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La palabra de Dios es particularmente efectiva en la santificación
La palabra de Dios es particularmente efectiva en la santificación. Dios le ha dado a su palabra, a este libro, una efectividad particular. Yo pienso en lo que dijo Moisés en Deuteronomio capítulo 8, ¿se acuerdan? Él le recordó al pueblo que todo el tiempo que pasaron en el desierto, Dios siempre les proveyó para sus necesidades físicas; cada día les proveyó para su apetito físico. Pero en Deuteronomio 8, Moisés les recuerda que el Señor hizo eso para enseñarles algo:
3 Él te humilló, y te dejó tener hambre, y te alimentó con el maná que tú no conocías, ni tus padres habían conocido, para hacerte entender que el hombre no solo vive de pan, sino que vive de todo lo que procede de la boca del Señor.
Les hice eso, dice el Señor, para que se den cuenta de que, a pesar de que tenían sus apetitos satisfechos, ustedes todavía estaban hambrientos. ¿Por qué? Porque el hombre no fue creado para vivir solo de pan; el hombre vive de toda la palabra que viene de la boca de Dios. Amigos, ustedes son más que sus apetitos físicos; fuimos hechos por Dios y fuimos hechos para Dios, y hay una parte de nuestro ser que no puede ser satisfecha aparte de Dios. Y Dios nos alimenta con él mismo, pero a través de su palabra, porque nosotros realmente vivimos por las palabras que vienen de la boca de Dios; eso es con lo que vivimos y con lo que crecemos.
Ya mencioné este capítulo de primera de Pedro: «como niños recién nacidos, anhelen la leche pura de la palabra para que por ella crezcáis». Hablando más específicamente de nuestro llamado como pastores y líderes, lo que viene a la mente es segunda de Timoteo 3:16 y 17:
16 Toda Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para reprender, para corregir, para instruir en justicia, 17 a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, equipado para toda buena obra.
También me viene a la mente uno de mis pasajes favoritos en cuanto al efecto que tiene la palabra de Dios en la vida de un creyente: el Salmo 19. Yo tengo un afecto particular por este salmo; me acuerdo que cuando era niño, mi papá nos hablaba y amaba mucho este salmo, y con él bendecía a su familia, específicamente los versículos 7 al 11.
7 La ley del Señor es perfecta, que restaura el alma; el testimonio del Señor es seguro, que hace sabio al sencillo. 8 Los preceptos del Señor son rectos, que alegran el corazón; el mandamiento del Señor es puro, que alumbra los ojos. 9 El temor del Señor es limpio, que permanece para siempre; los juicios del Señor son verdaderos, todos ellos justos; 10 deseables más que el oro; sí, más que mucho oro fino, más dulces que la miel y que el destilar del panal. 11 Además, tu siervo es amonestado por ellos; en guardarlos hay gran recompensa.
Todas estas cosas, el Señor nos dice que su palabra las hace: reaviva nuestras almas —¿alguien necesita eso, o solo yo?—, nos hace sabios —¿alguno de ustedes está interesado?—, regocija nuestro corazón —¿alguno quiere que su corazón sea regocijado?—, alumbra nuestros ojos, nos advierte, y nos da una gran recompensa. Todas esas son las cosas que Dios quiere que su palabra haga en nuestras vidas.
Cuatro convicciones necesarias sobre la Escritura
Si ese argumento fundacional es correcto, eso significa que, como cristianos, y ciertamente como pastores y líderes, tenemos que tener una vida real y vital en la palabra. Y para que eso sea efectivo, es absolutamente necesario que ustedes tengan ciertas convicciones acerca de la palabra: cuatro convicciones necesarias para que tengan una doctrina funcional de la Escritura. Y a propósito, si ustedes no tienen estas convicciones, no deberían predicar. Cuando yo enseñaba en el seminario Trinity, yo les decía esto a los estudiantes todo el tiempo: no me importa cuáles son tus calificaciones, si tú no crees estas cosas acerca de la Biblia, no te deberían permitir que te graduaras. Y Jeff, yo sé que tú tienes esa misma convicción en el Colegio de Pastores: si tú no crees estas cosas acerca de la palabra de Dios, no deberías estar manejando la palabra de Dios. Pero estas convicciones también son necesarias para que nosotros nos alimentemos de la palabra de Dios.
