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Querido Señor, te damos gracias por este tiempo, por esta conferencia; te damos gracias porque tú has hablado para que nosotros sepamos quién eres, para conocerte, Señor, verdaderamente, como te has revelado. Y ahora pedimos, Señor, revela tu gloria en la cara de tu Hijo, Cristo Jesús, a través de las páginas de las Escrituras y el ministerio del Espíritu Santo. Estés, Señor, con mi boca; estés, Señor, con nuestros oídos. En el nombre de Jesucristo oramos, amén.
Paul Tripp escribió el libro El llamamiento peligroso, para advertir a pastores y a los que aspiran a ser pastores que la cultura que rodea a los pastores es a menudo espiritualmente insalubre; es decir, un entorno que socava activamente el bienestar y la eficacia de los líderes de la iglesia, y por lo tanto de todo el cuerpo de la iglesia. Cuando alguien escribe un libro, busca a personas con influencia para endosarlo, para tratar de comunicar que este libro sería bueno para otros leerlo. Lamentablemente, dos de los seis pastores que respaldaron ese libro ya no están en el ministerio, debido al pecado descalificador. Hay un libro útil que lo escribió el pastor Greg Gilbert, que se llama Qué es el evangelio: diecisiete pastores o líderes de ministerios respaldaron este libro, y seis de ellos ya no están en el ministerio debido al pecado descalificador.
¿Qué pasó con aquellos que alguna vez fueron líderes, pastores respetados, pero cayeron en el pecado? No sucedió en un momento, no fue algo inmediato; sucedió sobre un tiempo largo. Es posible que la carga del ministerio dio paso a no pasar tiempo en comunión con Jesús; a lo mejor su prominencia y plataforma dio paso a pensar más alto de sí mismos de lo que debían; o posiblemente el orgullo dio paso a excusar el pecado. De todas formas, con el tiempo bajaron la guardia y vivieron una vida de pecado habitual y descalificador. Y tú, hermano —estás en el principio de tu ministerio, aspirando a ser pastor: piensa, pregúntate, ¿cómo terminarás? ¿Estás en medio de tu ministerio? ¿Cómo te va, cómo andas? ¿Estás al final de tu ministerio? ¿Cómo perseveras para terminar bien?—. Cada uno de nosotros estamos a una mala decisión, a un clic del mouse, a un simple acto de instancia, de desastre y de destruir nuestras vidas: entendamos, cada uno de nosotros, que no somos más que una decisión, un clic, de distancia del desastre.
Ayer Mike Bullmore nos recordó la prioridad de la piedad; Dios enfatiza el carácter sobre la competencia. ¿Cómo buscarás la piedad, y cómo lucharás contra el pecado, para terminar bien? Ese es el argumento que yo quiero presentar en este momento: si vamos a buscar la piedad, necesitamos matar el pecado, porque si no, el pecado nos matará a nosotros. Esa es una cita directamente de John Owen, que escribió un libro acerca de la mortificación del pecado: necesitamos matar el pecado, o el pecado nos va a matar a nosotros.
Quiero desarrollar este argumento en tres partes: número uno, el poder de la piedad; número dos, la práctica de la piedad; número tres, las bendiciones de la piedad. Número uno, el poder de la piedad: vamos a hablar del Espíritu Santo. La práctica de la piedad: vamos a hablar un poquito de obediencia, pero más de cómo matar al pecado. Y las bendiciones de la piedad: quiero destacar dos bendiciones de la búsqueda de la piedad. Vamos a Romanos 8:1 al 17, y vamos a leer juntos —yo leo, ustedes escuchan, por favor—; pero vamos a ponernos de pie para honrar la palabra verdadera de nuestro Señor.
