Introducción
Buenas tardes, pueden tomar asiento. Yo tengo que usar —no sé cómo se llaman— auxiliares, audífonos para la sordera. No los traigo puestos y los oía perfectamente bien; inclusive mi reloj me mandó una señal de que estaba yo ya en niveles peligrosos para mi oído. Hace 10 años estuvo también Jonathan Jerez aquí, estábamos acá arriba y me dice: “oye, aquí la gente canta muy alto.” Y le dije: espérate que vuelvo. Estaba 10 años después para que veas lo que realmente es alto.
Creo que el Señor quiere hacer algo con nosotros. Creo que el Señor quiere realmente regalarnos tiempos de adoración y de refrigerio en su presencia, y yo quisiera que todos estuviéramos expectantes en ese sentido, realmente, aquí en Gracia Soberana de Ciudad Juárez. Por cierto, mi nombre es Carlos Contreras, soy uno de los pastores aquí de la iglesia de Gracia Soberana de Ciudad Juárez. Sé que técnicamente hemos tenido bastantes retos en esta conferencia de Fieles y ya no nos sorprende nada. Bueno, vamos, vamos a empezar. Les voy a pedir que abran sus Biblias en el Salmo 84.
Solo este anuncio, que no sé si lo van a dar después o no: en el salón secundario —el Auditorio Anexo Secundario, que está de este lado— hay unas mesas de nuestros patrocinadores, las editoriales que nos patrocinan, y de alguna forma, hermanos, quisiera que ustedes les extiendan las gracias. Los libros que ustedes recibieron en sus bolsas, que son bastantes, tanto para mujeres como para hombres, fueron donados por estas editoriales — y yo no sé, pero ustedes pagaron una inscripción y casi estoy seguro de que los libros que recibieron más que cubren todo ese costo—. Entonces sí quisiera que me hicieran el favor de pasar, que todos, durante estos tres días, tuvieran la oportunidad de pasar y visitarlos y ver los productos que ellos tienen. Históricamente nos han apoyado grandemente en eso que les pedimos; ellos nos patrocinan, queremos bendecir a la gente que viene a Fieles y ellos nos bendicen con esos recursos. Les anticipo que van a estar haciendo sorteos: hay paquetes de libros que se van a rifar para pastores, hay Biblias especiales que se van a rifar o sortear. Tanto ustedes como Editorial EBI —que, por alguna razón, está en la cafetería, porque creo que ahí sí están vendiendo sus libros— entonces visiten, porque también puede ser que se lleven algunos de los sorteos, algunos de los beneficios que ellos traen para ustedes, ¿ok?
Bien. Salmo 84. Si me acompañan, vamos a orar y a pedirle al Señor que nos hable.
Señor, venimos porque queremos tener un encuentro contigo, Señor. Tal vez, en un principio, algunos de los que están aquí, Señor, hayan venido buscando instrucción, o cómo mejorar la adoración de su iglesia, o cómo crecer, o cómo aprender algo que vaya a beneficiar a sus iglesias — y eso, todo eso es bueno, Señor, y queremos que regresen habiendo recibido esa instrucción o ese equipamiento—. Pero, Señor, este salmo nos dice que Tú lo que buscas son adoradores, Señor, que tengan un corazón — que tengan un corazón por Ti, por estar contigo, por habitar contigo, Señor—. Yo quiero pedirte, Señor, que Tú, a través de este salmo, nos hables, y hables a nuestro corazón, Señor, y hagas evidente en nosotros lo que Tú valoras en nosotros, de tal forma que ya el resto de la conferencia, Señor, vaya informada por este salmo. Quiero pedirte, Señor, que nos hables, que Tú nos reveles, Señor, el estado de nuestro corazón, porque de ahí, Señor, es donde debe brotar nuestra adoración a Ti. Te pido que me ayudes, oh Dios, por medio del poder de Tu Espíritu Santo, Señor, obrando en mi vida, guiándome, Señor, para poder hablar palabras que realmente nos ayuden a vivir lo que necesitamos. Te pido esto, oh Dios, en el nombre de Jesús. Amén.
1 ¡Cuán preciosas son Tus moradas, oh Señor de los ejércitos! 2 Anhela mi alma, y aun desea con ansias los atrios del Señor; mi corazón y mi carne cantan con gozo al Dios vivo. 3 Aun el gorrión ha hallado casa, y la golondrina nido para sí donde poner sus polluelos: 4 ¡Cuán bienaventurados son los que moran en Tu casa! Continuamente te alaban. (Selah) 5 ¡Cuán bienaventurado es el hombre cuyo poder está en Ti, en cuyo corazón están los caminos a Sión! 6 Pasando por el valle de Baca lo convierten en manantial, también las lluvias tempranas lo cubren de bendiciones. 7 Van de poder en poder, cada uno de ellos comparece ante Dios en Sión. 8 ¡Oh Señor, Dios de los ejércitos, oye mi oración; escucha, oh Dios de Jacob! (Selah) 9 Mira, oh Dios, escudo nuestro, y contempla el rostro de Tu ungido. 10 Porque mejor es un día en Tus atrios que mil fuera de ellos. Prefiero estar en el umbral de la casa de mi Dios que morar en las tiendas de impiedad. 11 Porque sol y escudo es el Señor Dios; gracia y gloria da el Señor; nada bueno niega a los que andan en integridad. 12 Oh Señor de los ejércitos, ¡cuán bienaventurado es el hombre que en Ti confía!