Número uno: la exhalación por parte de Dios de la Escritura. Segunda de Timoteo 3:16, como acabamos de leer, nos dice que toda la Escritura es inspirada, o exhalada, por Dios. Y lo que está tratando de decir Pablo es que esta palabra realmente vino de la mente de Dios; Dios ha hablado algo específico y objetivo, hay algo que él está tratando de comunicarnos. Yo siempre les digo a mis estudiantes que deben tratar de imaginarse, cuando leen la palabra, que ahí está el rostro de Dios viéndolos mientras leen, y hay una expresión en ese rostro: hay algo que él está tratando de decirte. Y a propósito, pastores, no solo traten de imaginar el rostro de Dios detrás de cada página de la Escritura; también imagínense a Dios sentado ahí con su congregación los domingos cuando ustedes predican, y de vez en cuando voltéenlo a ver. Y si lo ven con una expresión en el rostro como diciendo «yo sé de dónde lo sacaste, pero eso no es lo que yo quise decir ahí»… la expresión que tú siempre quieres ver en el rostro de Dios es «sí, eso es lo que yo quiero decir».
La primera convicción que debes tener es que Dios ya ha hablado, y lo que ha hablado es este libro, es lo que está escrito aquí. Hermano, hermana, tú necesitas tener esa convicción en lo más profundo de tu corazón, porque creer esto acerca de Dios va a tener un efecto muy profundo en cuanto a cómo recibes lo que te dice en su palabra, y también en tu respuesta a lo que él te dice; te va a liberar de andar vagando ahí, y te va a ayudar a estar convencido de que este libro es digno de confianza, es verdadero, porque cada palabra de Dios es verdad. Porque si esta convicción no la tienes donde la debes tener, cada vez que encuentres palabras difíciles en la Biblia, y cada vez que te encuentres con alguna dificultad en tu vida, vas a estar adivinando qué hacer, y te vas a volver, como dice Santiago, una persona de doble ánimo. Así que tienes que tener la convicción de que Dios exhaló esta palabra, de que el origen de la Escritura es Dios mismo.
Segunda convicción: la comprensibilidad de la Escritura. Segunda de Timoteo, capítulo 2, versículo 15, dice:
15 Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que maneja con precisión la palabra de verdad.
En otras palabras, hay tal cosa como el manejar con precisión este libro; Dios tiene la intención de que entendamos lo que dice, él quiere que lo captemos. ¿Se acuerdan de aquella escena maravillosa en el libro de Nehemías? Todo el pueblo está reunido, y Esdras está parado ahí en una plataforma que fue construida específicamente para eso, ¿se acuerdan? Esdras abrió el libro, y les enseñó de tal manera que la gente pudiera entenderlo. Dios se ha comunicado con nosotros, y no lo hizo con un código secreto imposible de entender. Seamos honestos: sí hay partes que son muy retadoras —¿se acuerdan lo que dijo Pedro de los escritos de Pablo?, dijo que algunas de las cosas que Pablo escribió son difíciles de entender— pero yo les quiero decir esto: esta frase a mí me ha ayudado mucho con el paso de los años: la Escritura va a producir algo en los que la estudian creyéndola. ¿Por qué? Porque el Señor quiere que la entendamos. Tenemos que tener esta convicción.
Número tres: la utilidad de la Escritura. Y de nuevo pienso en segunda de Timoteo 3:16: toda la Escritura es inspirada por Dios y es útil, es provechosa; Dios quiere usarla para lograr algo en nuestras vidas. Ahora, hagamos la pregunta: ¿cómo lleva a cabo la Escritura su utilidad, su provecho? A través de enseñanza, de reprensión, corrección e instrucción en justicia.
