Creemos que Jesucristo fue ordenado con un juramento para ser un Sumo Sacerdote eterno según el orden de Melquisedec, y que se ha presentado ante el Padre por nosotros para apaciguar Su ira con Su plena satisfacción, ofreciéndose a Sí Mismo sobre el madero de la cruz, y derramando Su preciosa sangre para expiar nuestros pecados, tal como lo habían predicho los profetas. Porque escrito está: Él fue herido por nuestras transgresiones, molido por nuestras iniquidades. El castigo, por nuestra paz, cayó sobre Él, y por Sus heridas hemos sido sanados. Como cordero fue llevado al matadero y contado con los transgresores; y condenado por Poncio Pilato como malhechor, aunque primero lo declaró inocente. Por lo tanto, devolvió aquello que no robó, y sufrió el justo por los injustos, tanto en Su cuerpo como en Su alma, sintiendo el terrible castigo que merecían nuestros pecados; de tal manera que Su sudor se volvió como gruesas gotas de sangre, que caían sobre la tierra. Exclamó a gran voz, diciendo: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? y sufrió todo esto por la remisión de nuestros pecados.

Por lo tanto, decimos justamente con el apóstol Pablo que nada nos proponemos saber excepto a Jesucristo, y a este crucificado, y que estimamos como pérdida todas las cosas en vista del incomparable valor de conocer a Cristo Jesús, el Señor, en cuyas heridas encontramos todo tipo de consuelo. Tampoco es necesario buscar o inventar ningún otro medio de reconciliación con Dios que este único sacrificio, ofrecido solo una vez, por el cual los creyentes son hechos perfectos para siempre. Esta es también la razón por la cual fue llamado Jesús por el ángel de Dios, esto es, Salvador, porque Él salvaría a Su pueblo de sus pecados.