Introducción

Buenas noches. Gracias por recibirme siempre que vengo. Digo lo mismo, pero me siento como en casa, me siento bien recibido, bien amado, bien orado. Y no hay mayor privilegio que poder ir fuera de tu país, de tu congregación, y sentir que estás en otra congregación hermana.

Antes de exponer la Palabra, permítanme dirigirme a la persona de quien vamos a hablar esta noche.

Padre, gracias por tu revelación, por tu elección de tus hijos desde la eternidad pasada para, en el presente, en algún momento, de alguna manera, usarlos según tu propósito para tu gloria. Señor, tú sabes que cualquier cosa buena que haya en mí, o pueda ser dicha de mí, es simplemente obra de tu gracia y nada más. Y en esta hora yo vuelvo a recordarme que yo dependo de tu Espíritu y de ninguna otra cosa. Y yo tengo una audiencia de uno a quien tengo que complacer, pero hay un pueblo que necesita ser edificado. De manera que ayúdame a glorificar tu nombre, edificar tu pueblo, exaltar tu Palabra. Ven y aliméntanos. Ven y convéncenos. Ven y cámbianos. En Cristo Jesús. Amén.

Bueno, gracias por lo que hemos escuchado en esta noche. Gracias al pastor Carlos por la invitación, a su equipo de trabajo por igual. Gracias por compartir la palabra, compartir tu corazón, y al final por llamar a un tiempo de oración y arrepentimiento.

Yo creo que si hay algo que realmente le hace falta a la iglesia de nuestros días es conocer la necesidad de vivir vidas de arrepentimiento, y no simplemente arrepentirme un día para recibir a Cristo, creerme cristiano y ya, y además nunca volverme a arrepentir. De hecho, algunos de ustedes me han oído decir múltiples veces: yo me arrepiento todas las noches. Y de hecho aprendí a hacer eso de Jonathan Edwards, uno de los más grandes teólogos y mentes brillantes que Estados Unidos haya producido, que decía: “Cuando yo oro, yo peco” —porque somos egocéntricos—. Cuando yo me arrepiento, tengo que arrepentirme de mi arrepentimiento, porque no vemos todo nuestro pecado, ni lo hacemos con toda la sinceridad y lo genuino que debiéramos a la hora de arrepentirnos. Y me ministró tener un tiempo de arrepentimiento, porque creo que es valioso y necesario.

El problema: no sabemos qué es la adoración

Bueno, ya conocen el título de esta conferencia: La Iglesia Adora. Un título bueno para la conferencia. El problema radica en algo que ya ha sido mencionado, y es que la mayoría de las personas piensa que cuando hablamos de adoración, como que ya entiende lo que es —y ya hemos oído que esa no es la realidad—. La mayoría de las veces entendemos por adoración simplemente música, y en el mejor de los casos, música que mueve mis emociones. Pero lo cierto es, y ya ha sido dicho de otra manera, que la gran mayoría de los hijos de Dios no conocen verdaderamente lo que es la adoración.

No sé cuántos de ustedes conocen una canción del año 1999, escrita por Matt Redman, “The Heart of Worship” (“El corazón de la adoración”). Él estaba en una iglesia cuyo pastor, Mike Pilavachi, entendió que su iglesia había hecho un énfasis extraordinario y erróneo en lo que era la instrumentación, la producción y los instrumentos de música, y decidió hablar con la iglesia y parar la música por todo un año —solamente venir a adorar a Dios con sus voces, sus corazones y sus Biblias—. Al final de eso se produjo la canción “The Heart of Worship”. Y la canción dice algo así como que le pide a Dios que le perdone por lo que hemos hecho de la adoración, porque la adoración es más que una canción, cuando en realidad tú miras dentro de mi corazón. No son las palabras exactas, pero sí es el sentir: “Lo siento, Señor, estoy regresando al corazón de la adoración, y se trata de ti, y se trata de ti.”

Yo quiero llevar esa idea un poco más allá, para luego llevarla un poco más atrás. Escucha lo que un profesor de música y adoración —no logré identificar con certeza el nombre en el audio— ha dicho acerca de lo que estamos hablando:

Nosotros los que nos identificamos como evangélicos no hemos demostrado ningún esfuerzo serio en el área de la adoración. Como académicos hemos fallado en no estudiar la adoración y la teología de la adoración —algo de lo cual estuvo hablando Bob Kauflin de otra manera—. La mayoría de los seminarios no ofrecen un curso completo en adoración; por tanto, los pastores evangélicos tampoco han aprendido, ni han demostrado mucho interés en la adoración. En la mayoría de los círculos, el evento del domingo en la mañana se considera un servicio de predicación, a pesar de que los boletines lo anuncian como un servicio de adoración. Hemos demostrado celo en alcanzar al mundo para Cristo y en edificar el cuerpo de Cristo, mientras hemos sido negligentes en darle nuestro primer amor a Dios, que es precisamente en lo que consiste la adoración.

¡Wow! Yo no sé cuántos de nosotros vemos la conexión entre mi primer amor a Dios y mi adoración. Si no lo ven con claridad, voy a usar, para llevar la idea un poco más allá otra vez, la definición de William Temple acerca de lo que es la adoración —él fue arzobispo de Canterbury de 1942 a 1944—:

La adoración es la sumisión de toda nuestra naturaleza a Dios. Es el despertar de la conciencia por su santidad, el alimentar de la mente con su verdad, la purificación de la imaginación por su belleza, la apertura del corazón a su amor, y la rendición de la voluntad a su propósito.

¡Wow!

I. La adoración es la respuesta a la revelación de Dios (Isaías 6)

Ahora, quizá todavía no está clara en tu mente la definición de William Temple acerca de la adoración, pero yo puedo desempacar esa definición haciendo uso de uno de mis personajes favoritos en el Antiguo Testamento: el profeta Isaías. Isaías tuvo un encuentro con Dios en el capítulo 6 —yo creo que la mayoría, quizá todos, estamos familiarizados con ese encuentro, una visión del trono celestial—. Y de repente, sin ninguna instrucción acerca de lo que era la adoración, sin ninguna instrucción acerca de cómo debía hacerla, Isaías responde en absoluta y completa adoración al Dios que él acaba de ver.

