Introducción

Mis hermanos, es un enorme gozo poder estar aquí, y ciertamente, como dice Carlos, hace tres años, por una situación familiar, otra vez tuvimos que dejar de asistir a la conferencia de Fieles, así que le tenía esta deuda no solamente a Carlos sino a todos. Pero cuando Carlos y yo nos conocimos en Santo Domingo —no recuerdo exactamente en qué año fue, pero sí me acuerdo que engranamos inmediatamente, y como él mismo dice, teníamos muchas cosas en común, excepto que a los 16 años yo no tenía carro—. Pero aparte de eso, ciertamente el Señor permitió que comenzáramos a desarrollar una amistad que ha ido fortaleciéndose hasta el día de hoy. Luego conocimos a Kena, que es su mejor mitad, y la verdad es que Gloria lamentó muchísimo no poder estar aquí, pero ciertamente no era posible.

Yo los invito a abrir sus Biblias en Primera Carta de Pablo a Timoteo. Me pidieron que hablara acerca de la adoración gobernada y saturada por las Escrituras, y no puedo pensar en un mejor texto para hablar de ese tema que 1 Timoteo capítulo 3, versículos 14 al 16. Perdón también, Bob, gracias por permitirme estar aquí; es un honor, es un honor. Dice así la Palabra del Señor:

14 Te escribo estas cosas, esperando ir a verte pronto, 15 pero en caso que me tarde, te escribo para que sepas cómo debe conducirse uno en la casa de Dios, que es la iglesia del Dios vivo, columna y sostén de la verdad. 16 E indiscutiblemente, grande es el misterio de la piedad: Él fue manifestado en la carne, vindicado en el Espíritu, contemplado por los ángeles, proclamado entre las naciones, creído en el mundo, recibido arriba en gloria.

Padre, nosotros queremos de nuevo acercarnos a ti, Señor, porque queremos que sea tu Santo Espíritu el que ministre a tu pueblo a través de la Palabra que Él inspiró, para exaltar a Jesucristo. Ven, oh Dios, por favor ayúdanos, porque te lo suplicamos en el precioso nombre de Jesús. Amén.

La pregunta equivocada

Yo creo que ustedes están conscientes de que, durante las últimas décadas —tal vez de los ochenta hacia acá— las iglesias evangélicas han estado debatiendo varios temas que tienen que ver con la adoración corporativa del pueblo de Dios: el tipo de música que debemos usar, si cantamos himnos contemporáneos o himnos tradicionales, liturgia versus espontaneidad, y después de la pandemia, si es apropiado que nosotros regularmente nos congreguemos de manera virtual como iglesia. Muchas de esas discusiones son importantes por las repercusiones que tienen. Pero si empezamos la discusión debatiendo sobre esos detalles, hemos comenzado por la pregunta equivocada. Estamos poniendo el caballo detrás de la carreta.

Antes de preguntarnos cómo debemos adorar cuando nos congregamos como iglesia, lo primero que tenemos que preguntarnos es qué es la iglesia. Porque nuestra manera de adorar, de una forma o de otra, siempre será un reflejo de lo que creamos acerca de lo que la iglesia es, y de la misión que Dios le ha encomendado. Y eso es precisamente lo que Pablo le está enseñando a Timoteo en nuestro texto.

Como él mismo dice en la carta, Pablo esperaba ir a Éfeso pronto para regular apostólicamente algunos asuntos concernientes a la iglesia, pero dado que existía la posibilidad de una dilación, este asunto era tan urgente que Pablo decide escribirle una carta a Timoteo. Y es por esa razón que nosotros tenemos hoy la Primera Carta de Pablo a Timoteo —y pienso, de manera particular, que es la razón por la que tenemos las tres cartas pastorales: Primera y Segunda a Timoteo, y Tito—. Le dice: “Tengo la esperanza de ir pronto a verte, pero dado que es posible que tarde, quiero que sepas cómo debe conducirse uno en la casa de Dios, que es la iglesia del Dios vivo, columna y sostén de la verdad.”

¿Se dan cuenta, mis hermanos, de la conexión que Pablo está haciendo aquí? La manera como debemos conducirnos en la iglesia depende de lo que la iglesia es. Ese es el punto de partida. Y Pablo nos dice aquí tres cosas acerca de la iglesia que deben gobernar nuestra manera de pensar acerca de lo que hacemos cuando nos congregamos para adorar a Dios.

I. La iglesia es la casa de Dios

Bueno, en primer lugar, Pablo nos dice aquí que la iglesia es la casa de Dios. Y hay un contraste muy evidente aquí que parece deliberado: tanto en los versículos 4, 5 y 12 el apóstol Pablo usa exactamente esa misma palabra (“casa”) para referirse a la casa de los líderes.