1 Por tanto, ahora no hay condenación para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne sino conforme al Espíritu. 2 Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús te ha libertado de la ley del pecado y de la muerte. 3 Pues lo que la ley no pudo hacer, ya que era débil por causa de la carne, Dios lo hizo: enviando a Su propio Hijo en semejanza de carne de pecado y como ofrenda por el pecado, condenó al pecado en la carne, 4 para que el requisito de la ley se cumpliera en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu. 5 Porque los que viven conforme a la carne, ponen la mente en las cosas de la carne, pero los que viven conforme al Espíritu, en las cosas del Espíritu. 6 Porque la mente puesta en la carne es muerte, pero la mente puesta en el Espíritu es vida y paz. 7 La mente puesta en la carne es enemiga de Dios, porque no se sujeta a la ley de Dios, pues ni siquiera puede hacerlo, 8 y los que están en la carne no pueden agradar a Dios. 9 Sin embargo, ustedes no están en la carne sino en el Espíritu, si en verdad el Espíritu de Dios habita en ustedes. Pero si alguien no tiene el Espíritu de Cristo, el tal no es de Él. 10 Y si Cristo está en ustedes, aunque el cuerpo esté muerto a causa del pecado, sin embargo, el espíritu está vivo a causa de la justicia. 11 Pero si el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en ustedes, el mismo que resucitó a Cristo Jesús de entre los muertos, también dará vida a sus cuerpos mortales por medio de Su Espíritu que habita en ustedes. 12 Así que, hermanos, somos deudores, no a la carne, para vivir conforme a la carne. 13 Porque si ustedes viven conforme a la carne, habrán de morir; pero si por el Espíritu hacen morir las obras de la carne, vivirán. 14 Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, los tales son hijos de Dios. 15 Pues ustedes no han recibido un espíritu de esclavitud para volver otra vez al temor, sino que han recibido un espíritu de adopción como hijos, por el cual clamamos: «¡Abba, Padre!». 16 El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios. 17 Y si somos hijos, somos también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, si en verdad padecemos con Él a fin de que también seamos glorificados con Él.
Amén, se pueden sentar.
Uno: el poder para la piedad (versículos 1-11)
En los versículos 1 al 8 vemos que Dios nos ha librado del poder del pecado y de la muerte. Aquí, en el versículo 1, vemos una promesa: ahora ya no estamos bajo condenación. «Por tanto» —eso quiere decir que sigue el argumento de Pablo—: la ley condena, Romanos 5:16 y 18. Por ejemplo, si yo estoy manejando —por lo menos en los Estados Unidos, que es el contexto mío— y el límite dice 55 millas por hora, y yo voy a 75, si yo no veo el límite en la carretera, y soy ignorante del límite, yo no creo que estoy rompiendo la ley; pero si veo el límite y dice 55, y yo voy a 75, ahora ese límite, esa ley, me ayuda a entender que estoy rompiendo la ley, que estoy contra la ley de la ciudad o del estado. La ley condena de la misma manera; dice Pablo en Romanos capítulo 7: «yo no sé qué es el pecado a menos que Dios haya revelado su estándar». El poder del pecado es la ley, dice Pablo en primera de Corintios 15:56.
56 El aguijón de la muerte es el pecado, y el poder del pecado es la ley;
Pero Dios nos ha librado del poder del pecado y de la muerte, versículo 2. ¿Cómo? Aquí vemos el medio: en Cristo Jesús, a través del Espíritu Santo. Romanos 8, versículo 3: «pues lo que la ley no pudo hacer» —la ley no tenía poder de justificarnos, la ley no tenía poder para hacernos obedecer a Dios—, «lo que la ley no podía hacer, ya que era débil por causa de la carne, Dios lo hizo, enviando a su propio Hijo en semejanza de carne de pecado, y como ofrenda por el pecado, condenó el pecado en la carne». La ley no podía justificar, porque no podíamos obedecerla; así Dios envió a Cristo Jesús para recibir nuestra condenación. Jesús cumplió la ley de dos maneras: Jesús cumplió la ley obedeciéndola perfectamente, y recibió en su cuerpo la condenación de la ley; él cumplió la ley de esa manera.
Pero ahora también dice Pablo, en el versículo 4: «para que el requisito de la ley se cumpliera en nosotros». Y yo entiendo que lo que Pablo está diciendo no es nada más que Jesús cumplió la ley obedeciéndola, recibiendo la condenación; sino que, porque Jesús cumplió la ley, y ahora nosotros estamos en Cristo y hemos recibido el Espíritu, ahora nosotros podemos obedecer a Dios, podemos cumplir el requisito de la ley, que es la obediencia, «que no andamos conforme a la carne sino conforme al Espíritu». Ahora, por fe, estamos unidos a Cristo, estamos en Cristo; nuestro pecado, nuestra condenación, está contada a Cristo, y nosotros somos perdonados por Cristo, por su sacrificio; y en Cristo recibimos el Espíritu prometido, que nos fortalece para la piedad. Eso es bueno: Dios nos ha dado todo lo que necesitamos para fe, para vida, para la piedad; él nos ha dado todo lo que él requiere de nosotros, él nos lo ha dado en Cristo Jesús. Así es como el justo requisito de la ley se cumple en nosotros: todos los que creen en Jesús son liberados del poder del pecado; todos los que creen en Jesús reciben el Espíritu, que nos fortalece para la obediencia.
