providencia no te dé hijos, lo cual Él es soberano y puede escoger no hacer— entonces debes tener hijos, y ese es el orden. No es el ministerio, no es el llamado, lo que determina si tienes hijos o no, o cuántos hijos tienes — “es que para poder cumplir este llamado, solo puedo tener uno, dos, tres” — eso no es bíblico—. Solo quiero plantar eso ahí, y que ustedes lo tomen y lo lleven delante de Dios, abran la Biblia y luchen con eso con Dios — porque lo que acabo de decir es extremadamente contracultural, no en el mundo, en la iglesia—. La gente nos ve y dice “oh my goodness, seis hijos” — pero tienen televisión, dicen; digo, tenemos televisión, pero también tenemos Biblia—. Y la verdad es que no es popular, porque hemos idolatrado lo que llamamos “ministerio”, la plataforma y demás. Lo mismo con este asunto de llamado.
Y la familia es parte esencial en el plan de Dios: se ve a través de toda la Palabra, desde Génesis, la encomienda, el trabajo esencial del plan de Dios de pasar su verdad de una generación a otra, y su instrumento principal es a través de los padres. Imagínate esto: ¿en qué posición estaría la iglesia si las familias fueran fieles en ser muy intencionales en criar, en instruir a sus hijos en el Señor? ¿Cuántos más obreros habría para la cosecha, y ojalá menos personas perdidas? Si, como padres, le diéramos la prioridad que Dios le da a pasar la fe, a instruir a nuestros hijos, y no pusiéramos eso en un segundo plano —haciendo ministerio por allá con gente que ni nos conoce, y descuidando las almas que están debajo de nuestro techo— yo creo que la iglesia y el mundo estarían en una mejor posición, si los padres fuéramos fieles con el llamado que Dios nos ha dado como padres.
Sara: Pero creo que muchas veces se nos hace más fácil servir en la iglesia. Y creo que es algo que muchas veces amarga a nuestros hijos, cuando ven que a sus padres, a todos les dicen que sí, con una sonrisa —todos “sí, señor, sí, señor”, entre comillas, en la iglesia— pero en la casa no hay una actitud de servicio, no hay una actitud de dar tu vida, tu tiempo, a los más pequeños. Y un principio que nosotros siempre usamos es: ¿cuáles son esos roles que solo tú puedes cumplir? Jonathan solo tiene una esposa; mis hijos solo tienen una madre. Nadie más puede cumplir el rol que yo lleno ahí, como esposa, como madre — pero hay un montón de gente que canta bien, hay un montón de gente escribiendo canciones, hay un montón de gente que puede hablar y enseñar, hay muchas personas con dones—. Pero mis hijos solo tienen una mamá, y mi esposo solo tiene una esposa; entonces esos roles tienen que tomar prioridad en mi vida. Y eso no es descuidar al Señor: eso es ser obediente al Señor.
III. Cómo se ve en la práctica
Entonces nosotros vemos nuestra vida —¿han visto esa ilustración del vaso y las piedras, las piedras grandes y las pequeñas?— nuestras vidas cambian: hay momentos, por ejemplo, en esta etapa de nuestra vida, en que la piedra de nuestra familia, de nuestros hijos, es enorme, porque tenemos seis hijos y varios muy pequeños que demandan mucho de nosotros — esa piedra está tomando mucho espacio, mucha prioridad en este momento—. Pero se nos olvida que los años pasan —y ya lo veo, ahora teniendo una hija de 15 años— el tiempo es muy limitado en el que tenemos a nuestros hijos en casa, donde podemos realmente invertir en ellos. Y si Dios me da años, esa vasija y esas piedras se van a ir moviendo y cambiando, y va a haber una etapa de mi vida donde esa piedra de los hijos va a ser bastante más pequeña — van a tener ya sus vidas— y va a haber espacio para otro tipo de ministerio. Pero ahora mismo, en esta etapa, Dios ha sido muy claro con cuál debe ser mi prioridad. Y, sinceramente, es más gratificante venir a una conferencia, hacer esto, y que al final vengan algunos de ustedes y nos den ánimo, nos digan “wow, gracias por estas canciones” — eso es más gratificante que estar en casa limpiando, discipulando niños ingratos que no dan las gracias cuando uno hace las cosas bien—. Pero, ¿ven cómo confundimos las cosas? Es fácil decir “este es mi llamado, este es mi llamado” — el claro llamado, la clara encomienda de Dios en esta temporada de tu vida—. Y Dios te va a usar, quizás no como tú quieres o esperas, pero te va a usar, definitivamente.