1 En el año de la muerte del rey Uzías vi yo al Señor sentado sobre un trono alto y sublime, y la orla de Su manto llenaba el templo. 5 Entonces dije: «¡Ay de mí! Porque perdido estoy, pues soy hombre de labios inmundos, y en medio de un pueblo de labios inmundos habito, porque mis ojos han visto al Rey, el Señor de los ejércitos».

Entonces, déjame ver si puedo tomar la definición de William Temple y ponerla a través de la experiencia de Isaías. Cuando la conciencia del profeta Isaías fue despertada a la santidad de Dios, él se vio indigno, junto con el resto del pueblo, de labios indignos. Cuando su mente fue alimentada por la verdad de la grandeza de Dios, Isaías se vio muy pequeño. Cuando su imaginación fue capturada por la belleza de Dios, dicha imaginación fue purificada, de modo que nunca más volvería a pensar igual acerca de Dios. Cuando Dios purificó sus labios —recuerda, con el carbón encendido— y lo limpió de pecado, él abrió su corazón al amor de Dios. Y cuando Isaías experimentó el amor de Dios así de cerca, rindió su voluntad y dijo: “Heme aquí, envíame a mí.” Ahí están todos los elementos de la definición de William Temple: está la mente alimentada por la verdad, está la conciencia despertada por su santidad, está la imaginación capturada por su belleza.

Lo que ocurrió con Isaías ese día fue que él, al final de su experiencia, puso a Dios en el lugar que a Él le corresponde, y se puso él en el lugar que a él le corresponde. Bien decía nuestro amado R. C. Sproul —lamentablemente ya pasó a la presencia de Dios, y quizás afortunadamente, porque está gozando más allá de lo que estaba haciendo aquí— que el problema de la iglesia de hoy es que no sabe quién es Dios, y tampoco sabe quiénes somos nosotros. Bueno, Isaías tampoco sabía. Pero después de esta experiencia, él sabía.

Por eso, el amor a Dios —el primer amor a Dios— es la esencia de la adoración. Mira las realidades de esto: cuando Cristo nos recordó cuál era nuestro primer mandamiento, lo dijo de esta forma: que debemos amar a Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu fuerza y con toda tu mente. Pero yo no puedo amar a Dios con toda mi mente, mi alma, mi fuerza, mi corazón, hasta que yo no lo vea por lo que Él es. Yo necesito verlo para luego poder responder a quién Él es.

Y esa es la realidad del púlpito y la adoración, la conexión que estaban tratando de hacer durante el panel que pasó hace un momento: el pueblo de Dios responde a la grandeza del Dios que es predicado desde el púlpito. El púlpito exalta a Dios, encumbra a Dios, presenta a un Dios grande, alto, sublime, santo, santo, santo —y el pueblo responde a esa revelación—. Y lamentablemente nosotros necesitamos eso, porque —vuelvo y repito la palabra— nosotros somos egocéntricos. Y por eso William Temple decía que la adoración es la cura del egocentrismo.

Eso tanto es así que, en nuestro egocentrismo, nosotros vivimos fabricando ídolos. Ídolos que luego adoramos, y los colocamos en el trono de nuestro corazón. Y bien decía Juan Calvino —algo que ya Bob Kauflin aludió— que nosotros somos una máquina fabricadora de ídolos, y tan pronto comenzamos a destruir uno, comenzamos a fabricar otro. ¿Por qué? Porque esas son las cosas en las que nosotros confiamos, que nos dan seguridad, lamentablemente. Y esa es la razón por la que, con frecuencia en consejería —dependiendo del caso que me están presentando, pero sobre todo cuando tiene que ver con algo tan adictivo como la pornografía—, esta es mi expresión, de la manera más pastoral que yo pueda decírselo: la adoración te llevó a donde tú estás hoy, y la adoración te va a sacar, o es lo único que te puede sacar de donde tú estás. La adoración del ídolo, del sexo o de tu persona, te llevó a la adicción que hoy tú tienes; y la adoración del único y verdadero Dios es lo único que te puede sacar de donde tú estás.

II. Dios inicia una adoración que Él no necesita

Esta es la introducción de mi tema, porque todavía no he entrado en el tema. Me pidieron que pudiera hablar acerca de por qué Dios es el iniciador de la adoración y, al mismo tiempo, es el objeto de la adoración. Dios inicia la adoración, la promueve, pero Él es el objeto. Déjame decirlo otra vez: Dios es quien promueve la adoración que Él merece recibir.

Suena extraño. Y es extraño, ¿sabes por qué? Porque Dios no necesita la adoración. La Trinidad en sí misma ha estado, y siempre estará, satisfecha en sí misma. Dios no hizo a Adán y Eva porque, como se ha dicho en el pasado a través de algún filósofo, se encontrara solo y dijera “me siento solitario, me voy a hacer a un hombre para tener compañía”. No, Dios no necesitaba a nosotros. De hecho, Lucas, en el libro de los Hechos, nos dice algo de eso:

24 »El Dios que hizo el mundo y todo lo que en él hay, puesto que es Señor del cielo y de la tierra, no mora en templos hechos por manos de hombres, 25 ni es servido por manos humanas, como si necesitara de algo, puesto que Él da a todos vida y aliento y todas las cosas.

¡Wow! Quizás esto nos pueda ayudar a seguir entendiendo un poco que realmente Dios no necesita de la adoración. Decía C. S. Lewis, tratando de ayudarnos a entender algunas cosas acerca de Dios, que si mi esposa me deja esta noche, a mí me va a doler porque yo perdí algo; pero si tú dejas a Dios esta noche, a Dios le va a doler, pero porque tú perdiste algo. ¿Entendiste? Una gran diferencia entre una cosa y la otra.

III. La adoración en espíritu y en verdad (Juan 4)

Bueno, esa es la pregunta que yo tengo que responder de alguna manera: ¿por qué Dios inicia y promueve una adoración que Él no necesita? Y para eso, yo pensé que el mejor texto que me podía ayudar se encontraba en Juan 4, en el diálogo que Cristo tuvo con la mujer samaritana.

