Confesamos que esta Palabra de Dios no fue enviada ni entregada por la voluntad del hombre, sino que hombres inspirados por el Espíritu Santo hablaron de parte de Dios, como dice el apóstol Pedro. Y que posteriormente Dios, debido al cuidado especial que tiene por nosotros y nuestra salvación, ordenó a Sus siervos, los profetas y los apóstoles, que escribieran Su Palabra revelada; y Él mismo escribió con Su propio dedo las dos tablas de la ley. Por tanto, llamamos a tales escritos las Escrituras sagradas y divinas.