4 Que gobierne bien su casa, teniendo a sus hijos sujetos con toda dignidad; 5 (pues si un hombre no sabe cómo gobernar su propia casa, ¿cómo podrá cuidar de la iglesia de Dios?).

Los pastores deben gobernar su propia casa porque ellos deben cuidar la iglesia de Dios. En otras palabras, los pastores deben mostrar competencia, deben mostrar que saben gobernar sus propias casas, porque ellos tendrán la responsabilidad de cuidar otra casa que no les pertenece a ellos: le pertenece a Dios.

Mis hermanos, la iglesia no es la casa de los pastores. La iglesia no es la casa de los miembros. La iglesia es la casa de Dios. Yo estoy seguro de que, por más que tú ames a tu suegra, si de repente ella llega a tu casa y quiere comenzar a cambiar las reglas y las cosas de lugar, probablemente le vas a decir: “Suegra, yo la amo mucho, pero esta es mi casa.” Bueno, mis amados hermanos, la iglesia no es nuestra casa. La iglesia es la casa de Dios.

Betel: el origen de la expresión

Esta es una expresión que aparece una y otra vez en el Antiguo Testamento, asociada con el lugar donde Dios manifestaba su gloriosa presencia en medio de su pueblo. La primera vez que esta expresión, “casa de Dios”, aparece en la Escritura, se encuentra en Génesis 28. Y seguramente ustedes recuerdan: Jacob está huyendo de su hermano Esaú, llega a cierto lugar, era de noche, y dice que mientras dormía, teniendo una piedra de almohada, Dios le da un sueño. Y en ese sueño él veía una escalera apoyada en la tierra, con su extremo alcanzando el cielo, y ángeles que subían y bajaban por ella, y a Dios de pie junto a él.

12 Tuvo un sueño, y vio que había una escalera apoyada en la tierra cuyo extremo superior alcanzaba hasta el cielo. Por ella los ángeles de Dios subían y bajaban. 16 Despertó Jacob de su sueño y dijo: «Ciertamente el Señor está en este lugar y yo no lo sabía». 17 Y tuvo miedo y añadió: «¡Cuán imponente es este lugar! Esto no es más que la casa de Dios, y esta es la puerta del cielo». 19 A aquel lugar le puso el nombre de Betel, aunque anteriormente el nombre de la ciudad había sido Luz.

Yo me pregunto cuántas veces nos pasará lo mismo a nosotros: que estamos en la casa de Dios y no tenemos ni idea de que Dios estaba allí. Ahora noten que lo que hacía imponente ese lugar no era la arquitectura de un edificio —Jacob estaba al aire libre, allí no había absolutamente nada que fuera impresionante, excepto el hecho de que allí estaba Dios—.

Más adelante, la casa de Dios en el Antiguo Testamento sería asociada con el tabernáculo, con el templo. Y tanto en el tabernáculo como en el templo, Dios manifestaba su presencia en medio de su pueblo por medio de la adoración que Él mismo había establecido. Voy a repetir eso otra vez, hermanos, porque este es el corazón, la esencia de este mensaje: tanto en el tabernáculo como en el templo, Dios manifestaba su presencia en medio de su pueblo por medio de la adoración que Él mismo había establecido. Él mismo determinó cómo quería darse a conocer a su pueblo, cómo quería mostrar la gloria de su carácter. De modo que lo que gobernaba la adoración en la casa de Dios no era la inventiva humana, sino la obediencia a la revelación divina.

Miguel citó ayer el pasaje de Nadab y Abiú: se pusieron creativos y quisieron adorar a Dios con un fuego que Él no había mandado, y fuego del cielo bajó y los consumió. Mis hermanos, cuando nosotros comenzamos a inventar maneras de cómo acercarnos a Dios, terminamos inventándonos un dios de nuestra propia imaginación. Esa regulación de Dios en el Antiguo Pacto no era una camisa de fuerza; era un acto de amor. Dios revelaba su gloria en su casa a través de la adoración que Él mismo instituyó, ¿para qué? Para que nosotros pudiéramos encontrarnos con Él, para que pudiéramos ver su gloria.

David y el Salmo 27

Hay un salmo sumamente conocido —Salmo 27:4— pero yo les pido, por favor, que escuchen estas palabras como si las estuvieran escuchando por primera vez. Yo sé que probablemente muchos de ustedes conocen este texto de memoria, probablemente de la Reina Valera del 60; lo voy a leer de la Nueva Biblia de las Américas.

4 Una cosa he pedido al Señor, y esa buscaré: Que habite yo en la casa del Señor todos los días de mi vida, para contemplar la hermosura del Señor y para meditar en Su templo.

