Sobre esta nota
Esta charla se predicó en inglés con interpretación consecutiva al español en vivo. Esta nota contiene la traducción al español (la voz del intérprete), pensada para compartir con quien no lea inglés. La charla en su idioma original está en Empoderada por y dependiente del Espíritu (EN).
Introducción
Gracias, Miguel. Tu aliento significa mucho para mí, y tu amistad es un regalo especial de Dios para mí.
Bueno, se supone que los oradores digan esto, pero yo realmente lo digo en serio: es un gozo tremendo para mí estar de vuelta en Fieles. Voy a muchas conferencias, y esta se ha vuelto algo muy querido para mí, algo que atesoro. Estar entre los pastores de esta iglesia a quienes amo, y ver de nuevo a amigos a quienes he llegado a conocer a través de los años, y estar entre personas como ustedes, cuyo amor es tan cálido, cuyo gozo es contagioso, y cuyo aliento es tan significativo. Y especialmente el observar y participar en algo muy especial que el Señor está haciendo en esta nación y a lo largo de toda Latinoamérica. Yo vengo y realmente siento que estoy experimentando algo único en los propósitos de Dios.
Gracias por todos los sacrificios que hicieron para estar aquí. Eso me produce humildad. Y sé que tiene el mismo efecto en Carlos y en todos los demás que han trabajado para hacer esto. Más importante aún, eso habla mucho del corazón que ustedes tienen por Cristo y por avanzar su causa. Y para eso estamos aquí esta semana. ¿Amén?
Por favor, abran sus Biblias conmigo en la carta de Pablo a los Efesios, capítulo 5. Esta semana hemos estado explorando la adoración de la iglesia, y hemos sido servidos de manera excelente por mensajes extraordinarios que tienen que ver con eso. Carlos, creo que sería una buena idea tomar los mensajes de esta semana —menos el mío— y ponerlos en un libro. Y si tú lo haces, a lo mejor hasta recibo regalías por la idea.
Pero piensen en todo lo que hemos cubierto: el corazón del adorador. ¿Quién creó la adoración en primer lugar? ¿Quién es? Dios. El contenido de la adoración: la verdad de Dios en la Escritura. La fuente de la adoración: el evangelio. Y la manera en la que la adoración nos prepara para ser enviados al mundo.
Pero se me ocurrió algo: al estar aquí reunidos como pastores y líderes de alabanza y miembros de los equipos de alabanza, es posible tener todo esto en su lugar —un propósito para honrar a Dios, una liturgia con cantos informada por la Palabra de Dios, un entendimiento del evangelio, canciones acerca del evangelio— y sin embargo, cuando se trata del domingo por la mañana, cuando se trata de la reunión misma, podemos estar bajo la impresión de que esto ahora automáticamente será agradable a Dios, que esto ahora tendrá su efecto deseado, que esto ahora depende de nosotros: nuestros planes, nuestro desempeño, nuestra habilidad, nuestra elocuencia, nuestros esfuerzos.
Eso, hermanos y hermanas, es un error fatal. Porque es un malentendido de la naturaleza misma de lo que es la adoración bajo el nuevo pacto. Es un malentendido de la naturaleza del pueblo de Dios en la edad del nuevo pacto: la misma naturaleza de cómo Dios ahora se relaciona con nosotros en Cristo, y se acerca a nosotros en Cristo, y actúa a favor de nosotros en Cristo, tanto de manera individual como corporativa. La manera en la que nosotros, que hemos sido hechos nuevos por el Espíritu Santo, que somos morada del Espíritu Santo, nos relacionamos ahora con Dios por el Espíritu, y cómo debemos adorar a Dios por el Espíritu.
No podemos realmente entender la adoración corporativa —como usualmente pensamos en ella: música, cantos, letras, liturgia— sin entender la naturaleza de la reunión del pueblo de Dios, la iglesia. A esto ya se ha hecho referencia esta semana. Por eso es que, teológicamente, la adoración es un componente de la eclesiología, la doctrina de la iglesia. En la mayoría de los textos de teología sistemática, si es que hay un capítulo sobre la adoración, estaría en la sección de eclesiología.