Esta conferencia tiene como tema la adoración de la iglesia, y obviamente vamos a estar tratando el tema de la adoración corporativa: por qué la iglesia debe reunirse a adorar al Señor, a qué se reúne la iglesia los domingos, si debe haber un orden en lo que hacemos, qué es lo que debe suceder cuando nos reunimos, qué es lo más importante de nuestras reuniones. No sé qué tantas cosas de esas vayamos a ver, pero me han pedido que yo inicie hablando de este salmo, que habla precisamente del corazón del adorador. En otras palabras, estamos hablando de la adoración a nivel personal, a nivel de tu corazón. No importa si eres un pastor viejo como lo soy yo, si eres un líder de alabanza o un músico, o simplemente alguien que viene acompañando a otro: este mensaje se aplica a todos y cada uno de nosotros. Este salmo nos va a ilustrar el corazón de aquel que busca adorar a su Señor. Y si ustedes pusieron alguna atención a las palabras, se dieron cuenta de que tiene que ver con un anhelo, con un deseo muy fuerte de estar en la casa de Dios, de habitar con el Señor. Yo quiero, hermanos, enfatizar que ese anhelo, nuestro principal anhelo, debe ser habitar con nuestro Dios para adorarlo con todo nuestro corazón.
El propósito eterno de Dios: habitar con su pueblo
Antes de cubrir las estrofas de este salmo, yo quisiera hacer una especie de prefacio para hablar del salmo en sí y tratar de entenderlo un poquito mejor. Si ustedes se fijan en los primeros versículos, el salmista está expresando un deseo intenso, un deseo profundo por la casa de Dios. Fue escrito por los hijos de Coré, los coreítas, que habían sido designados para que sirvieran en la casa de Dios, en el templo, como porteros — a veces se usa aquí la palabra “guardatemplos”—. Ellos estaban asignados a las diferentes secciones del templo para cuidarlo, para mantenerlo; literalmente, en los tiempos en que les tocaba, ellos vivían en el templo. Escribieron este salmo para dar expresión al gozo que experimentaban por su trabajo, por estar ahí. Tenían un gran deseo de estar en la presencia del Señor — y este deseo no era porque estuvieran lejos de la presencia del Señor: ellos tenían cercanía, ellos estaban viviendo ahí; entonces su deseo era de permanecer ahí, y eso es lo que motivaba su servicio—.
Ahora nosotros no tenemos templo, pero ustedes se fijan: desde el principio este salmo repite esto de que está buscando el lugar del Señor, ir a Sión — este que aparece en el versículo 5 la primera vez, ¿verdad?— “en cuyo corazón están los caminos a Sión.” Sión es el lugar donde Dios se reúne con su pueblo, donde Dios se encuentra con su pueblo: está el monte Sión desde los tiempos del Antiguo Testamento, después el tabernáculo en el desierto, después el templo que construyó Salomón. Entonces “Sión” y “templo”, “casa de Dios,” apuntan a algo muy particular que aparece en toda la Biblia: este tema, este propósito eterno, expresado y repetido a través de toda la Biblia, es el propósito eterno de Dios de habitar con su pueblo, de ser nuestro Dios y que nosotros seamos su pueblo. Esa fue la razón por la que Él mandó construir el tabernáculo en el desierto, y después dio instrucciones para la construcción del templo en Jerusalén. Este propósito aparece en toda la Biblia — creo que simplemente en el libro de Jeremías está repetido como seis veces— desde Génesis hasta Apocalipsis aparece este tema: “ustedes serán mi pueblo, y yo seré su Dios.”
Nosotros no tenemos templo, pero ese tema del templo va progresando, y luego viene Jesús, ¿verdad? Viene el derramamiento de la bendición del Señor por medio del Espíritu Santo, al fundar la iglesia, y se derrama el Espíritu Santo — esa promesa de Juan, donde promete a sus discípulos que Él y el Padre, por medio del Espíritu Santo, vendrían a nosotros, y dijo Él: “y haremos con ustedes morada,” casa—. En otras palabras, el propósito del Señor al derramar el Espíritu Santo era vivir con nosotros. Entonces los apóstoles, en el Nuevo Testamento, hablan de que somos la casa de Dios, piedras vivas que están siendo edificadas como templo de Dios, el templo del Dios vivo. Segunda de Corintios, capítulo 6, versículo 16, dice esto que es impresionante:
16 ¿O qué acuerdo tiene el templo de Dios con los ídolos? Porque nosotros somos el templo del Dios vivo, como Dios dijo: «Habitaré en ellos, y andaré entre ellos; y seré su Dios, y ellos serán Mi pueblo.