Tengo una memoria muy clara de una ocasión, hace muchos años, cuando tuve el privilegio de pasar un día con mi querido amigo Jeff. Era un sábado, en medio de una semana en la que yo había estado enseñando y venía el domingo cuando tenía que predicar, y teníamos todo el día para pasarlo juntos; manejamos juntos a un campo de batalla muy famoso en Estados Unidos, de la Guerra Civil, que se llama Gettysburg. Estaba como a tres horas, tal vez cuatro, así que teníamos mucho tiempo para pasar juntos ahí en el carro. Y dije: pues voy a tener la oportunidad de pasar tiempo con mi amigo y de compartirle algo sobre algunas luchas que yo estaba teniendo en mi matrimonio. En aquellos años yo todavía era profesor, estaba enseñando en el seminario Trinity, y al final de un día muy largo —todavía tenía una hora que manejar para llegar a mi casa— lo único que yo estaba pensando era cena; y a veces lo pensaba tanto que hasta empecé a salivar. Y en una de esas ocasiones, así iba pensando, llegué a la casa y encontré la mesa vacía, y mi esposa estaba en el teléfono. Y yo creo que todos los hombres tenemos este gesto —y cuando estamos en nuestro mejor momento tal vez lo podemos mantener adentro, pero muchas veces se nos sale— y este es el gesto: «le puedes adelantar a tu llamadita, por favor». Así que yo le dije: «¿te puedes mover, en plural? ¿Nos podemos apresurar, por favor?». Y cuando ella dejó el teléfono, le hablé de una manera áspera; yo no le grito a mi esposa, pero había un tono ahí en mi voz que no era apropiado para cómo le debe hablar un esposo a su esposa. Y le dije: «tenías que hablar con tu mamá ahorita, tuviste todo el día para hablar con ella».
Y ahí estaba yo en el carro con Jeff, explicándole todo esto, y él, con mucha paciencia, me escuchó. Y cuando terminé de contarle, ¿saben a dónde me llevó? A Santiago, capítulo 4:
1 ¿De dónde vienen las guerras y los conflictos entre ustedes? ¿No vienen de las pasiones que combaten en sus miembros? 2 Ustedes codician y no tienen, por eso cometen homicidio. Son envidiosos y no pueden obtener, por eso combaten y hacen guerra. No tienen, porque no piden.
Y la palabra de Dios se volvió como una luz penetrante que llegó a mi corazón. Alguien me pudo haber dicho «tú lo que necesitas es trabajar en tu comunicación», pero mi hermano trajo la palabra de Dios al verdadero problema que había en mi corazón. Y si estamos hablando de que es útil —no sé si mi esposa pueda decir que ya nunca jamás le volví a hablar de una manera áspera— pero Dios usó su palabra para ayudarme a ver algo que ayudó a cambiar mi comportamiento. Y les puedo decir que su Biblia está llena de cosas como esas; su Biblia es muy útil, y hermano, hermana, tú necesitas creer eso.
Una convicción más: la eficacia de la Escritura, también podríamos decir el poder de la Escritura. Aquí pienso en Isaías 55, versículos 10 y 11:
10 Porque como descienden de los cielos la lluvia y la nieve, y no vuelven allá sino que riegan la tierra, haciéndola producir y germinar, 11 así será Mi palabra que sale de Mi boca, no volverá a Mí vacía sin haber realizado lo que deseo,
Pónganse a pensar por un momento en todas las cosas que Dios dice que su palabra puede hacer; ahí les doy una lista representativa en el bosquejo. La Biblia inicia la fe: «la fe viene por el oír, y el oír por la palabra de Cristo» (Romanos 10:17).
17 Así que la fe viene del oír, y el oír, por la palabra de Cristo.
Da nueva vida espiritual: «ustedes han nacido de nuevo a través de la palabra viva del Señor» (primera de Pedro 1:23).
