Finalmente, creemos de acuerdo con la Palabra de Dios que, cuando llegue el tiempo designado por el Señor (que es desconocido para todas Sus criaturas) y el número de los elegidos sea completado, nuestro Señor Jesucristo vendrá del cielo, corporal y visiblemente, tal como ascendió, con gran gloria y majestad para declararse Juez de vivos y muertos, quemando con fuego y llamas este viejo mundo para purificarlo. Y luego, todos los hombres se presentarán individualmente ante este gran Juez, tanto hombres como mujeres y niños, que han existido desde el principio hasta el fin del mundo, siendo convocados por la voz del arcángel y por el sonido de la trompeta de Dios. Pues todos los muertos serán levantados de sus tumbas y sus almas serán unidas con los respectivos cuerpos en los que vivieron. En cuanto a quienes estén aún vivos, no morirán como los otros, sino que serán transformados en un abrir y cerrar de ojos y lo corruptible se volverá incorruptible.

Entonces los libros (es decir, las conciencias) serán abiertos y los muertos serán juzgados según lo que hayan hecho en este mundo, ya sea bueno o malo. No solo eso, sino que también los hombres darán cuenta de cada palabra ociosa que hayan hablado, esas que para el mundo son solo chiste y por diversión, y luego los secretos y la hipocresía de los hombres serán revelados y expuestos a la vista de todos.

Y por lo tanto, el solo pensar en este juicio es ciertamente terrible y espantoso para los malvados e impíos, pero muy deseable y consolador para los justos y los elegidos porque entonces su plena liberación será perfeccionada y allí recibirán los frutos de su trabajo y las penas que han soportado. Su inocencia será reconocida por todos y verán la terrible venganza que Dios traerá sobre los malvados, que los persiguieron, oprimieron y atormentaron tan cruelmente en este mundo. Ellos serán condenados por el testimonio de sus propias conciencias y, siendo inmortales, serán atormentados en ese fuego eterno que está preparado para el diablo y sus ángeles. Pero, por el contrario, los fieles y los elegidos serán coronados de gloria y honor y el Hijo de Dios confesará sus nombres ante Dios Su Padre y Sus ángeles elegidos. Toda lágrima será enjugada de sus ojos y su causa, que ahora es condenada por muchos jueces y magistrados como herética e impía, será reconocida como la causa del Hijo de Dios. Y como una recompensa de gracia, el Señor les dará una gloria tal que el corazón del hombre nunca ha podido concebir.

Por tanto, esperamos ese gran día con el más ardiente deseo, para que podamos disfrutar plenamente de las promesas de Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro.

Amén.

Amén. Ven, Señor Jesús (Ap. 22:20).