Sabemos que estos libros son canónicos, y la regla segura de nuestra fe, no tanto por el común acuerdo y consenso de la Iglesia, cuanto por el testimonio y la iluminación interior del Espíritu Santo, que nos capacita para distinguirlos de los demás libros eclesiásticos sobre los cuales, por útiles que sean, no podemos fundar ningún artículo de fe.