¿Crees este evangelio? ¿Crees este evangelio? ¿Crees este evangelio? Ya no hay condenación; pero no nada más «no hay condenación», hay poder para obedecer. Es posible agradecer a Dios porque él nos ha dado todo lo que él requiere de nosotros; porque estamos unidos a Cristo, ya no somos condenados. ¿Entiendes lo liberador que es esta verdad? Este evangelio nos libera para descubrir nuestros pecados ante Dios; cuando pecamos, generalmente, naturalmente, ¿qué es lo que queremos hacer? Queremos hacer lo mismo que hizo Adán en el huerto: escondernos de Dios. Pero porque ya no hay condenación, cuando pecamos podemos ir a Dios, podemos correr a Dios, podemos descubrir nuestros pecados y pedir perdón; nos libera para confesar nuestros pecados y pedir perdón a aquellos contra quienes hemos pecado. No nada más escondemos los pecados de Dios, sino también unos a otros; porque ya no hay condenación, podemos ir unos a otros y confesar nuestros pecados y pedir perdón; podemos arrepentirnos, porque sabemos que no hay condenación, porque Cristo ha recibido la condenación de nosotros. También nos libera para invitar a otros a ayudarnos a luchar contra el pecado.
Yo sé que ustedes, pastores, predican este evangelio en sus iglesias regularmente; pero déjenme preguntar: ¿ustedes se predican este evangelio a ustedes mismos, en sus hogares, con sus hijos? Ya que creen este evangelio, entonces vivan en el poder del Espíritu Santo; eso es lo que Pablo está ayudándonos a entender: nosotros buscamos la piedad en el poder del Espíritu Santo.
Aquí vemos el poder para la piedad en los versículos 5 al 11: aquellos que continúan viviendo bajo el poder y la guía de la carne serán condenados, y la condenación es la muerte —versículo 5, «porque los que viven conforme a la carne ponen la mente en las cosas de la carne, pero los que viven conforme al Espíritu, en las cosas del Espíritu; porque la mente puesta en la carne es muerte, pero la mente puesta en el Espíritu es vida y paz; la mente puesta en la carne es enemiga de Dios, porque no se sujeta a la ley de Dios, pues ni siquiera puede hacerlo, y los que están en la carne no pueden agradar a Dios»—. En nuestra naturaleza pecaminosa no podemos agradar a Dios, no podemos obedecer la ley de Dios, estamos bajo condenación; el pecado entró al mundo a través de un hombre, Adán, y la muerte entró en el mundo a través del pecado. Eso lo dice Pablo en Romanos capítulo 5. Esto sirve como advertencia para aquellos que continúan en el pecado; esto describe el mundo entero, todos nosotros nacimos de esta manera. Pero aquellos que viven bajo el poder y la guía del Espíritu se caracterizan por la piedad, y recibirán vida.
Aquí vemos la diferencia entre aquellos que viven bajo el poder de la carne y aquellos que viven bajo el poder del Espíritu Santo; una vida piadosa es el fruto de nuestra unión con Cristo. Esto sirve como ánimo: nosotros no buscamos la piedad en nuestra propia fuerza y poder; entendamos, no es la fuerza y el poder de nosotros lo que nos lleva a la piedad, porque estamos en Cristo, tenemos el Espíritu, y pertenecemos a Dios. Porque estamos en Cristo, recibiremos vida eterna, la resurrección; eso es lo que vemos en el versículo 9: «sin embargo, ustedes no están en la carne sino en el Espíritu». Pablo está tratando de animarlos. Recuérdense lo que dijimos en el panel: mucho de la lucha contra el pecado es luchar por creer la verdad de quién es Dios, qué ha hecho para con nosotros en Cristo, y ahora quiénes somos en Cristo. Y Pablo está tratando de ayudarlos a entender: si tu vida está caracterizada por el pecado, no estás caminando bien, y si sigues en ese camino, lo que revela es que no estás en Cristo. Pero ustedes están en Cristo, ustedes ya no están bajo el poder de la carne, ustedes tienen el Espíritu.
