Artículo 6 — La Iglesia y la evangelización

Afirmamos que Cristo envía a su pueblo redimido al mundo como el Padre lo envió a él, y que esto exige una penetración del mundo similarmente profunda y costosa. Necesitamos salir de nuestros guetos eclesiásticos y permear la sociedad no cristiana. En la misión de servicio sacrificial de la iglesia, la evangelización es primordial. La evangelización del mundo requiere que toda la iglesia lleve todo el evangelio a todo el mundo. La iglesia está en el centro mismo del propósito cósmico de Dios y es el instrumento que él ha designado para la difusión del evangelio. Pero una iglesia que predica la cruz debe estar ella misma marcada por la cruz. Se convierte en una piedra de tropiezo para la evangelización cuando traiciona el evangelio o carece de una fe viva en Dios, un amor genuino por las personas o una honradez escrupulosa en todas las cosas, incluyendo la promoción y las finanzas. La iglesia es la comunidad del pueblo de Dios, más que una institución, y no debe ser identificada con ninguna cultura, sistema social o político, o ideología humana específicos.

(Jn 17:18, 20:21; Mt 28:19, 20; Hch 1:8; 20:27; Ef 1:9, 10; 3:9-11; Gá 6:14, 17; 2Co 6:3, 4; 2Ti 2:19-21; Fil 1:27)

7. LA COOPERACIÓN EN LA EVANGELIZACIÓN

Afirmamos que la unidad visible de la iglesia en la verdad es el propósito de Dios. La evangelización también nos convoca a la unidad, porque el hecho de ser uno fortalece nuestro testimonio, de la misma manera que nuestra desunión menoscaba nuestro evangelio de la reconciliación. Reconocemos, sin embargo, que la unidad organizacional puede asumir muchas formas y no necesariamente promueve la evangelización. Pero quienes compartimos la misma fe bíblica debemos estar estrechamente unidos en la comunión, el trabajo y el testimonio. Confesamos que nuestro testimonio se ha visto empañado en ocasiones por un individualismo pecaminoso y una duplicación innecesaria. Nos juramentamos a buscar una unidad más profunda en la verdad, la adoración, la santidad y la misión. Instamos a que se desarrolle una cooperación regional y funcional para la promoción de la misión de la iglesia, para el planeamiento estratégico, para el aliento mutuo y para la compartición de recursos y experiencia.

(Jn 17:21, 23; Ef 4:3, 4; Jn 13:35; Fil 1:27; Jn 17:11-23)

8. LAS IGLESIAS EN LA COLABORACIÓN EVANGELÍSTICA

Nos gozamos de que haya nacido una nueva era misionera. El papel dominante de las misiones occidentales está desapareciendo rápidamente. Dios está levantando, de las iglesias más jóvenes, un nuevo y gran recurso para la evangelización del mundo, y está demostrando así que la responsabilidad de evangelizar pertenece a todo el cuerpo de Cristo. Todas las iglesias, por lo tanto, deben estar preguntándose y preguntando a Dios qué deberían estar haciendo, tanto para alcanzar a su propia región como para enviar misioneros a otras partes del mundo. La reevaluación de nuestra responsabilidad y papel misioneros debe ser continua. Así se desarrollará una colaboración creciente de iglesias, y el carácter universal de la iglesia de Cristo será exhibido más claramente. También agradecemos a Dios por todas las entidades que trabajan en la traducción de la Biblia, la educación teológica, los medios de comunicación, la literatura cristiana, la evangelización, las misiones, la renovación de la iglesia y otros campos especializados. Ellas también deben dedicarse a un autoexamen constante a fin de evaluar su efectividad como parte de la misión de la Iglesia.

(Ro 1:18; Fil 1:5; 4:15; Hch 13:1-3; 1Ts 1:6-8)

9. LA URGENCIA DE LA TAREA EVANGELÍSTICA

Más de 2.700 millones de personas, más de las dos terceras partes de la humanidad, no han sido evangelizadas todavía. Nos avergonzamos de que tantas personas hayan sido ignoradas; esto significa un reproche continuo a nosotros y a toda la iglesia. Sin embargo, hay actualmente, en muchas partes del mundo, una receptividad sin precedentes al Señor Jesucristo. Estamos convencidos de que éste es el momento para que las iglesias y las entidades paraeclesiales oren fervientemente por la salvación de los no alcanzados y lancen nuevos esfuerzos para lograr la evangelización del mundo. Una reducción de misioneros y fondos extranjeros podría ser necesaria en ocasiones para facilitar una mayor autosuficiencia de la iglesia nacional y liberar recursos para regiones no evangelizadas. Los misioneros deberían fluir cada vez más libremente desde y hacia los seis continentes, en un espíritu de servicio humilde. La meta debe ser, por todos los medios disponibles y en el menor tiempo posible, que toda persona tenga la oportunidad de escuchar, entender y recibir la buena noticia. No podemos esperar alcanzar esta meta sin sacrificio. Todos estamos impactados por la pobreza de millones de personas y afligidos por las injusticias que la causan. Quienes vivimos en situaciones acomodadas aceptamos nuestro deber de desarrollar un estilo de vida sencillo a fin de contribuir de manera más generosa, tanto para la asistencia como la evangelización.

