4 — El evangelio y la responsabilidad social

El evangelio auténtico debe llegar a ser visible en las vidas transformadas de hombres y mujeres. Al proclamar el amor de Dios, debemos estar involucrados en un servicio amoroso, y al predicar el Reino de Dios, debemos estar consagrados a sus demandas de justicia y paz.

La evangelización es primordial porque nuestra mayor preocupación es la difusión del evangelio, para que todas las personas puedan tener la oportunidad de aceptar a Jesucristo como Señor y Salvador. Sin embargo, Jesús no solamente proclamaba el reino de Dios, sino que también demostró su llegada por medio de obras de misericordia y poder. Hoy día se nos llama a una integración similar de palabras y hechos. En un espíritu de humildad debemos predicar y enseñar, ministrar a los enfermos, dar de comer a los hambrientos, cuidar a los presos, ayudar a los minusválidos y desprovistos, y liberar a los oprimidos. Aunque reconocemos la diversidad de los dones espirituales, de las vocaciones y de los contextos, afirmamos también que las buenas nuevas y las buenas obras son inseparables.

La proclamación del reino de Dios demanda necesariamente la denuncia profética de todo lo que no es compatible con él. Entre los males que deploramos, está la violencia destructiva, incluida la violencia institucionalizada, la corrupción política, todas las formas de explotación de personas y de la tierra, las fuerzas que socavan la familia, el aborto libre, el tráfico de drogas, y la violación de los derechos humanos. En nuestra preocupación por los pobres, nos apena la deuda de los dos tercios del mundo. Sentimos también lo ultrajante de las condiciones infrahumanas en que viven millones de seres humanos, quienes llevan la imagen de Dios como nosotros.

Nuestro continuo compromiso con la acción social no es una confusión del reino de Dios con una sociedad cristianizada. Se trata más bien de un reconocimiento de que el evangelio bíblico tiene implicaciones sociales ineludibles. La verdadera misión debe ser siempre la encarnación. Se requiere entrar humildemente en mundos de otras personas, identificándose con su realidad social, su dolor y sufrimiento, y sus luchas por la justicia contra los poderes opresivos. Esto no puede hacerse sin sacrificios personales.

Nos arrepentimos porque la estrechez de nuestras preocupaciones y nuestra visión limitada, muchas veces, nos han privado de proclamar debidamente el señorío de Jesucristo sobre toda la vida, ya sea privada o pública, local o global. Nos proponemos obedecer su mandato de «buscar primeramente el Reino de Dios y su justicia» (Mateo 6:33).