23 Pues han nacido de nuevo, no de una simiente corruptible, sino de una que es incorruptible, es decir, mediante la palabra de Dios que vive y permanece.
Nos ayuda a crecer: «como niños recién nacidos, deseen la leche pura de la palabra para que por ella crezcáis» (primera de Pedro 2:2).
2 deseen como niños recién nacidos, la leche pura de la palabra, para que por ella crezcan para salvación,
Nos santifica: «santifícalos en tu palabra, tu palabra es verdad» (Juan 17:17).
17 »Santifícalos en la verdad; Tu palabra es verdad.
También escudriña y redarguye: «la palabra de Dios es viva y eficaz, y discierne las intenciones del corazón» (Hebreos 4:12).
12 Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que cualquier espada de dos filos. Penetra hasta la división del alma y del espíritu, de las coyunturas y los tuétanos, y es poderosa para discernir los pensamientos y las intenciones del corazón.
Nos libera: «conocerán la verdad, y la verdad los hará libres» (Juan 8:31-32).
31 Entonces Jesús decía a los judíos que habían creído en Él: «Si ustedes permanecen en Mi palabra, verdaderamente son Mis discípulos; 32 y conocerán la verdad, y la verdad los hará libres».
Y pienso también en ese maravilloso Salmo 119, que una y otra vez, en 176 versículos, nos dice todas las cosas que la palabra de Dios puede hacer y que él quiere hacer a través de ella. Esto es lo que la palabra de Dios puede hacer; así que no nos debería maravillar que el Salmo 1 diga:
1 ¡Cuán bienaventurado es el hombre que no anda en el consejo de los impíos, ni se detiene en el camino de los pecadores, ni se sienta en la silla de los escarnecedores, 2 sino que en la ley del Señor está su deleite, y en Su ley medita de día y de noche! 3 Será como árbol plantado junto a corrientes de agua, que da su fruto a su tiempo y su hoja no se marchita;
Bienaventurado el hombre que se deleita en la ley de Dios, porque vas a ser como un árbol que siempre da fruto, y que tus hojas nunca se van a caer, y que todo lo que vas a hacer prosperará. Es la intención de Dios nutrirnos y llevarnos a crecer por medio de su palabra. Y en base a estas convicciones, debemos tener un corazón lleno de expectación, de anticipación de la gracia transformadora de Dios en nuestras vidas, por la cual nos hará más y más semejantes a él.
La postura correcta: humildad
Sin embargo, hay otra cosa que es absolutamente necesaria: la postura apropiada hacia la Escritura, y en una palabra esa postura es humildad. Quiero decir algo breve aquí: para que la palabra pueda llevar a cabo su efecto, es necesario que nos posicionemos de una manera correcta ante la palabra de Dios; tiene que haber una disposición nuestra de colocarnos bajo la autoridad de la palabra. Porque muchas veces somos tentados a vernos a nosotros mismos por encima de la palabra, como si nosotros fuéramos el juez. Pastores, yo hago esto regularmente en la congregación, para recordarnos a todos cuál debe ser nuestra postura ante la autoridad de la palabra de Dios: debemos estar debajo de esa autoridad, debemos estar dispuestos a colocarnos a nosotros mismos debajo del escrutinio de la palabra de Dios.
Y debemos orar con David en el Salmo 139:
23 Escudríñame, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis inquietudes. 24 Y ve si hay en mí camino malo, y guíame en el camino eterno.
Y hay que decir: «Señor, yo sé que la manera en la que tú escudriñas mi corazón es por medio de tu palabra; así que yo, alegre y voluntariamente, me coloco debajo de su autoridad». Así que esta es una buena pregunta de prueba: ¿cuándo fue la última vez que tú hiciste un cambio en tu vida porque Dios te mostró algo específico en su palabra? Piensen de una manera muy específica sobre esa pregunta: ¿cuándo fue la última vez que te arrepentiste de un pecado, o empezaste a obedecer algo, porque Dios te lo mostró claramente en su palabra? ¿Tú vienes a la palabra de Dios con humildad, listo para cambiar, listo para crecer, deseoso de que Dios te cambie más y más y te haga semejante a él?