(Jn 9:4; Mt 9:35-38; Ro 9:1–3; 1Co 9:19-23; Mr 16:15; Is 58:6, 7; Stg 1:27; 2:1-9; Mt 25:31-46; Hch 2:44, 45; 4:34, 35)

10. LA EVANGELIZACIÓN Y LA CULTURA

El desarrollo de estrategias para la evangelización del mundo requiere métodos pioneros imaginativos. Con la ayuda de Dios, el resultado será el surgimiento de iglesias profundamente arraigadas en Cristo y estrechamente vinculadas con su cultura. La cultura siempre debe ser probada y juzgada por las Escrituras. Porque los hombres y mujeres son criaturas de Dios, parte de su cultura es rica en belleza y bondad. Porque han caído, está toda contaminada por el pecado y parte de ella es demoníaca. El evangelio no presupone la superioridad de ninguna cultura sobre otra, sino que evalúa a todas las culturas según sus propios criterios de verdad y justicia, e insiste en absolutos morales en cada cultura. Con demasiada frecuencia, las misiones han exportado, junto con el evangelio, una cultura extranjera, y las iglesias han estado en ocasiones más esclavizadas a la cultura que las Escrituras. Los evangelistas de Cristo deben tratar, humildemente, de vaciarse de todo excepto de su autenticidad personal, a fin de convertirse en siervos de los demás, y las iglesias deben tratar de transformar y enriquecer la cultura, todo para la gloria de Dios.

(Mr 7:8, 9, 13; Gn 4:21, 22; 1Co 9:19-23; Fil 2:5-7; 2Co 4:5)

11. LA EDUCACIÓN Y EL LIDERAZGO

Confesamos que en ocasiones hemos buscado el crecimiento de la iglesia en detrimento de la profundidad de la iglesia, y hemos divorciado la evangelización del desarrollo cristiano. Reconocemos también que algunas de nuestras misiones han sido demasiado lentas en equipar y animar a líderes nacionales para que asuman sus legítimas responsabilidades. Pero estamos comprometidos con los principios autóctonos, siempre que cada iglesia tenga líderes nacionales que manifiesten un estilo de liderazgo cristiano, no en términos de dominación sino de servicio. Reconocemos que existe una gran necesidad de mejorar la educación teológica, especialmente para líderes de iglesia. En cada nación y cultura debería haber un programa efectivo de capacitación para pastores y laicos en doctrina, discipulado, evangelización, desarrollo y servicio. Estos programas de capacitación no deberían depender de ninguna metodología estereotipada, sino deben ser desarrollados por iniciativas locales creativas y de acuerdo con normas bíblicas.

(Col 1:27, 28; Hch 14:23; Tit 1:5, 9; Mr 10:42-45; Ef 4:11, 12)

12. EL CONFLICTO ESPIRITUAL

Creemos que estamos involucrados en una constante guerra espiritual con los principados y potestades del mal que tratan de derribar a la iglesia y frustrar su tarea de evangelización del mundo. Conocemos nuestra necesidad de equiparnos con la armadura de Dios y pelear esta batalla con las armas espirituales de la verdad y la oración. Porque detectamos la actividad de nuestro enemigo, no solo en las falsas ideologías afuera de la Iglesia, sino también dentro de ella, con evangelios falsos que tergiversan las Escrituras y colocan a personas en el lugar de Dios. Necesitamos tanto vigilancia como discernimiento para salvaguardar el evangelio bíblico. Reconocemos que nosotros mismos no estamos inmunes a la mundanalidad en el pensamiento y en la acción, es decir, de ceder al secularismo. Por ejemplo, aunque los estudios meticulosos del crecimiento de la iglesia, tanto numérico como espiritual, son adecuados y valiosos, a veces los hemos ignorado. En otras ocasiones, por nuestro deseo de asegurar una respuesta al evangelio, hemos comprometido nuestro mensaje, hemos manipulado a nuestros oyentes por medio de técnicas agresivas y nos hemos preocupado excesivamente por las estadísticas, o incluso hemos sido deshonestos con el uso que hemos hecho de ellas. Todo esto es mundanal. La iglesia debe estar en el mundo; el mundo no debe estar en la iglesia.

