3 — La singularidad de Jesucristo
Somos llamados a proclamar el evangelio de Cristo en un mundo cada vez más pluralista. Hay un resurgir de religiones antiguas y el nacimiento de otras nuevas. En el primer siglo también había «muchos dioses y muchos señores» (1 Corintios 8:15). Sin embargo, los apóstoles afirmaron valientemente la singularidad, la indispensabilidad y centralidad de Cristo. Nosotros debemos hacer lo mismo.
Debido a que los hombres y las mujeres han sido hechos a la imagen de Dios y ven en la creación evidencias del Creador, las religiones que han surgido contienen a veces algunos elementos de verdad y belleza. A pesar de eso, no son evangelios alternativos. Debido a que los seres humanos son pecadores y debido a que «el mundo entero está bajo el maligno» (1 Juan 5:19), también las personas religiosas necesitan la redención provista por Cristo. Por lo tanto, no tenemos ninguna base para decir que la salvación puede encontrarse fuera de Cristo aparte de una aceptación explícita de su obra por medio de la fe.
A veces se afirma que en virtud del pacto de Dios con Abraham, el pueblo judío no tiene que reconocer a Jesús como su Mesías. Afirmamos que ellos lo necesitan tanto como cualquier otra persona y que sería una forma de antisemitismo, además de deslealtad a Cristo, el separarnos del patrón neotestamentario consistente en llevar el evangelio «al judío primeramente…» Por lo tanto, rechazamos la tesis de que los judíos tengan su propio pacto que hace innecesaria la fe en Jesús.
Lo que nos une son nuestras convicciones en común acerca de Jesucristo. Le confesamos como el Hijo de Dios, que se hizo plenamente humano y que, a la vez, permaneció plenamente divino, que fue nuestro sustituto en la cruz, llevando nuestros pecados y muriendo en lugar nuestro, cambiando su justicia por nuestra injusticia, que se levantó victorioso con un cuerpo transformado, y que regresará en gloria para juzgar al mundo. Sólo él es el Hijo encarnado, el Salvador, el Señor y el Juez, y sólo él, con el Padre y el Espíritu Santo, es digno de la adoración, la fe y la obediencia de todos. Solamente hay un evangelio porque solamente hay un Cristo, quien por su muerte y resurrección es el único camino de salvación. Por lo tanto, rechazamos tanto el relativismo, que considera todas las religiones y espiritualidades como caminos de acercamiento a Dios igualmente válidos, como el sincretismo que procura mezclar la fe en Cristo con otras creencias.
Además, por cuanto Dios ha exaltado a Jesús al lugar más alto para que todos lo puedan reconocer, es también nuestro deseo exaltarle. Motivados por el amor de Cristo, debemos obedecer la gran comisión de Cristo y amar a sus ovejas perdidas, pero en especial somos motivados por el «celo» de su santo Nombre, y anhelamos ver que él reciba el honor y la gloria que a él son debidos.
En el pasado, a veces hemos sido culpables de adoptar actitudes de ignorancia, arrogancia, falta de respeto y hasta de hostilidad hacia los adeptos de otras religiones. Nos arrepentimos de haberlo hecho. Sin embargo, determinamos llevar a cabo un testimonio positivo y sin concesiones de la singularidad de nuestro Señor en su vida, muerte y resurrección, en todos los aspectos de nuestro trabajo evangelístico, incluyendo el diálogo con seguidores de otros credos.