¿De qué se trata la Biblia? Se trata de cómo Dios está llevando a cabo esto: por medio de habitar en nosotros, andar entre nosotros, ser nuestro Dios, y nosotros ser su pueblo. Y cuando nosotros estamos en presencia de Dios, habitando con Dios, ¿cuál es nuestra respuesta? ¿Cuál debe ser nuestra respuesta? Esta verdad debe informar nuestra adoración, personal y corporativa, hermanos. ¿Cuál es la respuesta de un pueblo que está consciente de que somos el templo de Dios, la casa de Dios, el templo? — inclusive creo que es en Timoteo donde dice “el templo santo”: somos un templo santo para Dios, apartados para ser exclusivamente de Él—. La respuesta principal debe ser adoración: la inclinación de nuestro ser, la inclinación de nuestro corazón, en humilde sumisión a nuestro Dios, para servirlo, para celebrarlo, para exaltar su gloria, para reconocer, para recordar sus excelencias, para darle gracias, para exclamarle que lo amamos, porque se ha dignado venir a habitar con nosotros.
Hermanos, ahorita era glorioso, de acá enfrente, oír sus voces. Pero, ¿saben una cosa? Esto no solamente es una reunión terrenal: este es un momento, es el cumplimiento anticipado del propósito de Dios de habitar con su pueblo. El Señor está aquí, en medio de nosotros, gozándose con nosotros. Yo quisiera que tú estés consciente de eso, y que por medio de los ojos de la fe tú lo percibas, y tú te alegres, y tú lo celebres. Esto no se trata, hermanos, de tener un buen culto, o cantar buenas canciones — aunque son cosas importantes—: esta es la anticipación de una realidad eterna. Estamos haciendo algo aquí que vamos a gozar por toda la eternidad, porque para eso nos hizo el Señor, para eso nos redimió Cristo: para que podamos habitar con nuestro Dios, porque Él quiere eso, quiere habitar con nosotros, y quiere que nosotros habitemos con Él. Esto se trata de ser la casa de Dios, de habitar con la presencia de Dios entre nosotros, y de responder a esa realidad, a esa comunión, con nuestra adoración — la respuesta de la criatura ante Dios por sobre todas las cosas—.
Lo hermoso de todo esto, hermanos, es que ya estamos caminando hacia el pleno cumplimiento de esa realidad: en el día final su iglesia va a ser reunida a Él en la gloria, y habitaremos en su presencia en perfección, en perfecta comunión, para siempre. Me encantan los capítulos 13, 14, 15, 16 de Juan: en el capítulo 14 el Señor les dice a sus discípulos:
2 En la casa de Mi Padre hay muchas moradas; si no fuera así, se lo hubiera dicho; porque voy a preparar un lugar para ustedes. 3 Y si me voy y les preparo un lugar, vendré otra vez y los tomaré adonde Yo voy; para que donde Yo esté, allí estén ustedes también.
Piensen eso: Cristo vino, dio su vida, nos redime, regresa al cielo, y está preparando un lugar donde habitaremos cada uno de nosotros con Él. Y vean el final de la Biblia, vean este tema ahí — Apocalipsis 21:2 al 4—:
2 Y vi la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que descendía del cielo, de Dios, preparada como una novia ataviada para su esposo. 3 Entonces oí una gran voz que decía desde el trono: «El tabernáculo de Dios está entre los hombres, y Él habitará entre ellos y ellos serán Su pueblo, y Dios mismo estará entre ellos. 4 Él enjugará toda lágrima de sus ojos, y ya no habrá muerte, ni habrá más duelo, ni clamor, ni dolor, porque las primeras cosas han pasado».
La nueva Jerusalén es la iglesia, hermanos, ¿ok? Ese es el propósito de la salvación. He dicho yo aquí, creo que desde este púlpito, muchas veces, que a veces quedamos y pensamos: si Cristo vino a salvarme de mis pecados, ¿pero para qué? Para eso: para que podamos habitar con el Señor y ser su pueblo por toda la eternidad, y que Él esté entre nosotros. Este salmo tiene referencia a ese propósito para su pueblo.
Por tanto, antes de empezar la conferencia, donde vamos a ver muchas cosas, inclusive talleres técnicos, yo quiero animarte a que no pienses en la adoración de manera horizontal, de manera terrenal. Quiero pedirte que levantes tus ojos, que anticipes el futuro, a dónde vamos, y pienses en el propósito de Dios de habitar con nosotros, y que nuestras reuniones — en nuestras localidades, desde donde todos ustedes vienen: 26 estados de la República mexicana están representados aquí, no sé qué pasó con los otros 6, dónde se quedaron, lo vamos a investigar, y de otros países también, aquí está lleno de ticos, y de gente de Colombia, de Bolivia — vino un buen grupo desde Bolivia — piensa que ya, ahorita, podemos ser una expresión de esa realidad y de ese futuro.
