Creemos que, siendo Jesucristo nuestro único abogado, y ordenándonos él pedir al Padre en su nombre, y no siéndonos lícito orar sino conforme al modelo que Dios nos ha enseñado por su Palabra, todas las imaginaciones de los hombres acerca de la intercesión de los santos difuntos son un abuso e invención de Satanás para apartar a los hombres del camino recto de la adoración. Rechazamos, asimismo, todos los demás medios por los cuales los hombres esperan redimirse a sí mismos delante de Dios, por derogar el sacrificio y la pasión de Jesucristo.
Finalmente, consideramos el purgatorio como una ilusión que procede del mismo taller del que también han salido los votos monásticos, las peregrinaciones, la prohibición del matrimonio y de comer carne, la observancia ceremonial de días, la confesión auricular, las indulgencias y todas las cosas semejantes por las cuales esperan merecer el perdón y la salvación. Rechazamos estas cosas no solo por la falsa idea de mérito que llevan consigo, sino también porque son invenciones humanas que imponen un yugo sobre la conciencia.