Ahora noten: David no anhela contemplar la hermosura de una liturgia. David no anhela contemplar la hermosura de un edificio —de hecho, el templo de Jerusalén todavía no estaba construido cuando David escribió este salmo—. David no estaba queriendo contemplar la hermosura de un servicio religioso. Él quería contemplar la hermosura, la belleza, la gloria, la majestad de Dios mismo.

La pregunta es: ¿cómo esperaba David, en la casa de Dios, contemplar la hermosura del Señor? Por medio de la adoración establecida por Él. Los sacrificios revelaban su santidad, su misericordia, su gracia. Los salmos que el pueblo cantaba, la palabra que Dios les había revelado, las fiestas que Dios había establecido en el Antiguo Testamento, les recordaban quién era Dios y las grandes cosas que el Señor había hecho a favor de su pueblo en la historia de la redención. De manera que era a través de esos medios que un creyente del Antiguo Testamento podía contemplar la hermosura del Señor. Y aunque varios de esos elementos de la adoración del Antiguo Pacto han encontrado su cumplimiento en Cristo, mis hermanos, el principio permanece: es Dios mismo quien determina cómo quiere darse a conocer a su pueblo en su casa. Dios es el dueño de esa casa, no nosotros. Y lo que hace de esa casa un lugar único en el mundo es que Dios habita allí.

Bariloche

Hace muchos años, andábamos con Jonathan Isaac por Argentina, en varias conferencias, y después que terminó la conferencia, a mí me regalaron unos días en Bariloche. Los que han estado en Bariloche alguna vez saben que es probablemente lo más cercano a lo que yo imagino que debió haber sido el paraíso: es un lugar hermosísimo. El domingo fuimos a una iglesia pequeña, probablemente no habían allí más de 25 personas, era una casa de madera, no tenía absolutamente nada de espectacular. Y cuando estábamos allí sentados, mi esposa y yo, luego de haber visto todas las bellezas de Bariloche, yo le decía a mi esposa: “Óyeme, mira, de todos los lugares en los que hemos estado aquí en Bariloche, de todas las cosas extraordinariamente hermosas que hemos visto, este es el lugar más extraordinario. Esta es la casa de Dios.” Así de sencillo.

Mi hermano, tal vez tú vienes aquí y ves este edificio tan hermoso, estas facilidades tan impresionantes; tal vez ves videos de YouTube donde aparecen auditorios sorprendentes, y tú tienes una iglesia de 15, 20, 30 personas, donde se está predicando fielmente la Palabra del Señor. Déjame decirte algo: cuando tú te reúnes con tu pueblo a adorar a Dios en espíritu y en verdad, y a predicar el evangelio, tú puedes decir: “Cuán imponente es este lugar. Esta es la casa de Dios.”

La iglesia como templo del Espíritu

Pablo le pregunta a los corintios: ¿acaso ustedes no saben que son templos de Dios, y que el Espíritu de Dios habita en ustedes? Y Pablo no está hablando primariamente del creyente individual; Pablo está hablando de la iglesia corporativamente. Carlos citó ayer 2 Corintios 6:16: “Nosotros somos el templo de Dios”, dice Pablo, y luego prueba su argumento citando Levítico y Ezequiel: “Habitaré y andaré entre ellos, y seré su Dios, y ellos serán mi pueblo.” Esa es la promesa del pacto que corre a todo lo largo de las Escrituras, desde que nuestros primeros padres fueron expulsados del huerto del Edén: Dios quiere habitar en medio de su pueblo.

Dios nos redimió y nos hizo templos individuales del Espíritu Santo, para que cuando nosotros nos congregamos como iglesia, cada templo del Señor —allí está la casa de Dios—. Y es obviamente un preámbulo de lo que experimentaremos en Apocalipsis 21. En Efesios 2:19, Pablo se refiere a la iglesia como un templo santo en el Señor, y como morada de Dios en el Espíritu. Hebreos capítulo 3 no solamente afirma que nosotros somos la casa de Dios, sino que en el capítulo 10 dice el autor de la carta que nosotros tenemos un gran Sumo Sacerdote en la casa de Dios —otra vez la misma expresión— por medio del cual nos acercamos a Dios con confianza.

De manera que lo que hace de la iglesia congregada algo tan extraordinario no es el edificio, no es su liturgia, no es su ejecución musical —por más que disfrutemos de la música—: es la presencia de Dios entre nosotros, mediada por el Hijo, nuestro Sumo Sacerdote. ¿Estamos conscientes nosotros de esa realidad cuando nos congregamos como iglesia?