Contexto

Cristo había estado —no sabemos exactamente, pero 8, 9, 10 meses— en Judea, la parte sur de Israel, ministrando durante su primer año. Los otros tres evangelistas no dicen absolutamente nada de ese primer año, de esos primeros meses de Jesús; solamente Juan nos habla de eso. Y estando ahí en Judea, dice el texto que Él tenía que regresar a Galilea, y que tenía que pasar por Samaria. Realmente no tenía que pasar por Samaria, porque si tú miras el mapa, Judea está aquí, Samaria está aquí, y los judíos solían irse por la orilla del mar para evitar a los samaritanos, a quienes odiaban —o cruzaban el Jordán al otro lado, subían y luego cruzaban de nuevo a Galilea, evitando pasar por Samaria—. Pero Jesús se encuentra con una mujer en la ciudad de Sicar, alrededor del pozo de Jacob, y Él tenía la intención de revelarse a esta mujer como el Mesías.

Ahora, el diálogo completo es bastante largo, y como no es la intención de esta noche recorrerlo entero, voy a tomar la parte del diálogo que tiene que ver con lo que necesito responder. La mujer, en un momento dado, se percata de que Jesús no es un hombre común y corriente, y aprovecha para hacerle una pregunta relacionada con la adoración. Voy a leer del versículo 19 al 24:

19 La mujer le dijo: «Señor, me parece que Tú eres profeta. 20 Nuestros padres adoraron en este monte, y ustedes dicen que en Jerusalén está el lugar donde se debe adorar». 21 Jesús le dijo: «Mujer, cree lo que te digo: la hora viene cuando ni en este monte ni en Jerusalén adorarán ustedes al Padre. 22 Ustedes adoran lo que no conocen; nosotros adoramos lo que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. 23 Pero la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque ciertamente a los tales el Padre busca que lo adoren. 24 Dios es espíritu, y los que lo adoran deben adorar en espíritu y en verdad».

Esta mujer le hace una pregunta genuina a Cristo: “¿Cuál es el lugar donde debemos adorar? ¿Es Jerusalén realmente, o es aquí en Samaria, donde ellos habían hecho un templo en Gerizim?” Esta mujer, hasta ese momento, no entendía lo que era la adoración, y pensaba que era más bien un asunto externo: ¿es aquí o es allí?

Jesús comienza a ayudarla a entender que Él es el introductor de una era nueva, con características diferentes. Y escucha cómo se lo dice: “Mujer, cree lo que te digo: la hora viene cuando ni en este monte ni en Jerusalén adorarán ustedes al Padre.” Yo creo que Jesús estaba comenzando a ayudarle a entender que lo más importante en la adoración no es la parte externa —de hecho, ni siquiera el lugar— sino la forma como tú adoras, la actitud con la que adoras, el espíritu con el que tú adoras.

Y Jesús entonces empuja un poco más su argumento: “La hora viene y ahora es.” En otras palabras: llegó la hora, no tiene que esperar mucho para ver el cambio de la adoración. Cristo habla de “verdaderos adoradores”, lo que implica que Él entendía que había falsos adoradores. Y Él le está diciendo a la mujer: “La hora ya está aquí; yo de hecho estoy introduciendo esa hora.” Y ciertamente, con la vida, la muerte, la crucifixión, resurrección y ascensión de Jesús, la adoración dio un giro completo, donde de ahí en adelante sería completamente cristocéntrica.

Si tú revisas el libro de Apocalipsis, la palabra “cordero” —que hace alusión a Cristo— del capítulo 1 al capítulo 4 aparece cinco veces en cuatro capítulos. Pero del capítulo 5 en adelante, la palabra “cordero” aparece 32 veces. ¡Wow! Y en el capítulo 5 hay una centralidad de la adoración alrededor del Cordero: es una adoración cristocéntrica.

De manera que, en la conversación con la mujer samaritana, Cristo reveló dos cosas: primero, que la adoración que el Padre recibe es una adoración en espíritu y en verdad; y segundo, que hay cierto tipo de adorador que el Padre busca, a quienes llamó los “verdaderos adoradores”.

Falsos adoradores: Caín, y Nadab y Abiú

Bueno, si hay verdaderos adoradores, obviamente hay falsos adoradores, como mencioné. Lo impresionante es que, tempranamente en la historia bíblica, nos encontramos con el primer falso adorador, y su nombre fue Caín. Él trajo una ofrenda al Dios verdadero —no estaba adorando a un ídolo—, pero el versículo 5 de Génesis 4 nos dice que Dios no miró con agrado a Caín y a su ofrenda:

3 Y sucedió que después de algún tiempo, Caín trajo una ofrenda del fruto de la tierra al Señor. 4 Abel, por su parte, también trajo de los primogénitos de su rebaño y de la grosura de ellos. Y el Señor miró con agrado a Abel y a su ofrenda, 5 pero no miró con agrado a Caín y su ofrenda. Caín se enojó mucho y su semblante se demudó.

¿Tú notas lo que dice? Que no miró con agrado a ninguno de los dos: ni a Caín, ni a su ofrenda. Claro, porque la ofrenda era indigna del Dios a quien Caín había conocido, pero la ofrenda revelaba el corazón de Caín. La ofrenda fue inapropiada, y la actitud del corazón de Caín también lo fue. Caín no amó a Dios sobre todas las cosas, porque no le dio a Dios lo mejor de sus ofrendas, mientras que su hermano Abel trajo de los primogénitos de sus ovejas y de la grosura de ellas. Y yo creo que eso debe ayudarnos a entender, por igual, que no todo lo que yo le ofrezco a Dios es recibido por Dios como adoración. Dios mira mi corazón. Dios sabe si le estoy dando, como respuesta de ser mi primer amor, lo mejor de mí —lo mejor de mi vida, lo mejor de mis dones, mi talento, mi tiempo, mis deseos— o lo que me sobra.