Entonces, ahora sí, después de ese corto preámbulo, vamos a ver nuestro Salmo 84, versículo 1: “cuán preciosas” —noten el lenguaje, hermanos— “son tus moradas, oh Señor de los ejércitos; anhela mi alma, y aun desea con ansias los atrios del Señor; mi corazón y mi carne cantan con gozo al Dios vivo; aun el gorrión ha hallado casa, y la golondrina nido para sí donde poner sus polluelos; tus altares, oh Señor de los ejércitos, Rey mío y Dios mío; cuán bienaventurados son los que moran en tu casa, continuamente te alaban.” Vean la colección: de morar en la casa del Señor, de estar con el Señor, y la respuesta de alabanza. Noten el lenguaje del salmista: “cuán preciosas son tus moradas,” “anhela mi alma,” “desea con ansias,” “mi corazón y mi carne cantan con gozo,” “cuán bienaventurados son los que continuamente te alaban.” Qué bendición, Señor, es esto — expresiones así, personales, “Rey mío,” “Dios mío”: esto es lenguaje de adoración—.
Pero el deseo no era tanto por la casa, sino por la habitación con el Señor: el deseo era por el Señor de la casa, por estar en la presencia del Señor. Y esa es la raíz de la adoración: es precisamente atesorar a nuestro Dios por sobre todas las cosas, y por ello anhelamos profundamente habitar con Él. Atesoramos al Señor. Y hazte la pregunta: si realmente el Señor es tu tesoro. Si no lo es, entonces la adoración se vuelve un ejercicio casi en la carne, que no brota así como está brotando de este salmista, de su lenguaje. Cuando estamos en su presencia es que nuestro corazón se desborda con gratitud, con aprecio, con celebración de su persona. Y es ahí donde viene ese sentido de doblegarnos para entregarle nuestra vida, para buscar su exaltación, para buscar su voluntad. Hermanos, cuando tú anhelas al Señor, tú dices: “Señor” — como hablábamos ahora en la mañana, y enfatizaba Miguel — “que se haga tu voluntad en mi vida.” Eso es adoración; esa es la respuesta de la criatura que se da cuenta de que su Dios lo está buscando para habitar con Él. Tenemos entonces, hermanos, esta gran oportunidad de responder continuamente, con toda nuestra vigorosa adoración, a la intención del Señor de estar con nosotros.
Los coreítas eran siervos que habían sido dedicados al Señor; cuando les tocaba su tiempo de servir, barrían, limpiaban, cuidaban la puerta, controlaban el acceso para que no se metiera así de repente miles de gente. Servían a diario, como muchos de nosotros servimos a la iglesia. El servicio a Dios también es una forma de adoración: el darle de nuestra vida para servir sus propósitos. Cuando buscamos hacer su voluntad, cuando buscamos que se cumplan sus propósitos en nuestra vida, estamos en una postura de adoración; estamos inclinados ante Él, diciéndole: “Señor, hágase tu voluntad, Señor, dime lo que quieres de mi vida.”
Ahora, yo estoy consciente de que hay aquí músicos, líderes de alabanza, personas en el ministerio, que sirven cada domingo, y mi pregunta es si eso ya se convirtió en una rutina, o en un trabajo, o tal vez hasta en una carga, y ya lejos está el anhelo y el gozo de estar con nuestro Señor para adorarlo y servirlo. Este salmo está poniendo un espejo delante de nuestros ojos para evaluar nuestro corazón, y eso es lo primero que debemos hacer. Yo quiero preguntarte, hermanos, ¿qué es lo primero? — no para que te sientas mal, pero para ayudarte—: ¿cómo llegaste a esta conferencia? ¿Vienes entusiasmado por escuchar a los predicadores? Yo estoy entusiasmado por escuchar a estos hombres. ¿Vienes a lo mejor anticipando que vas a escuchar algunas canciones nuevas de Gracia Soberana? Tal vez las vas a escuchar. ¿Vienes porque quieres ser alentado y animado a alabarlo con tu corazón de manera personal? Y yo diría que eso, si venías buscando otras cosas, esto debe ser lo que debe estar principalmente ahí: que le estés diciendo, “Señor, quiero ser como uno de los coreítas, quiero alabarte con gozo en mi corazón, quiero tener un deseo así, ferozmente hirviente, Señor, para decir: Señor, ya quiero adorarte.” Quiero, es más, Señor, irme a mi casa, irme hoy en la noche al Airbnb, al hotel, y que tenga todavía, Señor, deseos y anhelos de alabarte, de estar contigo.
Noten ustedes cómo el Señor —digo, cómo el salmista habla del Señor: repite continuamente, ¿verdad?, “el Señor,” “su Rey,” “su Dios”— y lo nombra dos veces, al principio y al final, como “el Señor de los ejércitos.” O sea, él está viendo al Señor como el soberano supremo de todo el universo, el que tiene a su disposición todos los ejércitos celestiales para hacer su voluntad. El salmista tiene en su mente la gloria del Señor, el peso de la grandeza de todas sus excelencias y todos sus atributos; tiene en mente su santidad, el hecho de que Él está por encima de todo, que Él es el creador, que Él es el proveedor de todo, es el Dios vivo, supremo, poderoso y bueno, a quien deseaban exaltar como su Rey, su Dios.
