6 — Los testigos humanos

Dios el evangelista, da a su pueblo el privilegio de ser sus «colaboradores» (2 Corintios 6:1). Porque aunque no podemos testificar sin él, él normalmente escoge testificar a través de nosotros. Él sólo llama a algunos a ser evangelistas, misioneros o pastores, pero llama a toda su iglesia y a cada uno de sus miembros a ser sus testigos.

La tarea privilegiada de los pastores y maestros es la de guiar al pueblo (griego = laos) de Dios hacia la madurez (Colosenses 1:28) y equiparlos para el ministerio (Ef. 4:11,12). Los pastores no deben monopolizar los ministerios, sino multiplicarlos animando a otros a usar sus dones y entrenando a discípulos para hacer discípulos. El dominio de los laicos por los pastores ha sido el gran mal en la historia de la iglesia. Priva tanto a los laicos como a los pastores del papel que Dios les ha encomendado, produce sobrecarga de éstos, debilita la iglesia y obstaculiza el avance del evangelio, además, es fundamentalmente no bíblico. Por lo tanto, nosotros, que durante siglos hemos insistido en el «sacerdocio de todos los creyentes,» ahora también insistimos en el ministerio de todos los creyentes.

Reconocemos con gran agradecimiento que los niños y los jóvenes enriquecen la adoración y la extensión de la iglesia con su entusiasmo y su fe. Necesitamos entrenarlos en el discipulado y la evangelización para que alcancen a su propia generación para Cristo.

Dios creó al hombre y a la mujer, y ambos son portadores de su imagen (Génesis 1:26-27): los acepta de igual manera en Cristo (Gálatas 3:28) y derramó su Espíritu sobre toda carne, tanto hijos como hijas (Hechos 2:17-18). Además, ya que el Espíritu distribuye sus dones a las mujeres al igual que a los hombres, ellas deben tener oportunidades para ejercer sus dones. Celebramos su distinguido papel en la historia de las misiones y estamos convencidos de que Dios llama a mujeres hoy a un papel similar. Aunque no estamos totalmente de acuerdo en cuanto a la forma que su liderazgo debe tomar, sí estamos de acuerdo en que Dios desea que hombres y mujeres disfruten de una cooperación en la evangelización mundial. Es necesaria, por consiguiente, una formación adecuada al alcance de los unos y de las otras.

El testimonio de los laicos, hombres y mujeres, tiene lugar no sólo a través de la iglesia local (véase sección 8), sino que son llamados a participar en la obra de testificar a través de amistades, en el hogar o en el empleo.

Nuestra primera responsabilidad es la de testificar a nuestros amigos, parientes, vecinos y colegas. La evangelización que tiene al hogar como punto de partida es también natural, tanto para los casados como para los solteros. Un hogar cristiano no sólo deberá mostrar las normas de Dios para el matrimonio, el sexo y la familia, y ofrecer a las personas lastimadas un ambiente de amor y paz, sino que debe ser también un lugar donde pueden sentirse a gusto los vecinos que normalmente no visitarían una iglesia evangélica, y esto, aun cuando se hable del evangelio.

Otro contexto para el testimonio laico es el lugar de trabajo, porque es aquí donde la mayoría de los cristianos pasa la mitad de las horas de cada día, y porque el trabajo es una vocación divina. Los cristianos pueden reportar alabanza a Cristo por sus palabras, por su trabajo eficaz, por su honradez y consideración hacia los demás, por su búsqueda de justicia en el lugar de trabajo, y este testimonio cobra eficacia especial si es que los demás pueden ver por su calidad de trabajo diario que se hace para la gloria de Dios.

Nos arrepentimos de las veces que hayamos desanimado a los laicos en su ministerio, en especial el ministerio de las mujeres y de los jóvenes. Nos comprometemos de aquí en adelante a estimular a todos los seguidores de Cristo a ocupar el lugar que como testigos de Cristo les corresponda de manera justa y natural. La verdadera evangelización procede del rebosamiento de un corazón enamorado de Cristo. Por eso corresponde a todo su pueblo sin excepción.