Un método práctico para el tiempo diario en la palabra
Con esas convicciones, y con esa postura en el lugar correcto, vamos ahora, para el resto de nuestro tiempo, a ponernos muy prácticos. Les voy a ofrecer una recomendación muy sencilla para su tiempo a diario en la palabra de Dios —voy a hablar de otras prácticas en un momento, pero vamos a hablar ahorita de nuestro tiempo diario—, que es una disciplina que tú vas a practicar para disciplinarte para la piedad, y que va a requerir un esfuerzo. Quiero sugerirles tres pasos muy sencillos.
Paso número uno: empieza con una oración breve. Ora brevemente que Dios te ayude mientras lees su palabra; pídele que te alimente y que te ayude a crecer. Hay muchas oraciones que puedes usar, y en el bosquejo que les di he incluido varias como ejemplos; no las deben usar todas al mismo tiempo, hay que escoger una, y hay que pedirle humildemente a Dios que él obre en nosotros por medio de su palabra. Una de mis oraciones favoritas, que oro regularmente, es: «Señor, yo quiero pensar sobre las cosas como tú piensas sobre las cosas; quiero sentirme acerca de las cosas como tú te sientes acerca de las cosas, y quiero responder a las cosas de la manera en la que tú quieres que yo responda a las cosas. Así que, Señor, ahora que abro tu palabra, por favor forma tu mente y tu corazón en mí». Ese es el paso número uno, y te va a tomar tal vez dos o tres minutos; y recuerda, no es cuánto vas a orar, lo importante es la postura de tu corazón, y qué tan en serio estás deseando que Dios haga eso.
Paso número dos —y aquí estoy tratando de ser muy práctico—: de una manera no apresurada, abre tu Biblia en el lugar que vas a leer, lee tu Biblia, y en una postura de oración medita en esa palabra. Lo puedes hacer por diez minutos, lo puedes hacer por una hora, pero lo importante es tu intención, porque lo que estás buscando es que Dios te alimente con su palabra, porque estás entrando a una comunión con Dios, dando y recibiendo: dándole tu corazón y tu mente a Dios, y Dios dándote a ti su mente y su corazón. Estás teniendo comunión con Dios.
Tres cosas son necesarias, y esto es muy práctico. Necesitas apartar cierto tiempo —así que, hermanos, hermanas, aparten tiempo, metan esto a su agenda, a su horario—; y necesitas un lugar, porque esto va a suceder en algún lugar, y encuentren uno donde puedan estar sin distracciones. Y tengo que decir esto: me acuerdo cuando teníamos a tres pequeños en la casa, y encontrar un lugar sin distracciones era imposible. Recuerdo una vez que me levanté temprano y estaba ahí, teniendo mi tiempo devocional tranquilo, y de repente mi hijo se asoma y me dice: «papá, ¿qué estás haciendo?». Y ahí de inmediato pensé: le voy a decir que vaya y se vuelva a acostar. Pero el Espíritu de Dios me dijo: no, invítalo, ven y siéntate junto a mí. Y de una manera muy sencilla empecé a tratar de enseñarle a mi hijo a desarrollar un afecto por estar en la presencia de Dios, viéndome a mí ahí mientras oraba. Si puedes, encuentra un lugar sin distracciones —yo recuerdo que leí un sermón de un puritano que tenía un maravilloso título, «cómo encontrarte con Dios en una casa cerrada», y la recomendación de ese pastor puritano decía: trata de estar solo si puedes, pero no pierdas la oportunidad de ser un ejemplo, un testimonio para los de tu casa; no lo hacemos para impresionarlos, pero si en la bondad de Dios ellos están presentes, inclúyelos—.
