Creemos que nuestro Dios misericordioso, por causa de la depravación de la humanidad, ha designado reyes, príncipes y magistrados, ya que desea que el mundo se rija por ciertas leyes y políticas para que el desenfreno de los hombres pueda ser restringido y todo se haga entre ellos con buen orden y decencia. Para este propósito, ha investido a la magistratura con la espada, para el castigo de los malhechores y alabanza de los que hacen el bien. Y su oficio no es solo cuidar y velar por el bienestar del estado civil, sino también proteger el ministerio sagrado y así puedan eliminar y prevenir toda idolatría y adoración falsa, para que el reino del anticristo sea así destruido y el reino de Cristo promovido. Deben, por lo tanto, permitir la predicación de la Palabra del Evangelio en todas partes, para que Dios sea honrado y adorado por todos, como lo ordena en Su Palabra.
Además, es el deber ineludible de todos, cualquiera sea su estado, cualidad o condición, someterse a las autoridades; pagar tributo, mostrarles el debido honor y respeto y obedecerlos en todo lo que no sea contrario a la Palabra de Dios; y suplicar por ellos en sus oraciones, para que Dios pueda gobernarlos y guiarlos en todos sus caminos y que podamos así llevar una vida tranquila y sosegada con toda piedad y dignidad.
Por tanto, detestamos el error de los anabaptistas y otras personas sediciosas y en general de todos aquellos que rechazan los poderes superiores y a los magistrados, y quieren subvertir la justicia, introducir la propiedad común de bienes, y perturbar la decencia y el buen orden que Dios ha establecido entre los hombres.