Avanzamos, y llegamos al libro de Éxodo y luego a Levítico, y nos encontramos con más falsos adoradores: Nadab y Abiú. Pero antes, un solo adorador en el libro de Éxodo, promotor de la falsa adoración: el sumo sacerdote. ¿Te das cuenta de lo increíblemente idólatras que nosotros somos? El sumo sacerdote, hermano del profeta Moisés, tiene la osadía de fabricar un becerro de oro con sus propias manos, le da forma a los pendientes de oro que le trajeron, hace un becerro y se lo presenta al pueblo, y les dice que mañana van a hacer fiesta a Jehová alrededor de ese becerro. Él acaba de reducir masivamente la infinitud de Dios a una imagen. Violó el segundo mandamiento de la ley; violó el primero porque no amaba a Dios sobre todas las cosas, y violó el segundo porque comenzó a promover una adoración alrededor de una imagen —una imagen que fue profana, y la idea fue pagana—.

Lamentablemente, los hijos de ese sacerdote, Nadab y Abiú —ahora estamos en Levítico— quedaron con la idea de que el Dios de los cielos quizá no requería tanta reverencia, porque ellos, que habían sido ordenados al sacerdocio junto con su padre el día antes, le ofrecieron al Señor fuego extraño —podemos especular lo que eso fue— y Dios los carbonizó en medio de una experiencia de adoración al Dios verdadero. No a una imagen: al Dios verdadero. ¡Wow! Y cuando Aarón va donde Moisés, como diciendo “¿qué es lo que está pasando aquí? Fuimos ordenados ayer al sacerdocio, y 24 horas después el Dios que nos ordenó carboniza a mis hijos”, Moisés le dijo: “¿Tú sabes lo que Dios reveló, Aarón? Que entre los que se acercan a mí, yo seré tratado como santo.”

3 Entonces Moisés dijo a Aarón: «Esto es lo que el Señor dijo: “Como santo seré tratado por los que se acercan a Mí, y en presencia de todo el pueblo seré glorificado”». Y Aarón guardó silencio.

Y el texto dice que Aarón calló. No tenía nada que decir. Un Dios extraordinario no se sentirá honrado con una ofrenda ordinaria. Eso no va a ocurrir.

Pero volvamos al diálogo de la mujer samaritana. Verdaderos adoradores son lo que Dios busca; ya tuve una idea de los falsos adoradores. Entonces, ¿qué es la adoración en espíritu, y por qué Dios busca adoradores, cuando la adoración no llena ninguna necesidad en Dios?

Adoración en espíritu y en verdad

Déjame adelantarte: Dios busca adoradores en espíritu y en verdad por la misma razón por la que Él nos creó. Cuando Dios nos creó, no nos creó porque tenía una necesidad, sino porque quería darnos, de la inmensidad de la abundancia de su bondad, a aquellos que todavía no habíamos tenido vida.

Entonces, la adoración en espíritu, comencemos ahí, es esa adoración espontánea que brota de un corazón que verdaderamente conoce al Dios vivo —que conoce al Señor del cielo y la tierra, que conoce al Dios soberano cuya santidad es guardada por querubines y serafines—. ¿Te imaginas? Que la santidad de Dios es guardada por seres angelicales creados para ministrar en su presencia. Al Dios abundante en misericordia, cuyo amor lo llevó a entregar a su Hijo a la cruz. Cuando tú conoces a ese Dios, hay en ti una expresión espontánea que brota de ti; no tienen que enseñarte a adorar al Creador, tú sabes cómo hacerlo, porque la inmensidad de lo que has visto te lleva a hacerlo, como lo hizo Isaías en ese momento.

Yo nunca he tenido una expresión así, pero déjame darte un ejemplo de algo que me pasó. Mi esposa estaba conmigo. Fuimos, en una ocasión, al Cañón del Colorado —después volvimos dos o tres veces, no recuerdo— pero la primera vez, imagínense que el cañón está de ahí para allá, hacia abajo, y desde donde yo estaba veía rocas de todos los colores, inmensas, grandes; hay áreas que no tienen ninguna protección, completamente vírgenes. Yo me estoy acercando al borde, y cuando llegué al borde miré para la izquierda, miré para la derecha, y fue como “yo quiero ver más, yo quiero ver más.” Y ahí, en esa posición, yo no oía a Dios hablarme, pero tuve una conciencia de lo que estaba tratando de comunicarme. Y fue algo como esto: si esa es la creación que te dobla hacia adelante, imagínate al Creador.

Y la razón por la que eso fue muy importante para mí es que, en ese momento, yo estaba enseñando, viviendo aquí en New Jersey, un curso de adoración bíblica, y había llegado a conocer que una de las palabras traducidas por “adoración” es proskuneo, que implica exactamente eso: doblarte hacia adelante. En un sentido, es lo que Isaías hizo: se postró en tierra. De manera que Dios rechaza una adoración ofrecida con una expresión externa, sin una disposición interna de sumisión y reverencia. Por eso Cristo dijo: “Este pueblo con los labios me honra, pero su corazón está muy lejos de mí.” Este pueblo es muy bueno hablando, pero es horrible adorando. Y esa cita es de Isaías —hacía 700 años que el pueblo ya venía haciendo eso, y Cristo se encuentra con el mismo pueblo haciendo la misma cosa.

Esa adoración genuina brota espontáneamente de un corazón del creyente, en el poder del Espíritu, a través de la persona de Cristo, y asciende hasta el Padre. La verdadera adoración, hermano, transforma la vida de las personas. Literalmente. Moisés estuvo 40 días con Dios en la montaña, y bajó transformado, con su rostro brillante, que no lo podían ni siquiera ver. Pero los discípulos —Pedro, Juan y otros— pasaron tres años con Jesús, y cuando tú lees el libro de los Hechos, capítulos 4 y 5, ellos están predicando la Palabra con facilidad, y la gente que los conocía decía: “Pero estos son hombres no educados, iletrados, ¿y cómo es que pueden predicar como están predicando?” Y el texto agrega: reconocieron que ellos habían pasado tiempo con Jesús.

