En esta creencia declaramos que, propiamente hablando, no puede haber Iglesia donde la Palabra no es recibida, ni se hace profesión de sujeción a ella, ni hay uso de los sacramentos. Por eso condenamos las asambleas papales, pues de ellas está desterrada la pura Palabra de Dios, sus sacramentos están corrompidos, falsificados o destruidos, y en ellas hay toda suerte de supersticiones e idolatrías. Sostenemos, pues, que todos los que participan de esos actos y comulgan en esa iglesia se separan y se cortan a sí mismos del cuerpo de Cristo. Sin embargo, como en el papado queda algún vestigio de la Iglesia, y permanece la virtud y sustancia del bautismo, y como la eficacia del bautismo no depende de la persona que lo administra, confesamos que los bautizados en ella no necesitan un segundo bautismo. Pero, a causa de sus corrupciones, no podemos presentar en ella a nuestros hijos para ser bautizados sin incurrir en contaminación.