Ahora bien, como no gozamos de Cristo sino por el evangelio, creemos que el orden de la Iglesia, establecido por su autoridad, debe ser sagrado e inviolable, y que, por tanto, la Iglesia no puede existir sin pastores para la instrucción, a quienes debemos respetar y escuchar con reverencia, cuando son debidamente llamados y ejercen fielmente su oficio. No porque Dios esté atado a tal ayuda y medios subordinados, sino porque le place gobernarnos por medio de tales restricciones. En esto detestamos a todos los visionarios que quisieran, en cuanto de ellos dependiera, destruir el ministerio y la predicación de la Palabra y los sacramentos.