
Artículo 12
Y este es aquel nuevo nacimiento, aquella regeneración, nueva creación, resurrección de muertos y vivificación de que tan excelentemente se habla en las Sagradas Escrituras, y lo cual Dios obra en nosotros sin nosotros. Esto de ninguna manera proviene solamente de la predicación externa, ni de la persuasión moral, ni de ninguna forma de acción tal que, tras haber terminado Dios Su obra, entonces esté en el poder del hombre el regenerarse o no, el convertirse o no. Sino que es una operación totalmente sobrenatural, poderosísima y, al mismo tiempo, suavísima, milagrosa, oculta e inexpresable, la cual, según el testimonio de la Escritura (inspirada por el autor de esta operación), no es menor ni inferior en su poder que la creación o la resurrección de los muertos; de modo que todos aquellos en cuyo corazón obra Dios de esta manera milagrosa, son regenerados cierta, infalible y eficazmente, y de hecho creen. Con lo cual, la voluntad, siendo entonces renovada, no solo es movida y conducida por Dios, sino que, siendo movida por Dios, obra también ella misma. En consecuencia, con razón se dice que el hombre mismo cree y se convierte por medio de la gracia que ha recibido.