5 — Dios, el evangelista
Las Escrituras declaran que Dios es el evangelista por excelencia. Porque el Espíritu de Dios es el Espíritu de verdad, amor, santidad, y la evangelización es imposible sin él. Es él quien unge al mensajero, confirma la Palabra, prepara al oyente, convence al pecador e ilumina al ciego; da vida al muerto, nos capacita para arrepentirnos y creer, nos une al cuerpo de Cristo, nos asegura que somos hijos de Dios, nos guía hacia el servicio y carácter de Cristo, y a la vez, nos envía a ser testigos de Cristo. En todo esto la preocupación principal del Espíritu Santo es glorificar a Cristo mostrándonoslo y formándolo en nosotros.
Toda evangelización involucra una batalla espiritual con los principados y potestades del mal, sobre los cuales sólo las armas espirituales pueden prevalecer, especialmente la Palabra y el Espíritu, con la oración. Por lo tanto, hacemos un llamado a todos los creyentes para que sean diligentes en sus oraciones, tanto por la renovación de la iglesia como por la evangelización del mundo.
Toda verdadera conversión implica un encuentro, en el que la autoridad superior de Jesucristo se pone de manifiesto. No hay mayor milagro que éste: que el creyente sea liberado de las ataduras de Satanás y del pecado, del miedo y futilidad, de la oscuridad y de la muerte.
Aunque los milagros de Jesús fueron especiales, pues fueron señales de su mesianidad y de la anticipación de su perfecto reino cuando toda la naturaleza le estará sujeta, no tenemos la libertad de poner límites al poder del Creador viviente hoy. Rechazamos tanto el escepticismo que niega los milagros como la presunción que los demanda; tanto la timidez que se retrae de la plenitud del Espíritu Santo, como el triunfalismo que se retrae de la debilidad en la cual se perfecciona el poder de Cristo.
Nos arrepentimos de nuestros intentos de evangelizar confiados en nuestras propias fuerzas, o de dictar al Espíritu Santo. Determinamos no «contristar» ni «apagar» el Espíritu en el futuro, sino tratar de difundir las buenas nuevas «con poder, con el Espíritu Santo y con plena certidumbre.» (1 Tesalonicenses 1:5).