Veintiún afirmaciones
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Afirmamos nuestro renovado compromiso con el Pacto de Lausana como base para nuestra cooperación con el movimiento de Lausana.
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Afirmamos que en las sagradas Escrituras de los dos testamentos, el Antiguo y el Nuevo, Dios nos ha dado una revelación autoritativa de su carácter y voluntad, de sus obras redentoras y su significado, y su mandato para la misión.
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Afirmamos que el evangelio bíblico es el mensaje permanente de Dios para nuestro mundo, y nos comprometemos a defenderlo, proclamarlo y encarnarlo.
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Afirmamos que los seres humanos, aun cuando han sido creados a la imagen de Dios, son pecadores y culpables, perdidos sin Cristo, y que esta verdad es preliminar en la comprensión del evangelio.
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Afirmamos que el Jesús de la historia y el Cristo de la gloria son una misma persona, y que este Jesucristo es absolutamente único, puesto que sólo él es el Dios encarnado, el que cargó nuestros pecados, conquistó a la muerte y vendrá de nuevo como juez.
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Afirmamos que en la cruz Jesucristo tomó nuestro lugar, llevó nuestros pecados y sufrió la muerte que a nosotros nos correspondía morir, y que únicamente por esta razón, Dios perdona gratuitamente a quienes son llevados al arrepentimiento y la fe.
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Afirmamos que las demás religiones e ideologías no son caminos alternativos para llegar a Dios, y que la espiritualidad humana, si no está redimida por Cristo, no conduce a Dios sino al juicio, ya que Cristo es el único camino.
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Afirmamos que debemos mostrar el amor de Dios de manera visible, atendiendo a los que están privados de justicia, dignidad, alimento y vestido.
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Afirmamos que la proclamación del Reino de Dios de toda justicia y paz, exige la denuncia de toda injusticia y opresión, tanto personal como estructural; no rehuiremos este testimonio profético.
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Afirmamos que el testimonio que da el Espíritu Santo acerca de Cristo es indispensable para la evangelización y que, aparte de su obra sobrenatural, no son posibles ni el nuevo nacimiento ni la vida nueva.
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Afirmamos que la lucha espiritual requiere de armas espirituales, y que debemos a la vez predicar la Palabra en el poder del Espíritu, y orar sin cesar para que podamos participar en la victoria de Cristo sobre los principados y potestades de maldad.
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Afirmamos que Dios ha encomendado a toda la iglesia y a cada uno de sus miembros la tarea de dar a conocer a Cristo en todo el mundo: nuestro anhelo es que todos, sean laicos o ministros, sean movilizados y capacitados para esta tarea.
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Afirmamos que los que decimos ser miembros del cuerpo de Cristo debemos superar las barreras de raza, sexo y clase social dentro de nuestra comunidad.
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Afirmamos que los dones del Espíritu Santo son repartidos a todo el pueblo de Dios, tanto a las mujeres como a los hombres, y que se debe promover la participación de todos en la evangelización para el bien común.
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Afirmamos que los que proclamamos el evangelio, debemos ejemplificarlo viviendo una vida de santidad y de amor: de no ser así, nuestro testimonio pierde su credibilidad.
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Afirmamos que toda congregación cristiana debe volcarse hacia la comunidad en la que se encuentre inserta a través del testimonio evangelizador y el servicio compasivo.
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Afirmamos la necesidad urgente de que las iglesias, agencias misioneras y otras instituciones cristianas colaboren mutuamente en la evangelización y acción social, y que repudien la competencia y eviten duplicar esfuerzos.
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Afirmamos que es nuestro deber estudiar la sociedad en la cual vivimos a fin de entender sus estructuras, sus valores y sus necesidades, y de esta manera desarrollar una estrategia apropiada para la misión.
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Afirmamos que la evangelización del mundo es urgente y que es posible alcanzar a los pueblos no alcanzados. Tomamos la decisión de darnos a esta tarea con renovado vigor durante la última década del siglo XX.
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Afirmamos nuestra solidaridad con los que sufren por el evangelio, y procuraremos prepararnos para la posibilidad de sufrir de la misma manera. Trabajaremos a favor de la libertad religiosa y política en todas partes.
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Afirmamos que Dios está llamando a toda la iglesia a llevar todo el evangelio a todo el mundo. Nos comprometemos, por tanto, a proclamarlo con fidelidad, urgencia y sacrificio hasta que Cristo regrese.