
Artículo 4
Por lo tanto, esta muerte es de tan gran valor y dignidad, porque la persona que la padeció no solo es un hombre verdadero y perfectamente santo, sino también el Hijo de Dios, de una misma, eterna e infinita esencia con el Padre y el Espíritu Santo, tal como tenía que ser nuestro Salvador. Además de esto, porque su muerte fue acompañada con el sentimiento de la ira de Dios y de la maldición que habíamos merecido por nuestros pecados.