Jonathan: Y definitivamente yo quiero que mis hijos puedan dar testimonio de que pueden ser fuertes en el Señor como adultos, y poder decir “por cómo invirtieron mis padres en mí, soy ahora un arma en manos de Dios contra el enemigo” — versus alguien que llega a la iglesia, o está perdido, por todas las dificultades de su niñez, porque sus padres andaban con la cabeza en otro lado—.
Voy a saltar varias cosas porque no sé hasta qué hora tenemos, pero vamos a hablar un poco de la práctica: ¿cómo se ve nuestra vida en el día a día? Y vamos a dejar unos minutitos para preguntar. Amor, en cuanto al matrimonio, ¿cómo dirías que se ve eso en el día a día?
Sara: Se ve genial. Pues, definitivamente, mi llamado principal es Dios, ¿verdad? Y lo próximo después de eso es nuestro matrimonio. De hecho, para el ministerio pastoral el matrimonio es un examen: si, como dijo el pastor Sugel, la Palabra es clara, tanto en Timoteo como en Tito, un pastor anciano debe gobernar bien su casa, tener su casa en orden — si no, ¿cómo puede gobernar y cuidar la iglesia?
4 Que gobierne bien su casa, teniendo a sus hijos sujetos con toda dignidad; 5 (pues si un hombre no sabe cómo gobernar su propia casa, ¿cómo podrá cuidar de la iglesia de Dios?).
Entonces eso me dice que hay un orden de prioridad — no significa que están en competencia, sencillamente hay un discernimiento que tener en cómo ordenarlo de manera prioritaria—. Me encanta una cita que decía: “yo no puedo pensar nunca en hacer ministerio sacrificando la familia, o sacrificar el ministerio por la familia” — es que nosotros, como matrimonio, como familia, vivimos una vida y servimos al Señor de manera sacrificial para ser fieles a lo que nos ha encomendado—. Entonces, en nuestro matrimonio, priorizar significa que esto está por encima de todos los demás compromisos de nuestra vida diaria.
Nosotros tenemos una vida local muy ocupada y muy rica, en el sentido de que pasamos la mayor parte de nuestro tiempo en casa y en nuestra iglesia, y entre nosotros — muchas conversaciones entre nosotros, el estar siempre pendiente el uno del otro—. De hecho, el ministerio hacia afuera interrumpe muchas veces eso: poder tener citas, pasar tiempo juntos, velar por la condición espiritual el uno del otro, orar — todo eso se interrumpe mientras más cosas asumimos hacia afuera—. Entonces, una de las cosas que hemos tenido que decidir es que decimos que no a más del 95% de las invitaciones que llegan a nuestra casa, precisamente por la etapa en la que estamos — eso pudiera cambiar más adelante, cuando nuestros hijos estén grandes, hayan salido de casa, podamos estar más libres para aceptar algunas invitaciones—. Pero el tipo de encomienda ministerial que tenemos en la música y demás generalmente viene con muchas invitaciones, muchas conferencias, muchos conciertos. Y hemos visto una y otra vez cómo se sacrifica la familia, el matrimonio, la iglesia, en el altar del supuesto ministerio, cuando en realidad eso está fuera de orden. Entonces eso implica que decimos que no a la mayoría de las cosas. Y diría que el ministerio más efectivo es el que se hace cara a cara, en un lugar donde la gente te conoce de verdad — no es que el otro tipo de ministerio no haga nada, obviamente tiene fruto, pero creo que a veces subestimamos el trabajo del ministerio del día a día, en nuestra iglesia local, en nuestra casa—.
