Dios decretó en sí mismo, antes de que el mundo existiera, todas las cosas, sean cosas necesarias, accidentales o voluntarias, con todas las circunstancias de ellas, para producir, disponer y traer a la existencia todo según el consejo de su propia voluntad, y para su propia gloria; (pero sin ser el autor culpable del pecado) en lo cual es manifestada su sabiduría en la disposición de todas las cosas, en que nunca cambia, y en su poder y constancia para lograr su decreto: y Dios, desde antes de la fundación del mundo, predestinó a algunos hombres a vida eterna, por medio de Jesucristo, para la alabanza y la gloria de su gracia; habiendo destinado y abandonado a los demás en su pecado para su justa condenación, y para la alabanza de su justo veredicto.

Isa. 46:10; Efe.1:11; Rom.11:33; Sal.115:3, 135:6, 33:15; 1 Sam.10:9,26; Prov.21:6; Exo.21:13; Prov.16:33; Sal.144; Isa.45:7; Jer.14:22; Mat.6:28,30; Col.1:16,17; Núm.23:19,20; Rom.3:4; Jer.10:10; Efe.1:4,5; Jud.4:6; Prov.16:4.