Déjenme decirles algo: algo poderoso está sucediendo cada domingo por la mañana en tu iglesia —en cada verdadera iglesia, sin importar el tamaño, o sus instalaciones, o la calidad de su música, o la habilidad de sus músicos—. El Dios que se ha acercado a su pueblo en Cristo, y salvó a su pueblo en Cristo, y reúne a su pueblo en la iglesia, y mora en su pueblo por su Espíritu, está obrando de una manera especial entre su pueblo cuando su pueblo se reúne, y de una manera diferente a cualquier otro tiempo. En ese momento, Dios está presente para revelarse a sí mismo a su pueblo, para satisfacer a su pueblo, para fortalecer a su pueblo, para animar a su pueblo, para darse a sí mismo a su pueblo.
Y nosotros, como pastores y directores de alabanza o miembros de los equipos de alabanza, tenemos un privilegio inmenso —un privilegio que nos debe producir humildad, un privilegio que nos debe producir reverencia— al servir y dirigir al pueblo de Dios en esos momentos gloriosos y santísimos. ¿Cómo podemos nosotros, con toda nuestra debilidad y pecado, a la luz de estas monumentales realidades del nuevo pacto, hacer eso de una manera aceptable, de una manera efectiva?
Esta es la realidad que tenemos que captar, y este es el objetivo de lo que les voy a tratar de comunicar esta mañana: la verdadera adoración es un milagro. Porque requiere la obra del Espíritu para que esa adoración sea agradable a Dios y transformadora para nosotros. La verdadera adoración es un milagro, y no porque sea inusual, sino porque demanda la presencia del Espíritu para que Él haga lo que se supone que debe ser.
Ustedes podrían tener a Miguel y a Sugel, y a Carlos, y a Joselo y a Aníbal como sus pastores. ¿Alguien quisiera ir a esa iglesia? Yo sí. Aprenderé español. Podrían tener a Bob y a Jonathan y a Arturo como sus directores de alabanza —sería muy bonito, yo de hecho tengo a Bob como mi líder de alabanza, pero extraño a Jonathan y a Arturo—. Podrían tener músicos como los que nos han estado sirviendo esta semana, y un edificio como este de Gracia Soberana. Pero, sin la obra del Espíritu, la verdadera adoración sería imposible. Porque la verdadera adoración —la adoración del nuevo pacto, la adoración del pueblo de Dios que ha sido hecho nuevo por el Espíritu, que es morada del Espíritu, con acceso a Dios a través de Cristo, definitivamente, pero hecho posible por el Espíritu, que están siendo transformados por el Espíritu— esa adoración demanda la obra del Espíritu para que sea agradable a Dios y transformadora para nosotros.
Vamos a ver un texto en el que Pablo habla específicamente de nuestras reuniones —lo cual, aparte de lo que dice en 1 Corintios 11 al 14, Pablo raramente hace—. Pero, al hacerlo, él nos demuestra lo crítico que es el Espíritu y su obra en nuestras reuniones, y los efectos de la obra del Espíritu en nuestras reuniones. Así que vamos a Efesios capítulo 5, y vamos a leer los versículos desde el 15 hasta el 21.
15 Por tanto, tengan cuidado cómo andan; no como insensatos sino como sabios, 16 aprovechando bien el tiempo, porque los días son malos. 17 Así pues, no sean necios, sino entiendan cuál es la voluntad del Señor. 18 Y no se embriaguen con vino, en lo cual hay disolución, sino sean llenos del Espíritu. 19 Hablen entre ustedes con salmos, himnos y cantos espirituales, cantando y alabando con su corazón al Señor. 20 Den siempre gracias por todo, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo, a Dios, el Padre. 21 Sométanse unos a otros en el temor de Cristo.
Vamos a orar. Padre, venimos a ti en el nombre de nuestro Salvador Jesucristo, y te pedimos que ahora nos hables. Te pedimos que experimentemos algo de esto que acabamos de leer. Ayúdanos a pensar de una manera correcta, y a tener sentimientos apropiados, y a responder fielmente, para la gloria de nuestro Salvador. Amén.
En este texto casi oculto que habla de nuestras reuniones, Pablo nos revela lo vital que es la obra del Espíritu. Y en este texto encontramos tres características de nuestra adoración corporativa, que clarifican cuál es el rol del Espíritu y sus efectos en nuestra adoración.
I. Nuestra adoración es hecha posible por el Espíritu
En todo lo que está diciendo Pablo aquí, es fácil pasar por alto o minimizar el rol del Espíritu. Pero en realidad es muy prominente —enfático— en dos niveles.