Algo que hacemos en el matrimonio, que enfatizamos mucho, es la amistad, la conversación: le damos mucha prioridad a tener tiempos de conexión en todos los sentidos, pero también a estar en la misma página — eso sí voy a decir: tu casa se va a caer si los dos tienen la cabeza en direcciones opuestas—. La casa no se puede sostener así, la pareja tiene que estar unida en dirección y visión — obviamente conversamos mucho, hablamos mucho; la decisión final cae sobre la cabeza, pero tenemos que estar en la misma dirección—. No podemos estar compitiendo con llamados diferentes; van a ser menos efectivos como familia si andan divididos y no están constantemente en sintonía.
Jonathan: Yo no estoy muy familiarizado con el fútbol, como se juega mucho en Centroamérica y Sudamérica —yo soy más de béisbol y básquet— pero, aunque esta analogía puede ser imperfecta: si todos quieren ser el portero, se pierde el partido. O si el portero decide que no quiere estar parado ahí la mayor parte del partido, sino que quiere estar en la acción, y deja su puesto y se va corriendo detrás de la pelota, ¿qué ocurre? Pues pierden. Cada jugador tiene que saber su rol, y estar contento, tener contentamiento, siendo fiel a su rol. Y así funciona el matrimonio: Sara conoce su rol, yo conozco mi rol, y ninguno de los dos está tratando de pisarle los pies al otro. Y eso está definido — de nuevo, volvemos al mensaje de hace un rato— Dios define las reglas del matrimonio, las reglas de la iglesia, las reglas del ministerio, Dios es quien las decide. Y el conocer eso nos ha ayudado a trabajar juntos, y vemos el valor de cada rol — creo que eso es algo que se ha perdido mucho en esta generación: darle valor al equipo, a la meta de todo el equipo de ganar el partido— versus un jugador que quiere gloria para sí, y anda haciendo como para que todos miren sus estadísticas y qué bien lo está haciendo, pero pierden. El jugador que ignora todas las jugadas que hemos trazado como equipo porque él quiere ser quien anote el gol, pierde el partido.
Creo que muchas veces las familias operan así también: todos quieren ser los que hacen algo, en vez de pensar “¿cuál es la meta?” Como familia, nuestra meta es glorificar a Dios como familia y tener hijos que amen al Señor — que aun la Palabra de Dios lo pone como requisito para un pastor; entonces, al final, los requisitos para un pastor son simplemente lo que debe ser el estándar para todo creyente—. Si mi meta es hacer lo que me gusta hacer, o ir aquí y allá, quizás sea exitoso en eso, pero a esa meta —glorificar a Dios como familia— no vamos a llegar si sacrifico eso en el altar de “yo hacer lo que quiero hacer”.
Entonces, un poco sobre nuestro día a día: ¿cómo incorporamos a nuestros hijos? Nuestros hijos son parte integral de nuestras vidas, de lo que hacemos en servicio — mucho de eso, literalmente, es parte de la vida—. Así que a nuestros hijos los van a encontrar con nosotros en los ensayos, corriendo descalzos entre nosotros en la iglesia, en los grupos pequeños, en casa; son parte de nuestra vida, y aun a veces cuando viajamos hacemos homeschool, hacemos escuela en casa. Esto nos da no solamente flexibilidad y conveniencia, sino que también es una convicción de ser la principal influencia en la vida de nuestros hijos, como esponjas, mientras crecen bajo nuestro cuidado, de discipularlos, pastorearlos — tenemos conversaciones con ellos desde temprana edad, y creo que, por la gracia del Señor, podemos decir que estamos agradecidos por la vida espiritual, la salud espiritual de nuestros hijos, las conversaciones que tenemos diariamente con ellos—. Es lo típico: en el discipulado de nuestros hijos hemos tenido desafíos, gozos, pero hemos visto el buen trabajo, y es fruto de haber ordenado nuestra vida de esa manera.