«Sin embargo, ustedes no están en la carne, sino en el Espíritu, si en verdad el Espíritu de Dios habita en ustedes; pero si alguien no tiene el Espíritu de Cristo, el tal no es de él. Y si Cristo está en ustedes, aunque el cuerpo esté muerto a causa del pecado, sin embargo el espíritu está vivo a causa de la justicia; pero si el Espíritu de aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en ustedes, el mismo que resucitó a Cristo Jesús de entre los muertos también dará vida a sus cuerpos mortales por medio de su Espíritu que habita en ustedes». Entendamos lo que está pasando aquí: el que resucitó a Cristo nos resucitará a nosotros si estamos en Cristo; tenemos la promesa del nuevo pacto, del perdón, de un nuevo corazón, del Espíritu de Dios, y la evidencia de que somos en Cristo, de que estamos en Cristo y que tenemos su Espíritu, es que vivimos bajo la influencia del Espíritu. Y si estamos en Cristo y tenemos el Espíritu, él nos resucitará; esa es la vida que esperamos. Cuando Pablo, en Filipenses, habla de que él dejó todo y estaba buscando la meta, la meta de Pablo era la resurrección; eso es lo que él quería, conocer a Jesús y su resurrección; esa es la vida eterna que buscamos y que esperamos.
Pero los que siguen bajo el poder de la carne, lo que reciben es la condenación, la muerte eterna. Muerte o vida: el pecado nos lleva a la muerte, y en Cristo, guiados por el Espíritu, nos lleva a la vida; hay dos caminos nada más. Aquellos que viven bajo el poder y la guía del Espíritu se caracterizan por la piedad, y recibirán vida eterna. Recuérdense que no buscamos la piedad en nuestra propia fuerza y poder, pero estamos en Cristo, y en Cristo recibiremos vida eterna, la resurrección.
Dos: la práctica de la piedad (versículos 12-14)
Pero ¿cómo buscamos y practicamos la piedad en el poder del Espíritu? Eso nos trae a la segunda parte del argumento: la práctica de la piedad. En Romanos 8, versículos 12 al 14, vemos dos maneras en que debemos practicar la piedad en el poder del Espíritu Santo.
Número uno: la obediencia, impulsada por la fe y empoderada por el Espíritu Santo. Regresamos al versículo 4: «para que el requisito de la ley se cumpliera en nosotros»; el requisito de la obediencia ahora se puede cumplir en nosotros porque tenemos un nuevo corazón, somos librados del poder del pecado, y tenemos el Espíritu Santo, y podemos obedecer y agradar a Dios. Mike abordó esta práctica en su mensaje de esta tarde; volveré a esto en un momento.
La segunda manera en que debemos practicar la piedad en el poder del Espíritu es la mortificación del pecado, impulsada por la fe y fortalecida por el Espíritu Santo. En los versículos 12 al 13 dice Pablo: «así que, hermanos, somos deudores, no a la carne, para vivir conforme a la carne; porque si ustedes viven conforme a la carne, habrán de morir; pero si por el Espíritu hacen morir las obras de la carne, vivirán». Necesitamos matar el pecado, o el pecado nos matará a nosotros. Porque ya somos liberados del poder del pecado y de la muerte, ya no estamos obligados a vivir bajo la influencia de la carne con sus deseos pecaminosos. Recuérdense lo que dijo Pablo anteriormente, en los versículos 5 al 8: los que están en Adán, los que están en la carne, no pueden obedecer, no pueden agradar a Dios; pero nosotros, que estamos en el Espíritu, estamos liberados del poder de la ley y de la muerte, y ahora no estamos obligados a obedecer a la carne. Y si vives bajo la influencia de la carne, demuestras que no estás en Cristo, y serás condenado —y quiero clarificar: no si pecamos, porque sabemos que todos los cristianos todavía luchamos con el pecado, y pecamos; algunas veces los cristianos pecan grandemente— pero si la vida está caracterizada por el pecado contra Dios, Pablo está diciendo que esa vida caracterizada por el pecado bajo el poder de la carne va a terminar en la muerte.
