Creemos que Jesucristo, según Su naturaleza divina, es el unigénito Hijo de Dios, engendrado desde la eternidad, no hecho ni creado (pues entonces sería una criatura), sino coesencial y coeterno con el Padre, la expresión exacta de Su naturaleza y el resplandor de Su gloria, igual a Él en todas las cosas. Él es el Hijo de Dios, no solo desde el momento en que asumió nuestra naturaleza, sino desde toda la eternidad, tal como nos lo enseñan estos testimonios, cuando se toman en conjunto. Moisés dice que Dios creó el mundo; y Juan dice que todas las cosas fueron hechas por ese Verbo, a quien él llama Dios. Y el apóstol dice que Dios hizo el mundo por Su Hijo; de la misma manera, que Dios creó todas las cosas por medio de Jesucristo. Por lo tanto, es necesario concluir que Él, a quien se le llama Dios, el Verbo, el Hijo y Jesucristo, existía en ese momento cuando todas las cosas fueron creadas por Él. Por eso el profeta Miqueas dice: Y sus orígenes son desde tiempos antiguos, desde los días de la eternidad. Y el apóstol dice: no teniendo principio de días ni fin de vida. Él, por lo tanto, es ese Dios verdadero, eterno y todopoderoso a quien invocamos, adoramos y servimos.