Creemos que esta fe verdadera, forjada en el hombre al escuchar la Palabra de Dios y la operación del Espíritu Santo, lo regenera y lo convierte en un hombre nuevo, haciéndolo vivir una vida nueva y liberándolo de la esclavitud del pecado.

Por eso, está muy lejos de ser cierto que esta fe justificadora haga que los hombres sean negligentes con respecto a una vida santa y piadosa, por el contrario, sin esta fe nunca harían nada por amor a Dios, sino solo por amor a sí mismos o por miedo a la condenación.

Por lo tanto, es imposible que esta fe santa quede sin fruto en el hombre; porque no hablamos de una fe vacía, sino de una fe tal que en la Escritura se le llama la fe que obra por amor, la cual mueve al hombre a practicar las obras que Dios ha ordenado en Su Palabra.

Tales obras, que proceden de la buena raíz de la fe, son buenas y aceptables a los ojos de Dios, ya que todas son santificadas por Su gracia; no obstante, no cuentan para nuestra justificación. Pues por la fe en Cristo somos justificados, incluso antes de hacer buenas obras; de otra manera no pudieran ser buenas obras, como tampoco el fruto de un árbol puede ser bueno antes de que el árbol mismo sea bueno.

Por consiguiente, hacemos buenas obras, pero no para obtener mérito por ellas (porque ¿qué podemos merecer?). Más bien estamos en deuda con Dios por las buenas obras que hacemos y no Él en deuda con nosotros, ya que Dios es quien obra en nosotros tanto el querer como el hacer, para Su beneplácito. Por lo tanto, prestemos atención a lo que está escrito: cuando hayáis hecho todo lo que se os ha ordenado, decid: “Siervos inútiles somos; hemos hecho solo lo que debíamos haber hecho”.

Mientras tanto, no negamos que Dios recompensa nuestras buenas obras, pero es por Su gracia que Él corona Sus dones. Además, aunque hacemos buenas obras, no alcanzamos nuestra salvación por ellas; porque no podemos hacer ninguna obra sin que esté contaminada por nuestra carne, y sea digna de ser castigada; y aunque pudiéramos hacer tales obras, el solo recuerdo de un pecado es suficiente para hacer que Dios las rechace. De modo que siempre estaríamos en duda, sacudidos de un lado a otro sin ninguna certeza y nuestras pobres conciencias estarían continuamente atormentadas si no confiaran en los méritos del sufrimiento y la muerte de nuestro Salvador.