Es enfático de una manera literaria. Este pasaje sirve, de manera climática, como la culminación de todo lo que Pablo ha venido diciendo desde el capítulo 4 —que es donde Pablo empezó a aplicar las realidades increíbles que nos reveló en los capítulos 1 al 3—. Este imperativo final acerca del Espíritu juega un papel preponderante en las exhortaciones que están culminando lo que nos dijo anteriormente; es como una bisagra: es cómo ellos van a poder vivir los mandamientos anteriores, y es cómo su adoración va a cumplir con su propósito deseado.
También es enfático teológicamente. Cuando leemos “sean llenos del Espíritu”, se le recuerda al lector la obra del Espíritu y todas las veces que se ha mencionado a lo largo de esta carta: capítulo 1, versículo 3, hemos recibido toda bendición espiritual —bendiciones que involucran al Espíritu—; capítulo 1, versículo 13, hemos sido sellados por el Espíritu, Él pone su estampa en nosotros como aquellos que ahora le pertenecemos a Dios y somos protegidos por Dios; capítulo 1, versículo 14, Él es la garantía de nuestra herencia, y en Él ya empezamos a probar las bendiciones celestiales; capítulo 2, versículo 18, dice que tenemos acceso a Dios por medio de Cristo en el Espíritu —lo cual significa que lo hacemos dependiendo del Espíritu, empoderados por el Espíritu y dirigidos por el Espíritu Santo—; capítulo 2, versículo 22, estamos siendo edificados como morada de Dios en el Espíritu —no son sus pastores los que los están construyendo a ustedes como un edificio de Dios, es el Espíritu el que nos está construyendo como morada de Dios—; capítulo 3, versículo 16, somos fortalecidos con poder a través del Espíritu: no Espíritu, no poder.
Así que, cuando venimos al capítulo 5, versículo 18, no nos debe sorprender ver que el Espíritu que nos sella, y que es el intermediario para las bendiciones, y que nos dirige, y que nos hace llegar a la madurez, y que nos fortalece, definitivamente lo necesitamos para adorar a Dios de una manera correcta. Yo no soy tan listo, pero creo que capto eso. Y esa conexión es fascinante para mí, y debería ser muy instructiva para nosotros: en el único texto del Nuevo Testamento donde se nos da el mandamiento de ser llenos con el Espíritu, Pablo lo conecta con la adoración de la iglesia. Y no quiere decir que ese sea el único contexto en el que el Espíritu obra, pero es un contexto vital.
Entonces, ¿qué nos está mandando Pablo aquí? Versículo 18 otra vez: “No se embriaguen con vino, sino sean llenos del Espíritu.” Todos ya dijimos que sí y creemos que sabemos lo que quiere decir. Pero yo realmente no estoy tan seguro. Es un mandamiento muy inusual. Pablo no les está diciendo que estén llenos con el Espíritu, sino que estén siendo llenados por el Espíritu. El cual es un mandamiento —tenemos la responsabilidad de obedecerlo— pero es un verbo pasivo, lo cual significa que nosotros no lo podemos producir: nosotros lo recibimos en lugar de producirlo. Tú no te puedes llenar a ti mismo. Tú no puedes producir poder espiritual por ti mismo. Tú no puedes producir la efectividad en la predicación o en la adoración por ti mismo.
¿Qué significa entonces? Esto no es una idea mística, ni tampoco es una experiencia de éxtasis. Pablo no está diciendo “no se embriaguen con vino pero embriáguense con el Espíritu” —si algún pastor enseña eso, está equivocado—. Es una metáfora, muy similar a la que usa Pablo en la carta a los Gálatas, donde nos dice que andemos por el Espíritu, que seamos guiados por el Espíritu. Todos esos mandamientos apuntan a una idea fundamental: a la idea de que permitas que tu vida sea controlada por el Espíritu.
Vamos a ponerlo de esta manera: es un estilo de vida de una dependencia activa e intencional en el Espíritu Santo — buscar intencionalmente que tus pensamientos, tus valores, tu conducta estén bajo la dirección, la guía, el control del Espíritu Santo. Y los medios para llegar a eso son muchos: llenando nuestra mente con Su Palabra, dejando que eso transforme nuestra manera de pensar, nuestras perspectivas, nuestras actitudes, nuestros apetitos; teniendo comunión con Dios por medio de la oración; teniendo comunión unos con otros, para recibir el aliento y el apoyo y el cariño que nos damos unos a otros —eso no lo hacemos solos—; huyendo de la tentación (cada vez que tú le dices no a la tentación, te posicionas para ser lleno del Espíritu); aferrándote a las promesas de Dios cuando estás sufriendo, o cuando tu corazón ha sido quebrantado (algunos de ustedes lo están haciendo ahora mismo) — cuando tú haces eso, eres lleno del Espíritu.