Piensa en Jesús con sus discípulos: ¿qué significa ser discípulo? Al final, no es algo que se hace de lejos, es algo que es de cerca — es un traerlos, “ven conmigo” — y lo vemos en Deuteronomio 6, que debemos estar hablando de la Palabra de Dios en el camino, cuando nos sentamos, ponerla en la puerta.
6 Estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón. 7 Las enseñarás diligentemente a tus hijos, y hablarás de ellas cuando te sientes en tu casa y cuando andes por el camino, cuando te acuestes y cuando te levantes.
O sea, es un constante hacer vida con nuestros hijos, donde ellos se sienten parte — siempre están alrededor cuando estamos hablando de teología, de la Palabra; ellos están ahí, opinan, hablamos; hasta cuando estamos componiendo, están ahí y opinan, cosas que sí les gustan, que no les gustan—. Ellos se sienten parte, porque desde el principio el ministerio no ha estado “por aquí” y ellos “por allá” — nosotros, como familia, servimos, como Josué: “nosotros serviremos al Señor” — en esta casa se sirve al Señor, se sacrifica para el Señor, todo lo que hacemos es para Dios—. Eso ha sido como nuestro lema todo el tiempo, y delante de ellos, ellos ya han ido tomando eso.
Y también algo importante: rara vez yo viajo solo, rara vez Sara viaja sola. Por la naturaleza de nuestro servicio al Señor —dirigimos juntos, hacemos lo que hacemos juntos— pero aun si no fuese así, por el sacrificio que implica dejar a mi pareja, o ella dejar a su familia, y la interrupción que eso conlleva. Nosotros entendemos que, de nuevo, si tú estás soltero, gloria a Dios, tienes libertades que nosotros no tenemos — pero es la excepción, y es raro que yo ande solo, o ella—. Y queremos que nuestros hijos sepan eso también: nosotros, papá y mamá, no andamos dando tumbos por allá afuera sirviendo a Dios mientras descuidamos a nuestros hijos — eso es antibíblico—. Queremos que nuestros hijos sepan que ellos nunca son un estorbo para servir al Señor: ellos son parte integral de nuestro servicio al Señor, de hecho principal, por encima de otros tipos de servicio, en esta etapa de nuestra vida, sobre todo.
Lo que me viene a la mente es el pasaje de 3 Juan, que dice que no hay mayor gozo que esto: que mis hijos andan en la verdad.
4 No tengo mayor gozo que este: oír que mis hijos andan en la verdad.
Y, hablando de alegrías y desafíos, la realidad es que hay una frase que está de moda hoy en día: “escoge tu dificultad” — cada camino que uno puede escoger tiene dificultades, eso uno no puede escapar, pero escoge cuál dificultad vale la pena—. El camino de invertir en tus hijos, en la familia, en criar hijos en el Señor, viene con dificultades — pero no hay mayor gozo que tus hijos anden en la verdad, y que puedas decir: “Señor, yo fui fiel con la encomienda que me diste, con estos regalos, estas almas que me encomendaste.” Amén.
Preguntas y respuestas
Pregunta 1: Hace siete meses fui ordenado como pastor asistente en la iglesia donde estoy. En ese tiempo mi esposa y yo ya teníamos una bebé de siete, ocho meses. Después de que me ordenaron empezó a surgir esta pregunta de “¿dónde está tu esposa?” — obviamente mi esposa estaba en casa con la bebé—. En el momento fue motivo de muchas discusiones. Mi pregunta es para Jonathan específicamente: ¿alguna vez has sido cuestionado por eso, por ejemplo porque tu esposa no esté contigo en la iglesia por causa de tus hijos? ¿Y estos cuestionamientos han sido motivo de discusión entre ustedes? ¿Cómo los has resuelto?
