7 — La integridad de los testigos
No hay nada que con mayor elocuencia respalde al evangelio que una vida transformada, ni nada que lo desacredite tanto como una vida inconsistente con el mismo. Se nos ha ordenado comportarnos de una manera digna del evangelio de Cristo y aun a «adornarlo» resaltando su belleza por medio de vidas sanas. Porque el mundo que nos observa busca la evidencia que corrobore las declaraciones que los discípulos de Cristo hacen a favor del Señor. Una evidencia poderosa es nuestra integridad.
Nuestra proclamación de que Cristo murió para llevarnos a Dios atrae a muchas personas que están sedientas espiritualmente, pero no nos van a creer si es que no presentamos evidencia de que nosotros mismos conocemos al Dios viviente, o si es que nuestra adoración pública carece de realidad y relevancia.
Nuestro mensaje de que Cristo reconcilia a los hombres entre sí cobra autenticidad sólo si se nota que nos amamos y perdonamos mutuamente, servimos a otros con humildad, y nos extendemos más allá de nuestra propia comunidad en el ministerio compasivo y abnegado a favor de los necesitados.
Nuestro reto a los demás de que se nieguen a sí mismos, tomen su cruz y sigan a Cristo será creíble sólo si nosotros mismos hemos muerto claramente a ambiciones egoístas, a la falta de honradez y a la codicia, y vivimos una vida de sencillez, contentamiento y generosidad.
Lamentamos los fracasos que vemos en la integridad cristiana, tanto en los creyentes como en las iglesias: codicia material, orgullo profesional y rivalidad, competencia en el servicio cristiano, celos de líderes jóvenes, paternalismo misionero, falta de responsabilidad mutua, la pérdida de las normas cristianas de sexualidad, y la discriminación racial, social y sexual. Todo esto es mundanalidad, la cual permite que la cultura prevaleciente transtorne a la iglesia cuando ésta debería desafiar y cambiar la cultura. Estamos profundamente avergonzados de las veces que, como individuos y como comunidades cristianas, hemos afirmado a Cristo de palabra, pero negándolo con nuestros hechos. Nuestra falta de integridad quita credibilidad a nuestro testimonio. Reconocemos nuestras luchas y fracasos continuos. Pero también, por la gracia de Dios, nos comprometemos a desarrollar la integridad en nosotros y en la iglesia.