Creemos que la Palabra contenida en estos libros ha procedido de Dios, y recibe de él solo su autoridad, y no de los hombres. Y puesto que es la regla de toda verdad, y contiene todo lo necesario para el servicio de Dios y para nuestra salvación, no es lícito a los hombres, ni siquiera a los ángeles, añadirle, quitarle o cambiarla. De donde se sigue que ninguna autoridad, ya sea de la antigüedad, de la costumbre, del número, de la sabiduría humana, de los juicios, de las proclamas, de los edictos, de los decretos, de los concilios, de las visiones o de los milagros, debe oponerse a las Sagradas Escrituras, sino que, por el contrario, todas las cosas deben ser examinadas, reguladas y reformadas conforme a ellas. Y por eso confesamos los tres credos, a saber: el de los Apóstoles, el de Nicea y el de Atanasio, porque están conformes con la Palabra de Dios.