Creemos y confesamos que nuestro Salvador Jesucristo ordenó e instituyó el sacramento de la Santa Cena para nutrir y apoyar a aquellos a quienes ya ha regenerado e incorporado a Su familia, que es Su Iglesia.

Ahora bien, los que son regenerados tienen en ellos una dualidad de vida: una vida corporal y temporal, que poseen desde el primer nacimiento y es común a todos los hombres; la otra espiritual y celestial, que les es dada en su segundo nacimiento, el cual es efectuado por la Palabra del Evangelio en la comunión del cuerpo de Cristo; esta vida no es común, sino que es peculiar a los elegidos de Dios. De la misma manera, Dios nos ha dado, para sustento de la vida corporal y terrenal, pan terrenal y común que está al servicio de ella y es común a todos los hombres, así como lo es la vida misma. Pero para sostener la vida espiritual y celestial que los creyentes tienen, Él ha enviado un pan vivo que descendió del cielo, esto es, a Jesucristo, que nutre y fortalece la vida espiritual de los creyentes cuando ellos lo comen, es decir, cuando se apropian de Él y lo reciben por fe en el espíritu.

Cristo, para representar ante nosotros este pan espiritual y celestial, ha instituido un pan terrenal y visible como sacramento de Su cuerpo y vino como sacramento de Su sangre, para testificarnos por medio de ellos que, tan cierto como que recibimos y sostenemos ese sacramento en nuestras manos y lo comemos y bebemos con nuestras bocas, con lo que nuestra vida es alimentada posteriormente, así mismo recibimos por la fe (que es la mano y la boca de nuestra alma) el verdadero cuerpo y sangre de Cristo el único Salvador de nuestras almas, para el sustento de nuestra vida espiritual.

Ahora bien, como es cierto y sin lugar a dudas que Jesucristo no nos ha ordenado la práctica de Sus sacramentos en vano, así también Él obra en nosotros todo lo que Él representa con estas santas señales, aunque la manera que lo hace supera nuestro entendimiento y no lo podemos comprender, ya que la obra del Espíritu Santo es oculta e incomprensible. Mientras tanto, no nos equivocamos cuando decimos que lo que comemos y bebemos es el propio cuerpo natural y la propia sangre de Cristo. Pero la manera en que participamos de ello no es por la boca, sino por el Espíritu por medio de la fe. Así pues, aunque Cristo permanece sentado a la diestra de Su Padre en los cielos, Él no cesa de hacernos partícipes de Sí mismo por la fe. Este banquete es una mesa espiritual en la que Cristo se comunica Él mismo, con todos Sus beneficios, a nosotros, y allí nos da tanto para disfrutar de Sí mismo como de los méritos de Sus sufrimientos y muerte, alimentando, fortaleciendo y consolando nuestras pobres almas desoladas al comer de Su carne, avivándolas y refrescándolas al beber de Su sangre.

Además, aunque los sacramentos y lo que significan están conectados, no todas las personas reciben ambos. El impío ciertamente recibe el sacramento para su condenación, pero no recibe la verdad del sacramento. Como Judas y Simón el mago, ambos en verdad recibieron el sacramento, pero no a Cristo a quien este representaba, de quien solamente los creyentes participan.

Por último, recibimos este sacramento sagrado en la asamblea del pueblo de Dios con humildad y reverencia, manteniendo entre nosotros un santo recuerdo de la muerte de Cristo nuestro Salvador con acción de gracias, haciendo allí confesión de nuestra fe y de la religión cristiana. Por lo tanto, nadie debería venir a esta mesa sin antes haberse examinado cuidadosamente, no sea que al comer de este pan y al beber de esta copa coma y beba juicio para sí. En resumen, por la práctica de este sacramento sagrado somos movidos a un amor ferviente hacia Dios y hacia nuestro prójimo.

Por lo tanto, rechazamos como una profanación de los sacramentos todas las mezclas e invenciones condenables que los hombres han agregado y combinado con los sacramentos y afirmamos que debemos estar contentos con la ordenanza que Cristo y Sus apóstoles nos enseñaron y que debemos hablar de estas cosas de la misma manera que ellos hablaron.