De paso, por favor, hermanos: no usen la palabra “templo” para referirse al edificio donde la iglesia se congrega. En el Nuevo Testamento, nunca —nunca, invariablemente nunca— se usa la palabra “templo” ni la palabra “iglesia” para referirse a un edificio. El templo de Dios son personas: es el pueblo mismo en quien Dios habita por su Espíritu.

Así que, en vez de preguntarnos qué prefiere la gente cuando nos reunimos a adorar, deberíamos preguntarnos más bien qué ha revelado en su Palabra el Dueño de la casa acerca de cómo quiere ser adorado. Esa es la pregunta. Porque la meta no es satisfacer nuestras preferencias, nuestros gustos: es contemplar su hermosura en la persona de su Hijo, tal como se ha revelado en su Palabra. La verdadera adoración, mis amados hermanos, debe estar saturada y gobernada por las Escrituras.

II. La iglesia es la iglesia del Dios vivo

Pero Pablo no solo describe la iglesia como la casa de Dios, sino que nos dice también que la iglesia es la iglesia del Dios vivo, o del Dios que vive. Lo ven en el versículo 15: “Pero en caso que me tarde, te escribo para que sepas cómo debe conducirse uno en la casa de Dios, que es la iglesia del Dios vivo.”

Y yo creo que hay otro contraste aquí, probablemente: los creyentes en Éfeso estaban muy familiarizados con el fastuoso templo de Diana. Recuerdan en Hechos 19 cómo los que fabricaban templecillos de Diana se habían reunido y comenzaron a gritar “¡Grande es Diana de los efesios!” (Artemisa). Ese templo era una de las maravillas del mundo antiguo: medía aproximadamente 115 metros de largo por 55 de ancho, y estaba rodeado por más de un centenar de enormes columnas de mármol, muchas de ellas de unos 18 metros de altura. ¿Se lo imaginan? Era un edificio impresionante, en cuyo interior moraba un ídolo muerto, un dios inexistente. Y ahora Pablo le escribe a Timoteo, que está en la ciudad de Éfeso —probablemente Timoteo, cuando iba a reunirse con la iglesia, pasaba por el templo de Diana, quién sabe—. Y ahora Pablo le dice: “Timoteo, ¿sabes lo que es la iglesia? Es la iglesia del Dios vivo.”

Y otra vez, esa es una expresión que se usa repetidamente en el Antiguo Testamento para contrastar a Dios con los ídolos de las naciones. Ustedes conocen Jeremías 10, Salmo 115: los ídolos tienen boca, pero no hablan. El Dios vivo habla en su iglesia a través de su Palabra.

Miren, mis hermanos, yo creo que nosotros estamos tan acostumbrados a llamarle a este libro “la Palabra de Dios” que fácilmente podemos perder de perspectiva el hecho de que este libro es la Palabra de Dios. La Palabra de Dios viva y eficaz. Este libro está vivo. Como decía John Stott: “La Biblia es Dios predicando.” Este libro está vivo. Los ídolos no pueden hacer ni mal ni bien, pero en medio de la iglesia está el Dios vivo, que actúa salvando y transformando a su pueblo.

De manera, mis hermanos, que la iglesia no es un museo en el que se exhibe una reliquia llamada la Biblia. La iglesia no es un auditorio, la iglesia no es un teatro: es la casa donde el Dios vivo habla, actúa y gobierna. Por si estabas pensando en la cuenta que vas a tener que pagar el lunes: déjame repetirte eso otra vez. La iglesia es la casa donde el Dios vivo habla, actúa y gobierna a su pueblo por medio de su Palabra. Y eso tiene enormes repercusiones para nuestra adoración.

¿Qué es la iglesia?

Mis hermanos, ¿por qué tú vas a la iglesia los domingos? ¿Qué significa la palabra “iglesia”? En el griego antiguo es una asamblea, una asamblea debidamente convocada por las personas que podían convocar esa asamblea. Bueno, ¿qué es la iglesia? La iglesia es la asamblea de los redimidos del Cordero, convocada por Dios mismo, para que nosotros vengamos a encontrarnos con Él.

Muchas veces yo le digo a los hermanos de nuestra iglesia: mira, si el domingo, por alguna razón real, tú no puedes venir a congregarte como iglesia, no hay problema; solamente procura que sea Jesucristo el que acepte tu excusa. Porque no somos los pastores los que convocamos la reunión. La iglesia es la asamblea convocada por el Dios del cielo, para que su pueblo venga a congregarse en su presencia. Eso es la iglesia.

