Creemos que Jesucristo, siendo la sabiduría de Dios y su Hijo eterno, se revistió de nuestra carne, para ser Dios y hombre en una sola persona; hombre semejante a nosotros, capaz de padecer en cuerpo y alma, pero libre de toda mancha de pecado. Y en cuanto a su humanidad, fue la verdadera simiente de Abraham y de David, aunque fue concebido por el poder secreto del Espíritu Santo. En esto detestamos todas las herejías que antiguamente turbaron a la Iglesia, y especialmente las diabólicas invenciones de Servet, que atribuyen a nuestro Señor Jesús una divinidad fantástica, llamándolo la idea y el modelo de todas las cosas, y el Hijo de Dios personal o figurado, atribuyéndole, en fin, un cuerpo compuesto de tres elementos increados, confundiendo y destruyendo así las dos naturalezas.