Entonces aquí yo también tengo que preguntarte: ¿cómo ves tú al Señor? Hermanos, les digo estas preguntas porque yo mismo me tengo que evaluar, y muchas veces al Señor ya no lo estamos viendo como lo tenemos que ver: se reduce ante nuestra mirada, y lo vemos de una manera —no quiero decir ordinaria, pero sí cotidiana— y no nos tomamos el tiempo para estar viendo las excelencias de su gloria, y la gloria de su santidad, la preciosidad del Señor, su asombrosa misericordia, su gran amor, su gran perdón, su gran compasión para con nosotros, la sobreabundante gracia que ha derramado sobre nuestras vidas. Todo lo que Él te ha mostrado — es fácil, hermanos, a veces olvidar que Él nos rescató del juicio eterno; es fácil olvidar el sacrificio de nuestro Señor Jesucristo; es fácil olvidar que el que estaba muriendo es Aquel por medio del cual se crearon todas las cosas, incluyéndonos a nosotros; es fácil olvidar el grado del descenso de Cristo, y de la misericordia del Padre que lo dejó clavado en esa cruz para que nosotros pudiéramos venir y habitar con Él y alabarlo—.
Andando en la cruz, no podemos venir a adorarlo, hermanos, si no lo estamos viendo en esa realidad excelsa. Y lo que pasa, hermanos, es que no podemos venir a adorarlo aquí en la conferencia, por ejemplo, si nosotros lo hemos descuidado durante nuestra semana, durante nuestro mes; si no estamos teniendo comunión con nuestro Dios, en donde estamos meditando en todas estas excelencias del Señor, en todas sus misericordias, en toda su compasión, en toda su hermosura — entonces venimos como secos, sin una plataforma, en lugar de venir listos para dar cabida a lo que se está desbordando adentro de nosotros—. Nuestra comunión debe enriquecer nuestra adoración; nuestra adoración debe estar informada por nuestra comunión con el Señor, por nuestra llenura de su palabra, por lo que nosotros estamos viviendo diariamente.
No quiero brincarme esto, pero quiero hacer nomás un comentario sobre los gorriones y las golondrinas: es una inclusión poética. Los gorriones, hermanos, no sé cómo les digan allá en su pueblo, pero aquí les decimos “chorlitos” — son los pajaritos más comunes, más sin chiste que hay—. Y dice el salmista: los gorriones, los chorlitos, encontraron un lugar para hacer su casa; y también las golondrinas —que son los pájaros más alborotados que hay: ustedes han visto las golondrinas, no se paran nunca, andan de aquí para allá, hacen los nidos así abajo de los puentes, comen volando, hasta esas que andan así, alocadas— también encontraron dónde hacer nidos ahí. Y el Señor Jesús, cuando habló con sus discípulos, dijo que no se venden dos pajarillos por una monedita, y sin embargo ni uno de ellos caerá a tierra sin permitirlo el Padre.
Hermanos, yo no sé cómo viniste tú, yo no sé cuál es tu posición en la iglesia, yo no sé cuál es tu historia; tal vez tú digas “yo soy uno de esos chorlitos,” tal vez eres un alocado — aquí conozco a algunos de ustedes que son así, como rockeros, les gusta que la alabanza le suba a todo, son las golondrinas—. Yo lo que quiero que sepan es que el Señor ama a sus chorlitos y a sus golondrinas, y los ama a ustedes, y Él anhela habitar con nosotros, con ustedes. Yo quiero animarte: aprovecha esta conferencia para buscar la presencia de Dios en tu vida.
Primera bienaventuranza: benditos los que moran en su casa
“Cuán bienaventurados son los que moran en tu casa” — las tres estrofas, verdad, como que escogí un salmo medio complicadillo — pero tiene tres bienaventuranzas, y esta es la primera: que bendecidos son los que moran en tu casa. ¿Por qué? Porque continuamente lo pueden alabar. Qué bienaventurados somos, hermanos, que nosotros podemos habitar con Cristo, podemos habitar en la presencia de nuestro Dios amado. Y, como les dije, aquí está el Señor, y por lo tanto, a la vez, vemos al Señor.
Segunda bienaventuranza: benditos los que se fortalecen en Él
La segunda estrofa trae otra bienaventuranza, en el versículo 5: “cuán bienaventurado es el hombre cuyo poder está en ti, en cuyo corazón están los caminos a Sión” — pasando por el valle de Baca (Baca quiere decir “lágrimas” o “lloro”), pasando por el valle de lágrimas lo convierten en manantial; también las lluvias tempranas lo cubren de bendiciones; van de poder en poder, cada uno de ellos comparece ante Dios en Sión—.