Jonathan: Muy buena pregunta. Sí, la respuesta es sí — por lo menos en una ocasión tuve que tener una conversación con mis otros ancianos, pastores, de por qué mi esposa no fue a una reunión de la iglesia, y precisamente era por familia—. Llegamos a un acuerdo. Lo importante es saber esto, particularmente en el ancianato — si vamos a la Biblia de nuevo, a definir términos—: el anciano es llamado, ordenado, afirmado, asignado por Dios, a través de los demás ancianos y la congregación. En ningún lugar de la Biblia, ni en los ancianos del Antiguo Testamento ni en el Nuevo Testamento, se ve que la esposa del anciano tenga el mismo encargo. Entonces hay que hacer una distinción: la esposa del anciano no es anciana, la esposa del pastor no es pastora, y no tiene la misma responsabilidad sobre sus hombros que el hombre llamado y asignado a ser pastor anciano tiene. Definitivamente él debe, como dice la Palabra, estar gobernando bien su casa, tener la casa en orden, sus hijos, su matrimonio — de manera que la esposa, obviamente, es parte de la vida de la iglesia; si tu esposa nunca va a la iglesia, esa es otra conversación, y definitivamente preocupante—. Pero si es que, “mira, mi esposa por alguna razón hoy se quedó en casa por nuestros hijos, por un bebé” — uno, eso es absolutamente entendible; y dos, es importante entender la distinción—. Hay muchas iglesias donde hay una expectativa de que la esposa del pastor sea la directora de mujeres, la que hace todo lo demás — y a menos que sea una plantación donde la esposa está involucrada por la demanda y necesidad que hay, y aun ahí yo diría que hay que ser muy sabio: una iglesia debe ser muy sabia a quién envía a plantar, y no debería salir una pareja sola a plantar con niños pequeños, porque toda la demanda los va a aplastar; realmente se envía un equipo a plantar una iglesia—. Entonces sí, es importante entender la distinción: tú eres pastor, tu esposa no es pastora; tú tienes responsabilidades pastorales en la iglesia que ella no tiene, y su principal encargo de Dios es su casa y sus hijos.
Sara: Y diría que es tu responsabilidad también, ¿verdad? Yo quiero hablar por mi alma, y sí quiero hablar a las mujeres: no podemos aislarnos porque tengamos hijos. Eso también es importante. Yo he vivido muchas etapas, obviamente cuando tienes un bebé recién nacido es distinto, pero puedo ser muy honesta: nosotros nunca hemos sido de los que no vamos a la iglesia porque el niño tiene que dormir la siesta — nuestros hijos van con nosotros a la iglesia, siempre—. Ahora mismo yo tomé un descanso del equipo de oración en la etapa en que nuestro último bebé era muy pequeño, pero, por ejemplo, los domingos hay que llegar a las 7:50, y llegamos a las 6 con nosotros. Yo creo que somos capaces — el Señor nos da la gracia—; a veces pensamos que no es posible, pero de verdad recuerdo cuando tuve mi primer bebé, y siempre uno dice después “¿cómo pensaba que era tan difícil?” — se va poniendo más fácil—. Sí se siente abrumador, pero los animo a incluir a sus hijos en la vida de la iglesia. Sé que para las mujeres hay un reto: en la iglesia primitiva, mucha de la vida de la iglesia rodeaba las casas, entonces la mujer estaba muy presente ahí con sus hijos; pero ahora la iglesia es más institucional, “vamos a este lugar.” Es un reto, pero creo que es muy importante que tus hijos estén en la vida de la iglesia.