Si tú pasas tiempo con Jesús, tú vas a adorar a Jesús, porque si tú pasas tiempo con Jesús, tú vas a conocer a Jesús. Nota que estoy diciendo “si tú pasas tiempo con Jesús”, no “si tú pasas tiempo con la Biblia”, porque tú puedes pasar tiempo con la Biblia y no pasar tiempo con Jesús. “¿Lees la Biblia? Check. Hice mi devocional. Soy fiel en hacer mi devocional, todos los días a las 6:30 de la mañana, yo no fallo.” Pero yo no descubro gran cosa del Jesús que está descrito en esas páginas.

De manera que ahora tengo una idea de lo que implica adorar a Dios en espíritu: es espontáneo, fruto de conocer a ese Dios y su grandeza. Pero adorar en verdad implica una adoración conforme a lo revelado en su Palabra. Y si bien es cierto que la Palabra no nos da reglas exhaustivas, sí nos da un par de cosas.

Cuando tú revisas la revelación de Dios, Dios abrió el trono, por así decirlo, dos veces, para dejarnos ver cómo ocurría y qué ocurría en su presencia: una en el Antiguo Testamento y otra en el Nuevo Testamento. De manera que si yo veo lo que está ocurriendo ahí arriba, y de qué forma está ocurriendo, eso debiera darme una idea de cómo, en principio, debiera ser aquí abajo.

La primera vez que el trono aparece abierto es en Isaías 6, en el Antiguo Testamento, y el texto nos habla de que había serafines ministrando en la presencia de Dios, y que ellos estaban cantando de manera antifonal: “Santo, santo, santo es el Señor de los ejércitos, llena está toda la tierra de su gloria” —y se estremecieron los cimientos de los umbrales a la voz del que clamaba—. ¡Wow! Cosas inanimadas, los cimientos de los umbrales, cosas inanimadas fueron más sensibles a la adoración de Dios que lo que muchas veces los hijos de Dios hemos sido cuando estamos juntos adorándolo.

La segunda vez que el trono aparece abierto es en el Nuevo Testamento, hacia el final, en el libro de Apocalipsis, capítulos 4 y 5. En el capítulo 4 vemos a alguien sentado en el trono, y está siendo adorado. ¿Y qué dicen los que estaban a su alrededor? Lo mismo: “Santo, santo es el Señor Dios, el Todopoderoso, el que era, y el que es, y el que ha de venir.” ¡Otra vez! Yo creo que eso nos debe dar una idea de que, a la hora de nosotros adorar aquí abajo, tenemos que pensar que nuestro Dios no negocia su santidad. De hecho, tampoco negocia algo tan pequeño como esto: Cristo nos instruyó que si, cuando vienes a dar tu ofrenda, te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, no ofrendes —devuélvete, arregla las cosas con tu hermano, y luego ven y ofrenda—, porque hay una contradicción entre lo que hay en mi corazón y lo que voy a ofrendar a nuestro Dios.

De manera que la adoración en espíritu y en verdad exalta la santidad de Dios por encima de cualquier otra cosa. Eso fue exactamente lo que Moisés le comunicó a Aarón en su momento, cuando sus hijos violaron la santidad de Dios: “Delante de los hombres yo he de ser tratado como santo.” Eso es exactamente lo que Dios le dice a Moisés cuando Moisés no pudo entrar a la tierra prometida —Moisés no hizo lo que Dios le dijo, no le habló a la roca, le habló al pueblo, y uno de los salmos dice que le habló precipitadamente— y Dios le dijo: “Sabes que no puedes entrar. Si yo te amo, yo te escogí, te voy a volver a usar —de hecho, en el Nuevo Testamento te voy a bajar al monte de la transfiguración para ministrar a mi Hijo— pero yo no puedo permitir que, delante del pueblo, tú me trates de una manera tan irreverente como acabas de hacerlo. No entras.” La adoración de nuestro Dios es asunto de santidad. Escucha cómo lo dice el salmista: “Adoren al Señor en vestiduras santas, tiemblen ante su presencia toda la tierra.” ¡Wow! Lo que los umbrales hicieron, dice el salmista que toda la tierra tiemble también —Salmo 96:9—, pero lo mismo aparece con la misma palabra en Salmo 29:2 y 1 Crónicas 16:29.

Ahora, te decía que Apocalipsis 4 y 5 nos abren el trono y nos dejan ver lo que está allá arriba. Escucha Apocalipsis 5:8-10:

8 Cuando tomó el libro, los cuatro seres vivientes y los veinticuatro ancianos se postraron delante del Cordero. Cada uno tenía un arpa y copas de oro llenas de incienso, que son las oraciones de los santos. 9 Y cantaban un cántico nuevo, diciendo: «Digno eres de tomar el libro y de abrir sus sellos, porque Tú fuiste inmolado, y con Tu sangre compraste para Dios a gente de toda tribu, lengua, pueblo y nación. 10 Y los has hecho un reino y sacerdotes para nuestro Dios; y reinarán sobre la tierra».

¿Te acuerdas lo que Isaías hizo, que se postró delante de Dios? Bueno, estos veinticuatro ancianos hicieron exactamente lo mismo. La adoración cristocéntrica alrededor de un Cordero inmolado, que compró gente como nosotros de todo pueblo, tribu, lengua y nación con su sangre, y nos hizo sacerdotes —escucha— y reinarán sobre la tierra. Voy a volver a esa idea más adelante.

Entonces, ahora estamos hablando de qué es la adoración en verdad —ya definimos anteriormente la adoración en espíritu—. La adoración en verdad es aquella que es congruente con lo revelado en su Palabra, lo cual implica que debe ser una adoración ofrecida en santidad, con temor reverente, cristocéntrica, que brota —escucha lo que Warren Wiersbe dice acerca de la adoración en su libro Real Worship: It Will Transform Your Life— del creyente con todo lo que él es: mente, emociones, voluntad y cuerpo, en respuesta a todo lo que Dios es, dice y hace.

