Artículo 13 — La libertad y la persecución

Todo gobierno tiene el deber asignado por Dios de garantizar condiciones de paz, justicia y libertad en las cuales la iglesia pueda obedecer a Dios, servir al Señor Jesucristo y predicar el evangelio sin interferencia. Por lo tanto, oramos por los líderes de las naciones y los llamamos a garantizar la libertad de pensamiento y de conciencia, y la libertad para practicar y propagar la religión, de acuerdo con la voluntad de Dios y según lo estipulado en la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Expresamos también nuestra profunda preocupación por todos los que han sido encarcelados injustamente, y en especial por quienes están sufriendo por su testimonio del Señor Jesús. Prometemos orar y trabajar por su libertad. Al mismo tiempo, rehusamos ser intimidados por su suerte. Con la ayuda de Dios, también nosotros procuraremos enfrentar la injusticia y permanecer fieles al evangelio, cualquiera que sea el costo. No olvidamos las advertencias de Jesús de que la persecución es inevitable.

(1Ti 2:1-4; Hch 4:19; 5:29; Col 3:24; Heb 13:1-3; Lc 4:18; Gá 5:11; 6:12; Mt 5:10-12; Jn 15:18-21)