Creemos, dado que esta sagrada congregación es una asamblea de los que son salvos y que fuera de ella no hay salvación, que ninguna persona, cualquiera que sea su estado o condición, debe retirarse de la Iglesia para vivir en un estado de separación; sino que todos los hombres tienen el deber de sujetarse y unirse a ella, manteniendo la unidad de la Iglesia, sometiéndose a la doctrina y disciplina de la misma, inclinando su cerviz bajo el yugo de Jesucristo, y como miembros mutuos del mismo cuerpo, sirviendo para la edificación de los hermanos de acuerdo con los talentos que Dios les ha dado.
Y para preservar esta unidad de manera más efectiva, es el deber de todos los creyentes, de acuerdo con la Palabra de Dios, separarse de aquellos que no pertenecen a la Iglesia y unirse a esta congregación donde sea que Dios la haya establecido, incluso en los casos en que los magistrados y los edictos de los príncipes lo prohíban; sí, aunque sufran la muerte o cualquier otro tipo de castigo corporal. Por lo tanto, todos aquellos que se separan de la Iglesia o no se unen a ella, actúan en contra de la ordenanza de Dios.