(Ef 6:12; 2Co 4:3, 4; Ef 6:11, 13-18; 2Co 10:3-5; 1Jn 2:18-26; 4:1-3; Gá 1:6-9; 2Co 2:17; 4:2; Jn 17:15)

13. LA LIBERTAD Y LA PERSECUCIÓN

Todo gobierno tiene el deber asignado por Dios de garantizar condiciones de paz, justicia y libertad en las cuales la iglesia pueda obedecer a Dios, servir al Señor Jesucristo y predicar el evangelio sin interferencia. Por lo tanto, oramos por los líderes de las naciones y los llamamos a garantizar la libertad de pensamiento y de conciencia, y la libertad para practicar y propagar la religión, de acuerdo con la voluntad de Dios y según lo estipulado en la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Expresamos también nuestra profunda preocupación por todos los que han sido encarcelados injustamente, y en especial por quienes están sufriendo por su testimonio del Señor Jesús. Prometemos orar y trabajar por su libertad. Al mismo tiempo, rehusamos ser intimidados por su suerte. Con la ayuda de Dios, también nosotros procuraremos enfrentar la injusticia y permanecer fieles al evangelio, cualquiera que sea el costo. No olvidamos las advertencias de Jesús de que la persecución es inevitable.

(1Ti 2:1-4; Hch 4:19; 5:29; Col 3:24; Heb 13:1-3; Lc 4:18; Gá 5:11; 6:12; Mt 5:10-12; Jn 15:18-21)

14. EL PODER DEL ESPÍRITU SANTO

Creemos en el poder del Espíritu Santo. El Padre envió a su Espíritu para dar testimonio de su Hijo; sin su testimonio el nuestro es inútil. La convicción de pecado, la fe en Cristo, el nuevo nacimiento y el crecimiento cristiano, son todos obra suya. Además, el Espíritu Santo es un espíritu misionero; por lo tanto, la evangelización debería surgir espontáneamente de una iglesia llena del Espíritu. Una iglesia que no es una iglesia misionera se contradice y apaga el Espíritu. La evangelización mundial pasará a ser una posibilidad realista solo cuando el Espíritu renueve a la iglesia en verdad y sabiduría, fe, santidad, amor y poder. En consecuencia, hacemos un llamado a todos los cristianos a orar por esta clase de visitación del soberano Espíritu de Dios, de modo que todo su fruto pueda aparecer en todo su pueblo, y todos sus dones puedan enriquecer el cuerpo de Cristo. Solo entonces toda la iglesia pasará a ser un instrumento adecuado en sus manos, para que todo el mundo pueda oír su voz.

(1Co 2:4; Jn 15:26, 27; 16:8-11; 1Co 12:3; Jn 3:6-8; 2Co 3:18; Jn 7:37-39; 1Ts 5:19; Hch 1:8; Sal 85:4-7; 67:1-3; Gá 5:22, 23; 1Co 12:4-31; Ro 12:3-8)

15. EL REGRESO DE CRISTO

Creemos que Jesucristo regresará en forma personal y visible, en poder y gloria, para consumar su salvación y su juicio. Esta promesa de su venida es un aliciente adicional para nuestra evangelización, porque recordamos sus palabras de que el evangelio debe ser predicado primero a todas las naciones. Creemos que el período intermedio entre la ascensión y el regreso de Cristo debe ser llenado con la misión del pueblo de Dios, que no tiene ninguna libertad para detenerse antes del fin. También recordamos su advertencia de que surgirán falsos profetas y falsos cristos como precursores del anticristo final. Por lo tanto, rechazamos como un sueño arrogante y autosuficiente la idea de que las personas alguna vez puedan construir una utopía en la tierra. Nuestra confianza cristiana es que Dios consumará su reino, y esperamos con gran expectativa aquel día, y el nuevo cielo y la nueva tierra, en los cuales morará la justicia y Dios reinará para siempre. Entre tanto, nos consagramos nuevamente al servicio de Cristo y de las personas, en sumisión gozosa a su autoridad sobre la totalidad de nuestras vidas.

(Mr 14:62; Heb 9:28; Mr 13:10; Hch 1:8-11; Mt 28:20; Mr 13:21-23; 1Jn 2:18; 4:1-3; Lc 12:32; Ap 21:1-5; 2P 3:13; Mt 28:18)