Así que, si la primera estrofa nos decía que bienaventurados eran los que anhelaban estar en la presencia del Señor, esta segunda estrofa nos dice: bienaventurados son los que se fortalecen buscando la presencia de Dios. Entonces esta bienaventuranza es anunciada a aquellos que desean estar con su Señor: eso es lo que los fortalece, o inclusive se fortalecen por medio de desear estar con el Señor. Y lo que a mí me dice esto es que mi vida debe ser un peregrinaje enfocado en estar con el Señor continuamente; tengo que estar reenfocando mi vida, buscando permanecer en su presencia. Un corazón de adoración anhela estar en su presencia y dar expresión a su alabanza — dar expresión a lo que surge como resultado de estar habitando con el Señor—.
Pero la mayor parte del tiempo no lo vivimos en esos momentos como ahorita — esto es un momento especial, vamos a estar alabando al Señor por tres días— vivimos donde hay dolor, donde hay lágrimas; vamos en camino, en acción, aquí en este mundo, hermanos, vamos caminando a ese lugar, a esa presencia donde va a habitar el Señor en medio de nosotros, como dice Apocalipsis. A veces nos reunimos, estamos en la iglesia, se nos olvida, nos reunimos, regresamos a casa, y regresamos al valle de lágrimas, de dificultades, de pruebas. Tal vez en estos días estás batallando en poder desconectarte de esas dificultades, pero dice este salmo que un adorador se fortalece al dirigir su corazón hacia el camino, en acción. Puedo sentirme agobiado, cargado — pero cuando me siento así debo alzar mis ojos y reorientar mi vida, a que esto no sea mi verdad, a reorientar mi vida a mi verdadera realidad—.
Nuestra vida, hermanos, no consiste en lo que nos sucede día a día aquí en esta tierra. Nosotros fuimos escogidos, fuimos redimidos por Cristo, fuimos apartados para ser de Él, fuimos unidos a Él, y lo seremos por la eternidad; y somos aquellos llamados a habitar con Dios por toda la eternidad — esa es nuestra realidad—. Entonces yo tengo que estar continuamente analizando mi vida, diciendo: bueno, ¿qué es lo que yo estoy buscando? ¿Cómo es que este valle se puede convertir en un manantial? Si Sión representa ese lugar donde Dios se encuentra con su pueblo, entonces quiere decir que, en cualquier lugar en donde yo esté, yo puedo orientar mi vida hacia estar con Él; yo puedo orientar mi mente y mi corazón, durante mi caminar diario, a estar pensando en Él, en sus bondades, a estar poniendo mis ojos allá arriba — como dice Colosenses capítulo 3, versículos 1 al 4, ¿verdad?—:
1 Si ustedes, pues, han resucitado con Cristo, busquen las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. 2 Pongan la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra. 3 Porque ustedes han muerto, y su vida está escondida con Cristo en Dios. 4 Cuando Cristo, nuestra vida, sea manifestado, entonces ustedes también serán manifestados con Él en gloria.
O sea: levanta tus ojos, mira, busca allá arriba; tu vida está escondida con Cristo, donde está Cristo resucitado; pon tus ojos. O sea, hay un ejercicio que tenemos que estar haciendo nosotros, porque si no, este valle de lágrimas, esta sequedad, este desierto donde vivimos nos va a jalar, y vamos a perder el corazón de adoración.
¿Qué pasa cuando te despiertas en la noche con alguna angustia? ¿Qué haces? Salmo 136, versículo 1, dice:
1 Den gracias al Señor porque Él es bueno, porque para siempre es Su misericordia.
Te doy un consejo: cuando te despiertas en las noches, cuando estés agobiado, dale gracias al Señor; la gratitud es una expresión de adoración, hermano. Salmo 27:13 dice:
13 Hubiera yo desmayado, si no hubiera creído que había de ver la bondad del Señor en la tierra de los vivientes.
Cuando estábamos nosotros aquí, en el 2008 al 2012 más o menos, tiempos terribles que vivimos en Ciudad Juárez, este salmo, hermanos, guardado en mi corazón, tiene que ver con la fe. Dice la palabra que sin fe es imposible agradarle a Dios — quiere decir, volteándolo al revés, que si yo quiero agradar a Dios, yo voy a confiar en Él—, que es la tercera bienaventuranza, pero que se aplica aquí de redirigir por fe, a decir: “Señor, yo voy a ver tu bondad.” Tal vez hay enfermos en mi casa, tal vez hay una situación financiera, tal vez hay una dificultad, una prueba, una tribulación, un dolor, lágrimas — pero yo no voy a desmayar, porque yo creo que he de ver la bendición del Señor, la bondad del Señor, en la tierra de los vivientes—. Esa es la única manera en que las lágrimas, hermanos, se vuelven aguas frescas de manantial. Y sabemos que al final, en Apocalipsis 21:4, dice —aparte de eso— que Él va a enjugar toda lágrima, y ya no habrá más muerte, no habrá más duelo, no más clamor, no más dolor, porque las primeras cosas — las que estamos viendo ahorita— ya pasaron.