Bueno, mis hermanos, si Dios nos congrega en su casa para darse a conocer a su pueblo, y si Él ha determinado darse a conocer por medio de su Espíritu y de su Palabra, entonces, lógicamente, la Palabra debe gobernar todo lo que hacemos cuando nos reunimos como iglesia. Por eso decía hace un momento que la verdadera adoración debe estar saturada y gobernada por la Palabra de Dios. La leemos, la predicamos, la cantamos, la oramos, la simbolizamos a través de las ordenanzas del bautismo y de la Cena del Señor. La Palabra de Dios debe saturar nuestro servicio de adoración.

Pablo dice en Colosenses 3:16 que la palabra de Cristo debe habitar en abundancia en nosotros:

16 Que la palabra de Cristo habite en abundancia en ustedes, con toda sabiduría enseñándose y amonestándose unos a otros con salmos, himnos y canciones espirituales, cantando a Dios con acción de gracias en sus corazones.

Y obviamente todos sabemos que los cristianos debemos estar llenos de la Palabra de Dios. Pero Pablo no está hablando aquí del creyente individual: él está hablando de la iglesia corporativamente. Por eso sigue diciendo que la palabra de Cristo habite en abundancia en nosotros, con toda sabiduría, enseñándonos y amonestándonos unos a otros con salmos, himnos y canciones espirituales, cantando a Dios con acción de gracias en nuestros corazones. Pablo no está describiendo aquí lo que debe ocurrir en la vida privada del creyente; está describiendo una comunidad en la que la palabra de Cristo ha hecho su morada, y que llena de tal manera la vida del pueblo de Dios que determina incluso lo que se enseñan y se cantan unos a otros.

La música al servicio de la Palabra

Ayer, como no pude venir, me puse a escuchar las prédicas por YouTube, y Carlos hablaba de los hermanos a los que les gusta oír la música bien alta. A mí me encanta oír la música muy alta cuando voy solo en el carro —parezco un loco, porque voy oyendo a todo lo que da y dirigiendo, siempre voy dirigiendo, me encanta dirigir—. Pero, ¿saben qué? Tenemos que tener cuidado, porque si la función de la palabra cantada en la iglesia es que nosotros nos enseñemos, nos amonestemos, nos instruyamos mutuamente, la música instrumental no puede estar tan alta, no puede tener decibeles tan altos que la iglesia no se escuche cantando. Y eso es un principio: yo tengo que escucharte cantar, porque nos estamos enseñando mutuamente. Hay una dimensión vertical, obviamente, de la adoración —cantamos con gracia en nuestros corazones al Señor— pero nos estamos instruyendo, nos estamos amonestando, unos a otros, a través de la palabra cantada.

Y me llama la atención que Pablo use precisamente la palabra “habitar”. La iglesia, ya hemos dicho, es la casa donde habita Dios; y ahora Pablo está diciendo que la palabra de Cristo debe habitar abundantemente en esa casa. Mira, si hay algo que yo quiero que tú recuerdes cuando te vayas de aquí, de este sermón, es esto: la casa donde habita Dios debe estar llena de la voz de Dios. La casa donde habita Dios debe estar llena de la voz de Dios, o de lo contrario no hay adoración. ¿Cómo se produce la adoración? Dios habla primero, y la verdadera adoración es la respuesta de su pueblo a lo que Dios ha hablado, a lo que Él nos está revelando.

Seguramente el templo de Diana era mucho más impresionante que los lugares donde se congregaban estos creyentes en la ciudad de Éfeso en el primer siglo. Pero, otra vez, mi hermano: si tú vienes de una iglesia pequeña, ese templo espiritual, hecho de piedras vivas, insignificante a los ojos del mundo, era infinitamente más glorioso que el santuario pagano, porque allí habita el Dios vivo y verdadero. El poder de la iglesia nunca ha residido en la magnificencia de sus edificios, ni en la espectacularidad de su liturgia o de su música. El poder de la iglesia reside en la realidad de la presencia de Dios en medio nuestro, por medio de su Espíritu y de su Palabra.

En espíritu y en verdad

Cuando la mujer samaritana le preguntó a Jesús —en Juan 4, y ayer Miguel citó este texto— “Señor, ¿cuál es el lugar legítimo de adoración, es Gerizim o es Jerusalén?”, Jesús le dice: “Mujer, créeme, la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque ciertamente a los tales el Padre busca que lo adoren. Dios es espíritu, y los que lo adoran deben adorar en espíritu y en verdad.” La mujer samaritana quería saber cuál era el lugar correcto para encontrarse con Dios, y Jesús le hace ver que su venida ha introducido un cambio fundamental en la verdadera adoración. Ahora nos acercamos al Padre por medio de Jesús, por el poder del Espíritu Santo, y conforme a la verdad que Dios nos ha revelado plenamente en su Hijo.