IV. Por qué Dios busca adoradores: lo que Adán y Eva perdieron

De hecho, Bob Kauflin aludió a la idea de que celebramos en adoración lo que Dios ha hecho. Pero nos queda la pregunta: ¿por qué Dios es el iniciador de la adoración, cuando Él es el objeto de la adoración? Recuerda, Dios no necesita de nada ni de nadie —de hecho, en teología tenemos un término para referirnos a eso: se llama la aseidad de Dios—. ¿Qué implica eso? Dios es autosuficiente en sí mismo; nunca ha tenido necesidad, ni nunca la va a tener, de nada ni de nadie. De hecho, la Escritura pregunta: ¿a quién consultó Él, quién ha sido su consejero, a quién le pidió consejo? A nadie; Él no necesita de nada. Recuerda Hechos 17:25: Él no es servido por manos humanas, como si necesitara de alguien.

Entonces, ¿por qué Él quiere que seamos adoradores? Bueno, recuerda que Dios hizo a Adán y Eva sin necesitarlos, pero de la abundancia de su bondad, de su amor, de su gracia, de su misericordia, Dios pensó: criaturas hechas a mi imagen y semejanza pueden disfrutar de todo eso que yo soy y hago. ¡Wow!

Cuando Adán y Eva pecaron, perdieron todo lo que tenían en comunión con Dios. ¿Qué fue lo que perdieron? Mejor dicho, ¿qué fue lo que no perdieron? Lo perdieron todo, absolutamente todo. De hecho, esta pareja fue privilegiada a la hora de experimentar la adoración, porque es la única pareja, hasta el día de hoy, que pudo experimentar adoración sin el obstáculo de una naturaleza pecadora —fuera de los ángeles, estamos hablando de nosotros—, sin las distracciones de un mundo alrededor, sin las ofertas temporales que continuamente nos asaltan, sin la oposición del reino de las tinieblas, y sobre todo, sin el egocentrismo que nos caracteriza. Esa pareja, no sé por cuánto tiempo, adoró a Dios de la forma más sublime que ellos pudieron haberle adorado, y lo perdieron. Lo perdieron todo, absolutamente todo.

Ellos fueron creados para gobernar el planeta: “sométanlo, reprodúzcanse, ustedes van a llenar el planeta de mi imagen; cuando se reproduzcan, de mi gloria.” Algo que Dios no ha abandonado —de hecho, sigo refiriéndome al panel, porque mientras escuchaba pensaba “ahí va mi mensaje, ahorita no tengo mensaje que compartir”— pero lo mencionaron: parte de lo que Dios quiere, Jeff hablaba de eso, es que nosotros, hechos a imagen de Dios, podamos ser como reflectores de su gloria, y luego la reflejamos de regreso a Él. Eso es lo que el universo hace —Salmo 19—: los cielos proclaman la gloria de Dios, y la reflejan de regreso a Él.

Entonces, como Dios nos creó para gobernar, y ahora resulta que perdimos el privilegio, eso explica mucho del hambre de poder, de control, y muchas de las ambiciones políticas de nuestros días. El texto que te leí de Apocalipsis 5 dice que reinaremos con Él. Eso es una promesa, y lo que Dios promete, Dios cumple —2 Timoteo 2:12 vuelve e insiste en que nosotros, en un futuro, reinaremos con Cristo—, pero cuando Él nos devuelva lo que Adán perdió en su caída.

Con la caída de Adán y Eva, ellos perdieron el sentido del significado de la vida y de Dios. No, porque su corazón sigue vacío. ¿Sabes por qué? Por algo que dijo alguien hace unos años: que mientras más envejecemos, más se requiere para llenar tu corazón de asombro, y solamente Dios es lo suficientemente grande para hacerlo. Tú llevas a un niño al parque, a los columpios, y luego, a los tres meses, lo llevas a Disney World; y cuando regresas de allá y le dices “vamos al parque”, te dice: “¿Al parque? ¿A los columpios? No, imposible” —porque ahora requiere más para llenarlo de asombro—. Y por eso la gente sigue buscando, y no encuentra lo que solamente Dios puede dar: el sentido de asombro que Isaías tuvo cuando vio a Dios, o que tú y yo podemos tener al estudiar las páginas de la Escritura. Es lo que te mueve, de manera natural, a la adoración.

Adán y Eva perdieron el sentido de lo trascendente, que solo Dios puede dar. Ahora, sus descendientes —y nosotros— vamos a estar buscando aquí abajo, en este mundo temporal, lo que solamente se encuentra en el mundo de lo eterno. Por eso Colosenses nos manda a poner la mirada en las cosas de arriba: dejemos de mirar aquí abajo. Aquí abajo no hay adoración correcta que yo la pueda hacer si mi mente no está en las cosas de arriba, porque la mente que está aquí abajo fabrica ídolos y adora a los ídolos. El problema es que los ídolos nos esclavizan. Y Salomón nos puede hablar de eso, porque él experimentó de todo: construyó obras, se hizo viñedos, plantó jardines, acumuló barcos, acumuló mil mujeres —hermanos, a veces te da trabajo estar casado con una, yo no sé cómo él tenía mil—. Escucha lo que escribió en Eclesiastés 3:11:

11 Todo lo ha hecho hermoso en su tiempo. También ha puesto la eternidad en el corazón de ellos sin que el hombre pueda descubrir la obra que Dios ha hecho desde el principio hasta el fin.

O sea, nosotros tenemos el sentido de lo eterno puesto en el corazón. Mira, tanto es así que, cuenta la historia, la hija de Stalin —el dictador ruso— relata que su padre, en sus últimos minutos antes de morir, estaba súper airado, y su último gesto antes de morir fue que, estando acostado, se sentó en la cama, miró hacia el cielo, hizo un gesto, y cayó para atrás. Si él era ateo, ¿a quién le hizo esa señal? Es como decir: “A ti no me someto, aun a la hora de mi muerte.” Esa es la realidad. Pero el hombre no puede descubrir la obra que Dios ha hecho, porque para descubrirla se necesita el sentido de lo trascendente, y Adán y Eva lo perdieron. Es en Cristo que tú vuelves a ganar el sentido de lo trascendente, el sentido de lo eterno, al único, eterno, infinito e invisible Dios.