Versículos 13 y 14, dice Pablo: «pero si por el Espíritu hacen morir las obras de la carne, vivirán, porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, los tales son hijos de Dios». Debido a que somos hijos de Dios por fe en Cristo, y estamos fortalecidos por el Espíritu, podemos matar el pecado. ¿Entendemos, hermanos? Podemos matar el pecado; no necesitamos seguir viviendo en la carne, somos liberados del poder de la carne, somos liberados del poder de la ley y la muerte; ahora podemos, en Cristo, obedecer y agradar a Dios, ahora podemos, en Cristo y en el poder del Espíritu Santo, por fe, matar al pecado.
¿Qué significa «matar el pecado»?
Pero ¿qué significa matar el pecado? Es fácil usar la palabra, pero ¿qué significa la mortificación, matar el pecado? Para entender, algunas veces lo que necesitamos hacer es entender lo que algo no es: matar el pecado no es darle muerte de alguna manera definitiva. Nosotros siempre vamos a luchar contra el pecado; no vamos a llegar a un momento en el que matemos el pecado y ya no tengamos que batallar contra él. No hay victoria sobre el pecado que termine nuestra batalla de este lado del cielo, y no hay madurez que alcancemos que nos libre de la batalla de este lado del cielo; la carne ha sido crucificada, pero debemos seguir dándole muerte.
Entonces, ¿qué significa matar nuestro pecado? En su tratado de la mortificación del pecado en los creyentes, el puritano John Owen proporciona algunas ideas útiles; voy a compartir tres ideas que él comparte.
Número uno: matar el pecado consiste en un debilitamiento habitual del pecado. En Romanos 7 la Biblia personifica el pecado. Entonces, ¿cómo matamos el pecado? Lo privamos de lo que le da poder, de lo que le da vida; es decir, quitarle o sacarle la sangre al pecado, o el oxígeno al pecado. ¿Con qué pecados o tentaciones tú luchas? ¿Le estás dando oxígeno a esos pecados, o le estás quitando el oxígeno? ¿Qué pasiones pecaminosas específicas te controlan? ¿A menudo estás soplando aliento a esos pensamientos, o le estás quitando el oxígeno? Piensa en lo que le da el oxígeno, el poder, la vida a tus deseos pecaminosos; ¿cómo puedes privar a tus pasiones del oxígeno o la sangre que necesitan para sobrevivir? Matar el pecado consiste en un debilitamiento habitual del pecado.
Segundo: matar el pecado consiste en luchar constantemente contra el pecado. Es una batalla que nunca termina, hasta que ya no tengamos aliento, o que Jesús regrese. Ustedes conocen a su enemigo; entiendan el pecado como su enemigo, entiendan las maneras de actuar de su enemigo, entiendan sus pecados y sus tentaciones, sus métodos, sus ventajas, cómo triunfa. Conozca a su enemigo, odie a su enemigo, haga guerra constante contra su enemigo; eso es lo que requiere matar el pecado.
Y número tres: matar el pecado consiste en victorias frecuentes. No matamos el pecado de una vez por todas; sin embargo, a medida que crecemos en gracia y fe, deberíamos ver más y más éxito. ¿Estás viendo victoria en tu lucha contra el pecado, hermano? ¿Estás viendo victoria en tu lucha contra el pecado, hermana? En las palabras de Owen: mata el pecado, o él te matará a ti.
Siete sugerencias para matar el pecado
¿Cómo matamos el pecado? Aquí sigo bajo la influencia de John Owen; quiero dar siete sugerencias de cómo matar el pecado.