Así que, cuando vengas el domingo a adorar, no pongas tu confianza en cómo te sientes, ni esperes que la música te ponga en el ánimo apropiado. Mira a Jesucristo. Recuerda que por su sangre Él es el Sumo Sacerdote en la casa de Dios; recuerda que por su sangre tienes entrada a la presencia de Dios. Mi hermano, pídele al Espíritu Santo que abra tus ojos para que puedas ver la gloria de Cristo revelada en su Palabra. No venimos al culto tratando de encontrar, o de crear, un encuentro con Dios; por medio de Cristo, y por su Espíritu, Dios ha abierto el camino para que pecadores como nosotros se acerquen a Él.

III. La iglesia es columna y sostén de la verdad

Pero Pablo no solamente define la iglesia como la casa de Dios y como la iglesia del Dios vivo, sino también, en tercer lugar, como columna y sostén de la verdad. Y estas dos metáforas arquitectónicas apuntan en la misma dirección. No voy a detallar ahora cuál es la idea de “columna” y cuál la de “sostén”; la idea es básicamente esta: Dios le ha confiado a su iglesia la responsabilidad de mantener en alto la verdad revelada, defenderla y transmitirla de una generación a la otra. Y esa es, de paso, una de las razones por las que la predicación de la Palabra debe ocupar un lugar central cuando la iglesia se congrega para adorar.

En la segunda carta que Pablo le envía a Timoteo, cuando Pablo ya está a punto de morir, hay una preocupación evidente de su parte por la preservación de la verdad de una generación a la otra. Y es en el contexto de esa preocupación que Pablo le dice, en 2 Timoteo 3:16:

16 Toda Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para reprender, para corregir, para instruir en justicia, 17 a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, equipado para toda buena obra. [4:1] En la presencia de Dios y de Cristo Jesús, que ha de juzgar a los vivos y a los muertos, por Su manifestación y por Su reino te encargo solemnemente: [4:2] Predica la palabra. Insiste a tiempo y fuera de tiempo. Amonesta, reprende, exhorta con mucha paciencia e instrucción.

O sea, toda la Escritura es exhalada por Dios, por el Dios vivo, y precisamente por eso la Palabra de Dios puede hacer lo que hace.

Me da pena, porque yo creo que el hecho de que 2 Timoteo termine —en el capítulo 3— en esa declaración sobre la inspiración de las Escrituras puede llevarnos a perder de vista la conexión con lo que sigue. Alguien decía que el que dividió la Biblia en capítulos iba sentado en un burro, y que donde el burro saltaba, ahí terminaba, ahí ponía el capítulo. Yo creo que el burro saltó en el lugar equivocado aquí, porque Pablo no termina de hablar de lo que viene diciendo en el capítulo 3. Él dice: “Timoteo, toda la Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para redargüir, para corregir; por tanto, te encarezco delante de Dios y del Señor Jesucristo, que juzgará a los vivos y a los muertos, en su manifestación y en su reino, que prediques la Palabra.”

Noten dónde Pablo coloca al predicador: en la presencia de Dios y de Cristo Jesús. En otras palabras, predicadores que están aquí, tú y yo, cuando nos paramos en el púlpito no solamente estamos predicando frente a una congregación: estamos predicando coram Deo, en la presencia misma de Dios. La predicación no es simplemente una charla bíblica, no es una exposición académica de un texto bíblico. Al abrir las Escrituras en la casa de Dios, el predicador está hablando al pueblo de Dios, de parte de Dios, y delante de Dios. ¡Qué responsabilidad!

Dice Henry Bullinger, en la Segunda Confesión Helvética, que sucedió a Zuinglio en Zúrich: “La predicación de la palabra de Dios es la palabra de Dios.” Déjame aclarar a qué se refiere Bullinger. ¿Qué está diciendo? ¿Que el predicador es inspirado por el Espíritu Santo? Por supuesto que no. Solo la Biblia es la Palabra de Dios —la palabra inspirada, inerrante, infalible, toda suficiente de Dios: solo la Palabra de Dios—. Pero lo que él está diciendo, mis hermanos, es que cuando la Biblia es fielmente expuesta, Dios mismo habla a su pueblo por medio de la proclamación de la Palabra.

Miren, hermanos, los que me conocen saben que Dios quiso alambrarme cuando nací con un buen sentido del humor. Pero cuando uno está en el púlpito, no viene ni para hablar de sí mismo, ni para ponerse de chistoso. Escuché una vez a un gran predicador que dijo: “No se puede ser profeta y payaso al mismo tiempo.” Esto es serio: nosotros estamos hablando de parte de Dios, y estamos hablando delante de Dios.

