Creemos que esas Sagradas Escrituras contienen completamente la voluntad de Dios y que todo lo que el hombre deba creer para salvación es enseñado de manera suficiente en ellas; ya que toda forma de adoración que Dios requiere de nosotros está extensamente escrita en ellas, es ilegítimo para toda persona, aunque sea un apóstol, enseñar de manera diferente a lo que ahora se nos enseña en las Sagradas Escrituras: más aun, ni un ángel del cielo, como dice el apóstol Pablo. Debido a que está prohibido agregar o quitar algo de la Palabra de Dios, es evidente que la enseñanza es completa y perfecta en todos los aspectos. Tampoco consideramos ninguna escritura de hombre como de igual valor a las Escrituras divinas, por santos que hayan sido estos hombres; ni tampoco debemos considerar la costumbre, la gran multitud, la antigüedad, la sucesión de tiempos y de personas, consejos, decretos o estatutos como de igual valor con la verdad de Dios, porque la verdad es sobre todo; pues todos los hombres son mentirosos y más vanidosos que la vanidad misma. Por lo tanto, rechazamos con todo nuestro corazón cualquier cosa que no esté de acuerdo con esta regla infalible que los apóstoles nos han enseñado, diciendo: probad los espíritus para ver si son de Dios. Del mismo modo, Si alguno viene a vosotros y no trae esta enseñanza, no lo recibáis en casa.