Es común: en nuestra iglesia tenemos tres servicios todos los domingos, estamos ahí desde las 7:50 de la mañana hasta las 2 de la tarde, tres servicios, dos en inglés y uno en español. Nuestros hijos, los seis, están con nosotros literalmente ahí mientras dirigimos la alabanza; las mayores ya tienen 15, 13, 11 años, y cuidan a los demás, están con ellos ahí, pero también son parte de la adoración, se sientan en el sermón con nosotros, y ya van a sus clases dominicales en el segundo servicio. Todo eso para decir: ellos son capaces — subestimamos la capacidad que tienen los niños de ser parte del servicio al Señor con nosotros, y que no se sientan como una mochila, sino como parte integral—. “Tú vienes con nosotros porque estamos sirviendo al Señor, ven y sirve también, haz algo.” Y en este caso ellos nos sirven a nosotros, sus padres, ayudándonos con sus hermanos, para que papá y mamá puedan hacer otro servicio — ellos no son niñeros, están sirviendo al Señor, cuidando a sus hermanos, para que papá y mamá también sirvan al Señor haciendo otras cosas—. Verlo de esa manera les ayuda a verse a sí mismos como siervos también.
Jonathan: Y hablamos de la iglesia como un lugar que nos da gozo ir, estar ahí con los hermanos.
Sara: Sí, no queremos que se sientan nunca como una carga, ni aislarlos — y lo digo a las madres también: no se aíslen al tener hijos, traten de mantenerse conectadas con otras madres, en un grupo pequeño; no dejen de hacer vida de iglesia—. Pero, volviendo a la pregunta: esas son temporadas. Si tu bebé es recién nacido, tiene seis meses, no está durmiendo bien todavía, es tu primer bebé — todo eso se entiende—, y mientras puedas comunicar eso y sentarte con tus demás copastores, decir “tenemos un plan, sabemos que esta es una etapa demandante, estamos conectados de esta y aquella manera, pero es difícil, y nuestra meta es que, mientras las cosas van progresando, ella pueda reincorporarse a la vida de la iglesia de manera regular” — eso se entiende, completamente entendible—.
Pregunta 2 (Chespi, de Costa Rica — esposo de Milena, papá de Manuel, Abigaíl, Maripaz, Emanuel y Eduardo): Podría ser una pregunta de ánimo. Va relacionada a qué consejo darían sobre cómo comunicar a las congregaciones que nuestros hijos, inicialmente, no son creyentes — pero la congregación asume, tiene una expectativa que no sé de dónde sale, porque la fe es por gracia—. Este aspecto de cuidar a los hijos frente a la misma congregación, porque genera en ellos algo que aún no son, mientras nosotros los estamos guiando y esperando la gracia — creo que esa es de las debilidades más grandes en la iglesia, y de las injusticias más grandes para mí en la vida familiar de un pastor—. ¿Qué consejo le darían a pastores como yo, para comunicar a sus iglesias cómo convivir con eso? Porque me parece hasta cierto punto doloroso.
Jonathan: Esa es una excelente pregunta, y bastante amplia, porque tiene ramificaciones teológicas de cuáles son nuestras convicciones en cuanto a nuestros hijos, su crecimiento, el ser plantados en una familia cristiana — son creyentes, no son creyentes, ¿se hereda, no se hereda? Sabemos que no se hereda— hay teología del pacto, hay hermanos presbiterianos, bautistas, no denominacionales, etcétera. Nosotros tenemos una convicción que es casi como una combinación. Nosotros decimos en casa a nuestros hijos —de hecho, a veces nos llena de gozo cuando les hemos preguntado, la semana pasada recuerdo, siempre tenemos un tiempo al final del día y oramos con ellos, y le preguntamos “¿por qué quieres dar gracias a Dios?”— una de nuestras hijas dijo: “porque el Señor me puso en una familia cristiana.” Esa fue su acción de gracias.