Necesitas un tiempo, un lugar, y necesitas un plan; no nada más al azar abrir la Biblia para que te llegue alguna inspiración. Por ejemplo, actualmente yo estoy leyendo segunda de Samuel y el evangelio de Juan, y abro mi Biblia donde me quedé ayer; me gusta leer en dos lugares, y Dios a menudo usa eso para darle un mayor énfasis a su palabra —la Escritura le habla a la Escritura— y Dios usa eso para alimentarme.
Y finalmente necesitas un método, y lo que yo recomiendo es una meditación con una postura de oración en la palabra: tú lees, haces una pausa, te detienes ahí, y oras. Por ejemplo, si estás leyendo el Salmo 1 y lees «cuán bienaventurado es el hombre», te detienes, piensas y oras, y le dices: «Señor, dame la bienaventuranza de este hombre». Y luego lees más y oras, y le dices: «ayúdame a no andar en el consejo de los malos hoy». Leyendo, deteniéndote, meditando, orando. Si tú oras al principio, puedes esperar que Dios va a estar obrando; puedes esperar que va a haber actividad espiritual, porque al Señor le encanta responder a las oraciones de su pueblo. Así que ahí estás interactuando con el Dios vivo a través de su palabra. Ese es el paso número dos.
Y ahora voy a mencionar nada más el número tres: después de tu tiempo de meditación, deja que eso te dirija a un tiempo más específico de oración: pidiéndole a Dios su protección, pidiéndole su provisión, pidiéndole su dirección, y pidiéndole su favor sobre tu vida, sobre tu familia, sobre tu iglesia. Yo trato de hacer esto cada día, no es complicado: yo leo la palabra de Dios, tuve un encuentro con Dios, y ahora le hablo a Dios, y oro cada día por mi familia, por mi día y por la iglesia. No es complicado; así es como nos disciplinamos para la piedad.
Otros ritmos: tiempos más largos a solas con Dios
Y ustedes van a ver un encabezado más en el bosquejo: hay varios escenarios y varios ritmos. Quiero poner ante ustedes estas posibilidades, otras prácticas que para mí han sido muy útiles a lo largo de mi ministerio; y cuando yo leo biografías, me anima mucho ver que estas prácticas también las hacían otros hombres. Cada una de estas es una disciplina espiritual que tiene la intención de colocarte en una postura en la que Dios pueda obrar a través de su palabra para ayudarte a crecer; el propósito de cada una es que tengas un espacio en el que puedas colocarte para que Dios te ayude a crecer, para que estés meditando con una postura de oración en la palabra, para que estés buscando tener una comunión con Dios.
Ya hemos hablado de un ritmo diario, lo que se conoce como nuestro tiempo devocional, pero hay otra disciplina: tener tiempos más largos de estar a solas, y esto pudiera ser un ritmo mensual, o algo que haces trimestralmente. Tienes que ver qué es lo que mejor funciona para ti en base a tu situación actual, pero quiero decirte, tienes que pelear para que esto suceda. Yo generalmente me refiero a esto como un periodo de tres horas, un tiempo en el que te puedes apartar solo con tu Biblia para tener un tiempo prolongado de meditación. Piensa en la oportunidad que eso representa: me pregunto si ustedes quisieran tener la oportunidad de tomar una parte de la Escritura con la que les encantaría pasar más tiempo con Dios, y tener el deseo de solo sentarte ahí por un tiempo extenso con la palabra de Dios nada más; por ejemplo, estudiar a fondo todo lo que el Señor les enseñó en la última noche a sus discípulos, de Juan 13 hasta Juan 17, o a lo mejor leer todo el libro de Miqueas, o esos magníficos capítulos de Isaías 40 al 45, o el Salmo 119 —porque estoy seguro de que todos tenemos alguna porción de la Escritura con la que nos encantaría pasar más tiempo— y solo sentarnos y saturarnos de la palabra de Dios por un tiempo extenso, y dejar que Dios reavive nuestras almas, y regocije nuestro corazón, y alumbre nuestros ojos, y derrame su amor.