Y el tiempo de este mandamiento —el tiempo del verbo— significa que debe ser algo continuo. Es realmente una visión para toda la vida: cada día debemos vivir para conocerlo y deleitarnos en Él y ser guiados por Él. Ese estilo de vida va a invitar la obra del Espíritu en nuestras vidas y en nuestras iglesias, y nos va a posicionar para estar bajo el control del Espíritu, para ser llenos por el Espíritu.
Ahora vamos a examinar este mandamiento más a fondo. Mi traducción en inglés dice “sean llenos con el Espíritu” —como si yo fuera un recipiente, como esta botella, y el Espíritu fuera el contenido que va a llenar esa botella, o que me va a llenar a mí—. Como si esto estuviera vacío en cierto momento, y derramaran agua ahí, y ahora está llena de agua; el Espíritu se derrama en mí, y ahora estoy lleno del Espíritu. Llamemos a eso la teoría del recipiente de la llenura del Espíritu. Yo no sé cuáles sean las sutilezas de las preposiciones que se usan en el idioma español —ahí dice “del” Espíritu— pero el original no se refiere tanto a que vamos a ser llenos del Espíritu como si el Espíritu fuera el contenido —aunque hay algo de verdad en ello, porque el Espíritu sí vive en nosotros— sino que lo que mayormente indica el texto es que nosotros seamos llenos por el Espíritu. El Espíritu es el que actúa para llenarnos.
Y eso hace que tengamos una pregunta: ¿con qué nos llena? Pues el resto de la carta nos ayuda a ver eso. En la gran oración del capítulo 3, Pablo usa el mismo verbo: dice que el Espíritu nos fortalece para captar el amor de Cristo, su anchura, su longitud, su altura, su profundidad, para que nosotros seamos —versículo 19— llenados con la plenitud de Dios. En la misma oración, el Espíritu nos fortalece para que Cristo habite por la fe en nuestros corazones. Entonces, ¿con qué es con lo que nos llena el Espíritu? Es con el carácter de Cristo. Nos cambia para ser cada vez más y más semejantes a Cristo, más y más semejantes a Dios —porque eso dice el capítulo 5, versículo 1: “como hijos amados, sean imitadores de Dios”—. Somos iluminados con un mayor entendimiento del amor de Cristo. Nuestros afectos por Cristo son estimulados y fortalecidos. Nuestro deleite en Cristo es profundizado. Eso es lo que el Espíritu está haciendo en nosotros. Y los resultados y los efectos de eso los vemos en los siguientes versículos de nuestro texto.
Los versículos 19 al 21 no son mandamientos adicionales: son, el término gramatical, participios. Ellos describen el efecto, el desbordamiento, de cuando el Espíritu llena a los creyentes. Y los efectos en el versículo 19 son… bueno, adoración. Vamos a leer la última parte del 18 y la primera parte del 19: “Sean llenos del Espíritu, y hablen entre ustedes con salmos, himnos y cantos espirituales.” Cuando el Espíritu nos llena con un mayor entendimiento de Cristo, y nos transforma para ser más semejantes a Cristo, y reaviva nuestros afectos por Cristo, ven la lógica: eso va a producir una adoración gozosa y que brota desde el corazón hacia Cristo.
Esa es la primera característica de la verdadera adoración: es hecha posible por el Espíritu Santo. No importa cuáles sean nuestros dones, nuestro desempeño, nuestra planeación —y esas son cosas buenas— pero en nuestras reuniones no le ofrecemos nada a Dios que Él no nos haya dado primero a nosotros: ojos que perciben Su grandeza y Su bondad; corazones que lo atesoran y lo valoran por encima de todo; una determinación que se aparta del pecado y que confía en Sus promesas; una voluntad que se niega a sí misma y decide servir y cuidar a los demás. Y cuando somos asediados por las pruebas, o aturdidos por las circunstancias, o contristados por el sufrimiento, ¿quién sino el Espíritu nos puede dar la fe para mantenernos aferrados a Cristo, y para buscar en Él misericordia, ayuda, certeza, gozo, y su gracia sustentadora?