Entonces, desde pequeños, hemos enseñado a nuestros hijos que Dios ha tenido gracia sobreabundante sobre ellos al plantarlos en una familia y comunidad cristiana. Y eso implica, para nosotros, que ellos están creciendo en la fe — quiero usar los términos de la manera más correcta posible: no digo que están creciendo siendo creyentes, sino que están creciendo en la fe, de manera que en algún momento de su crecimiento pueden experimentar el nuevo nacimiento, sin que yo lo sepa, y pueden crecer creyendo—. Todos nacemos culpables, pecadores, pero en este sentido hemos tratado a nuestros hijos como inocentes hasta que se pruebe lo contrario — no como culpables hasta que me demuestren que son inocentes—. No me refiero a que no sean pecadores: hemos sido muy claros con ellos en que son pecadores, que nacieron pecadores, y que necesitan fe y creer en Cristo, abrazar el evangelio de manera personal. Pero cuándo eso ocurre, no lo sabemos: puede ser más adelante, puede que ya haya ocurrido. De hecho, los tres mayores —15, 13, 11 años— ya son bautizados, porque los tres han profesado fe y están caminando con el Señor, han crecido en la fe. Yo nunca vi que hicieran, un día, una “profesión de fe”, una “conversión”: ellos han crecido creyendo, han afirmado la fe, y todo el fruto que hemos visto afirma que son creyentes. Yo no tengo razón para decirles “no, hasta que me lo demuestres cuando seas adolescente no te voy a bautizar, ni voy a creer que eres creyente” — eso es desanimar la fe, y creo que es peligroso, y de hecho antibíblico—.
Entonces, para volver a la pregunta: por un lado, la expectativa de los padres al criar a sus hijos es la que la Biblia nos da — criar a nuestros hijos en la instrucción del Señor—; eso implica que ellos crecen, como Timoteo, creyendo, afirmando la fe. Si más adelante —no quiera Dios, y oramos por nuestros hijos todos los días— ellos fuesen a dejar la fe, es otra cosa; pero queremos afirmar lo que ya está ahí. Esa es nuestra expectativa en casa, sobre todo con los que ya han sido bautizados: de hecho, cuando los disciplinamos, de manera apropiada, a los mayores, casi siempre, cuando los corrijo, los llevo, de manera pastoral —no como un reproche—, al punto de su bautismo: “tú recuerdas cuando te bautizaste, recuerda que el Espíritu de Dios está en ti, recuerdas que abrazaste el evangelio, recuerdas que te paraste frente a la iglesia y dijiste ‘yo he creído y afirmo esto’, tú tuviste un comienzo con Cristo — ¿crees que este fruto de hoy es consistente con esa profesión?” Y los llevo al punto de ancla, siempre, para que recuerden dónde está su identidad: están plantados, y el resto de su vida es fruto de eso — no es por obras, pero es fruto de eso—.
Entonces creo que uno une eso con sus hijos: tú, como padre, como pastor, debes criar a tus hijos en la instrucción del Señor, en la fe, y criarlos como creyentes, en el sentido de que no los desanimes — a menos que ellos te estén dando evidencia de que están rechazando la fe, que es otra conversación—. Pero si ninguno de tus hijos ha dado evidencia ni fruto de haber rechazado la fe, y por el contrario han crecido creyendo, abrazando la fe, afirmando el evangelio, gloria a Dios — quizás nunca experimenten estar “en el mundo”, y Dios los ha preservado desde pequeños en la fe; ojalá sea así—. Y el resto de la congregación, creo, debe entonces equipar a los padres para ser padres, porque quien cría a los hijos rinde cuentas principalmente a sus padres, sobre todo cuando son menores de edad, porque no son miembros de la iglesia todavía. Entonces creo que ahí hay una conversación que podrías tener con el resto de los pastores y la congregación, para enseñarles que, ciertamente, no es porque son hijos de pastor que deben ser tratados diferente — la casa debe estar en orden, sí, pero su salvación, su afirmación personal de la fe, es responsabilidad de ellos y de los padres—. Se debería esperar de los hijos de pastores lo mismo que se espera de cualquier niño: lo que dice la Palabra, que sean obedientes a sus padres, que se sometan a la autoridad bíblica, lo mismo que uno esperaría de cualquier creyente. Yo no conozco a ningún miembro de iglesia que sea perfecto, que no peque, que no caiga — igual los hijos de pastores, igual nuestros jóvenes: se trata igual que cualquier otro creyente; hay pecado, se confronta, se confiesa, el mismo proceso—. No deberían esperarse de los hijos de pastores cosas distintas.
