Creemos que en una sola persona, es decir, en Jesucristo, las dos naturalezas están real e inseparablemente unidas, y sin embargo cada una permanece en su propio carácter: de modo que en esta unión la naturaleza divina, conservando sus atributos, permaneció increada, infinita y que todo lo llena; y la naturaleza humana permaneció finita, teniendo su forma, medida y atributos; y aunque Jesucristo, al resucitar de entre los muertos, confirió inmortalidad a su cuerpo, no le quitó, con todo, la verdad de su naturaleza, y así lo consideramos en su divinidad sin despojarlo de su humanidad.