Los ministros antes mencionados, llamados por la Iglesia donde administran, deben continuar en su llamamiento, según la ordenanza de Dios y con diligencia alimentar el rebaño de Cristo que les es encomendado, no por lucro, sino libremente.
Heb. 5:4; Hch. 4:23; 1 Tim. 4:14; Juan 10:3, 4; Hch. 20:28; Rom. 12:7, 8; Heb. 13:7, 17.