Número uno: busque desesperadamente la comunión personal con Cristo Jesús. Hemos hablado de eso en unas cuantas maneras ya en el tiempo de nosotros. John [Owen] dice que para matar el pecado hay que ser cristiano; eso es lo que dice ahí, en los versículos 6 al 10: tenemos una relación personal con el Dios viviente. Somos más susceptibles a caer en pecado cuando descuidamos la comunión con nuestro Señor. Llegamos a conocer a alguien en una relación personal al pasar tiempo con esa persona; cuando yo conocí a mi esposa, Jeanine, yo no sabía mucho de ella, pero ahora que somos casados 34 años, ahora yo sé mucho más de ella, y parte de mantener esa relación es mantener esa comunión con ella: escuchándola, ella creciendo en el conocimiento de mí y yo de ella. Jesús es un Dios personal, el Dios trino es un Dios personal, y necesitamos estar en comunión con nuestro Señor. ¿Pasan tiempo con el Señor Jesús, o nada más lo buscan cuando lo necesitan? ¿Tienen tiempo —como dijo Mike— separado para estar en comunión con Cristo Jesús? Mike dijo que necesitamos identificar un tiempo, un lugar, un plan y un método. Yo leí un libro una vez, acerca de artistas escritores y de sus hábitos, porque muchas personas creen que los artistas reciben inspiración y escriben un libro en una semana, o pintan una pintura por inspiración; pero el argumento del libro es que los artistas tienen hábitos, tienen rutinas, tienen ritmos: se levantan a la misma hora, van al mismo lugar a esa hora, y hacen las mismas cosas. Es increíble; y nosotros somos creados por Dios personas enteras, y es interesante cómo, cuando nos levantamos a la misma hora, o hacemos algo a la misma hora en el mismo lugar, nuestro cerebro dice: «ah, ese es el tiempo para leer la Biblia y para orar». Es interesante cómo se forma el hábito; es posible que la noche sea mejor para ti, porque trabajas por la mañana, o al revés; pero para mí, yo me levanto a la misma hora, tomo mi café, voy a mi lugar, me siento ahí a leer. Yo tengo un plan sencillo, y eso es importante: tener un plan sencillo que puedas cumplir, y estar ahí con Cristo Jesús, y —como dijo Mike— pidiéndole al Espíritu Santo que ilumine la palabra, que el Dios verdadero y vivo te hable a ti, lo que le agrada a él. Necesitamos estar en comunión con Cristo Jesús. Si es así, ¿cómo es tu comunión personal con Jesús? Conocemos a Jesús a través de su palabra; me gustó lo que dijo Mike esta tarde: escriban versículos que puedan usar como armas contra el pecado y contra Satanás; cuando vengan esas tentaciones, saquen esos versículos. Y pasamos tiempo con Jesús en oración; a medida que pasamos tiempo con Dios nos enamoramos cada vez más y más de él. Busque desesperadamente la comunión personal con Jesús.
Número dos: cree con confianza en las promesas de Dios. La promesa aquí, en el versículo 1: «ya no hay condenación» es una promesa. Ya hemos visto en segunda de Pedro capítulo 1, versículos 3 y 4, que Dios ya nos ha dado todo lo que necesitamos para la vida y la piedad a través del conocimiento de él; y cuando conocemos a Dios mismo, entendemos sus promesas, conocemos sus promesas, conocemos quién es Dios, su carácter, su voluntad, y creemos en Dios. Una de las maneras en que estamos batallando contra el pecado es creyendo en Dios y creyendo en sus promesas; y cuando la fe de nosotros es muy débil para creer sus promesas, necesitamos creer sus advertencias, porque las advertencias de Dios también son guías para nosotros en la batalla contra el pecado. Satanás nos tienta a desobedecer con promesas que compiten con nuestro gozo; entendemos, hermanos, que Satanás no nos trae algo que no nos atraiga: Satanás trae promesas para nuestro gozo que compiten con las promesas que Dios nos da para nuestro gozo, y la lucha es una lucha de fe: ¿a quién vamos a creer? Vamos a creer a Dios y sus promesas para nuestro gozo, o vamos a creer a Satanás y sus promesas para nuestro gozo. Es una lucha de fe; Dios nos ha dado todo lo que necesitamos. ¿En qué promesas tú estás creyendo, en las de Satanás o en las de nuestro Señor? La lucha contra el pecado es una lucha de fe, y la fe en el Dios de las promesas alienta la obediencia; hermanos, tenemos que conocer a Dios, y tenemos que creer a Dios.
Número tres: practica diligentemente la obediencia. Puesto que tenemos el Espíritu, estamos capacitados para obedecer; ya lo hemos visto. John Owen dice que la ira y el predominio de un pecado en particular es comúnmente el fruto y resultado de un proceder descuidado y negligente en general. Si amamos a Jesús, obedeceremos sus mandamientos; si amamos a Jesús, obedeceremos sus mandamientos, todo lo que Jesús manda —eso es parte de la Gran Comisión, «enséñales a guardar todo lo que yo les he mandado»—. La obediencia requiere despojarnos de todo peso, como hablaba Carlos anteriormente: todo lo que nos pesa, todo lo que nos detiene para correr libremente, nos tenemos que despojar. Y hay cosas que no son pecado, que pesan, y que nos están atrasando en la carrera del cristianismo: piensa con qué te entretienes, qué estás leyendo, qué estás escuchando, qué música, qué estás viendo. En Filipenses 4, Pablo dice:
8 Por lo demás, hermanos, todo lo que es verdadero, todo lo digno, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo honorable, si hay alguna virtud o algo que merece elogio, en esto mediten.
