1 — La apremiante salvación humana

Ya que nos encontramos comprometidos en predicar el evangelio total, es decir, el evangelio bíblico en toda su plenitud, lógicamente debemos entender por qué lo necesitan los seres humanos.

Los hombres y mujeres tienen una dignidad y un valor intrínsecos por cuanto han sido creados a la imagen de Dios, para conocerle, amarle y servirle. Sin embargo, a consecuencia del pecado, cada aspecto de su humanidad ha sido distorsionado. Los seres humanos se han vuelto rebeldes y egocéntricos, se sirven a sí mismos y no aman a Dios ni a su prójimo como deberían hacerlo. Por consiguiente, están alienados, tanto de su creador como del resto de la creación, lo cual es la causa fundamental del dolor, la desorientación y la soledad que tanta gente sufre hoy en día. Muchas veces, el pecado se manifiesta también bajo las formas de conducta antisocial, explotación violenta de los demás, y de un desgaste de los recursos de la tierra, de la cual Dios ha hecho a los hombres y las mujeres sus mayordomos. La humanidad se encuentra culpable y sin excusa y va por el camino que conduce a la destrucción.

Aunque la imagen de Dios en los seres humanos ha sido corrompida, éstos son aún capaces de reconciliarse los unos con los otros con amor, y de realizar acciones nobles y crear obras de arte hermosas. Pese a todo el logro del ser humano, sea cual fuere, está fatalmente marcado por la imperfección y de ninguna manera puede proporcionarle el derecho de tener acceso a Dios. Cada individuo es a la vez un ser espiritual; las técnicas de auto-ayuda sólo pueden, a lo mucho, aliviar las necesidades que sienten, siendo incapaces de solucionar los problemas trascendentes del pecado, de la culpabilidad y del juicio. Ni la religión humana, ni la justicia humana, ni los programas socio-políticos pueden salvar a nadie. No existe posibilidad alguna de que el ser humano se salve por sí mismo. Abandonadas a sí mismas, las personas están perdidas para siempre.

De modo que repudiamos los falsos evangelios que niegan la realidad del pecado humano, el juicio divino, la deidad y encarnación de Jesucristo y la necesidad de la cruz y la resurrección. Asimismo rechazamos evangelios a medias, los cuales no toman en serio el pecado y confunden la gracia de Dios con el esfuerzo humano. Confesamos que a veces, nosotros mismos, hemos relativizado el evangelio, pero nos comprometemos a tomar en cuenta, en nuestra evangelización, el diagnóstico radical que Dios hace del pecado, y el remedio, igualmente radical, que él ha provisto.