Adán y Eva perdieron, también, el sentido de pertenencia. Hermanos, ¿saben por qué hay pandillas? Porque hay gente que quiere sentir que pertenece; los reciben en algún lugar. ¿Saben por qué la gente quiere vestirse de cierta manera cuando se reúne con cierta gente? Porque necesito sentir que encajo en este lugar. Por eso la gente quiere títulos, y quiere una serie de cosas, porque todavía se siente como que no encaja —ya sea grados académicos y demás, para pertenecer a ese círculo—. Pero no lo va a encontrar ahí, porque ese sentido de pertenencia se le dio a Adán y Eva antes de caer, y ahora yo puedo volverlo a encontrar en Cristo, en la intimidad de la adoración, cuando comienzo a contemplar que fuimos comprados por la sangre de Cristo, de que nada ni nadie me puede separar del amor de Dios: ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni lo presente, ni lo porvenir, ni los poderes, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro. Yo no necesito sentido de pertenencia aquí abajo; yo le pertenezco a alguien eterno e inmortal, que me ha dado a su Hijo, que me compró, y ahora yo le pertenezco a Él para siempre.

Mi sentido de identidad, hermanos, se da cuando yo me siento parte de Dios por el resto de la eternidad. Y la verdad es que yo soy lo que Dios dice que soy. Mi esposa te puede decir: “Tú me criticas.” Yo no me voy a molestar porque me critiques, ¿sabes por qué? Porque yo no soy lo que otros dicen que soy; yo no soy lo que yo digo que soy; yo no soy lo que mis logros o mis libros dicen que soy. Entonces, ¿qué soy? Lo que Dios dice que soy. Yo no soy más, yo no soy menos.

Adán comenzó a vivir con un sentido de desaprobación que todavía lo tenemos. ¿Sabes por qué se sintió desaprobado? Claro: él fue echado, él y Eva, del jardín. Yo no me imagino esa primera noche —vivir con alguien en intimidad, y que una noche te digan “te me vas”—. No sé qué palabras ellos escucharon, pero el texto dice que los expulsó del jardín. Se sintieron rechazados —claro, porque fueron rechazados—. Se sintieron no aprobados —claro, no fueron aprobados—. Pero ese es el sentido de desaprobación con el que tú y yo crecemos, y no lo vamos a encontrar en ningún logro aquí debajo. Nada de eso me lo va a dar, que no sea Cristo Jesús, que me devuelve —o comienza a devolverme— lo que Adán perdió. Cuando Él me hace su hermano, parte de la misma familia, me dice que voy a coheredar el reino con Él, y ahora yo puedo sentirme seguro en Él.

Cuando entendemos que fuimos comprados a precio de sangre —hay una canción, probablemente algunos de ustedes la han oído, “La sangre de Jesús” (aunque hay varias con ese nombre), que dice que nunca se trató de ser buenos, ni de ser perfectos, ni de un premio que yo me merezco, sino que fue simplemente por la gracia y por la sangre de Jesús que he sido lavado por dentro—. Wow. A veces oigo esa canción simplemente para recordar: yo fui lavado por dentro por la sangre del Cordero. Dios, la segunda persona de la Trinidad, se encarnó, dio su sangre, y me lavó permanentemente.

Pero seguimos buscando el abrazo del mundo. Tú no necesitas, hermano, el abrazo del mundo —el mundo no tiene brazos para abrazarte; puede abrazarte, pero no puede darte el sentido de lo eterno que solamente Dios puede darte—. Entonces queremos el abrazo del mundo: graduándome en la universidad en primer lugar, teniendo ciertos logros que nadie más ha tenido, y luego me aplauden, me llevan a la televisión, me ponen en Instagram, etcétera, etcétera, y yo siento como el abrazo y el aplauso del mundo. No, hermano: tú necesitas el abrazo de tu Padre. El mundo te puede abrazar y te da una satisfacción temporal, pero el abrazo del mundo es un obstáculo para tu adoración a Dios.

Hermano, escucha: Cristo te compró. Y en Apocalipsis 1 se dice que Él hizo de nosotros un reino, sacerdotes para Dios su Padre —a Él la gloria y el dominio por los siglos de los siglos, amén—. ¡Wow! Nación santa, real sacerdocio. Eso es lo que eres. Pero, ¿sabes qué? Te sacó de las tinieblas a la luz, con la intención —ahí volvemos de nuevo a la reflexión de quién Él es— de que puedas reflejar, contar, hablar de sus excelencias, de sus atributos; que lo puedas hablar, pero que lo puedas reflejar en tu vida.

V. Conocer a Dios para amarlo y obedecerle

Yo oía recientemente a Michael Reeves hablando de los puritanos —él, entre otros, me ha ido moviendo a que yo quiera conocer más de esta gente— y él decía que los puritanos eran eminentemente trinitarios, que vivían centrados en Dios. Me encantó esta frase: que eran Christ-shaped, moldeados por la imagen de Cristo, y dependientes de su Espíritu. No lo hicieron perfectamente, claro que no, pero había algo distinto en ellos. Cuando tú lees las oraciones de los puritanos, cuando yo las comencé a leer, yo decía: “No, esta gente es dura consigo misma, porque siempre se ven como pecadores” —hasta que tú entiendes que mientras más cerca de Dios estás, más pecaminoso tú te ves—. Mi mano, mientras más la acerco a una luz brillante, más sucia la encuentro; y si me la lavo con jabón antiséptico y luego la pongo bajo el microscopio, todavía encuentro millones de bacterias. Por eso los puritanos se veían tan pecaminosos —no vivían latigándose, pero se veían muy pecaminosos por lo cercano a la luz de Dios.

De manera que lo que Dios busca en la adoración íntima es devolvernos aquellas cosas que Adán y Eva perdieron, que no difieren en nada de la razón por la que nos creó: Él no necesitaba crearnos, pero quería darnos de quien Él es, de su abundancia, de manera que personas humanas, creadas a su gran semejanza, pudieran disfrutar, como criaturas, cosas que solamente el Creador puede tener —pero bajo su señorío—.