Hace como dos semanas, en la iglesia, un hermano me llamó para pedirme consejo, porque su hija adolescente… de hecho me decía: “¿qué haces tú cuando uno de tus hijos peca, y ha pecado, tiene un patrón con algún pecado? ¿Cuestionas que realmente esté en la fe?” Y yo le dije: bueno, ¿cómo lo haces en tu propia vida, con un hermano de la iglesia que tiene una lucha y está verdaderamente luchando y poniendo el pecado a muerte? No es que se ha entregado al pecado — está pecando, como dice Hebreos, pero yo peco, tengo que ser confrontado, arrepentirme, y ser restaurado constantemente—. Entonces, ¿por qué tener sobre nuestros hijos una expectativa distinta, como “mira, hablas mentira, tú no eres cristiano, eres un impío”? Yo no trato a nadie así, ni siquiera a mí mismo — ¿por qué con los hijos?—. Y al final, yo creo que eso puede endurecer a nuestros hijos: a veces ponemos sobre ellos un estándar que no es ni bíblico, y al final, ¿para qué necesitamos a Cristo, si somos perfectos, si no estamos cayendo nunca? Al final criamos legalistas, porque entonces creen que “si papi y mami están tan felices, y la iglesia está feliz, yo estoy bien” — pero no—. Queremos que nuestros hijos entiendan su necesidad de Cristo, y lo maravilloso que es que, aun con nuestras faltas y pecados, Cristo nos ama, y solo tenemos que confesar y pedir perdón, y el Señor nos abraza por medio de Cristo. Así que creo que muchas veces nuestros hijos no conocen bien el evangelio por la manera en que los criamos, o las expectativas que ponemos sobre ellos, que no son correctas.
Pues quisiéramos tener tiempo para todas las preguntas, pero vamos a pedirle al Señor que llene cada laguna, cada espacio que se quedó. Así que permítanme orar, y así cerramos.
Señor, gracias por tu Palabra, gracias por tu sabiduría, gracias, Señor, por tu revelación. Te pido, Señor, que continúes en tu gracia pastoreando a nosotros, padres, en nuestros matrimonios, en nuestra paternidad, para ser fieles a Ti. Gracias por este tiempo, y te pido, Señor, por cualquier laguna, cualquier cosa que se haya quedado, que Tú proveas el lugar, la conversación adecuada, la fuente adecuada para atenderla. Y te pido que todo lo que haya sido compartido, Señor, Tú lo puedas, por medio de tu Espíritu, como eras al principio, aplicarlo de manera particular a cada caso, a cada persona aquí presente. De nuevo, gracias por este tiempo, y continúa siendo glorificado a través de todo lo que digamos, cantemos, escuchemos, que hagamos en esta conferencia. En el nombre de Jesús. Amén.
Nota sobre esta transcripción
Transcrita del audio de la conferencia Fieles 26 (whisper, segunda transcripción — la primera resultó inutilizable por un bug de Whisper). Esta versión está completa: incluye el taller completo de Jonathan y Sara Jerez y la sesión de preguntas y respuestas al final. Sin bucles largos — solo 6 líneas sueltas repetidas dos veces (tartamudeo mínimo de Whisper), colapsadas a una sola instancia.
Atribución de oradores: el audio no distingue quién habla en cada momento (Jonathan o Sara); se asignó por contexto (pronombres, a quién se dirigen, contenido de la anécdota) y es aproximada. Donde no había pistas suficientes se dejó como narración conjunta sin etiqueta.
Corrección hecha por contexto (alta confianza):
- “el pasaje de… ¿es primera de Juan?” (dicho con duda por el propio Jonathan) → 3 Juan 1:4, no 1 Juan — el texto citado (“no tengo mayor gozo que este, oír que mis hijos andan en la verdad”) es exactamente 3 Juan 1:4, y 1 Juan no contiene ese versículo.