Ustedes recuerdan lo que Pablo les dice a los tesalonicenses: “Doy gracias a Dios sin cesar, de que cuando recibisteis la palabra de Dios que oísteis de nosotros” —Silvano, Timoteo, Pablo— “la recibisteis no como palabra de hombres, sino según es en verdad, la palabra de Dios.” Lucas 10: Cristo le dice a los setenta —no a los apóstoles, a los setenta— “el que a vosotros oye, a mí me oye, y el que a vosotros recibe, a mí me recibe.” La predicación de la Palabra de Dios es la Palabra de Dios.

Dado que la iglesia es la casa de Dios, la iglesia del Dios vivo, columna y sostén de la verdad, la predicación de la Palabra debe ocupar un lugar central en la reunión de la iglesia. Cuando el predicador explica fielmente lo que Dios ha dicho, la voz de Dios resuena en su casa a través de su Palabra.

El corazón de esa verdad

¿Y cuál es el corazón de esa verdad que la iglesia debe sostener y proclamar? Versículo 16: “E indiscutiblemente, grande es el misterio de la piedad: Él fue manifestado en la carne, vindicado en el Espíritu, contemplado por los ángeles, proclamado entre las naciones, creído en el mundo, recibido arriba en gloria.” La verdad que la iglesia proclama y defiende no es una colección de doctrinas desconectadas, sino que tiene en su centro el misterio del evangelio revelado en Cristo. “Grande es el misterio de la piedad.” Un misterio es una verdad que no puede ser conocida a menos que Dios la revele.

¿Por qué Pablo le llama “el misterio de la piedad”? Porque la verdadera piedad cristiana no nace simplemente de un conjunto de reglas de cómo debemos vivir, sino que brota de la verdad que Dios ha revelado acerca de Cristo. Mis hermanos, el evangelio no solo nos salva; el evangelio produce una nueva clase de vida en aquellos que creen. Y en estas seis líneas encontramos el corazón cristológico de esa verdad monumental que produce piedad en el pueblo de Dios: el Hijo de Dios encarnado, vindicado por el Espíritu, contemplado por ángeles, predicado y creído en el mundo, recibido arriba en gloria. Todo el servicio de adoración en la casa de Dios tiene en su centro este mensaje del evangelio, de la gloria de Jesucristo.

Cristo, el verdadero Betel

¿Recuerdan la escalera que Jacob vio en sueños, que conectaba la tierra con el cielo? Lo mencioné al principio; ahora vamos a cerrar aquí. En Juan 1:51, Cristo les revela a sus primeros discípulos que esa escalera apuntaba hacia Él:

51 También le dijo: «En verdad les digo que verán el cielo abierto y a los ángeles de Dios subiendo y bajando sobre el Hijo del Hombre».

En otras palabras, Cristo es el verdadero Betel. Él es el lugar de encuentro entre Dios y el hombre. De modo que lo que hacemos cuando nos congregamos siempre, siempre debe apuntar hacia Cristo. Queremos que Cristo sea visto, queremos que Cristo sea admirado. Nosotros venimos a la casa de Dios para encontrarnos con el Dios vivo y verdadero, que se revela en todo su esplendor en el rostro de Jesucristo —como dice Pablo en 2 Corintios 4:6—.

Conclusión

Así que, una vez más: hemos visto que la iglesia es la casa de Dios, la iglesia del Dios vivo, columna y sostén de la verdad. ¿Qué tiene todo eso que ver con nuestras reuniones corporativas de adoración?

Mis hermanos, a la hora de preparar el culto, la pregunta no es si será espectacular, llamativo o entretenido. Saben que hoy día, en algunas iglesias, cada vez se está predicando menos y leyendo menos la Biblia. ¿Por qué? Porque eso no es espectacular. Pero es el medio escogido por Dios. Dios quiere que su Palabra, en su casa, sea leída, cantada, orada, predicada y simbolizada. Eso es lo que Dios quiere.

Así que la pregunta no es, mi hermano —óyeme— cuando estés preparando el culto, cuando estés escogiendo los himnos, cuando estén escogiendo el orden del culto… Y por supuesto, en el Nuevo Testamento no hay un Levítico neotestamentario. ¿Qué quiero decir con eso? Que en el Nuevo Testamento no se nos dice cuántos himnos debemos cantar, si el culto debe empezar a las 10, si la prédica debe ser de 40 minutos, cuál es el orden. No, no, no: en el Nuevo Testamento no tenemos un Levítico. Pero eso no quiere decir que Dios haya dejado a nuestra propia imaginación cuáles son los elementos que vamos a usar en el culto cuando nos acercamos a Él.