Amigos, es el Espíritu el que hace posible nuestra adoración, y el que empodera nuestras reuniones. Y no tenemos una necesidad más grande que la de que el Espíritu nos llene, para poder adorar a Dios de una manera correcta.
II. Nuestra adoración es edificante para la iglesia
Hay una dimensión de la obra del Espíritu aquí que, con mucha frecuencia, pasamos por alto. Miguel nos dirigió de una manera extraordinaria a cuál es el objetivo supremo de nuestra adoración: la exaltación de nuestro gran Dios. Y tal vez eso es con lo que más familiarizados estamos. Pero aquí vemos otro efecto deseado de la adoración corporativa —no automático, pero hecho posible por el Espíritu—: la edificación de los demás, no solo a través de la predicación, sino a través de los cantos espirituales también. “Hablen entre ustedes con salmos, con himnos, con cantos espirituales.”
Entonces, nuestro canto —y no solo el ruido que hacemos, sino el contenido de lo que cantamos, acompañados por música, salmos, himnos, cantos espirituales— ese contenido está dirigido no solo a Dios, sino también a unos y otros. Pablo dice algo muy similar en su carta a los Colosenses, y ahí vemos los efectos de que nos hablemos unos a otros con cantos, himnos y salmos.
16 Que la palabra de Cristo habite en abundancia en ustedes, con toda sabiduría enseñándose y amonestándose unos a otros con salmos, himnos y canciones espirituales, cantando a Dios con acción de gracias en sus corazones.
Como nos recordó Joselo de manera muy efectiva, el evangelio debe ser el centro de la adoración y de la vida en la iglesia —y no de una manera superficial, sino en abundancia—. A eso le debemos dar toda nuestra atención, nuestra reflexión y nuestra meditación. Y noten lo que Pablo agrega: la enseñanza y la amonestación a la que aquí se refiere Pablo ocurren por medio de los cantos. Y no hay que preocuparnos con las distinciones entre esos términos —salmos, himnos, cantos espirituales—; Pablo no está tratando de profundizar en diferentes categorías. Lo que él tiene en mente es un rango muy amplio de cantos que abarca todo lo que debemos hacer en nuestra adoración a Dios.
Y esto cambia la manera en la que típicamente pensamos acerca de los cantos, y de su relación con la predicación. Tendemos a pensar así: el canto es para Dios, y la predicación es para nosotros. El canto es adoración; la predicación es exhortación e instrucción. Y claro, el canto es adoración; y claro, la predicación también es instrucción y exhortación. Pero de acuerdo a Pablo, el canto es más que eso. Y es algo increíble si te pones a pensar en eso: en la economía de Dios, a través de la realidad creada por Dios, que nos creó a su imagen, y a través de la creación de la música, que Dios creó a través de sonidos, usando patrones de amplitud y de frecuencia que funcionan de una manera matemática a través de diferentes tonos, que entran a nuestros oídos, en donde la cóclea que tiene ahí fluidos en nuestro oído, y donde hay pelitos microscópicos que convierten las frecuencias en señales que nuestro cerebro interpreta como ciertos sonidos, y que eso afecta nuestras emociones, y que se combina lo del lado derecho del cerebro con el lado izquierdo del cerebro para procesar la letra de las canciones —y todo eso se combina, por la obra misteriosa del Espíritu, para enseñar, para afectar nuestro pensamiento, para amonestarnos y afectar nuestra conciencia, y para alentarnos y para fortalecernos y para unir nuestros corazones en Cristo.
Dios mío. ¿Quién puede captar todo lo que Dios está haciendo en nuestros corazones, en nuestras mentes, en nuestras iglesias cuando estamos adorando? Es un milagro. Amén.
Ahora, sí queremos ser claros —un paréntesis para nuestros pastores aquí—: en ninguna parte Dios se dirige a nosotros de una manera más específica y más poderosa que a través de la predicación de su Palabra, y en ninguna otra instancia está el Espíritu más activo que a través de la predicación de la Palabra. Pero Dios también se dirige a nosotros cuando cantamos, y cuando escuchamos a otros cantar, y cuando oímos en un auditorio que están cantando las grandezas de Dios, la esperanza del evangelio —cuando oímos todas esas verdades siendo cantadas— aun cuando tu batería se muere, Dios está obrando. (A lo mejor Dios quiere que ya acabe, no lo sé —o quiere que ustedes pongan más atención, así que voy a hablar quedito.)