Y también quiero recomendarles esta práctica, si es posible —pero asegúrense de que esto no se vuelva una carga para sus esposas, aunque va a haber un costo—: la práctica de apartarte por varios días, pasar dos o tres días a solas con un plan para pasar tiempo aún más extenso en la palabra de Dios. A lo mejor esto es como una preparación para una nueva serie que vas a empezar a predicar, y te quieres saturar de ese libro de la Biblia; a lo mejor es para pensar y orar sobre una situación pastoral que estás enfrentando. Porque yo estoy seguro de que no ha habido ninguna otra práctica más útil, más fructífera para mi ministerio pastoral, que crear tiempos y espacios en los que yo pueda estar por largo tiempo a solas con Dios. Ritmos diarios, ritmos mensuales, ritmos anuales.
Una palabra de cuidado pastoral
Y déjenme llevar esto a una conclusión con una palabra de cuidado pastoral para ustedes. Yo reconozco la posibilidad muy real de que escuchar un mensaje como este pueda hacer que muchos de ustedes se sientan con un tremendo peso encima, tal vez hasta condenados. Me acuerdo que un hombre, una vez, que acababa de llegar a nuestra iglesia desde otra iglesia, me estaba explicando cómo fue su experiencia allá, y en un momento me dijo esto: «cada vez que yo iba a la iglesia, sentía como que ponían otra piedra en mi espalda». Y hermanos, aquí estamos hablando de algo bien práctico: no vean esto como piedras, esta es la gracia de Dios. Porque la ley no nos da nada, hace demandas pero no nos da nada para cumplir esas demandas; lo mejor son las buenas nuevas que el evangelio nos trae, porque nos hace volar y nos da alas. Y esto son alas. Así que vean esto como la intención buena y amorosa de Dios para nosotros, diseñada por Dios mismo para ayudarnos a florecer y a crecer. Y claro, sí tenemos una responsabilidad, pero sobre todo esto está un Dios bueno y amoroso, que está a tu favor y que está ansioso de bendecirte.
Así que, hermanos y hermanas, hemos sido llamados a la piedad, a buscarla con todo nuestro corazón y a disciplinarnos para ella. Y esa búsqueda requiere disciplina, porque nadie llega a la piedad a la deriva; tenemos que ser intencionales, tenemos que hacer un esfuerzo, y la disciplina más importante es colocarnos intencionalmente, regularmente, fielmente ante la palabra de Dios: tener estos ritmos regulares de permitir que la palabra de Dios tenga su efecto en nosotros, que haga lo que él quiere hacer, que es producir y nutrir nuestro crecimiento en piedad.
Hermanos y hermanas, aquí está la sabiduría, pero aún más, aquí está la vida. Uno de mis momentos favoritos en todos los evangelios: Juan capítulo 6, donde Cristo está dando una enseñanza muy difícil en cuanto a que él es el pan de vida, y dice cosas como «tienen que comer mi carne». Y este es uno de los momentos que yo quisiera que pudiéramos ver en video; me encantaría ver la expresión en el rostro de Cristo cuando ve que la gente se empieza a ir, y él se voltea a sus discípulos y les dice: «ustedes también se van a ir». Y Pedro, en este momento en que es inspirado por Dios, le dice:
66 Como resultado de esto muchos de Sus discípulos se apartaron y ya no andaban con Él. 67 Entonces Jesús dijo a los doce discípulos: «¿Acaso también ustedes quieren irse?». 68 Simón Pedro le respondió: «Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna. 69 Y nosotros hemos creído y sabemos que Tú eres el Santo de Dios».
«¿A dónde iríamos, Señor? Tú tienes palabras de vida». Y no quería decir «tus palabras se tratan de la vida», sino que le decía: «Señor, nosotros hemos estado contigo el suficiente tiempo para saber que tus palabras nos dan vida, porque no solo de pan vivirá el hombre». Porque tú vives, tu gente vive, por cada palabra que viene de la boca de Dios, para su gloria. Vamos a orar.