Creemos que, habiendo caído toda la descendencia de Adán en perdición y ruina por causa del pecado de nuestros primeros padres, Dios se manifestó tal como Él es, es decir, misericordioso y justo. Misericordioso, porque libera y preserva de esta perdición a todos los que Él, en Su consejo eterno e inmutable, por Su pura bondad, ha elegido en Cristo Jesús nuestro Señor, sin considerar sus obras; y justo, al dejar a los otros en la caída y perdición en la que ellos mismos se han arrojado.