¿Se dan cuenta de lo que Dios está haciendo en un domingo? ¿No los motiva a ustedes que son compositores, cuando batallan por encontrar palabras que sean fieles a la verdad de Dios, y la combinan con música —esta creación de Dios— para que resuene y tenga el efecto deseado? Espero que esto también sea motivador para ti como músico, a medida que tocas tu instrumento, y practicas, y entiendes que estás tocando notas y ritmos: porque todo eso provee una matriz para que el pueblo de Dios sea dirigido, para que Dios le hable por medio de la Palabra y de todo lo que sucede en la reunión.
Pero no olvidemos la conexión con el versículo 18: esto no es automático. Escoge las canciones correctas, y sucederá. Diseña la liturgia correcta, y eso sucede. Ex opere operato —¿qué es eso? No importa, no somos católicos, no creemos que el hacer algo separados de Dios hará que esto suceda de una manera mágica—. Esto solo va a suceder si el Espíritu está obrando. Pablo está describiendo aquí el efecto del canto y el efecto de escuchar, por medio de aquellos que tienen al Espíritu obrando en ellos, por medio de aquellos que, por la gracia de Dios, están dependiendo de Cristo, y que de una manera imperfecta pero sincera están tratando de alinearse, en su mente, en sus corazones y en su vida, con la obra del Espíritu.
III. Nuestra adoración es exaltadora de Dios
Y por último —y esto va a ser breve— la tercera característica de la adoración que es hecha posible por el Espíritu: es empoderada por el Espíritu, es edificante para otros, y en tercer lugar, debe exaltar a Dios. Y aquí llegamos al núcleo de la adoración que realmente es agradable a Dios. Hemos estado explorando esto toda la semana, pero nuestro texto también lo revela. Vamos a ver el versículo 18 otra vez, la segunda parte del 18 hasta el 20: “Sean llenos del Espíritu, hablen entre ustedes con salmos, himnos, cantos espirituales, cantando y alabando con su corazón al Señor, dando siempre gracias por todo, en el nombre de nuestro Señor, a Dios el Padre.”
El versículo 19 a veces puede parecer confuso, pero es muy rico. Debemos leer las dos mitades de ese versículo como paralelas. Pablo no está hablando de dos diferentes actividades vocales —hablando en salmos, y cantando salmos— es la misma actividad. Pero ese canto tiene dos diferentes audiencias y dos diferentes propósitos. Ya vimos el primero, en el versículo 19a: una audiencia somos unos a otros, y el propósito es nuestra edificación. En el 19b vemos a la otra audiencia, la más importante audiencia: “cantando y alabando con su corazón al Señor.” Nuestro canto debe tener la intención de edificar, pero estas no son canciones de ayuda personal, no están centradas en el hombre: son canciones que expresan alabanza y adoración a Dios, y aquí de manera especial a Cristo, el Señor, el que nos revela a Dios a nosotros y nos trae a Dios.
Y eso, a fin de cuentas, es de lo que se trata la obra del Espíritu; esa es la razón por la cual él fue enviado. Como lo dijo Cristo en el clímax de su enseñanza sobre el Espíritu Santo en el aposento alto —en esos capítulos hay cinco versículos que hablan del Paracleto, pero el último, en Juan 16:14, Cristo dice del Espíritu—:
13 Pero cuando Él, el Espíritu de verdad venga, los guiará a toda la verdad, porque no hablará por Su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oiga, y les hará saber lo que habrá de venir. 14 Él me glorificará, porque tomará de lo Mío y se lo hará saber a ustedes.
El Espíritu tiene una misión: la misión de glorificar a Cristo. Él está constantemente obrando para hacer la belleza, la majestad, la bondad de Cristo conocidas, para que nosotros confiemos y descansemos en Él. Él viene a hacer a Cristo presente en nuestras vidas, a fortalecernos, a consolarnos, a sostenernos, y a darnos certeza. Y cuando Él hace eso —cuando somos llenos por el Espíritu, con esa iluminación y esa conciencia y esos afectos— cuando eso suceda, vamos a cantar y alabar al Señor con todo nuestro corazón. Y también vamos a hacer lo que dice el versículo 20: le vamos a dar siempre gracias por todo, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo, a Dios el Padre.
