Creemos que nuestra salvación consiste en la remisión de nuestros pecados por causa de Jesucristo, y que en eso está implícita nuestra justicia ante Dios; como David y Pablo nos enseñan, declarando que bienaventurado es el hombre al que Dios le atribuye justicia sin obras. Y el mismo apóstol dice que somos justificados gratuitamente por Su gracia por medio de la redención que es en Cristo Jesús.

Y por eso, siempre mantenemos este fundamento, atribuyendo toda la gloria a Dios, humillándonos ante Él y reconociendo que somos tal como realmente somos, sin presumir de confiar en nada en nosotros mismos o en ningún mérito nuestro, confiando y descansando solo en la obediencia de Cristo crucificado, que se vuelve nuestra cuando creemos en Él. Esto es suficiente para cubrir todas nuestras iniquidades y darnos confianza para acercarnos a Dios; liberando la conciencia del miedo, del terror y del temor, sin seguir el ejemplo de nuestro primer padre, Adán, quien temblando, intentó cubrirse con hojas de higuera. Y ciertamente, si tuviéramos que comparecer ante Dios confiando en nosotros mismos o en cualquier otra criatura, aunque sea un poco (¡ay de nosotros!), seríamos consumidos. Por tanto, es necesario que cada uno ore con David: Oh Señor, no entres en juicio con tu siervo, porque no es justo delante de ti ningún viviente.