Creemos que el mismo Dios, después de haber creado todas las cosas, no las abandonó ni las entregó a la fortuna o a la suerte, sino que las rige y las gobierna de acuerdo con Su santa voluntad, de modo que nada sucede en este mundo sin Su designio; sin embargo, Dios no es autor ni puede ser acusado de los pecados que se cometen. Porque Su poder y bondad son tan grandes e incomprensibles, que Él ordena y ejecuta Su obra de la manera más excelente y justa, incluso cuando los demonios y los hombres malvados actúan injustamente. Y en cuanto a lo que Dios hace que sobrepasa el entendimiento humano, no lo investigaremos curiosamente más allá de nuestra capacidad de comprensión, sino que con la mayor humildad y reverencia adoramos los justos juicios de Dios que nos son ocultos, contentándonos en que somos discípulos de Cristo para aprender solo aquellas cosas que nos ha revelado en Su Palabra sin transgredir estos límites.
Esta doctrina nos brinda un consuelo indescriptible, dado que nos enseña que nada puede sucedernos por casualidad, sino por la dirección de nuestro más bondadoso Padre celestial, quien cuida de nosotros con un cuidado paternal, manteniendo a todas las criaturas bajo tal poder Suyo que ni un cabello de nuestra cabeza (pues están todos contados) ni un pajarillo pueden caer al suelo sin la voluntad de nuestro Padre, en quien confiamos completamente; estando persuadidos de que Él restringe tanto al diablo como a todos nuestros enemigos que, sin Su voluntad y permiso, no pueden hacernos daño. Y por lo tanto, rechazamos ese condenable error de los epicúreos, que dicen que Dios no se preocupa por nada, sino que deja todo al azar.