Nuestro caminar diario debe ser un camino de buscar adorar a nuestro Señor: por medio de darle gracias, por medio de confiar en Él, por medio de buscar sus bondades, por medio de reorientar nuestra vida, nuestra vista, hacia donde está Él, donde está nuestra realidad de lo que somos en Él. Caminar por fe, hermanos, eso es necesario para tener un corazón de adorador. El adorador, dice al final, se fortalece en su Dios para comparecer ante Él — dice: “van de poder en poder, cada uno de ellos comparece ante Dios en Sión”—. Vean ustedes ahí la reorientación: o sea, no está tratando primordialmente con sus dificultades. Tal vez tengas una mala noticia, tengas una dificultad; tienes que voltear y decir: “Señor, yo necesito comparecer contigo, necesito una audiencia, Señor, necesito hablar contigo, necesito poner mis ojos en Ti.” Y dice: ahí es donde se fortalece la orientación de tu vida; es lo que te fortalece, orienta tu vida diaria: comparecer ante Dios, estar delante de su presencia, estar acercándote continuamente al Señor, estarlo buscando continuamente, y vas a tener un corazón de adorador.
Tercera bienaventuranza: benditos los que se refugian en Él
Y la tercera bienaventuranza viene después de un pequeño paréntesis de oración, en el versículo 8 y 9 — porque la tercera bienaventuranza es para aquellos que, en integridad, se refugian en el Señor—. Pero el salmista hace una especie de paréntesis donde, fíjense ustedes, cómo está orando, en el versículo 8: “oh Señor, Dios de los ejércitos, oye mi oración; escucha, oh Dios de Jacob; mira, oh Dios, escudo nuestro, y contempla el rostro de tu ungido.” Vean ustedes cómo él está, de alguna forma, dando expresión a esa reorientación de su corazón por medio de la oración; esto activa — este es lenguaje de comunión con Dios— y principalmente esto de “mira, oh Dios, escudo nuestro” está hablando del Señor como el refugio, como el castillo fuerte, como el galardón, ¿verdad?, que es el Señor, la fortaleza que es el Señor.
Entonces, el adorador, hermanos, cuando está en esos valles de lágrimas, en las dificultades, se refugia en el Señor, busca al Señor. Hay momentos donde yo me siento bien débil — no sé ustedes— pero hay momentos donde yo necesito estar con el Señor, y me siento débil, me siento caído, me siento triste, me siento agobiado, me siento sin fuerzas: el lugar donde yo debo ir, hermanos, es a ese lugar donde está mi escudo, donde está mi refugio. El corazón de un adorador es un corazón que desea refugiarse bajo el cuidado y la provisión del Señor; el Señor es nuestro refugio eterno. Esa humilde sumisión y dependencia es un elemento muy importante de nuestra comunión con Dios, y debe ser el deseo de todo adorador: “yo necesito estar bajo tu cobertura, Señor, bajo tu escudo, bajo tu cuidado.”
Más adelante Él menciona: “tú eres escudo y sol” — como dicen por ahí ese dicho, “anda que no lo alumbra ni lo calienta ni el sol”— un adorador, hermanos, siempre está calientito bajo el sol del Señor. El adorador ama la comunión con su Señor, busca permanecer en su presencia, en su palabra, en oración, en comunión hermosa; busca profundizar y permanecer dependiente de su Dios — no solamente como ese escudo protector, sino como ese sol que lo ilumina y lo calienta—. Clama a Él, y lo busca como refugio, como luz, como fortaleza diaria. Hermanos, yo quiero vivir consciente de que estoy bajo la mirada de mi Señor.
Entonces, yo te pregunto: ¿cómo está tu comunión con Dios? ¿Cómo es tu comunión? Hace un par de años, un joven vino y me preguntó: “pastor, usted siempre habla de comunión con Dios, ¿cómo le hago para tener comunión con Dios?” Y yo dije: “ah, caray, pues ¿cómo te lo explico?” Porque es una realidad espiritual, hermanos: es venir en fe, decir “yo necesito estar con el Señor Jesús,” y clamar a Él, y decirle: “Señor, te necesito ahorita” — y le hablas, y lo escuchas por medio de su palabra, y le dices: “Señor, háblame por medio de tu palabra, muéstrame tus verdades, redirige mis ojos a donde yo tengo que estar viendo, Señor.”
¿Saben quiénes no tienen problema con tener comunión con Dios? Las personas nuevitas, que acaban de nacer de nuevo. Nadie les enseña, y viene Cristo y toca sus vidas y los salva, y se vuelven adoradores automáticos, y le hablan al Señor con toda… o sea, yo no —es curioso, cuando el Señor me salvó a mí, nadie me tuvo que decir cómo hablarle—. Y luego, a veces, nosotros nos hacemos bolas: “¿y cómo tengo comunión con Dios?” Búscalo, háblale, háblale a tu corazón —dile cómo estás y lo que necesitas, y dile lo que quieres conocer de Él—. En otras palabras, se trata de relación personal.