Ahora, como esa fue su intención, Dios dijo: “Lo que Adán hizo no va a alterar mis planes; yo todavía quiero devolverle el sentido de lo trascendente, de lo eterno, de propósito, de significado, sentido de pertenencia, de identidad y de aprobación en Cristo.” Bien lo ha dicho Piper: Dios es más glorificado en nosotros mientras más satisfechos estamos en Él. ¿Entendiste? Mientras más satisfecho estás en Dios, más glorificado Dios es. Porque si yo estoy medio satisfecho en Dios, y la otra mitad de mi satisfacción está en el mundo, yo no estoy glorificando a Dios como Él se lo merece —para nada—; estoy ensuciando, dañando, corrompiendo su glorificación.

Al final del camino, la calidad de mi vida cristiana está directamente relacionada a cuánto yo conozco a Dios. Y ahora entiendes al profeta Jeremías, cuando Dios, hablando a través de él, dice que no se gloríe el sabio en su sabiduría, ni el poderoso en su poder, ni en sus riquezas; el que se gloríe, que se gloríe solamente en una cosa: que me conoce y me entiende. El resto es consecuencia. Si llegas a conocer a Dios, le vas a amar con todo tu corazón, toda tu alma, toda tu mente y toda tu fuerza, de manera natural; tu amor por Él será el resultado natural de cómo lo conoces. De hecho, Cristo lo dijo de otra manera: “Si me amas, obedecerás mi mandamiento.” Es así de fácil la obediencia. Mi problema de obediencia —todos lo hemos tenido— no es un problema de obediencia: es un problema de amor. Que tengo otros amores. Pero si me amas, tú vas a obedecer. Eso explica por qué el Hijo se sometió al Padre completamente: porque amó al Padre infinitamente, y de esa misma manera le obedeció perfectamente.

Cuando yo conozca a Dios como Él es, yo voy a poder adorarle como Él quiere ser adorado. De hecho, voy a poder adorarle como incluso David llegó a adorar. Y podré decir con David —escuchen, con esto cierro— cuando él le oró a Dios de esta manera, en 1 Crónicas 29, del 10 al 13:

10 Y David bendijo al Señor en presencia de toda la asamblea, y dijo: «Bendito eres, oh Señor, Dios de Israel, nuestro padre por los siglos de los siglos. 11 Tuya es, oh Señor, la grandeza y el poder y la gloria y la victoria y la majestad, en verdad, todo lo que hay en los cielos y en la tierra; Tuyo es el dominio, oh Señor, y te exaltas como soberano sobre todo. 12 De Ti proceden la riqueza y el honor; Tú reinas sobre todo y en Tu mano están el poder y la fortaleza, y en Tu mano está engrandecer y fortalecer a todos. 13 Ahora pues, Dios nuestro, te damos gracias y alabamos Tu glorioso nombre.

Pero, ¿quién soy yo, y quién es mi pueblo, para que podamos ofrecer tan generosamente todo esto? Porque de ti proceden todas las cosas, y de lo recibido de tus manos te damos. Yo no tengo nada que darle a Dios que no sea lo que he recibido de Él. De lo que yo recibo, yo le devuelvo a Él. Es tan bueno que me provee para que yo le pueda dar. Ese es tu Dios; ese es mi Dios.

Dios: adórale. Pero conócelo. Le conoces, le adoras, le obedeces.

Padre, gracias porque tú revelas en tu Palabra qué tipo de adoradores tú buscas. Pero luego revelas en tu Palabra cómo luce eso: en espíritu y en verdad. Pero al mismo tiempo, tú muestras en tu Palabra que hay adoradores que tú has rechazado —incluso Cristo mismo, cuando le adoraron con los labios pero con el corazón lejos de Él—. Pero hay otros adoradores que tú buscas, y los buscas sin necesitar nada. Para ti, el único beneficiado soy yo. Gracias por amarme tanto que sales a buscarme, como el buen pastor, para devolverme lo que la primera pareja perdió, y que de nuevo yo pueda encontrarme completamente satisfecho en ti. Y entonces tú serás más glorificado en nosotros. Señor, para la gloria de tu nombre hemos predicado la gloria de tu Hijo Jesús, en quien encontramos redención. Su pueblo dice: Amén.

Bendiciones.


Nota sobre esta transcripción

Transcrita del audio de la conferencia Fieles 26 (whisper). Recoge la charla tal como se predicó, con encabezados agregados para facilitar la lectura; los saltos de línea, repeticiones y muletillas propias del habla oral fueron unificados en párrafos, y las citas bíblicas leídas en voz alta se reemplazaron por el texto NBLA real del pasaje citado.

Correcciones hechas por contexto (alta confianza):

  • “Danieva” → Adán y Eva (mishearing recurrente de Whisper).
  • “Bob Coughlin” → Bob Kauflin (mencionado como panelista junto a “Jeff”, casi seguro Jeff Purswell).
  • “Aarón cayó” → Aarón calló (Lev 10:3, “guardó silencio” — encaja con el texto bíblico real).
  • “Warren Worsby” → Warren Wiersbe, autor confirmado del libro citado Real Worship: It Will Transform Your Life.

Dato a verificar — no se pudo confirmar con certeza:

  • El nombre del “profesor de música y adoración de Bethel College” citado cerca del inicio aparece en el audio como algo similar a “Bruce Lee, Leif Boeck”. No logré identificar con confianza a quién se refiere, así que omití el nombre en el cuerpo de la transcripción en vez de inventar uno. Si lo recuerdas o lo tienes en tus notas del evento, dímelo para completarlo.
  • Un fragmento alrededor de la mención de Nadab y Abiú era confuso en el audio original (“de alguna manera se han convertido en un ser humano”); se suavizó levemente la redacción sin alterar el sentido, pero vale la pena cotejarlo si tienes el audio a mano.

Predicador: no se identifica a sí mismo en el audio; el nombre (Miguel Núñez) fue confirmado por Quique.

Bucles de Whisper colapsados: una repetición de “O.” (19 veces seguidas, cerca del final) que parece ruido de audio sin contenido real, y una repetición de “Yo soy.” (12 veces seguidas) que se colapsó a una sola instancia por decisión de Quique.