Confesamos solo dos sacramentos comunes a toda la Iglesia, de los cuales el primero, el bautismo, se nos da como prenda de nuestra adopción; pues por él somos injertados en el cuerpo de Cristo, para ser lavados y limpiados por su sangre, y luego renovados en pureza de vida por su Espíritu Santo. Sostenemos, también, que aunque somos bautizados una sola vez, el provecho que nos significa se extiende sobre toda nuestra vida y hasta nuestra muerte, de modo que tenemos un testimonio duradero de que Jesucristo será siempre nuestra justificación y santificación. No obstante, aunque es un sacramento de fe y penitencia, como Dios recibe en la Iglesia a los niños pequeños junto con sus padres, decimos, sobre la autoridad de Jesucristo, que los hijos de los creyentes deben ser bautizados.