Aquí uno de los pastores decía, les daba este ejemplo: tú puedes tener relación con tu esposa — “oye, ¿qué pasó?” “oye, ¿pagaste el gas?” “sí.” “oye, ¿cómo se portaron los niños en la escuela?” “bien.” “oye, fíjate, subió la leche.” “oye, no, el carro trae un ruido ahí, raro, en las llantas.” Eso es comunicación, ¿verdad? No muy buena, pero es comunicación—. Pero cuando tú vas con tu esposa, y se sienta ella en la mesa, les pones un café y tú tienes el tuyo, y tú te sientas y la ves, ojo a ojo, y le preguntas a tu esposa: “¿cómo estás?” — y ella te dice, ¿qué hace ella? Te abre su corazón. Eso es comunión.
¿Qué haces cuando vas a buscar al Señor? ¿Qué haces cuando vas y lees la palabra? ¿Es algo mecánico? ¿Es una rutina? ¿O es que yo necesito estar con mi Dios: “Señor, déjame decirte cómo estoy, ayúdame, dime tú qué quieres para mí, Señor, háblame por medio de tu palabra”? Y tienes comunión ahí, hermanos; es donde empieza, donde debe nacer nuestra adoración.
Y se me acabó el tiempo, pero déjame terminar aquí con estos últimos tres versículos, donde otra vez vuelve este lenguaje, lenguaje de adoración, y dice: “porque mejor es un día en tus atrios que mil fuera de ellos; prefiero estar en el umbral” —en el portal— “de la casa de mi Dios” —porque era su trabajo, ellos tenían que estar en la puerta— “que morar en las tiendas de impiedad; porque sol y escudo es el Señor Dios; gracia y gloria da el Señor; nada bueno niega a los que andan en integridad; oh Señor de los ejércitos, cuán bienaventurado es el hombre que en ti confía.”
Noten igual el lenguaje de habitación: “prefiero estar en tu casa, Señor, que estar en las tiendas de impiedad.” Esto es una parte importante de nuestra adoración, hermanos. No sé si a ti te gusta —digo, yo estoy seguro de que todos lo hemos vivido— cuando tú estás en pecado, qué difícil es adorar al Señor, ¿verdad? Entonces aquí el salmista está diciendo: “yo tengo una preferencia, yo estoy escogiendo aquí, yo escojo estar con el Señor, estar en sus atrios ahí, en la puerta, que andar en las cosas del mundo, en los deseos, por los deleites de este mundo.” El adorador, hermanos, debe permanecer puro en sus afectos; esto es algo del corazón: tenemos que guardar nuestro corazón para el Señor, tenemos que guardar nuestro corazón del pecado.
Dice el Salmo 24:3 — este salmo se lo leía yo a mis hijos, y me gustaría que hubiera una canción de este salmo— dice: “¿quién subirá al monte del Señor, y quién podrá estar en su lugar santo?” Dice el versículo 4: “el de manos limpias y corazón puro, el que no ha alzado su alma a la falsedad ni jurado con engaño; ese recibirá bendición del Señor, y justicia del Dios de su salvación. Tal es la generación de los que lo buscan, de los que buscan tu rostro, como Jacob.”
3 ¿Quién subirá al monte del Señor? ¿Y quién podrá estar en Su lugar santo? 4 El de manos limpias y corazón puro, el que no ha alzado su alma a la falsedad ni jurado con engaño. 5 Ese recibirá bendición del Señor, y justicia del Dios de su salvación. 6 Tal es la generación de los que lo buscan, de los que buscan Tu rostro, como Jacob. (Selah)
Si nosotros queremos, hermanos, experimentar esa comunión con nuestro Señor que alimente nuestra adoración, tenemos que examinar nuestro propio corazón y ver si nuestras manos están limpias delante del Señor. La confesión, hermanos, también es adoración: la confesión es reconocer delante de Él su santidad, y reconocer nuestra necesidad. Y Él lo compara, ¿verdad?, diciendo: el Señor es sol, es escudo, es luz, es calor, es amor, es protección del mal; dice que el Señor da gloria y gracia a los que lo buscan en integridad, el Señor no niega nada bueno a los que buscan vivir para agradarlo.
Yo quisiera terminar, hermanos, ahorita, nomás teniendo un tiempo, dándote oportunidad a que tú puedas dar al Señor expresión a cómo está tu corazón delante de Dios. Ninguno de nosotros tenemos las manos perfectamente limpias — o sea, este salmo que habla de quién subirá al monte del Señor: primero que nada, nuestro Señor Jesucristo es el que subió, pero nosotros, por medio de Él, podemos subir también; podemos buscarlo a Él, buscando estar revestidos con su justicia, la cual Él nos ha dado—. Pero tenemos que venir delante de Él en esa comunión, con confesión.