Hay cosas que no son pecado, no son malas necesariamente, pero nos han empantanado en la carrera; estamos gastando tiempo en cosas que no traen gloria a nuestro Señor. Pero también hay pecados: ¿hay áreas en tu vida en las que no estás obedeciendo a Jesús? Por fe, y en el poder del Espíritu, obedece a Jesús; pídele a Dios sabiduría para discernir lo que él requiere de nosotros, como dijo Mike, lo que le agrada al Señor.
Número cuatro: pídele al Espíritu Santo que exponga tus debilidades, tentaciones e inclinaciones pecaminosas. Déjame decirlo de nuevo: pídele al Espíritu Santo que exponga tus debilidades, que te deje saber qué es lo que te tienta, cuál es tu inclinación pecaminosa, o tus inclinaciones pecaminosas. Pide al Espíritu Santo que te abra los ojos espirituales para que puedas ver lo que viene contra ti. El Espíritu va a usar la palabra de Dios —por eso es que la comunión es importante también— y el Espíritu usa a tu familia, a tu esposa o a tu esposo, porque hay muchas veces que nosotros mismos tenemos puntos ciegos, y creemos más de nosotros de lo que es verdad. Yo necesito rebajar como veinte libras; tenemos un espejo muy grande en el baño de nosotros, y mi esposa y yo nos preparamos por el día cada mañana, y yo, cuando estoy al frente del espejo, digo «ah, no está tan mal»; y después veo una foto y digo «pero, ¿quién es ese?». Necesitamos la ayuda de otros, de otras personas; hermanos jóvenes, solteros, si es la voluntad de Dios que se casen, busquen una mujer que no esté impresionada contigo: mi esposa no está impresionada conmigo, ella no dice, cuando yo llego del trabajo, «ay, Juan, mi señor», ella dice «¿pero dónde has estado, estás tarde?». Y ustedes, hermanos pastores que son casados, ya saben, yo ya nunca le pregunto a mi esposa qué pensó del sermón, porque ella no tiene misericordia. Pero los hijos son mejor, porque tampoco están impresionados con nosotros.
Pero también necesitamos otros hermanos y hermanas en nuestras vidas. Había un tiempo cuando yo estaba obrando en el ministerio de jóvenes, y estábamos manejando un campamento, y yo estaba en la van del frente —teníamos como cuatro camionetas— y el jefe de los diáconos, cuando paramos por un momento, vino a mí, puso su mano alrededor de mí y me dijo: «Juan, mi hijo Philip tiene dieciséis años, y él te ama, y él te mira a ti como un modelo; y él está aprendiendo a manejar, y tú estás manejando muy rápido, ¿y qué le voy a decir, si tú eres el ejemplo para él?». Necesitamos ese tipo de hermanos que nos aman y que nos comparten la verdad en amor, porque muchas veces tenemos puntos ciegos y no podemos ver nuestras mismas debilidades, lo que nos tienta, las inclinaciones pecaminosas. Pero cuando conocemos nuestras vulnerabilidades, estaremos mejor equipados para luchar contra el pecado. Así que pídele al Espíritu que te exponga estas cosas.
Número cinco: pídele al Espíritu que te impresione con la culpa, el peligro y la maldad de tu pecado. Es decir, pide al Espíritu Santo que te enseñe lo que va a pasar si pecas; como padres hacemos esto con nuestros hijos, ¿no? «Mira, hija, si tú sigues por ese camino, eso es lo que va a pasar». Yo siempre le hablaba con mis hijas, y les pedía que fueran honestas conmigo, y les decía: «por favor, díganme lo que necesitan decirme a mí, no escondan nada, porque yo voy a saber» —era una manera de decirles que podían venir a mí, que tenían esa libertad—. Y nosotros necesitamos que el Espíritu Santo nos abra los ojos, que nos enseñe lo que va a pasar, la culpa que Satanás va a traer contra nosotros si pecamos, el peligro de nuestro pecado. ¿Cómo puede un solo pecado arruinarte? ¿Cómo puede un solo pecado arruinarme a mí? Recuérdense, estamos a una mala decisión, o un clic del mouse, de destruir nuestras vidas; y debemos pedirle al Espíritu Santo que nos ayude a ver la maldad del pecado. Todo pecado es contra un Dios santo, y nuestro pecado entristece al Espíritu Santo, y también daña nuestras relaciones con los demás, y también nos daña a nosotros mismos.