¿Cómo podemos hacer eso? ¿Cómo podemos hacer eso viviendo en las realidades de un mundo caído, con todo el sufrimiento y las injusticias y los corazones quebrantados que aquí hay? Solo si el Espíritu Santo abre nuestros ojos para que podamos ver la bondad soberana de Dios, su infinita sabiduría, su fidelidad inconmovible, por la cual gobierna todo en nuestras vidas. Solo si el Espíritu nos ayuda a ver que nada va a ocurrir en nuestras vidas que no sea diseñado por Dios mismo para nuestro bien eterno en Cristo, y para que su gloria esté reverberando por toda la eternidad.
Dejados a nuestras propias fuerzas, tal vez podemos escribir canciones, podemos componer música bonita, podemos tocar instrumentos de una manera habilidosa, podemos exhortar a las personas con pasión, y tal vez podamos hasta predicar sermones de clase mundial, como los que hemos escuchado esta semana. Pero, para que nuestra adoración brote realmente de nuestros corazones, para que no sea distraída por nuestras circunstancias, para que brote de un amor por Dios, para que encuentre nuestro mayor gozo en Cristo, debemos tener al Espíritu obrando en nosotros. Tenemos que ser llenos por el Espíritu para la gloria de Cristo.
Cómo debemos responder
Ahora, a la luz de estas realidades —la naturaleza de la adoración bajo el nuevo pacto, la necesidad de la obra del Espíritu para que nuestra adoración sea agradable a Dios y transformadora para nosotros— ¿cómo debemos responder? ¿Qué posturas y propósitos deberían caracterizar a los que guiamos a la gente de Dios en la adoración? ¿Cuál debe ser nuestra postura, y cuáles deben ser las cosas que vamos a buscar mientras trabajamos en dirigir a otros en la adoración? Pastores, líderes de grupos pequeños, líderes de alabanza, miembros de los equipos de alabanza, escuchen.
Voy a concluir sugiriendo dos —y luego una tercera— posturas y búsquedas muy sencillas a las cuales nos dirige este texto y estas realidades.
Devoción
La primera es simplemente devoción. Esto es para todos los cristianos, pero especialmente para los que lideran en cualquier capacidad. Si eres un líder del pueblo de Dios, no debes tener una preocupación mayor, ninguna búsqueda mayor, que un conocimiento de, una intimidad con, un deleite en, y una obediencia a Jesucristo. Un conocimiento más profundo, una intimidad más profunda, un gozo más profundo en Cristo Jesús.
Servir al pueblo de Dios —como pastor o como miembro de un equipo de alabanza— requiere un número de cosas: requiere dones, diligencia, habilidad. Así que, claro, debes esforzarte en tener esas cosas; los talleres que se van a dar ahorita en unos momentos son maravillosos, y están diseñados para ayudarte a crecer en esas cosas. Pero tu más grande preocupación, tu obsesión magnífica, no debe ser la excelencia musical o la elocuencia lírica, y mucho menos la prominencia pública —ni en tu equipo, ni en tu iglesia, ni en línea, ni en el teléfono de alguien—. Debe ser, tiene que ser, Cristo. Y su sonrisa. Y su gloria en tu vida y en la iglesia y en las naciones.
Así que respondemos a este texto colocándonos, de manera implacable, en la senda en la que vamos a recibir un reavivamiento de nuestro celo por Dios y un reavivamiento de nuestro gozo en Dios. Y tú vas a ser lleno con el Espíritu de Dios, y vas a dirigir a tu pueblo en una adoración que exalta a Dios y que edifica a los demás.
Espero que dejes esta conferencia consciente de esto: lo mejor que le puedes dar a aquellos a los que sirves no es tu desempeño, no son tus dones, no es tu habilidad. Esto es lo que yo quiero darle a mi pueblo: quiero darles un corazón que está, de manera muy evidente, animado, estimulado, por un amor fervente por Cristo, por sus prioridades, por su gloria en la iglesia y en las vidas de las personas. Eso es lo que más necesitan de ti. Tú les puedes dar eso. Vamos a darles eso.