Así que, cuando estemos preparando el culto, la pregunta es si lo que hacemos está realmente gobernado por la palabra de Cristo, y sirve al propósito para el cual Él reúne a su iglesia. Es Dios el que nos convocó, con un propósito. Dios ha ordenado la adoración en su casa, de tal manera que la Palabra habite abundantemente en nosotros, Cristo sea exaltado, y su pueblo responda con fe, arrepentimiento, gratitud, adoración, alabanza.

¿Saben lo que me agrada de esta enseñanza que estoy dando hoy? Que esto lo puede hacer cualquier iglesia, en cualquier parte del mundo. No importa que tenga 25 músicos o no tenga ninguno. Esto es súper simple: reúnanse, que Cristo los convocó para que se reúnan en la presencia del Señor, y la voz de Dios debe resonar. Si tienen 25 músicos, gloria al Señor. Si tienes un guitarrista que ni bien toca…

Providencialmente, hoy

Providencialmente —como me quedan unos minutos, déjenme tomármelos— hoy, 13 de agosto de 2026, nuestra iglesia cumple 48 años de existencia. Nos reunimos, hace 48 años, en la sala de mi casa: un grupito de 12 jóvenes que queríamos predicar el evangelio. Yo tenía 18 años. Le pedimos permiso a mi papá, le dijimos: “Papi, ¿tú nos permites que nos congreguemos aquí en la casa?” Me dijo que sí. Mi papá no era creyente, y yo no sé aquí en México, pero en República Dominicana las casas a veces tienen un bar, donde estaban las bebidas: ese era el púlpito. En serio, no estoy bromeando. Y como solo había dos que sabíamos tocar guitarra —el que me llevó al Señor, y yo— cuando él dirigía, yo tocaba, y cuando él tocaba, yo dirigía. Eso mismo, solo que mi amigo tocaba guitarra mucho mejor que yo, así que yo siempre le decía: “Óyeme, mira, escoge himnos que sean re, do, fa; no me lo compliques” —y a veces él mismo tenía que guiarme con la cabeza: “ahora va do, ahora va re”—.

Pero, ¿saben qué, mis amados hermanos? En ese lugar, en la sala de una casa, predicando desde un bar y con una guitarra mal tocada, nació una iglesia de Jesucristo. Porque eso es lo precioso de esto. “Pastor, pero es que yo no tengo para pagar un súper equipo de sonido.” No lo necesitas. Si lo tienes, amén; y si no lo tienes, también. Porque lo que hace gloriosa, maravillosa, majestuosa, extraordinaria a la congregación de los santos es que Dios está allí, mediada su presencia por Jesucristo. Eso es todo.

Así que, mi hermano, si esa es la pregunta que gobierna tu corazón, muchas de las discusiones sobre la adoración dejarían de ser una lucha por nuestras preferencias, y se convertirían en una búsqueda común por honrar al Dios vivo que habita en medio nuestro, por su Palabra y por su Espíritu.

A final de cuentas, el propósito de la adoración no es simplemente que hagamos correctamente las cosas como Dios ha mandado, como si eso fuera un fin en sí mismo. No: el propósito es contemplar la hermosura del Dios vivo en el rostro de Jesucristo, por medio de la adoración que Él mismo ha establecido en su bendita Palabra. Ese es el propósito. Que Dios bendiga su Palabra.

Padre, gracias te damos, Señor, porque tú no nos has dejado a oscuras con respecto a la adoración que a ti te agrada. Oh Padre bueno, bendice cada iglesia representada en este lugar, bendice cada una de las exposiciones que se van a hacer a lo largo de este día. Señor, instrúyenos por medio de tu Palabra, y sobre todas las cosas, oh Dios, abre nuestros ojos para que nosotros sigamos contemplando la gloria, la hermosura, la majestad de nuestro precioso y bendito Señor y Salvador Jesucristo, en cuyo nombre pedimos todas estas cosas. Amén y amén.


Nota sobre esta transcripción

Transcrita del audio de la conferencia Fieles 26 (whisper). A diferencia de otras charlas de esta conferencia, este archivo no tenía bucles ni errores graves de transcripción — solo se unificaron en párrafos los saltos de línea propios del habla oral, y las citas bíblicas leídas en voz alta se reemplazaron por el texto NBLA real del pasaje citado.

Predicador: no se identifica a sí mismo en el audio (las pistas — Santo Domingo, iglesia fundada hace 48 años en su sala a los 18 años, mención de “Miguel” citando Nadab y Abiú “ayer”— llevaron a identificarlo). Confirmado por Quique como Sugel Michelén.

Fecha exacta confirmada por el propio predicador: dice en el audio “hoy, 13 de agosto… del 2026”, coincidiendo con la fecha que ya se había fijado para esta charla.