Número seis: vamos a pecar, y cuando peques, corre hacia Dios y descubre tu pecado. Cuando peques, corre a Dios; él te recibe como un padre que te ama. Cuando mis hijas ya estaban en la universidad —y gracias a Dios todas están siguiendo al Señor, por la gracia de Dios— pero cuando ellas estaban en la universidad, que quedaba como a una hora de nosotros, yo le dije a cada una de ellas: «mira, si te encuentras en una ocasión en la que has hecho algo malo, o has pecado de una manera que te va a avergonzar, yo quiero ser tu primera llamada; no quiero que te avergüences de tal manera que no pidas mi ayuda». Y si yo, como un ser humano pecaminoso, amo a mis hijas de esa manera, ustedes no saben cómo el Dios Padre celestial de nosotros te ama a ti. No te escondas como Adán, corre a Dios; él ya te ha perdonado en Cristo, él te ha librado del poder de la ley y de la muerte, ya no hay condenación. Así que corre a nuestro Dios, nuestro Padre celestial.
Y número siete: descansa en el amor de Dios. Descansa en el amor de Dios; nuestro Padre celestial nos ama —versículo 14, «porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, los tales son hijos de Dios»—; nada nos separará de su amor por nosotros en Cristo Jesús. Lean el resto del capítulo 8, del versículo 31 al 39; memoricen Romanos 8:31-39: nada nos separará del amor que Dios tiene para con nosotros en Cristo Jesús. Necesitamos matar al pecado, si no nos matará a nosotros.
Tres: las bendiciones de la piedad (versículos 15-17)
Por fin, y terminamos aquí: dos bendiciones de la piedad.
Número uno: la seguridad de nuestra salvación, versículos 15 y 16: «pues ustedes no han recibido un espíritu de esclavitud para volver otra vez al temor, sino que han recibido un espíritu de adopción como hijos, por el cual clamamos: “¡Abba, Padre!”; el Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios». La obediencia, la búsqueda de la piedad, nos da seguridad de que somos hijos de Dios, porque eso nos ayuda a ver que tenemos el Espíritu de Dios; porque sin el Espíritu de Dios no podemos obedecer, no podemos matar nuestros pecados. Y el Espíritu que recibimos en la conversión testifica con nuestro espíritu que Dios es nuestro Padre, y esa es la seguridad real y experiencial que tenemos en Cristo Jesús, y viene por el ministerio del Espíritu Santo.
El Espíritu testifica de varias maneras: nuevamente, la palabra y las promesas de Dios —mírenlas—; el Espíritu también produce fruto en nosotros, fruto del Espíritu Santo, autocontrol creciente, victoria sobre el pecado; el Espíritu cultiva el amor de Dios en nosotros, que experimentamos, Romanos 5:5.
5 Y la esperanza no desilusiona, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que nos fue dado.
Entonces, cuando oramos al Padre, el Espíritu confirma que somos hijos de Dios, porque venimos como hijos adoptivos en Cristo; y cuando el Padre responde nuestras oraciones, el Espíritu testifica que el Padre nos ama a nosotros. Tenemos esta seguridad en Cristo.
Y debido a que somos hijos de Dios por adopción, tenemos una herencia futura; y eso lo vemos en el versículo 17: «y si somos hijos, somos también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, si en verdad padecemos con él a fin de que también seamos glorificados con él». ¿Saben cuál es nuestra herencia? Dios; obtenemos a Dios, lo cantamos: él es nuestro Dios y somos su pueblo. Pero también, como estamos en Cristo, somos herederos con Cristo, y poseemos todas las riquezas de Cristo.
He tomado mucho tiempo, gracias por su paciencia. ¿Qué pasó con aquellos hombres que endosaron aquellos libros que se cayeron? Yo estaba buscando ayer esos mismos libros, las ediciones; ¿saben lo que pasó con esos hombres? Borraron sus nombres, borraron sus nombres de esos libros. Pero, hermanos y hermanas, si estás en Cristo, tu nombre está escrito en el libro de la vida del Cordero, y nunca se borrará. Debido a que estamos en Cristo, nada, pero nada, nos separará del amor de Dios por nosotros. Vamos a orar.