Dependencia
La segunda postura que debemos adoptar es dependencia. Recuerden que la verdadera adoración es un milagro, porque demanda la obra del Espíritu para que sea agradable a Dios y transformadora para nosotros. Así que, mientras piensas y te preparas para tu reunión dominical: ¿en qué estás dependiendo? ¿A quién estás viendo? ¿En qué está tu confianza? Esa es la pregunta. ¿Está en tu planeación? ¿Está en tu liturgia, en tu producción, en tu preparación, en tus ensayos, en tus dones? ¿O está tu confianza en el Espíritu, quien se deleita en dar a conocer a Cristo? Él se deleita, y tiene todo el poder para mostrar a Cristo como glorioso, supremo y magnífico.
Y si tu confianza está ahí, se va a notar: se va a notar en cómo oras, en la humildad de tus líderes y de tus músicos. Incluso, en ocasiones, se va a notar en cosas espontáneas. Nosotros sí planeamos, claro que sí; oramos que el Espíritu nos dirija mientras planeamos; confiamos en el Espíritu también mientras planeamos. Pero hay momentos en que el Espíritu puede no revelarnos algo específico, y nos puede dar un impulso por algo espontáneo: una impresión acerca de una necesidad en particular que Dios quiere satisfacer, quizás una necesidad no planeada, una palabra no planeada —para la cual la Biblia tiene una categoría, la que se llama una palabra profética— por medio de la cual el Espíritu da a conocer la bondad y la gloria y la gracia de Cristo.
Un versículo que yo oro virtualmente cada día de mi vida —es una buena mantra para los pastores y para los líderes de alabanza— Juan 15:5:
5 Yo soy la vid, ustedes los sarmientos; el que permanece en Mí y Yo en él, ese da mucho fruto, porque separados de Mí nada pueden hacer.
En el griego es oudén: “nada.” Pero me gusta el español, “nada.” No “algo un poquito menos” de lo que pudiera hacer si Dios me ayudara; no “un sermón decente, pero no tan bueno”; no “no muy buena adoración.” No: nada.
Expectación
Bien, déjenme agregar una más, rápido: devoción, dependencia, agreguemos una tercera: expectación. Si todo lo que acabamos de decir es verdad, y obedecemos este texto, y buscamos cada día estar bajo la dirección del Espíritu, consagrados a Cristo y dependiendo de Cristo, y sí, centrados en Cristo, gobernados por la Escritura, impulsados por el evangelio, orientados hacia la misión —si haces eso, no importa si tu liturgia es perfecta, no importa qué tan grande sea tu iglesia, no importa qué tan perfectos sean tus planes, qué tan dotado sea tu equipo: la iglesia más pequeña, el equipo de alabanza menos impresionante, podrá, por la gracia de Dios, empoderado por el Espíritu, experimentar una profundidad en la adoración que va a oler al cielo, que será agradable a Dios, exaltadora de Cristo, y transformadora para su pueblo.
Vamos a orar. […] Y tu deseo ardiente de revelarte a ti mismo a tu pueblo, de acercarte a tu pueblo, de exaltar a Cristo en los corazones de tu pueblo, de fortalecer y de alentar a tu pueblo, de transformar a tu pueblo cada día más a la semejanza de Cristo — permítenos, Padre, oramos, ser llenos por tu Espíritu, y vivir y orar de tal manera que eso invite tu obra en nosotros, para que Cristo sea mostrado como glorioso en nuestras vidas, para que tu pueblo sea transformado por una mirada a Cristo, fortalecidos por el poder de Cristo, para que realmente te podamos adorar. Oramos en el nombre poderoso de Cristo. Amén.
Nota sobre esta transcripción
Transcrita del audio de la conferencia Fieles 26 (whisper). El audio contiene la charla en inglés con interpretación consecutiva al español; esta nota usa exclusivamente la voz del intérprete (la versión en español), con las citas bíblicas cotejadas contra el texto NBLA real del pasaje citado en cada caso. El tramo inicial de la oración pastoral (“Vamos a orar… […]”) está incompleto en el original — el archivo salta directamente a la mitad de la oración final; se marcó con […] en vez de inventar el contenido faltante.
Sin bucles ni errores graves de Whisper — el archivo tenía, en cambio, varios tramos con líneas repetidas por partida doble o triple debido a superposición de fragmentos de audio (típico de transcripción con solapamiento de segmentos); esas repeticiones se colapsaron a una sola instancia.